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さて、どちらへ行かう風がふく

bien... ¿a dónde ir...?
...el viento
sopla...


11 septiembre 2014

Días azules. En el Camino del Norte



“¿Sientes cómo se ensancha el espíritu?”  Abre los brazos y cierra los ojos. El camino, delante de nosotros, asciende la colina entre el verdor y la claridad de la mañana. En el Camino otra vez, ella y yo, siguiendo senderos en las mismas noches azuladas de verano… De todas las noches y los días, de todos los veranos y primaveras.

A un lado el mar, al otro nuestro corazón que serpentea en el camino. Que se ensancha hasta elevarse en las gaviotas que chillan en el cielo, en el canto de la alondra, invisible, que sube y baja sobre los bosques de eucaliptos y su olor. Este olor…

Un limaco de color naranja aguarda la lluvia, inmóvil. Me acerco a sacarle una foto. Siento cómo le hago sombra incluso en esta luz tenue por el cielo encapotado. Yo mismo me siento sombra que roba la luz de lo que aquí sucede. El limaco no se mueve, ahí está, reluciente, justo delante de un prado verde infinito. Bajo las nubes que serán lluvia. 

Seguimos nuestro camino. Ella y yo.

Ella y yo, aquí y ahora, tumbados sobre una litera del albergue, escuchando música cada uno con un auricular, de alguna manera seguimos el camino que cae hecho lluvia ahí fuera, en la noche, sobre las piedras centenarias de Santillana del Mar.

Pienso ahora en el camino que nos ha traído y nos lleva. En las vacas que se acuestan plácidamente sobre la hierba. En los caracoles arracimados tras las señales de tráfico. En el vuelo del milano que juguetea con una ramita entre sus patas mientras traza círculos en el cielo. En el gato blanco que caminó hacia nosotros y luego se subió a una higuera sin saber por qué.
Pienso en el esplendor de todas las cosas que salen a nuestro paso. En el esplendor de la existencia que se ensancha.


Una bandada de gaviotas hacia el mar que no vemos. Clarea el cielo.







“Nuestro escondrijo entre las fresas silvestres” Sonríe medio escondida en la espesura del bosque. Nuestro silencio en el aire claro del alba.

Caminar en la mañana. Solo eso. Mientras el sirimiri y el sol se turnan en el aire. Caminar por las brañas charlando, haciendo planes… Vivir en torres de indianos, construir nuestra casa oculta entre fresas silvestres y acebos, y laureles y balidos de ovejas que miran fijamente cómo pasan los peregrinos. Beee dicen ellas, beee contestamos nosotros. 

Detenidos en cada puente del camino buscamos truchas en los riachuelos, apretamos el paso al pasar junto a toros grandes como luchadores de sumo. Caballos, vicuñas, ponis, vacas… Qué de seres de ojos abiertos.

En el interior de las ermitas el sol se hace luz de colores al atravesar las vidrieras. San Roque camina hacia los enfermos y necesitados y un perro le cura las heridas en la ermita de El Pando. Ella, sentada en un banco, regala la serenidad de su silencio.

Perros, gatos, burritos, mariposas, limacos, todas las criaturas de la tierra guardan su profundo silencio que sana a quien lo escucha.

Sí. Qué extraño no saber quién se es cuando te reconoces en todas las cosas. El reflejo de alguien que pasa. Su sombra cuando el sol, al fin, se abre paso en el cielo.

Todas estas cosas a las que llamamos de cierta manera ¿qué son en realidad? ¿qué clase de misterio las hace ser lo que son? Filosofando… ella se reiría mucho ahora mismo si me escuchara. Ella, amante de las moras y las fresas silvestres, tierno corazón que se emociona en el espacio vacío bajo las bóvedas de las iglesias. Ella, tan natural y sencillamente hermosa como una golondrina que vuela a ras de suelo, sobre el esplendor de la hierba.

Cenamos parte de los bocadillos gigantes que sobraron del mediodía. Reímos y nos deshacemos en todo lo que acontece a nuestro alrededor. En el viento que humedece la hierba y mueve las nubes, en el agua pura que atraviesa el viejo lavadero, en las garcillas blancas que caminan junto a las vacas echadas en los prados, en las flores sin nombre que bordean el camino, que recogemos del suelo para prender en las mochilas…

Pienso en el escondrijo... ¿Dónde está nuestro escondrijo? Lo que mi corazón esconde es todo lo que brilla cada día, aún con lluvia o en el temporal. Aún en la más profunda oscuridad la luz que brilla siempre. 


Echado en la hierba, un potrillo al sol junto a su madre.






“Ven, pisa la hierba, la suavidad de la hierba” Sobre el relente nocturno sus pies brillan entre la hierba. Al fondo, el palacio de Sobrellano de Comillas.

 Un sol espléndido, el aire fresco de la mañana, un camino que se extiende gentilmente ante nosotros. Por el Parque Natural de Oyambre, la ría de La Rabia…  peces, patos, correlimos… El sol. El mar. Flores en la mochila.

 Caminamos como flotando sobre esta maravilla. Frente a una granja las calabazas maduran al sol. Detrás, en el bosque inundado nada una pareja de cisnes. Parecen deslizarse ingrávidos entre los troncos secos anegados por la marea. ¿Se acercarán a nosotros? …. Camino arriba las vacas y los ponis tumbados al sol sobre la hierba nos miran con sus grandes ojos.

Nos acercamos a San Vicente de la Barquera por el otro lado de la ría, junto al mar, y cruzamos el largo puente lleno de pescadores. Parece que el pueblo está en fiestas y hay mercadillos callejeros y barracas de feria.


Buscamos una cafetería y el camino. No encontramos ni una cosa ni otra. Desandamos los pasos. Al fin un café. Después el camino.

Pasamos. Nosotros siempre parece que pasáramos mientras todo lo demás permanece. Es una sensación extraña, profunda, misteriosa, a veces gratificante.

El camino sube y baja. Un grupito de ovejas apelotonadas a la sombra de un arbolito. Reímos y bromeamos con la idea de escribir un haiku cada uno. Los haiku escritos y los no escritos... Allá donde miramos… allá donde miramos…

El sol aprieta y nos quitamos ropa. Conversamos sobre las orugas peludas, sobre la suavidad de las vacas y las ovejas… Ella y yo. Conversamos mientras caminamos. Otras veces guardamos silencio. El bosque a los lados parece realmente impenetrable. Nos protege del sol que brilla en lo alto.

En un carro un campesino da saltos sobre el heno para apelmazarlo. Al fondo lo que parece un palacio enorme sobre un prado verde brillante. 

A veces una suave brisa mueve las hojas de los álamos. Nuestras manos la reciben abiertas, estirando los dedos. Silbamos canciones improvisadas. 

La torre medieval de Estrada surge de una vaguada cubierta de hierba, unas ovejas pacen tranquilamente a los pies de sus muros.

Comemos en Serdio, en La Gloria. Platos sencillos pero fresas con nata de postre. Solo para los peregrinos. Reímos. Un perro negro se tumba en la sombra, otro, blanco, en el sol. Suena una versión rara de “Talking about a revolution”. Descansamos repanchingados, con la vida derramada al sol de mayo… 

Seguimos camino. Desciende sinuoso entre prados y bosques de laurel y castaño hacia el valle de un río. A veces, por la carretera pasan veloces camiones camino  de una cantera. Dan miedo. Todo ese metal que constituye nuestro mundo no parece ser necesario aquí. Entre las hojas de las plantas y las ovejas echadas al sol.

Bordeamos la ría del Nansa hasta encontrar un puente por el que cruzar. Se nubla. Caminamos junto a las vías del tren por senderos embarrados y umbríos. El verdor parece nublarse también susurrando secretos entre las hojas de los árboles.

Cruzamos la ría del Deva en Unquera y entramos en Asturias camino de Colombres. Atardece. Una cuesta empinada nos saca del valle elevándonos al ritmo cansino de nuestros pasos hasta una ermita. Una llama alumbra allí. Una pequeña llama en lo alto de una montaña. Más allá, en la claridad del cielo tras las colinas, se intuye el mar.


Tumbados sobre la hierba, miramos nuestras manos sobre el cielo de la tarde.







“En las noches azuladas de verano seguiré senderos” Sus pasos ligeros apenas suenan en el aire limpio de la mañana.

 “después de los pinchos pisaré la suave hierba,” sigo, mientras dejamos atrás el albergue, en un Colombres desierto a esas horas, bajando por un camino entre prados hacia el valle.

 “los pies de esta soñadora sentirán su frescura” sonríe mientras mira las vacas que nos miran.

 “el viento humedecerá mi cara desnuda.” Vuelvo la mirada hacia el camino recorrido. Una ligera neblina apenas tamiza el valle, los rayos del sol se filtran entre los árboles. 

 “No hablaré, mi mente estará vacía,” me mira. Qué pequeña parece su mano mientras acaricia un viejo castaño.

 “pero el amor eterno brotará de mi alma.” Escucho el canto de un pájaro que no conozco sobre el brillo de la hierba. El relente de anoche se deshace casi al instante en la punta de mis dedos.

 “Andaré lejos, muy lejos,” en su pelo briznas de sol cabriolan al ritmo de sus pasos, tranquilos y cercanos.

“cual vagabunda, por el campo,” miro las nubes, tan blancas, que pasan errantes más allá de las montañas. 

“como cuando era niña.” Guarda silencio. Guardamos silencio. Caminamos. Solo caminamos.  Las nubes blancas, el cielo azul.



La senda asciende estrechándose entre tojos y pinos para volver a caer junto al mar. De nuevo el mar... 

Seguimos la carretera. Bromeamos. Con los bastones escribimos mensajes en el barro del arcén. “Cuidado con el barro”. Apenas hay un centímetro de barruchi... Como niños. Dibujamos corazones, nombres. Apenas unas líneas bajo la sombra de los eucaliptos y las zarzamoras. 

Llegamos a Pendueles siguiendo un perrito de raza desconocida que parece abrirnos camino a la luz del sol, por las calles solitarias de domingo.

El camino bordea la costa subiendo y bajando. “En este lugar probablemente no se ha detenido nadie jamás” digo sin saber por qué mientras nos detenemos un momento. Ella se pone crema para el sol. Su nariz brilla un poco. Bebemos agua. Miro las plantas, las piedras, lo que hay aquí. Seguimos el camino.

Nos asomamos a los bufones de Arenillas. Hoy tranquilos. Hoy no se oyen los quejidos del Bramadoriu. Solo las olas, allá abajo… Nosotros reímos y hacemos bromas mientras seguimos camino bajo la sombra olorosa de los eucaliptos.

 Cruzamos la ría del Purón por un pequeño puente. Mirando la corriente. Mirando nuestras sombras sobre el agua. La silueta de una trucha aguarda en un remanso, a la sombra de la vegetación ribereña. No sé por qué comienzo a hablar de mi hermano: “Entraría al río por aquel paso de esa orilla. Despacio, muy despacio, sin perturbar el sonido de la corriente. Echaría la caña varias veces hasta posar el señuelo sobre aquel lado de la corriente y dejaría que derivara aguas abajo hasta donde está la trucha…” Ella sigue con la mirada todo el periplo de mi hermano pescando en el río.

El calor aprieta y en Andrín comenzamos a ascender y ascender por la montaña. Fresas silvestres y flores. Y el cielo, tan azul, sobre las montañas. De pronto al culminar la cumbre, el mar. Y el viento. La playa de la Ballota. Allí abajo, donde cae nuestra mirada, una roca gigante parece flotar sobre el agua turquesa. Gaviotas y chovas vuelan sin volar, parece, sobre el borde mismo del acantilado. Quién fuese una de ellas, reposar sobre el viento, dejarse llevar…


Seguimos camino bordeando el mar. Las gaviotas pasan tan cerca de nosotros que por un momento pareciera que nos pudiesen llevar entre sus patucas. Abrimos los brazos esperando que el viento marino nos alce sobre la tierra. 

El sendero se hace eterno subiendo y bajando, con Llanes a la vista pero sin acabar de llegar nunca. Poco a poco nos acercamos al pueblo y a las montañas que parecen colgadas del cielo, inalcanzables.

Al pie de la montaña, de nuevo en el bosque, la ermita del Cristo aguarda serenamente entre el claroscuro de los árboles. Ella se abraza a un haya espléndida que crece junto al camino. Con la elegante naturalidad de la naturaleza. Hermosa, sencilla y salvaje, manera de estar en el mundo…

Llanes. La llegada al mar, de nuevo. La vuelta casa, ¿de nuevo?...

 En la credencial de peregrino hay un sello que no se ve. El definitivo albergue de nuestro corazón. Transparente. Nuestro escondrijo.


Rumor del oleaje, las montañas azulean hacia poniente.











 Camino del Norte. Mayo 2014




11 comentarios:

  1. Comentar hace que no sea exacta en lo que uno siente al leer unas vivencias tan bien transmitidas.No quiero 'vulgarizar' tanta excelencia,por lo que solo agradezco nos permitas por medio de tu blog,ser de alguna manera parte...

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  2. ¡ay! qué gustito leer tanto haiku oculto entre los renglones jejejeje

    Gracias a los dos -^- El y Ella.

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  3. Como siempre que te leo me encanta la frescura de tu palabra, la manera delicada con que expones lo que sientes...en definitiva...bien...bien muy requetebien!

    Gracias y besines también para Ella

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  4. Amigas mías, y compañeras de camino, muchísimas gracias por vuestras palabras.

    Lilí, tú si que me dejas sin palabras. No creo que vulgarices nada, ni queriendo :)Todo mi cariño.

    Merce, ya sabes, a descubrir jeje. La verdad es que me sale así. Casi son los apuntes de mi cuaderno tal cual.

    Requetebien también por ti. Es un verdadero placer. La delicadeza también está en quien sabe escuchar.

    Besines a las tres. Los hago extensibles también de parte de Ella :D Sin quien mi palabra no sería posible.

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  5. Precioso, Félix, como todo lo que escribes. Leyéndote, casi me entran ganas de hacer el camino. Pero bueno, pensándolo bien, casi prefiero seguir leyendo tus escritos del camino. Un abrazo.

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  6. Me ha encantado, me haces sentir cada instante que vivieron y que han experimentado. Hermosa experiencia.

    Gracias también por tu comentario y por hacerme sentir que los haikus que estoy escribiendo van por "buen camino", sigo mi largo peregrinaje...
    Saludos

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  7. Se quedan para siempre en mi corazón, tus sentires en palabras. Las guardaré como un tesoro dentro de mi mochila, para que me acompañen, me den aliento... o me llegue a perder por el camino. Gracias mi querido senseiami -^-

    *Comparto lo que dice kotori... muchos "tucusitos" aletearon y brillaron mientras leía...

    Un inmenso abrazo!!

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  8. Muchísimas gracias a vosotros. Sois muy amables y generosos.

    José Luis, pues ya sabes, ponte ya mismo a andar que el camino espera :)

    Gracias a ti Karin, por andar este camino de palabras y sensaciones. Un placer, de verdad.

    Grcias Mai, pues nos perderemos junto por el camino. Eso de los tucusitos me ha encantado jeje. Ojalá en todo lo que escriba no dejen de aletear.

    Tomodachi tomodachi. Graaaacias a ti. Un abrazo

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  9. Pues, sí que siento pena de no contar con las palabras que os sobran.
    Casi se me hace imposible comentar algo aquí y en muchos sitios, pero he de citar a alguien que en esto de las palabras sabía emplearlas un poquito mejor que una servidora

    “Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma.”

    Un abrazo

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  10. Pues tú no las empleas nada mal Mirta. Ya lo creo.
    Es verdad, las palabras nunca alcanzan, pero son lo único que tenemos a veces para señalar a otros la luna. Nuestra luna del alma :)

    Besines

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