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さて、どちらへ行かう風がふく

bien... ¿a dónde ir...?
...el viento
sopla...


27 diciembre 2013

19 diciembre 2013

俳句 mochi






a pesar de la lluvia
el ritmo del mazo
haciendo mochi




Hoy justo hace tres años tomé esta foto. Qué cosas. Por casualidad he visto la fecha del archivo que lo chiva todo. Qué rápido el tiempo y más rápida aún mi mente. En un flash-back instantáneo he vuelto a Nagasaki, al barrio chino, junto a esos tipos que sonreían satisfechos mientras hacía esa foto. ¿Dónde andarán? Siempre que miro fotos más o menos viejas en las que salen desconocidos me pregunto lo mismo. 

El haiku no es muy allá, lo reconozco. La foto tampoco. En realidad, uno y otra, son un alfiler. A veces tengo la tentación un poco tonta de pretender fijar algo en mi mente, esa que va y viene a la velocidad de la luz, y del tiempo. Como esos alfileres de colores que se clavan en los mapas para localizar lugares visitados. 

En este caso el mapa sería mi vida. Esa cosa misteriosa. Y el alfiler de color blanco como el mochi sería esa tarde al borde la Navidad en aquel callejón. Hoy, aquí, tan lejos, también con lluvia, miro ese alfiler y no puedo dejar de preguntarme ¿dónde andará? Aquel. Un niño cualquiera que buscaba alfileres, como por casualidad, aquel ya casi tan desconocido para mí como esos tipos sonrientes que vapulean arroz.

Hoy justo hace tres años. Qué cosas. Qué cosas misteriosas. A pesar de la lluvia…



 Nagasaki, 19-12-2010





*Los mochi son unas bolitas de arroz dulzón y pegajoso muy típicas de la repostería japonesa. Forman parte muy importante tanto de la decoración como de la gastronomía tradicionales de Año Nuevo. Para hacerlos se golpea el arroz glutinoso con un mazo de madera en un mortero muy grande mientras se va remojando con agua. A veces, alrededor de las fechas navideñas, en algunas tiendas y grandes almacenes se hace en el exterior para regocijo de los viandantes.


Decía lo de la decoración porque el mochi es fundamental en la composición del kagami-mochi, literalmente “mochi del espejo”, que se forma con dos mochi, uno pequeño sobre otro mayor, un daidai (una especie de naranja agria japonesa) con su hojita verde, todo ello sobre un soporte. Bueno, de eso y de la rotura del “mochi del espejo” ya hablaré otro día. Kana...





17 diciembre 2013

Luces de adviento



En el huerto una cebolla desenterrada. El sol de la mañana.


Me vienen grandes estas botas de agua y camino como un pato hacia el huerto. La escharcha cubre el suelo de un brillo sobrecogedor. El primer azadonazo casi rebota sobre la tierra helada. Soy un debilucho abrigado hasta las cejas que desentierra grama del huerto en una mañana de invierno. No es la primera vez que estoy aquí, en este mismo lugar, haciendo esto mismo. Es tiempo de samu. Silencio, concentración. Cachiuscas, cachiuscas, así llamaba yo de pequeño a las botas de agua. Recuerdo saltar sobre los charcos, riendo. Aun sin reír, riendo. Siento los guantes fríos en mis manos mientras arranco la grama de la tierra helada. Cruje un instante. Un eco sordo que parece venir desde el centro de la tierra. Y me siento solo, sin saber por qué. Qué frío. Qué frío… No tengas miedo, no tengas miedo… Cachiuscas, cachiuscas, repito en silencio dentro de mí…

En el zazen de la tarde el sol va entrando en el zendo poco a poco. Me siento reloj de arena marcando un tiempo que no es mío. Un tiempo que transcurre más allá de este momento. Abren la puerta y la sombra de uno de mis compañeros se alarga de pronto con el sol del atardecer. El sol, el sol. Mirar hacia el sol con los ojos cerrados. El calor de su luz.

Ella toma el té sentada en un escalón del porche, mirando hacia donde el sol se pone. La campana llama de nuevo al zazen.

En el aire limpio y sereno de la noche ni una mota de polvo encuentra sobre qué reposar. Sobre lo que soy. Me arrebullo en el futón. Alguien ronca un poco más allá. Siento en el aire cómo la temperatura se desploma ahí fuera. Me arrebullo aún más. Yazgo en el desierto, el lugar en el que no hay donde esconderse.


Por la mañana, nada más salir el sol, la escarcha ha cubierto los surcos que cavamos ayer.


Los terrones parecen pegados a la propia tierra de la que formaron parte. Una y otra vez las raíces de grama me llevan hasta el centro de la tierra. De vez en cuando lombrices enormes aparecen y desaparecen entre la tierra. La tierra. Me siento tierra, barro, por momentos aquí clavado hasta los tobillos. Me huelo a tierra cuando sin darme cuenta me aparto con la muñeca el pelo de la frente. Mis guantes son ya tierra, helada tierra. 

Edificar sobre arena o sobre roca. No basta hablar o decir, eso es nada.

Durante el zazen de la tarde camino en kinin atravesando los rayos de sol que se extienden por el zendo. Anochece y sin saber por qué lloro frente a las luces de adviento. 

Al final del día no hay planes, frustración, pasado, futuro. Solo tengo este momento. Me duele todo. Al final del día solo estoy yo sentado frente a la nada. Mi cuerpo quiere levantarse y huir. Mi mente con él. Pero aquí no hay donde huir. Estoy sentado en mitad del desierto. Poco a poco el dolor se pasa con la respiración profunda. Muy poco a poco.

Solo beber agua. Sin pensar en saciar la sed. Sin pensar en nada. Solo sentarse y esperar la Navidad. Contemplo el tronco de adviento. Las luces que se encienden, que advierten de la gran Luz que llega. Que siempre estuvo aquí.

Se hace material y visible lo que jamás podríamos comprender.

En el aire frío y puro de la noche siento cómo las lombrices buscan su camino bajo la tierra, enredándose entre las raíces de grama. Alargo un pie bajo el futón hasta sentir el frescor de una tierra que no existe. Respiro tan profundamente que podría oler flores de invierno.


Llovizna. En el bancal un pajarillo que no conozco a la luz de la mañana.


 Algunas hojas de chopo se han pegado a mis botas cuando bajo al huerto. En colores que van del amarillo al casi negro parecen un improvisado estampado de quita y pon. Ellas se ponen y ellas se quitan. Hoy las enormes lombrices son enormes lombrices gigantes. Las aparto para no dañarlas con la azada. Cuando vuelvo a mirar ya han desaparecido. La llovizna cesa y siento el sol mañanero sobre mi espalda mientras cavo. El aviso del final de samu llama desde la ladera. Los chopos brillan al sol. Mi vida se desliza aquí, al final de la lluvia, con todo esto, como hojas de chopo de diferentes colores. 

Durante el teishô escucho sobre el abismamiento y el abismarse. Como en el propio kanji para “jô” he de bajar a casa, hacer pie. ¿Dónde está mi casa? ¿Dónde hallaré yo, debilucho, mi hogar en el que hacer pie? La roca sobre la que edificar mi casa. Siento estar sentado ahora mismo sobre ella y sin embargo ser incapaz de verla.

“El arroz está en la olla, el agua caliente está en el cubo.” Pienso en el kôan del maestro Ummon.
De pronto una palmada de sensei y doy un salto sobre el tatami. Aún sentado siento cómo mi corazón ha saltado hasta el cielo y palpita desbocado tras esa palmada que resuena por toda la tierra. Todo el barro que me constituye se ha conmovido deshaciéndose y volviéndose a hacer en una milésima de segundo. 


Tras el zazen de la tarde salgo a tomar el té fuera. Por un momento no sé si será mi cucharilla contra mi vaso o son los demás... pero en este tintineo se confunde la brisa de la tarde que mueve las hojas. Miro a mis pies, los guijarros parecen mojados, no, no sé… iguales… todos distintos. Allí, justo al final del porche, había una retama, lo recuerdo bien. A veces sus bayas caídas se confundían con los guijarros del suelo. Entonces era verano. A veces, en mi corazón, confundo el verano con el invierno.

Al volver al zendo abro mi taquilla y hay una nota pegada en el fondo: “Toda determinación, ninguna intención.” ¿Quién escribiría esto? ¿Sensei? A veces tiene estas cosas…

Durante el dokusan hablamos de las nubes y la lluvia. Del frío. Del dolor y del miedo… Tan fino como un papel de fumar es mi despertar con un solo ojo…

Tras la llovizna, el sol de la tarde recorre el zendo vacío.

Noche de frío invernal. Primera semana de diciembre. Sentado en seiza contemplo las luces del adviento… ¿Quién despertó en tal noche como esta? 

Todo lo que he sido, todo, me ha llevado aquí y ahora. También el dolor y la frustración, mi luz y mi sombra. Soy toda la tierra arrastrada por la lombriz, ahí fuera, en la oscuridad de la noche bajo la tierra. Y la profunda respiración.

Si de verdad estoy aquí estoy en todas partes, si estoy en este momento, estoy antes, ahora y siempre.


Tras el último zazen del día la última exhortación de cada noche antes de retirarnos a dormir resuena en mí como el martillo de madera sobre el han:

Desde lo más profundo del corazón os digo a todos:
Vida y muerte son un asunto serio.
Todo pasa deprisa.
Estad siempre muy vigilantes.
Nadie sea descuidado,
nadie olvidadizo.


 Sumergido en el futón no consigo dormir. Mi padre me decía que tenía sueño de liebre, ligero, que dormía con un solo ojo cerrado. Mi padre a veces tenía esas cosas…

Pienso en la lluvia y en las nubes… en frío. En el dolor y el miedo. Pienso en el abrazo de una madre. Podrá persistir el dolor pero ya no es lo mismo. Ya no quema.

Nunca olvidadizo…

Nunca olvidadizos de lo que somos. Ahí fuera, en la oscuridad de la noche, el viento atraviesa la tierra sin intención alguna y siento mi corazón, inmaculado, envuelto en algo tan fino, tan tibio, como la luz de la mañana.


Al final del regato, congelada, la lluvia de anoche refleja el sol de la mañana.


Con el primer azadonazo la tierra escarchada brilla un instante en el aire antes de volver sobre la tierra. Solo estar aquí. Solo cavar esta tierra que se me pega a la azada y a las botas. Grama y más grama. El solecito de diciembre empieza a calentar y me voy quitando el gorro, el abrigo… El ejercicio también ayuda, claro... Algunas lombrices, cómo no, se materializan de pronto para volver a ser tierra momentos después. Qué suavidad húmeda la suya, como la de la propia tierra. No sé por qué miro mis manos sin guantes, tan blancas, tan frías, con el tacto aún de ese retazo de tierra… Qué misterio nos envuelve… Si pudiera por un momento atravesar ese finísimo papel de fumar que me separa de todo esto… Si pudiera tocar ahora mismo, con esta mano manchada por la tierra, mi inmaculado corazón…

De nuevo la llamada de las maderas entrechocándose avisa del final del samu.
Me lavo el barro de los dedos en el agua helada del estanque. El cielo es tan azul… Tan azul…
El sol, el viento… Cierro los ojos y respiro tan profundamente que por un momento casi pierdo el equilibrio. Me desparramo por todos mis sentidos…

Estas botas de agua me vienen grandes. Camino como un pato mientras asciendo la ladera. Soy un debilucho desnudo de pellejo para adentro que camina despacio y espera. Que espera.
Cachiuscas, cachiuscas, repite alguien aun sin reír, riendo, dentro de mí…


Mientras subo la cuesta, la escarcha sobre las yemas del nogal.








14 noviembre 2013

俳句 despistado...





qué despistado...
papá se deja sin cortar
la seta más grande



Qué despistado... por un momento creí que era entonces. Lo creí de veras. Por un momento en que no sé qué pensaba, tal vez en nada, creí que caminaba sobre la suave hierba.

Vocación de despistado es mi vocación verdadera. Extraviarme, aunque sea solo por un momento, en el eco lejano de tu voz y de tu risa. Dejarme llevar por la suavidad silvestre de aquellos días en que el mundo entero nos aguardaba con calma ofreciendo solo sol, viento, nubes... y la seta más grande y hermosa. Cada día.

Qué despistado. Dejé sin cortar el hilo rojo más brillante, el que me unía a entonces. Un tirón, solo un tirón del hilo, y volveré a tu presencia.

Otanjôbiomedetô otôsan








12 noviembre 2013

俳句 omikuji





lluvia de invierno...
sin atar del todo
uno de los omikuji




Kôfuku-ji, Nagasaki, 26-12-2010




*Omikuji son las tiras de papel que contienen escrita de manera aleatoria la fortuna y que se distribuyen en los santuarios sintoístas y templos budistas en Japón.
Cuando la predicción es de mala suerte, es costumbre doblar el papel y atarlo en un árbol ubicado en el templo. La naturaleza todo lo acoge y en ella todo aguarda su renovación.



06 noviembre 2013

Presentación de "Puente de piedra"




¡Por fin, lo hemos conseguido! Ya se ha publicado el libro "PUENTE DE PIEDRA. Haiku en Ehime (Japón) y Aragón (España)".

Publicar este libro bilingüe, español-japonés, ha supuesto un verdadero reto, especialmente en cuanto a la traducción de los haikus, nada menos que 245. En él participan 13 autores japoneses, con una dilatada trayectoria en el haiku, y nueve aragoneses. Como curiosidad decirte que la edad media de los autores japoneses es de 76 años; seis de ellos tienen más de 80 años; ocho son mujeres y cinco hombres.
Con prólogo de Fernando Rodríguez-Izquierdo.

PUENTE DE PIEDRA se va a presentar y distribuir simultáneamente en España y Japón. El pvp del libro en librerías es de 14 €. Nosotros lo venderemos en persona a 12 €.
Si necesitas que te lo enviemos por correo (a 13 € por los ya ajustadísimos para nosotros gastos de envío ) puedes pedirlo AQUÍ
Para envíos fuera de España se tendrán que añadir a los 12 € los gastos de envío correspondientes según el país de destino. Puedes consultarlo AQUÍ

También decirte que PUENTE DE PIEDRA es un libro solidario, ya que desde que surgió la idea, pocos meses después del terremoto y posterior tsunami en Japón, decidimos que los posibles beneficios del mismo fueran destinados a las víctimas de esta catástrofe.


Gracias











04 noviembre 2013

31 octubre 2013

俳句 apenas un brillo





apenas un brillo que se abre
sobre el maizal
la luz del alba



 desde el tren, en algún lugar entre Santander y Madrid, 9-10-2013



25 octubre 2013

24 octubre 2013

Desde Japón...

Me acaba de llegar, y ni sabía que me habían enviado nada. Desde el Yomiuri Shinbun en Tokyo. Rapidez y eficiencia japonesa...









23 octubre 2013

"Sin otra luz". Crítica literaria de José Antonio Olmedo López-Amor

"Sin otra luz", un poemario de haikus dirigido por Vicente Haya

Por José Antonio Olmedo López-Amor

La editorial LapizCero publica el que para muchos es considerado el mejor libro de haiku escrito por occidentales, "Sin otra luz", un poemario elaborado por los españoles: Félix Arce, Manuel Díez y Mercedes Pérez bajo el magisterio del maestro Vicente Haya.

Auspiciado por Ciñe (Círculo independiente Ñ de escritores) la editorial LápizCero ediciones apuesta fuerte por una tríada de escritores españoles que desde hace tiempo están más que comprometidos con el haiku. Se trata de Félix Arce Araiz, Manuel Díez Orzas y Mercedes Pérez Pérez, un grupo de haijines bien conocedores de lo que el haiku representa no sólo para el que lo lee, sino también para aquel que intenta escribirlo. Debo confesar que al leer el título del poemario quedé asombrado por lo poético, ya no del título solo, sino del sugerente diseño de la cubierta, obra de Xavier de Tusalle, sin embargo al leer el primer haiku y comprobar que el título provenía de su primer verso me inquieté por completo. El triunvirato de autores de Sin otra luz profesa la preceptiva del maestro Haya, lo cual obliga al haijin a desaparecer de su haiku, concepto que además el propio Haya menciona en el prólogo del libro, y es en el mismo prólogo donde Vicente se pronuncia frente a lo arriesgado del título, ya que contiene apreciación personal, pero sin embargo lo considera acertado ya que "el verdadero haijin es aquel que no se deja censurar por las normas", algo en lo que los más puristas puede que no estén de acuerdo y que sin duda es arriesgado. Y siguiendo con lo singular del título, resulta que en mi cuaderno de notas tengo el dato de que en el año 2011, un año antes de la publicación de este poemario, el poeta norteamericano Juan Noyes, afincado en España, publica el poemario Sin otra luz y guía que fue merecedor del premio de poesía Pedro García Cabrera 2011, seguramente una casualidad anecdótica como las muchas que suelen ocurrir.

No es la primera vez que estos tres autores comparten autoría en un libro de haiku en castellano, en el año 2011 publicaron El Camino del Viento (QVE ediciones) junto a José Luis Vicent y Giovanni C. Jara, un libro muy recomendable.

Pero abordemos el poemario en cuestión, Sin otra luz. Hay que decir que los poemas se presentan sin títulos ni numeración, sin mayúscula al principio de cada verso ni punto al final, sin distinción de autorías, sin dedicatorias, sin citas, es decir, lo más desnudos posible e imbricados entre sí, una concepción que sin duda lo dota de continuidad y hermanamiento, tan sólo se entrometen en el discurso poético cuatro ilustraciones que hacen la función separadora de -posiblemente- cuatro bloques diferenciados por connotaciones estacionales. Esa supresión de lo prescindible, de la pretensión, de acercamiento al continuum de la pureza hallada en la Naturaleza es marca de la casa de Vicente Haya, que a su vez es legado de los grandes maestros orientales, una desnudez palpable a lo largo de 203 haikus que proyectan sus imágenes a razón de tres por página.

Uno de los muchos aciertos de la edición de Sin otra luz es el coeficiente de participación de los autores que aparece en las últimas páginas a modo de índice, algo que permite al lector identificar en todo momento qué haiku pertenece a cada autor. Así podemos adjudicar a Félix Arce (Momiji) en la página 23-1 el siguiente haiku: "niños jugando, / el viento agita el ala/de un pájaro muerto" sabor de wabi-sabi, espíritu de shasei, un haiku de género cruel que no deja indiferente.

Manuel Díez, que fue ganador del IV certamen internacional de haiku Facultad de Derecho de Albacete con su trabajo Reflejos de agua, en la página 24-1 nos regala un haiku que algunos podrían interpretar como zappai, no hay suceso aparentemente pero los versos son de lo más pictórico, posee haimi y aware : "cielo blanquecino.../de las ramas cuelgan/ciruelas pasas". Esa contemplación que nos subyuga puede empujarnos a verter la fascinación de nuestra mirada a veces de forma convulsa, como acto reflejo, sin pensar siquiera en lo que estamos haciendo, por eso a veces decidimos prescindir del suceso, porque un sólo impacto visual expresado con texturas es suficiente -como en este caso- para dejarse llevar por la escritura e intentar inmortalizar el momento alcanzando la categoría de haiku.

Mercedes Pérez (Kotori) que entre otros premios ha sido ganadora del 1º y 3º premio del IV Certamen Internacional de haiku No-Michi 2011 nos ofrece por su parte en la página 18-1 el siguiente haiku: "revuelo de pájaros.../el sonido de la nieve/derritiéndose". La autora potencia en este caso lo sensitivo del momento, podemos escuchar el aleteo de los pájaros contrastado con el leve sonido de la nieve derritiéndose, un recurso muy empleado para subrayar la capacidad telúrica de esta forma poética, el lector imagina esa onomatopeya y cierra el poema cumpliendo una de las reglas fundamentales, no contarlo todo en el haiku.

La variedad de haikus que contiene el libro es espléndida, desde haikus con Kigo (palabra estacional) a haikus sin Kigo (Mu-Kigo), haikus con onomatopeya, con texturas palpables (haimi), jisei, centrando su importancia en lo sagrado y haciendo uso de un Nai-Inritsu envidiable.

"Carcomidas/las hojas malva/atravesadas por la luz" en este haiku de Félix Arce ubicado en la página 57-3 somos partícipes de una belleza arrebatadora, lo bello no se explica, se evidencia, nuestra mirada, a contraluz del cielo, encuentra unas hojas malva que previamente han sido horadadas por gusanos y a través de esos orificios la luz del Sol entra como rayo luminoso, sin duda, Félix consigue sintetizar en sus tres versos toda una variedad de rasgos y detalles, descritos o sugeridos, que impregnan al conjunto de un aware muy sugerente. No por nada Félix es el actual ganador del certamen internacional de haiku El Vuelo del Samandar de Cuba, y además es buen conocedor de la lengua y cultura japonesa, dato muy importante si tenemos en cuenta que de esos ingredientes proviene el haiku.

Otro ejemplo del buen hacer de Manuel Díez es el haiku ubicado en la página 78-2: "hace viento.../el muro rezuma/la lluvia de anoche". La panspermia, el caos, la reconfiguración de las pequeñas cosas por la causalidad de una ¿casualidad? Un ejemplo gráfico del variado número de sílabas que se utiliza en todo el libro en general. Siguiendo las instrucciones de Haya un haiku puede serlo si sus sílabas se encuentran entre 7 y 24 siendo 19 el número más recomendable, y es importante saber que la creencia en occidente de que un haiku debe tener 5/7/5 sílabas de manera radical es falsa y que el abuso de la misma conduce a una cacofonía rítmica muy denostada entre los japoneses por lo que es importante alternar los metros, busca el metro roto (hachó) en busca de una armonía sonora, condición heterométrica que en este libro se consigue completamente.

Mercedes Pérez en la página 58-3 nos ofrece este haiku: "un haz de luz; /la espiral de mosquitos/vuelve a formarse". En esta ocasión se cumple el 5/7/5 de la mayoría occidental y un hecho tan cotidiano del que seríamos testigos en cualquier día de verano es representado aquí con una simpleza y claridad tan visual como inquietante. Mercedes es la autora que contribuye con más haikus al libro, aunque después de leer el conjunto poco importa eso ya que la cohesión y armonía entre los tres autores son tan evidentes como constantes.

Hay más de un denominador común que comparten estos autores, como por ejemplo su habitual presencia en una de las publicaciones más emblemáticas del mundo del haiku en español, la gaceta Hojas en la acera que coordina el valenciano Enrique Linares. Una revista que comenzó de forma digital pero que actualmente se distribuye también de forma impresa y sirve tanto de difusión de la cultura y arte japoneses como de sugestivo análisis de sus formas a través de artículos y ensayos.

Además Félix, Manuel y Mercedes fundaron recientemente una escuela virtual para todos aquellos que quieran iniciarse en el haiku llamada Makoto una iniciativa que fue idea de Vicente Haya, maestro y ejemplo de estos tres escritores que poco a poco van consagrando su vida a esta forma de vivir compartiendo su percepción del mundo en un camino iniciático que conduce a la comunión del ser humano con la Naturaleza al mismo tiempo que supone irse desprendiendo del yo.

En definitiva Sin otra luz es -como dice Vicente Haya en el prólogo- un libro de estudio que se diferencia de las antologías castellanas al uso tanto por su consciente y arriesgado planteamiento como por su ejercicio de aniquilación del yo, no sólo en la construcción de los poemas, sino en la estructura y edición del libro. No hay firmas, biografías, títulos, ni siquiera una pequeña fotografía de los autores. Por tanto es justo reconocer la labor de abnegación invertida y recomendar encarecidamente su lectura, una lectura que debe ser pausada y paladeada como los buenos vinos para saber apreciar el haimi de cada composición y degustar los diferentes matices que esconden estos versos. Como diría el gran Blyth, Sin otra luz es un compendio de meras nadas inolvidablemente significativas.




18 octubre 2013

俳句 caballos








tras la lluvia
ella me habla de caballos
mientras nos columpiamos




Tirando del hilo... ni siquiera recuerdo mis años entonces y ni sé por qué aquella tarde después del cole estaba con ella allí, en columpios paralelos, solos en un patio desierto, mojado tras la lluvia. Ni siquiera logro recordar quién era yo entonces, y ni sé por qué pero sí, a ella sí la recuerdo bien. Ella, la chica triste y un poco extraña que dibujaba caballos en clase. Es curioso pero casi la única imagen que recuerdo de ella es la de aquella tarde. El cadencioso chirrido de los columpios que iban y venían lánguidamente junto a su voz... sin prisa, sin nada más que hacer que dejarse llevar por aquel dulce vaivén que apenas rozaba el suelo, o el cielo.....

Vino a recogerla un coche lleno de gente. Un coche viejo y llamativo. Un rápido "tengo que irme" y quizá alguna palabra más que no recuerdo. Y es curioso pero ahí se corta mi recuerdo. Como un caballo medio salvaje que dejase de caminar de pronto, asustado ante algo que no puede imaginar siquiera. Sin saber por qué.


Muchos años después, muchos y diferentes, vi por la calle a S. una noche por casualidad, en una zona de bares. Nos cruzamos en la acera, solo un instante, como dos niños que se cruzan mientras se columpian.... Me costó reconocerla... me costó mucho reconocerla...

Alguien, alguna vez, había comentado algo sobre ella... sobre su vida, su mala y desgraciada vida. "De tal palo tal astilla" decían, comentaban, sabían...  Yo no sabía o no quise saber, hasta esa noche...
Su ropa ajustada y llamativa resaltaba su delgadez casi esquelética. Su mirada perdida apenas era nada en su cara tan maquillada como demacrada. Mil años de atroz vaivén chirriaron en silencio cuando pasó junto a mí sin verme y desapareció calle abajo mientras yo miraba, vuelta la cabeza, detenido en seco por algo salvaje y terrorífico.

No sé por qué entonces recordé aquel coche y aquella gente. Y aquella tarde... Pensé también en la a veces paradójica crueldad del destino, capaz de convertir la inocente ilusión en unos caballos soñados por una niña en el espeluznante "caballo" que pisotearía su juventud y destruiría su futuro.



Tirando del hilo... no sé por qué, no sé...  por qué al final de ese hilo estás tú, chica cándida y misteriosa, que dibujas caballos y te balanceas dulcemente junto a mí, un poco triste, un poco extraño, en esta lánguida tarde seducida por la lluvia.





 




17 octubre 2013

El erizo en la niebla







Cómo estará el caballo blanco en la niebla… ¿estará bien?...

Cuando vi por primera vez este cortometraje de animación no supe muy bien qué pensar. Me lo recomendó Yoko, mi amiga de Nagasaki, y como en tantas otras ocasiones parecidas lo recomendado era tan tiernamente extraño como ella misma.

Una animación de la época soviética de Rusia, obra de Yuriy Norshteyn. Multipremiada en certámenes de todo el mundo, elevada a las alturas por el propio Miyazaki, para algunos el mejor cortometraje animado de todos los tiempos… Y todo eso con una manufactura casi casi artesanal. A años luz de los efectos digitales y alardes técnicos de la factoría Disney o el anime japonés.
Un erizo, su amigo el osezno, las estrellas, un búho, un perro, el viejo roble, el río… y un misterioso caballo blanco... y la niebla, la niebla misteriosa y omnipresente.

Es extraño volver a verlo hoy, un día espléndido de sol, en los primero pasos del otoño, cuando la niebla no es más que retazos de nubes insinuados sobre las montañas.

Un erizo, su amigo el osezno… que se reúnen a contar estrellas mientras comen mermelada de frambuesas y toman té calentado con ramas de enebro.
“Yo le diré… y entonces él me dirá…. Y yo haré… y haremos pues…” y entonces, medio oculto por la niebla, un caballo blanco. Y allá va el erizo, temeroso y fascinado a partes iguales no sabe muy bien a qué. Preocupado por el caballo, impelido por su curiosidad, quién sabe.

Quién sabe por qué a veces yo mismo me sumerjo en la niebla buscando algo hermoso y terrible que me salió al paso de repente.

A tientas. Sin lograr ver siquiera el extremo de nuestra propia mano. ¿Quién no se ha encontrado alguna vez deambulando en la niebla siguiendo un algo que nos arrebató todas las palabras y todos los planes?
En mitad de la niebla. Con nuestra cesta de mermelada de frambuesa en la mano, temerosos de todo y de todos.
Cuántas veces no han sido precisamente aquellos de los que desconfiábamos quienes nos devolvieron nuestra cesta, nuestra confianza, mientras ni siquiera nos dábamos cuenta.
Quién no ha buscado alguna vez el corazón vacío de un viejo roble, sin atreverse a tocarlo siquiera.

¿Es la belleza sutil y misteriosa de la existencia la que nos llama en silencio, medio oculta por la niebla?

Cómo me gustaría por un momento abandonarme sobre el lento fluir de mi corazón y dejarme llevar, morir, con la  inocencia del agua clara, sumido en el frescor de las riberas, contemplando las estrellas, ya de verdad incontables, y hacerme yo mismo agua, niebla... Hasta que ese “alguien” me pregunte “quién eres”, venga a mí y me sostenga sobre su mano.

“Gracias”
”De nada”


Ay... qué cosas…
Quién no lo sabe ¿verdad? Y sin embargo quién sería capaz de explicarlo.
“...pues no sé, pero igual… no sabría decir… pero como me acuerdo de aquella vez…” ¿Quién no ha tanteado la niebla?

Amigo mío, tú qué caminaste conmigo. Tú que como  yo has cruzado el torii del santuario, la puerta de los sentidos, al encuentro de la palabra con lo sagrado.
Haiku, silencio, niebla o luz.
No importa. Cuando la luz y las cosas son una sola cosa. Está ahí. Lo está, quién no lo sabe. Basta verla una sola vez para saberlo. Toca y calienta nuestra piel, sin miedo.
Basta una sola vez para que ya no podamos pensar en ninguna otra cosa…

“¿No es maravilloso que estemos juntos de nuevo?”
 Decir las cosas y contar las estrellas mientras pensamos en lo que no tiene palabra ni número.
Cuántas veces nos hemos sentido cambiar de pronto, como el viento de otoño sobre el río. Ahora que ya no somos como antes pero somos como siempre hemos sido todo es igual y todo es diferente.

Todo lo que me atravesó, como luz, hasta los huesos blanqueados por el viento. Sin pasado ni futuro. Todo está aquí amigo mío, compañero, mientras comemos mermelada de frambuesa y tomamos té calentado con ramas de enebro. Tú y yo lo  sabemos, lo sabemos, mientras hablamos de otras cosas…

Cuando vi por primera vez este corto de animación  no supe muy bien qué pensar. Hoy, a plena luz, en este espléndido día de comienzos del otoño, tampoco. Quizá la tierna extrañeza que sientes al pensar en una amiga que, al otro lado del mundo, contempla los retazos de niebla sobre las montañas.

… el caballo blanco en la niebla… cómo estará… ¿estará bien?...






Ilustración: Grabado de Yoko Masuyama