·

さて、どちらへ行かう風がふく

bien... ¿a dónde ir...?
...el viento
sopla...


26 julio 2019

Haikus por el mundo. La carta viajera de Hojas en la acera




Una carta. Tan ligera como un haiku. Envuelta y llena con el mundo. Como un haiku.

Las palabras de los amigos que conozco o conoceré. Su silencio. Su compañía.

La de una golondrina en un patio lejano o los nísperos tan altos… y la tramontana y la bruma que pasa. Que siempre pasa. Las cerezas verdes y un mirlo que canta a veces, al alba.

Mariposas azules y un árbol hendido. Y un camino y la flor del tarai. El último croar de las ranas. Una tarde. Y el olor del azahar. Torcazas y semillas al trasluz.

Y el cielo. Solo el cielo.

Solo una carta. Solo un haiku y todos los haikus. Una palabra y todas. Y ninguna.

Y vosotros. Sobre todo vosotros.

Mi corazón se llena y se vacía, en un instante, y atraviesa el mundo, ligero, sin esfuerzo alguno. Sin pensar.

Mis queridos amigos.

Conocidos y por conocer.





25 julio 2019

Remolinos en el agua


Qué luna tan hermosa. Todo el día pescando, bueno mirando, yo soy el que mira. Mi hermano pesca. Mi hermano camina junto al río, susurra palabras que no entiendo, humedece con sus botas las hierbas altas que rozan mis pies casi descalzos.

Sandalias. Sí, me gustan. A pesar de los pinchos, a pesar de la tierra que se adhiere a todo y todo lo mancha.


El río. Que hermoso el río aquel. Al que llegábamos las primeras veces.

En los comienzos de todas las cosas. Mi padre, mi hermano. Las filas de chopos apuntado a un cielo que siempre estaba allí.

 Tardajos. El lugar casi descalzo en el que de niño miraba remolinos en la corriente. Donde pescaba mi padre. Y susurraba. Y callaba.

A dónde irá el agua, el aire atrapado en el agua, el agua en mi mirada de entonces. A qué profundidad invisible del río que pasa.






Qué luna… esta mañana cuando íbamos de camino, camino camino, al río vimos cuatro buitres posados en la ladera de una colina.

Qué mirarán.

El viento bajando por la ladera, rozando el cereal un momento, oleaje, sombra, nada.
Asustados levantan el vuelo pesadamente. Qué grandes son. Sostenidos en el cálido aire del mediodía, parecen nada, sombras. Sin esfuerzo  alguno. Sin ruido.

Extender los brazos y flotar en un día como hoy. Como un hermoso pájaro sin peso ni tristeza. Exiliado de todas las palabras.

Aún no hemos bajado del coche y un corzo salta entre las hierbas altas. Parece enhebrar el paisaje. Está y no está. A veces se detiene y mira. Nos mira.

Ser mirado por un corzo que huye entre las hierbas altas. A la luz del mediodía.

Desaparecer entre la hierba. Hacia el fondo de alguna parte transparente. Envuelto en aire. Solitario y tranquilo. Elegante.

Qué difícil acercarse al río. Turbio y crecido, flanqueado por toda la maleza arrastrada en las últimas crecidas. Ese lugar que escuchamos y que es inaccesible.

Caminamos por lo que no hace mucho fue río. Su fuerza dejada atrás la sorteamos como podemos. Troncos, ramas, broza…

Entramos y salimos de la orilla. Enhebramos el agua que corre al margen de nosotros.
El dedo de mi hermano dice silencio. Señala el lugar al que ha huido un corzo.

Miro.

Busco con la mirada entre el laberinto de chopos. A mi espalda el río.

En uno de los troncos el hueco redondo, perfecto, de un pájaro carpintero. Nada. El silencio. Luego las cigarras. De nuevo. Creo.

Diminutas hormigas aladas se agitan junto al hormiguero que pisó mi hermano. Noto en mis pies la humedad de sus pasos.




La luna asciende. Quisiera que no se me olvidara nada. Quisiera volver la mirada y que allí estuviera todo.

De nuevo. Sí.

La playa de fina gravilla a la que llegábamos caminando y se adentraba en el meandro del río. Donde mi padre pescó una trucha arco iris.

El brillo del agua que recubría su cuerpo todavía.

Y la luz de la tarde, risa de niños, recorriendo muy despacito las filas de chopos, infinitas.

Flores sin nombre.


Trinos en el aire.








Aguas turbulentas. Qué difícil pescar. Qué difícil acercarse siquiera. Qué alta está ya la luna.
Apenas veo lo que escribo.

Qué lástima la oscuridad. Qué lástima la tristeza que no flota en el aire.

Todo lo que vi, lo que oí, el olor del río que caló mis huesos cuando cerré los ojos…

No te pierdas por favor.

Remolinos en la corriente que sigue allí. Sin estar.

Miro sobre mi hombro, atrás, no sé por qué. Los campos de cereal ascendiendo las colinas y la luz del sol que viene, que ya vuelve. En silencio.

La hermosa soledad de mi infancia sigue aquí. Intacta. Junto al río.

Parece estar aquí, una llamada sin voz, la oscuridad de un nido horadado en la madera. Un remolino en el agua.

Lo que soy ahora. Algo que era ya entonces sigue recorriendo la orilla junto al río. Tranquilo. Sin nada en las manos.



Alimoches. Justo antes de volver a casa. Mi hermano señala en el cielo siluetas blanquinegras trazando círculos en el aire. La pareja.

Charlamos. Palabras que van, que vienen, de esto y de aquello, de ahora y entonces, sostenidas sin peso en el aire de la tarde. 

A ratos, sin decir nada, miramos el laberinto de árboles que se adentra colina abajo hasta el río. Miramos, apenas mirando nada, el lugar hacia el que huyen los corzos.


















16 julio 2019

Está dicho



Está dicho. La voz de las olas, las gaviotas. El silencio de las rocas, las nubes.
Todo lo que podría decir está ya dicho.
En este momento en el que no sucede nada.
¿Traduzco? ¿Transmito?
Mi alma es una esponja marina que en la oscuridad del fondo filtra en silencio todo el agua que la rodea. Todo el agua del mundo.
Y se alimenta, y se limpia y se purifica.
Y descansa.
Agua que pasa.
En este momento en el que todo calla.












11 marzo 2019

Haiku y Danza Tao. Una noche con El humo de las ofrendas.



Es realmente hermoso construir días así, a golpe (cariñoso) de generosidad de buen hacer. 

Qué curioso el camino este del haiku, sinuoso como el humo de una ofrenda que se adentra en el aire. Los amigos que se juntan a su vera, al calor de su luz.

 Qué sobrecogimiento ver tus haikus tomar cuerpo en el cuerpo de otra persona. Ver dedos ajenos recorrer los nombres propios, en el aire. Recoger ese algo, presencia de la ausencia, que acaricia y consuela el rostro... que se tiende sobre la tierra, y yace.

 Respiro. Reojo un pedazo de todo el aire del mundo, y lo dejo ir. 

Los amigos... si de algo sirve el largo camino es para recordar, revivir, los buenos momentos que pasamos con los amigos.

 Me gustan los caminos largos y los buenos amigos. Me gusta mirar en silencio como a su vera los corzos salen ya a comer en las lindes de los campos, mientras cae la tarde, mientras el sol de invierno llamea hacia poniente deshaciéndose en mil tonos de rojo. 

Como una ofrenda. Como un "gracias" que abraza el aire.







Y algunas fotos de la noche aquí









06 diciembre 2018

haiku de adviento III



Podría ser agua, podría ser piedra. No sé los años que La Muedra lleva sepultada por el agua. O saberlo y la pereza de pensarlo. Mucho tiempo, mucha agua. El antiguo pueblo.  Apenas los restos de antiguas herrerías, de caminos enlosados que se adentran en el agua, en el cielo del atardecer, llamarada que flota en la nada.

La torre del campanario que emerge de la tarde, del agua, es ahora posadero y refugio de una familia de cormoranes que va y viene sobre el agua. A través de los prismáticos las marcas de un reloj que fue aún se distinguen sobre las piedras de uno de sus lados.

No se ve, pero casi, la mirada de aquellos que fueron y no conocían a los cormoranes.



Podría ser mi padre, podría ser mi hermano. Las veces que veníamos a pescar a la orilla de esta agua, de aquella, en tardes así yo ya no las sé. O saberlo y la renuncia a pensarlo.

La mirada quieta de las vacas, qué pelo tan largo, se asoma a la orilla como ensimismada. Más allá de los relojes y las marcas de los relojes.

-La comida en el campo sabe de otra manera. Mejor.  –el viento arrecia y mi hermano levanta la mirada a las montañas cubiertas de pinos mientras mastica. Almuerzo tardío al abrigo de la retama.


Las montañas blanquean sobre la línea de los últimos pinares y brezales, allá a lo lejos.

Qué lejos la nieve. Qué lejos todo. Qué finísima blancura esta que me separa de todos los entonces.

Mi humanidad es más humana aquí, en la naturaleza. Cuando mi sabor es de otra manera. Más auténtico.

Difuminada el agua y la montaña, la tarde en la mañana. Tú y yo, ellos. Nosotros. Mientras giran en el viento las hojas de los quejigos que cayeron al agua.




Despacio, de vuelta a casa frente a los faros del coche un corzo a la vera del camino. Nos mira muy quieto. Luego se vuelve y desaparece en el pinar, en la noche. Un instante.
Tras él una mirada que se adentra en la oscuridad, buscando. Y en su mirada la mirada de un padre, de un hermano. De un amigo.  De todos aquellos que no conocieron a los cormoranes.



Luna empañada.
La silueta borrosa
de los pinares.



Haiku de Juan Carlos Durilén. Tercero de un calendario de adviento un poco raro.