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さて、どちらへ行かう風がふく

bien... ¿a dónde ir...?
...el viento
sopla...


18 junio 2020

はつもの hatsumono



うぐひすの 麁相がましき初音哉
uguisu no sosoo ga mashiki hatsune kana

los torpes intentos
de un ruiseñor
¡primeros trinos de año nuevo!


-Yosa Buson-




-Andando por el campo siempre hay que llevar un palo- eso decía mi padre. Un palito. Él siempre decía “un palito”.

El chopo derribado por la tormenta aún no ha perdido su vigor. Las hojas verdes, recién estrenadas, parecen todavía beber el sol tumbadas sobre la hierba. Las ramas elásticas, cada vez más delgadas según camino hacia su copa.

No hay manera de arrancar una. Un palito.

Apenas reconozco todo esto. La orilla del río, los sauces y fresnos, los chopos. Me acuerdo de Bashô cuando andando por el profundo norte de Japón decía aquello de las colinas achatadas por el tiempo y los ríos que cambian su curso. Las piedras medio enterradas y los venerables árboles sustituidos por arbolitos jóvenes. El tiempo pasa y pasan las generaciones. Pero los ojos aún pueden contemplar recuerdos de mil años.


Un gavilán viene desde los campos y se pierde en el bosque de ribera. Luego vuelve. Ni a la primera ni a la segunda consigo enfocarlo con los prismáticos.

La senda estrecha que remonta el río paralela a la orilla apenas es distinguible entre las hierbas altas y las flores. Aciano, campanillas, tréboles… Cuántos nombres se me escapan. Justo aquí donde me parecen tan inútiles las palabras.


Pelusas de chopo enganchadas en las espinas del rosal silvestre. El sol va y viene.

Qué difícil acercarse a la orilla del río. Las lluvias de finales del invierno, una primavera sin nosotros y la naturaleza parece tomar aire. Y después soltarlo.

Qué bien huele todo. El olor… No sabría decir a qué. O a qué no. Todo parece estar aquí. Todo, como siempre. Parecen las mismas hormigas transitando en silencio a ras de la tierra y sus filas desparramadas por la hierba, y su fuerza increíble. Semillas de cebada, tallos de hierba… Y el niño que las miraba.


Tres cardelinas pasan volando, arriba y abajo, como sorteando olas, sobre el campo de cebada amarilla.

Apenas recuerdo cuándo fue la última vez que estuve aquí. La orilla del río, el canto del ruiseñor. Los dientes de león, la angélica, los gordolobos. Son enormes. Parecen tan altos como entonces. Es curioso, no recuerdo la última vez pero tal vez recordase la primera.


Una primera vez, para siempre. Una última, siempre inesperada.


Hatsumono. Las primeras veces. Qué aficionados son los japoneses a estas cosas. Sobre todo en Año Nuevo. La primera luz del sol del año, la primera visita al templo, el primer trino…

Qué torpecillos todos las primeras veces. Es hermoso. Para los japoneses. Ay qué cosas. Los descuidos del principiante. El revoloteo atropellado de quien estrena el aire.

¿Es una curruca? ¿Un ruiseñor? Seguro que Fernando lo sabría. Cuando me adentro en la espesura de la orilla a grabar su canto me comen los mosquitos.

Este es un cuco. Sí. Jope, su canto hace eco de tan claro. Una bóveda. Pienso. Todo esto parece una bóveda que devuelve el eco de todo lo que cantas, de todo lo que callas.

No sé por qué, sin más, cojo una espiga de cebada salvaje y la lanzo contra mí mismo. Parece que se va a quedar prendida en mi pecho pero no.


 “El placer de vivir me hizo olvidar el cansancio del viaje y casi me hizo llorar”. El bueno de Bashô.

Cuando era niño, cuando caminaba por aquí las primeras veces, hacía dardos con espigas de cebada y flores de margarita. Y espinas de cardo.

Ahora, después de este largo viaje, de todos los largos viajes, no me atrevo a cortar flores de margarita.

Ahora, hoy, enniñecido junto a la blancura de las flores de angélica, tan altas, recorro los senderos que huelen a río, que huelen…

Grande pequeño, nuevo antiguo. El olor es el mismo. Es el mismo.

Cuando los barbos remontan el río para desovar entre los guijarros cubiertos de algas y los caballitos del diablo apuran los primeros reflejos del agua sobre los juncos yo vuelvo a caminar por aquí, tan torpemente, estrenando flechas de cebada que apuntan al corazón, ensayando Dios sabe qué.

Vaya palito que me he pillado al final. Estaba junto a las flores de alfalfa, palitroque secado al sol dejado por la última riada del invierno.

Ni sé de dónde venimos. Ni sé si me reconocería asomado a la corriente si fuese capaz de atravesar toda la espesura que me separa del río. Ruiseñores y mosquitos.


Una mariposa blanca, azul, zigzaguea hacia mí. En la espesura, el canto de un herrerillo.

A veces, sin saber muy bien por qué, me paro y vuelvo la mirada. Nadie me sigue pero el sendero está lleno de mariposas.

Sin creerme mi suerte hago una foto a una mariposa oscura que parece dormitar sobre la hierba. Dudo si acercarme más o no. No hay nada salvo esto. Dormiría mil años aquí mismo. Dormiría mil años si tuviera alas.

Aquí donde vi la oruga tan gorda aquella que parecía brillar, cómo se movía. Bajó una ribazo y luego subió por el otro lado. ¿Sabía el niño que era una mariposa? Y en esta orilla el galápago que pareció mirarme y luego meterse en el agua. Y la culebra, qué verde, qué grande, que zigzagueó entre la hierba alta. Qué susto. Si hubiese estado mi padre con su palito… Bueno, menos mal que no estaba, al fin y al cabo.


Quizá el mundo en sus inicios era así. Quizá entonces yo estaba allí y ahora empiezo a recordar.

Qué cosas pienso. Como los  japoneses…


Hatsumono. ¿De verdad estuve aquí antes? ¿De verdad no es la primera vez? ¿De verdad no es la primera vez todas las veces?


Un aguilucho, ¿pálido? ¿lagunero? Parece flotar en círculos sobre los campos de cebada. A contraluz no lo distingo bien.

Pienso de pronto en lo pájaros, en todos los seres nacidos esta primavera y que no nos conocen.  Que no saben lo que es un ser humano.

Pienso en mí. En lo que yo tampoco sé.

¿De verdad seré el primero en estar aquí?

Hablo solo sin darme cuenta. Sin saber, sin conocer. Hablar, escribir, una manera de hacerme visible para mí mismo. Supongo.

Sería hermoso no saberme. Encontrarme de nuevo como quien sale de un confinamiento. Un poco torpe, un poco miedoso. Hablarme por primera vez sin pronunciar palabra, caminando, con el corazón descalzo.

Solo cuando no hay palabras, las hay.

Como un haiku siempre es de los últimos momentos. Así mi no-palabra sería siempre de los primeros.

 El primer sol de la mañana y la primera estrella de la noche. El primer vencejo que llegó a mi tejado y el primero en volver al sur. El primer abrazo del amigo y la primera risa compartida.
La primera hormiga y el primer niño que la mira.


El primer canto del autillo y la voz de los corzos. La primera llamada de los sapos parteros. El primer palito que me dio mi padre.


Una abubilla desciende yo no sé de dónde y se posa a diez pasos de mí. Camina y picotea el suelo. Levanta de vez en cuando la cresta blanca y negra. En cuanto me mueve emprende el vuelo. Torpe…


Recojo una brizna de tomillo y la estrujo entre los dedos. Como hacía mi padre. Si pudiese mantenerme quieto y transparente… Ser agua que nace y pasa, un ruiseñor, niño y hormiga, un olor, nada.

Si pudiese ser solo primeras veces.








11 mayo 2020

el olor de la fábrica de galletas


A través de la mascarilla el olor de la fábrica de galletas… La de siempre. La que ya estaba allí cuando volvía del colegio y miraba las nubes. Como esta tarde.

La forma de las nubes. Al final de las calles vacías.

Hago fotos con el móvil a lo que no hay.

Esta tarde. Al final de la calle, de todas las calles,  un niño como una nube que pudoroso no toca las flores. ¿Contagiaré a la primavera este virus, casi no vida, que no comprendo?

Amapolas, viboreras, margaritas, capellanes, arvejas… colores recién estrenados que me aguardan desde hace tanto…

Los pinos que realmente eran cedros, qué altos. Un séptimo piso, no exagero. A los cedros que fueron pinos y yo trepaba de niño. A las primeras ramas, tan altas entonces ahora rozadas por poco con mi cabeza. Un poco me estiro según camino y sí, casi casi las rozo.

Como las nubes rozan el cielo, aguardando al final de las calles vacías en las que se estira la tarde, de punta a punta.

Inmensas. Como un edificio de siete plantas por siete que se eleva sobre ti, y te envuelve. No exagero. Imposible trepar hasta sus primeras ramas. Ni de niño.

Me gustaría sentarme al borde de las nubes o a la sombra de una margarita. Quedarme aquí sin más y ver pasar a la gente, a la que conocí de niño y a la que no. A la que nunca conoceré y ya estoy conociendo.

Pero no puedo.

No puedo nada salvo oler en el aire las galletas de la fábrica. Otra vez. De nuevo.

Tengo miedo. Tengo un poco de miedo, un poco más pequeño que una rama pequeña, no sé si de cedro o de pino, a acostumbrarme. A acostumbrarme a eso que llaman la nueva normalidad.

Como a la vieja.

No exagero.











26 abril 2020

contando pájaros


Primer muestreo. 26  Abril a las 9:21

 Un ejemplar  entra en mi campo de visión a unos cuarenta metros de altura rumbo noroeste sureste. Al llegar a la altura del edificio alto blanco comentado ayer ha dado una vuelta en espiral sobrevolándolo. Solo una porque en ese momento ha aparecido con el mismo rumbo otro ejemplar y ambos, uno detrás de otro, se han dirigido precisamente hacia la zona de los antiguos escolapios mientras perdían altura. Se confirma pues la posible zona de anidamiento en esa zona.

Contando pájaros.  Voluntariado organizado por la SEO-Birdlife  para realizar este fin de semana un censo de cernícalo  vulgar en la ciudad.


Acompañado de su padre, un niño de unos seis o siete años recorre con su patinete la acera del otro lado de la calle. Parece inseguro, parece contento. Su padre también. Vacilante traza curvas cada vez más cerradas hasta tener que parar. Casi se cae al suelo.

Hacía mucho que no veía niños en la calle. Cuánto. Cuántos días. Espirales de tiempo que no soy capaz de sobrevolar. Hay algo de antinatural en una ciudad sin niños. Como una primavera sin pájaros.

Primavera sin primavera.



Segundo muestreo.  12:05

Una pareja de cernícalos sobrevuelan en círculo el edificio blanco antes mencionado. Ganando altura y ampliando el radio de los círculos se han ido desplazando poco a poco hacia el noreste. A algo más de altura he podido ver a otros dos ejemplares, también trazando círculos aunque algo más erráticos.
Al final los he perdido a todos de vista hacia el noreste, cuando han salido de mi campo de visión. Al menos uno reclamaba de vez en cuando. Se le oía perfectamente en el aire del mediodía.


Había algo de Día de Reyes en la calle. Los niños en la calle, pocos, parecían celebrar algo. Algo nuevo y bueno. Algo había en ellos que parecía tomar altura, un poco a tientas, sin saber. También en sus padres.

Espirales en el aire. Trinos de pájaros que no veo, risas de niños que no conozco.

¿Habrán bajado a la calle los dos hermanos que algunas tardes juegan a perseguirse en la terraza de su casa? ¿Se alcanzarán hoy corriendo por las calles vacías?



Fuera de la hora de muestreo.

Un cernícalo ha sobrevolado varias veces el pequeño descampado frente a mi casa. A no mucha altura. Luego lo he perdido de vista porque ha sobrepasado mi tejado. Por un momento parecía que iba a venir hasta mi ventana.

 Eso he pensado. Por un momento.



Después, no sé por qué, me he dado cuenta de que contaba recuerdos. Momentos como pájaros, en espirales que venían y volvían sobrevolando algo que a veces creo que soy yo. Asomado a una ventana.

Un niño pedaleaba vacilante en una mañana de sol sobre una bici nueva. De carreras. Roja. Aún con ruedines. Tenía hasta un bote verde sujeto bajo el cuadro para llevar agua. Aquel bote era lo mejor. Todos los amigos pedían beber de aquel bote verde.

Había un mundo vacío entonces. Por estrenar, como un cielo de primavera esperando a los vencejos.



Las nubes de la lluvia que viene ascienden ya por la ladera de la Sierra de Santa Ana. Se van deshaciendo según toman altura.

En el cielo una pareja de cigüeñas en dirección sureste, qué alto vuelan, se pierden en el cielo que se curva más allá de la ciudad. Parece que flotan en el aire atravesando la luz de la tormenta.

















18 abril 2020

kintsugi


俄雨瀬戸物売りは常の足
niwaka ame setomono uri wa tsune no ashi

chaparrón
el vendedor de porcelana
mantiene el paso

-Yosa Buson-


Yo creo que esta tarde había más gente en las ventanas. Yo creo que aguardaron más tiempo después del aplauso. Quizá la tormenta. No sé.

Justo antes de las ocho parecía que las nubes iban hacia poniente. Luego no. Parecía que venían de allí. Qué cosas. Las nubes.

Hay veces que me dan ganas de abrazar. Sin más. A la gente. A las nubes. Qué cosas, que van y vienen, de aquí para allá.

Kintsugi. Una costumbre japonesa, un arte, la de reconstruir cerámicas rotas con oro. Así pues las grietas no se disimulan sino que se embellecen.

Qué cosas. Japoneses.

Grietas. Parecían grietas los restos del cielo entre las nubes esta tarde. Justo antes, y justo después, del aplauso de las ocho. La gente en las ventanas, con sus aplausos, y los truenos en no sé dónde, lejanos, de vez en cuando.  Y la luz de la tarde que no lo es del todo atravesada por las fulguraciones de los relámpagos. Y el olor de las cosas que comienzan. Ese olor...

Había belleza en todo en ello. Da cierto pudor confesarlo. Es verdad. Pero es verdad que aguanté en la ventana más allá de los aplausos y de los truenos. Y del silencio que vino después.

Esas ventanas abiertas que también aguantan las primeras gotas y su silencio. Quién. Quienes sois. Quisiera llegar hasta allí y decir. O callar. Quisiera ser un pájaro blanquinegro que anida a la vista de todos.

Luego una gota fue otra y otra. Y otra.

Luego granizó.

Y después miré cómo se había quedado sobre la hierba, retenido como los restos de una nevada imposible.

Y luego llamó mi hermano por teléfono.



Reconstruyo un recipiente para albergar un vacío que me da sentido. Con los hilos de un atardecer que no entiendo, con el regreso de los pájaros blanquinegros que no sé desde dónde llegan.

Justo hoy llegaron los aviones, qué pequeños, a su nido bajo el alero de mi casa. Como todas las primaveras. Y volaban aquí y allá, qué ligeros, ajenos a la herrumbre de la tierra firme, atravesando la luz de la tormenta.

Ayer no estaban. Hoy sí.

No sé. Qué cosas. Pero es así. Todo. Ahora sí, ahora no. Blanco, negro. Conmigo, sin mí.

Era hermosa. Sí. De verdad que sí. Esta tarde con las ventanas abiertas atravesadas de manos de todos los tamaños.  Esta tarde atravesada de relámpagos y aviones. 

Kintsugi. No sé qué reconstruir. Como todos supongo. No sé si reconstruir o construir. Con oro o con pájaros. No sé. ¿Quién nos devolverá a nuestro ser? ¿Qué manos? ¿Qué palabra? ¿Su silencio? ¿Brillarán nuestras heridas?

Relámpagos suturando la tarde que se va. En silencio.

Esta tarde miraba la tormenta que ya pasaba, si es que se puede mirar eso, y pensaba sin pensar en lo que soy. En lo que no soy. En lo que debería ser.

En la luz fulgurante que recompone el cielo. Y la tierra.


Luego las gotas de lluvia fueron una.

Luego nada.

Luego vino la noche.

Y pensé en los aviones, tan pequeños. ¿Estarán bien?

Mantener el paso.

Mantener el paso cuando todo alrededor parece derrumbarse. Mantener el paso cuando sabes que algo frágil y valioso  depende de ti.

Caminar sin más, bajo la lluvia  súbita de primavera, cuando aguardas sin saber por qué a los pájaros, lo abrazos, que vendrán.















03 abril 2020

nieve y sakura


Un día de esta semana, uno cualquiera, mientras aquí nevaba a la mañana, cómo caía,  pude ver los cerezo en flor. Qué lejos. Me llamó una amiga japonesa por facebook. Una videollamada, por sorpresa.

Quería que viera la sakura. Ella paseaba por un parque junto a su madre. Estaba preocupa por las noticias que allí hablan sobre España. Es curioso, nunca sabemos quién se asomará un día a la ventana pensando en nosotros. Tan lejos. Bajo los cerezos en flor.

Yo le enseñé la nieve. La de aquí, la de Soria. Qué hermosa. Extraño hanami. Cuando allí caen las frágiles flores de los cerezos parece que nieva. Las calles se cubren de pétalos rosados, casi blancos, y cuesta que no te cubran la cabeza, como a un recién casado.

Es casi imposible no pisar los pétalos de cerezo. No importa el cuidado que pongas.

La belleza efímera de las cosas. La belleza que aparece de pronto, nos llena el alma, y desaparece sin más, sin hacer ruido. Una belleza real, sincera. Mucho más hermosa que la inventada y confinada por nosotros.

A la tarde me sentía raro. Mi pensamiento vagabundo, inconfinable,  iba y venía una y otra vez más allá de mi casa. Rondaba errante por las riberas marinas y los senderos que sinuosos atraviesan los bosques. .

Tengo un sombrero de junco, de esos que llevan los peregrinos budistas en Japón con kanjis escritos, poemas, sentencias…  y sin saber muy bien por qué me lo puse. Luego me lo quité, me sentía ridículo.  Pensaba en Santôka, en Bashô… Luego en mí… Luego me lo puse otra vez. Me lo ponía y me lo quitaba sin más. Y miraba el cielo de la tarde, sin aviones.

 Era justo antes de los aplausos de las ocho.

Los que cuidan y lo que son cuidados. La pesada quietud de una habitación que no es la suya. La esperanza de nuestros corazones asomados a las ventanas.

Qué frío. Se me quedaron las manos heladas. Aún quedaba bastante nieve, aunque ya hecha corros, numerosos, como los pétalos caídos al suelo de unos cerezos invisibles.

Me he metido en casa, y con mi sombrero de peregrino otra vez puesto he buscado la tienda de campaña que no uso desde hace años y la he extendido sobre el suelo del salón. Jope, no sé si era real pero a mí aún me olía a campo.

Por un  momento he visto de nuevo aquel chotacabras sobrevolar nuestro campamento improvisado junto al río, como un relámpago fugaz al borde del anochecer.

Aquel que esbozó nuestra adolescencia, que nos quitó todas las palabras.


Los pájaros me recuerdan que puedo volar.


Pienso en los vencejos que vendrán. En las hierba creciendo en los senderos. Necesito  el aire libre, la lluvia, y las hojas de los árboles, los grillos y el silencio que viene después. La suavidad de la brisa, su tibieza, mi piel, de una noche de verano.

Que vendrá. Que ya está viniendo.

Quizá estos días cada uno acampamos donde podemos. Quizá hay un campo primordial que nos vio correr cuando éramos niños y aguarda nuestras risas. Las estrellas limpias de las noches de verano nos esperan. Con todo el tiempo del mundo.

Alguien nos llama en silencio.

Desde lo más profundo y salvaje de esta noche.

Una noche para acampar en la quietud de uno mismo. Una noche en la que la nieve son pétalos de otros horizontes.











29 marzo 2020

Una primavera sin nosotros


“Estaba pensando aquí desde el balcón que cada día es diferente en la naturaleza.
Una determinada combinación de luz, de temperatura del aire...cada día distinto.
Las casas por dentro son como siempre iguales.”

Un whatsapp en la mañana. Ella. El mar. Allí.

Confinamiento. Lo inimaginable hace tan sólo unos cuantos días.

 Un marzo sin marzo. La primavera sin nosotros.


Sólo comprar comida, farmacia, trabajo … Multas, el ejército en la calle. No es una película. Lo mejor y lo más estúpido de nosotros mismos sale cada día a la calle sin calles.

El corazón humano. Siempre al borde de la catástrofe. Huérfano de algo que intuye y nunca llega a tocar. Una estrella que implosiona, una estrella que explota, reventando de brillo, para iluminar el universo entero. Entre el agujero negro y la supernova. inabarcable y que lo abarca todo. Acogiendo toda la oscuridad del cosmos y la mirada inquieta del buscador.

Qué extraños estos días… Y estas noches. Duermo mal y me despierto pronto. Aniquiladas las rutinas, dejarse llevar hacia una extraña ataraxia.

Luminosa la mañana sin nadie en la calle. Es verdad, esa combinación de la luz… El sonido de mis propios pasos hacia el súper. Qué pequeños.

El sonido de una persiana. Un anciano en una ventana de un tercer piso. Parecemos únicos habitantes de esta mañana, varados sin saber en la luz de esta mañana. Siento de pronto el impulso de saludar. No sé. De decir “no estamos solos”. De abrazar. De abrazar el aire tal vez. Como un pájaro.

Pavesas de un solo fuego. Ahora lo sabemos. En la necesidad de los otros. De los desconocidos que nos hacen lo que somos. Sin saberlo. El nosotros que titila en la oscuridad anhelando la misma luz que nos conforma.


Es la soledad y no el bosque lo que impulsa a saludar a un desconocido. El mundo humano convertido en bosque de pronto. La nieve más blanca y el agua más cristalina. Qué claro el canto de los pájaros, la voz tenue de las abejas. Es el propio aire más transparente, más lejano.
Se ha hecho de pronto el mundo más mundo sin nosotros.


 Más humano.

El bosque, bosque al fin.




 Soy un náufrago, como anhelaba de niño, dejando crecer la barba, qué escasa, y renunciando a los adornos. Al rescate. Contemplando sin prisa el lento transcurso de las horas, su peso. Las infinitas combinaciones de la luz en el lejano aire de la mañana. Envuelto en la temperatura de la frágil presencia de la primavera sobre mi piel.

Las casas siempre iguales por dentro. Tal y como la dejaste al salir, así al volver.

Como nosotros. Aire viciado, polvo, cuando somos incapaces de salir de nosotros mismos. Qué tristeza volver una y otra vez a uno mismo y encontrarse así, tal y como fuimos antes del viaje.

Cada día distinto, cada día igual. Mi solitario corazón, qué tímido, asomándose al balcón de una naturaleza sin mí.  Mirando de soslayo lo que soy.



La luz del pájaro en la voz de la mañana.

Luego nada.




Aplausos a las ocho. Luces de navidad en la ventana.

Quizá algo está naciendo ahora mismo sin que nos demos cuenta. Quizá la luz.

Un abrazo. Al desconocido en la ventana, al de cada día. A ti, quien quiera que seas, aunque desvíe la mirada. Al aire tibio de primavera.

Un abrazo en mitad del bosque.













15 marzo 2020

nuestra naturaleza

Esta mañana he abierto la ventana de la galería y la calle desierta me ha llegado al alma. Solo un barrendero, un chico de color, estaba parado como mirando algo lejano en el aire fresco de la mañana. El sol espléndido. El canto de los pájaros...

Creo que es la primera vez que la soledad perfecta de una mañana de sol me encoge el corazón.

Qué sensación tan extraña.

Al darme la vuelta para volver a entrar en casa he visto que en uno de los tiestos, vacío, solo tierra, había germinado algo.
Las primeras hojas, semillas que dejé en la tierra, en un día que ya no recuerdo, de una fruta que desconozco.

Sin que yo sepa cómo, mientras dormía, la semilla germinó y extendió sus hojas en la soledad de una noche cualquiera. Porque es lo suyo. Es su naturaleza.









21 febrero 2020

un puñadillo de palabras



Siempre me sorprende que un puñadillo de palabras recogidas aquí y allá, un día, otro, lleguen al corazón de alguien del que apenas sé nada, su nombre. Y ese día, y aquel otro, tomen forma de nuevo en esa persona, sin saber cómo, sin saber por qué.

Y la generosidad de esas personas me sorprende y no me sorprende. Es como magia.


Ojalá un abrazo pudiera llegar así también. Atravesar los días y los nombres y tocar el corazón de las personas. Un abrazo grande y transparente que abarcase el aire entero como los pájaros cuando vuelan.








27 enero 2020

Será la luz


Será la luz. A veces pienso que es la luz, una determinada manera de caer sobre la tierra, la que me recuerda algo. El recuerdo de un recuerdo, no sé. Quizá en aquel día, o en aquel otro, había una luz parecida. Quizá esta misma luz. Luz antigua, casi eterna.

Hay una luz entre la lluvia, una tenue luz que penetra la tierra. 
Entre la lluvia una luz que intuye otra luz. El sonido de mis pasos volviendo a casa son el eco de otro que es y no es. Que viene y va, como la lluvia.

Cuando era un chavalillo pensaba que la gente no me conocía realmente. Que no sabían quién era yo de verdad. Bueno, la gente no sé, la gente que me quería. Mi familia, mis amigos… la chica que me gustaba… Que moriría un buen día y todos ellos llorarían, tal vez, a otro que en realidad no era yo.  

Aquello me angustiaba.

Tontunas…

Ayer volvía a casa y pensé no sé por qué en la piel tan opaca que me recubre. En la piel sobre la piel que se toca y se acaricia. Pensé que me gustaría quitarme la piel, peso tonto, y darle la vuelta, y extenderla bien extendida sobre la hierba, sobre la suave hierba. Dejarla allí, al sol. Al sol de una tarde azulada de verano hasta que el tiempo y las vueltas de la tierra la hicieran tan transparente que la luz pudiera atravesarla.

Volver a casa un día y ver la hierba a través de la transparencia de mi piel.

Y mis amigos, mi familia, la chica que me gusta, esta esta, verían por fin lo que soy de verdad. Hierba que crece, agua, las pequeñas flores. Una nube que asciende la ladera. El pájaro que canta entre la tenue lluvia.

Una luz que atraviesa lo que soy, lo que siempre fui cuando aún no me daba cuenta.


Esta tarde, ya en casa, he visto un cernícalo pasar volando hacia el sur, entre los edificios, ha girado en el aire y ha vuelto hacia mí. Por un momento parecía que venía a posarse a nuestro tejado. He dejado lo que estaba haciendo y me he asomado a la ventana. 
No. Solo el aire húmedo de la tarde.
 Ha debido sobrevolar la casa y ya no estaba. Es hermoso pensar que un cernícalo habita por aquí. Trazas de lo salvaje apuntando directamente al corazón. Los pájaros parecen habitar otro mundo. Tan profunda su mirada, tan ligeros sus huesos. Parecen sostenerse sobre la nada, más allá de la vanidad y la pena.


A veces no nos damos cuenta, quizá, a veces se nos olvida, pero no somos nada salvo transparencia extendida sobre el mundo. A veces es necesario que alguien te lo recuerde. Aquel que camina a tu lado, en silencio o hablando de salamandras, bajo la lluvia, al sol, con viento o sin él. Cruzando las montañas y los bosques entre la bruma de la mañana. 
La luz atraviesa  lo que somos, día y noche.