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さて、どちらへ行かう風がふく

bien... ¿a dónde ir...?
...el viento
sopla...


02 diciembre 2016

de vuelta al mar

Cuando salí de ti, a mí mismo
me prometí que volvería.
Era en otoño, y en otoño
llego, otra vez, a tus orillas.
( De entre tus ondas el otoño
nace más bello cada día. )

Y ahora que yo pensaba en ti
constantemente, que creía...

( Las montañas que te rodean
tienen hogueras encendidas.)

Y ahora que yo quería hablarte,
saturarme de tu alegría...

( Eres un pájaro de niebla
que picotea mis mejillas. )

Y ahora que yo quería darte
toda mi sangre, que quería...

(Qué bello, mar, morir en ti
cuando no pueda con mi vida.)



José Hierro, un fragmento de su poema “Llegada al mar”. Qué cosas, cuando leí ese fragmento, así tal cual, pensé que era él mismo un poema de amor. De amor a una persona. Yo era entonces un chavalito y desconocía el título y todo lo demás, bueno, ya se sabe… era en primavera, y en primavera…

El mar. Pienso ahora que no iba yo tan mal entonces. Hay personas así, como el mar. Personas con orillas, con playas a las que volver.

Junto a las olas, sentado en una roca, dejo nacer esta mañana de otoño tan quieta, tan luminosa. A veces el viento, pequeño como estas olas, se hace oír entre la sequedad de un cardo semienterrado en la arena de la playa.

Tierra adentro, sobre la marisma se arremolinan en el aire lo que parecen gaviotas. Sí, son gaviotas. Ahora llegan a mí camino del mar. Poco a poco, flotando en silencio. Algunas son jóvenes. Flotan, de verdad que flotan sin batir las alas ni una sola vez. Qué silencio. Azul. Qué azul el cielo.

Las gaviotas... recuerdo que me despertaba su risa mañanera… Del mar de mi mente al mar de tejados de aquella ciudad.

Recuerdo que aquella mañana Yuki temblaba. No había salido de debajo de la cama desde que llegamos la tarde anterior. Tenía miedo. Yo también. Un poco.

Yuki…

Volver a este mar. Saber que volvería. No lo sé...



Cruje entre los dedos, aún huele la hoja de laurel que la última marea semienterró en la arena.



Satie. Su Gymnopédie, la uno. No sé por qué me acuerdo ahora. Quizá porque tenía una versión en la que sonaba el rumor de las olas mientras comenzaban las primeras notas del piano. No sé dónde leí, creo, que fue Debussy, su amigo, quien reconoció en él su talento y le ayudó cuando nadie más abogaba por él.



Reconocer el mar. En los demás y en uno mismo. Hay personas que lo hacen fácil, que todo lo hacen fácil. Incluso lo más difícil. Sí, hay personas que son mar. Y a veces necesitamos que sean otros quienes descubran nuestro mar.



Y ahora que yo pensaba en ti
constantemente, que creía...



Te esperaba. Ahora lo sé. Creía que era yo. Pero no. Necesitaba que me descubrieras. Ahora que es el agua quien cuenta lo que pienso. Ahora que solo el viento puede decir mi verdadero nombre. Es ahora cuando me reconozco y te veo. Te veo tal y como siempre has sido. Y yo no me daba cuenta.



Y ahora que yo quería hablarte,
saturarme de tu alegría...



Todas las playas son esta playa. Todos nuestros momentos este. Y quería hablarte, quería decirte… pero no sé. No sé decir salvo que el cielo es claro y lleno de luz, que la mar vira desde el azul intenso del horizonte al turquesa claro cuando llega justo hasta aquí. Hasta el borde mismo de mis pies quietos.

Cuando salí de ti, cuando salí de ti… Era otoño y en otoño estoy aquí… de nuevo.



Hay días que parecen el primero de algo.

La quietud de un corazón que ha perdido peso. Que como una taza de té vacía se llena poco a poco con este momento. No hay palabras, no hay fotos. Nada. No tengo Nada. Todo se acabará y desaparecerá salvo lo que nunca he tenido. Este momento que no tengo, que me tiene y me sostiene.



Camino por la playa. Gritos de gansos salvajes. Cielo azul. Una flecha oscura se acerca desde mar adentro. Pasan sobre mí, sobre esta inmensa, vacía, playa vacía.



Sol de mediodía. Se adentra en el mar la mariposa que pasó junto a mí.












 El magnífico poema completo de José Hierro lo podéis leer en  "Tierra sin nosotros", publicado en 1947 



15 noviembre 2015

La nieve sobre Dublín. La nieve sobre París, sobre Beirut... La nieve...




 “Cae la nieve. Cae sobre ese solitario cementerio en el que Michael Fury yace enterrado. Cae lánguidamente en todo el universo. Y lánguidamente cae como en el descenso de su último final. Sobre todos los vivos, y los muertos.”

Dublineses, The Dead en el original, peliculón de John Huston. Recuerdo perfectamente la escena final. Me llegó, me llegó...  Gretta sollozando mientras recuerda a su amor adolescente, el sensible y enamorado Fury de ojos oscuros y voz clara. Recuerdo a Gabriel, su marido contemplándola “Qué pequeño papel he representado en tu vida, es casi como si no hubiera sido tu marido. Como si nunca hubiéramos convivido como marido y mujer.
¿Cómo eras entonces?
Para mí tu cara sigue siendo preciosa, pero ya no es aquella por la que Michael Fury dio su vida.”

Y la nieve. Sobre todo recuerdo la nieve que cae…  “cubriendo toda Irlanda. Cae sobre toda la oscura llanura central. Sobre las colinas despobladas. Suavemente sobre los pantanos de Allen, y más lejos, hacia el oeste. Cae suavemente sobre las oscuras y revueltas aguas del Shanon”.

No sé por qué escribo esto ahora. En realidad debería estar en silencio. O cambiando mi avatar del Facebook, o rezando. No sé. Yo solo sé rezar en silencio y con el silencio y mi avatar del Facebook suele ser una tontería que no soy yo, como todas mis tonterías. Y eso quiero creer.

Ayer me desperté con la noticia. Y no supe qué hacer. Qué decir. Qué pensar. Cómo se pensará la nada... Ayer fui a la biblioteca como casi todos los sábados. Ayer el sol resplandecía de una manera sincera, ajena a todos nosotros. Como siempre. Allí seguí con mi lectura de los cómics de Alfonso Zapico sobre Joyce. Me gusta su estilo directo y socarrón. Yo llegué a Joyce por la película de Huston, lo confieso, y a Zapico por Joyce, esto no sé si hay que confesarlo o no. Y quizá he empezado a escribir, cuando en realidad lo que debería y anhelo es guardar silencio, por él. Y por mi amigo Luis Carril. Él no dibuja pero su palabra es tan directa y socarrona como el trazo de Zapico. Inteligente y claro como el perfil de un alfil negro.

Las tribus. Mi tribu, tu tribu, su tribu. Vaya declinación patética, ramplona. Los ellos que ni siquiera son vosotros. Siempre ellos.  Ahí fuera. Como círculos concéntricos nos alejamos de lo que somos y los que nos importan para dejar de ser y de ver. 

Guerra. La guerra. De nosotros contra ellos, de ellos contra nosotros. Por qué siempre nosotros, los verdaderos nosotros, los muertos, nunca nos enteramos de que estuvimos en guerra. Por qué nosotros, los que compramos verdura en un mercado de Beirut o tomamos una cervecita en un café de París nunca sabemos quiénes son ellos. 

Después de mirar los periódicos sigo leyendo “La Ruta Joyce” de Zapico. Por una claraboya entra la luz del mediodía, de un mediodía de un noviembre increíblemente caluroso, en la biblioteca. Sentado en un sillón estiro las piernas para que el sol no se vaya de mis pies. Recuerdo a Santôka y su famoso haiku. Recuerdo las portadas en guerra de los periódicos. Quiero volver a pensar en las sandalias de junco de Santôka, expuestas dulcemente a un sol como este… no puedo…

Los recuerdos caen sobre los recuerdos, blandamente, sin ruido, como la nieve. Hace un mes nació mi sobrino. El primero. Ekaitz. La vida. Él, tan pequeño. Él, tan puro. 

Recuerdo volver a casa del hospital, después de días de angustia por los problemas, aquellos malditos problemas, y respirar. Por fin. Recuerdo esa noche amar la vida como pocas veces la he amado. 

Sí Luis, existimos en círculos concéntricos. Es amar lo cercano lo que nos hace amar lo lejano. La vida, como el amor, no se puede compartimentar. Es única y para todos. Sin gradaciones ni adjetivos. Esa noche no hubiese sido capaz de matar un mosquito que me atravesara la piel aunque me picara mil  veces. Entiendo que Issa, con su inmensa tragedia personal, solo fuese capaz de escribir un haiku cuando  la picadura de un mosquito le atormentara la noche entera.

Que dura es a veces la piel, y fría, como la nieve. Quizá nuestra tribu necesite sentir el frío lacerante atravesar la carne hasta el tuétano, como Santôka expuesto al camino, para saber. Para saber que nieva en París, y en Beirut, sí, aunque nos parezca increíble, y en Ramala, y en el Congo y en….  

Según escribo estas memeces pienso en los familiares, en la tribu, y en su dolor. ¿Estaré relativizando sin darme cuenta? Si soy idiota es sin mala intención, como todos los inocentemente idiotas. Tribu, banda, clan… ¿qué significaría todo eso cuándo las palabras aún no eran palabras? A veces pienso que personalmente no he sido capaz de pasar del paleolítico. Este mundo me sobrepasa. Este periódico mundo. Un idiota magdaleniense, eso es lo que debo ser.

La luz del sol se ha retirado de mis pies, imperceptiblemente y sin ruido, como la marea. Alzo la mirada hacia la claraboya. La luz.

A Joyce le gustaban los bares. Como a mí. Amo los bares y la gente de los bares. Amo sus intrascendentes conversaciones y sus risas tontas. Amo la fútil humanidad de ser humano. Mirando la luz atravesando la claraboya y alejada de mis pies pienso en nosotros. Pienso en un tal Rashid, en un tal Félix, charlando en una cafetería. Me gustaría conocerte. La verdad es que sí, que me gustaría. Es donde deberíamos estar ¿verdad? Aquí, en París o en Alepo. Mirando la luz del sol sin miedo a que cayeran bombas del cielo o los kalashnikov aplacaran el son de la música, esa que a los dos nos emociona y nos deja sin palabras. Cómo somos ¿verdad? Nosotros, los muertos, a los que nos gusta un buen café y jugar con la nieve sin saber por qué, como cuando éramos niños. Como dos idiotas hablando sin más. Nosotros con nuestras tribus y nuestro dolor.


“Piensa en todos los que alguna vez han vivido desde el principio de los tiempos. Y en mí, transeúnte como ellos, fluctuando también hacia su mundo gris. Como todo lo que me rodea. Este mismo sólido mundo en el que ellos se criaron y vivieron se desmorona y se disuelve.” 


Dublineses. Qué bueno.  Mientras vuelvo a casa siento todo el peso de las horas que caen como piedras. Imposible volver a levantarlas de la tierra. Como lápidas que pasan. Dublineses en el año 14 del pasado siglo, al filo de la guerra que acabaría con todas guerras. Ceniza. Solo son-somos ceniza. Nieve una mañana de marzo. Nada. 

Debería estar callado, en silencio, o cambiar mi avatar, o rezar. Pero duele. Y solo escribo. Vaya. A veces me pasa. Y no sé por qué. Una vez alguien me dijo: escribe. Escribe como terapia. Escribe para que el dolor no quebrante tu espíritu. 

Solo sé escribir haiku y seguir caminando, decía Santôka. Con su sombrero de junco y sus sandalias raídas. Yo tengo un sombrero de junco en casa, de cuando anduve sin mucho rumbo por el Kumano Kodô. A veces me lo pongo, me miro al espejo, y  lo vuelvo a colgar. Y sigo. Caer, dejarse caer, delicadamente. Como la nieve.

Dublineses. Europa es un gran pequeño Dublín al borde del 14. Anquilosado y frío. Niños. Somos niños desorientados, jugando, de piedra en piedra sobre la corriente.

Y esto cada vez se parece más a uno de esos monólogos del Ulises que siempre acabaron venciéndome.

Vuelvo a casa y en la tele la noticia. Al final la saturación de testimonios y crueldad y desesperación y tristeza y sangre y horror y no saber qué por qué para qué es tal que cambio de canal. Busco y busco hasta dar con un pescador de pelo cano al borde un río marrón. “Monstruos de río”. Qué paradójico, pienso. Llamar monstruo  a los peces de tez plateada y ojos de agua. Qué pensarán ellos de nosotros, desde su mundo en silencio y misterioso. 

¿Será egoísmo? ¿Será supervivencia? No quiero saber más. No quiero hablar más. No quiero más ellos ni nosotros. 


La nieve. La nieve… Recuerdo una noche en Nagasaki mirar al cielo de la noche buscando los copos que caían desde la oscuridad. Todavía en el aire los mantras de los bonzos… Y una mañana, justo antes de Año Nuevo, caer sobre el bambú, combándolo con su frío peso hasta separarlo del muro, en el templo donde yo vivía en silencio, blanco y ligero.

Blandamente, sin ruido, los recuerdos vienen a mí en esta hora que frisa el anochecer. Blandamente un dolor sordo, de mi pequeña tribu, anida en un lugar de mi corazón al que ni yo tengo acceso. Un lugar en el que todos somos nosotros. En el que Ekaitz nace una y otra vez.



La nieve sobre Dublín, sobre París, sobre Beirut… solo el hombre cuando no es tal puede hacer que la nieve deje de ser blanca y en silencio. Solo nosotros cuando no somos nosotros somos capaces de no reconocernos como tales.  Solo los idiotas como yo alargan un poco más la tibieza del sol sobre los pies, estirando las piernas, mientras leen un cómic sobre Joyce y el mundo gira sobre sí mismo ajeno a todo. Como el sol.


Gretta escucha una canción mientras baja la escalera al acabar la fiesta en la casa de las hermanas Morkan. Mientras la nieve cae afuera. Es “La doncella de Aughrim”, la canción que Michael Fury entonó para ella una semana antes de morir. Gretta escucha absorta, literalmente fuera de ella misma, fuera de esa Gretta que ya no es aquella, adolescente. Y sin embargo algo queda…. algo. Como el olor a nuevo después de que se funda la última nieve. 

Pobre Gretta, pobre Michael, pobre Gabriel. Pobres todos nosotros… 





a punto de romperse,
el brillo de la nieva
sobre el bambú

  

a punto de romperse, el brillo de la nieve sobre el bambú

Artículo publicado en Japonismo: Sayōnara Kioto http://japonismo.com/blog/sayonara-kioto

















18 junio 2015

Monte Aá


Cuando salimos al campo ella lo primero que siempre me dice es "respira respira, ¿no te sientes más libre?". Ella nunca se extravía, sabe de lo bueno instintivamente. Parece construida de musgo y nube como todo esto.

Todo esto es el monte Aá. Curioso nombre sí. Será porque aparece de pronto entre las nubes, será porque tampoco tienes mucho más que decir cuando el verdor de las hayas, los robles, los acebos o la hiedra lo cubre todo. Porque el musgo amortigua toda palabra en su verdor de lluvia.

El camino asciendo cruzando ríos y arroyos, una, dos, tres, quién sabe cuántas veces....jalonado por árboles singulares, algunos con nombre propio, como las milenarias secuoyas de California, El Mellizo, El Belén... Robles centenarios ante los que solo cabe guardar silencio y hacer una reverencia. Algunos, vaciados en parte por el rayo, acogerían nuestros pequeños cuerpos con holgura y olor a lluvia.

Un arrendajo cruza el camino en silencio. Después lo vuelve a cruzar en sentido contrario. Algo dice... Los limacos apuran bocados blandos en las flores y un mirlo alborota en alguna parte, desintegrándose entre la fronda. Oscuros, inquietos, algunos renacuajos cosquillean en los bordes del pilón de una fuente, después en sus manos. El canto de una curruca se deshilacha entre los líquenes que cuelgan de las ramas. Las flores callan, sostienen gotas de lluvia que brillan sin más.

En un recodo del camino comemos el bocata sobre una piedra entre chaparrón y chaparrón. El sirimiri apenas se percibe bajo el dosel vivo de los árboles. Una oruga casi fosforescente se mueve tan lentamente que no se mueve. Su quietud es verde y luminosa. Alimenta.

A veces sol, a veces lluvia. A veces el pájaro y su trino, a veces silencio y nuestros pasos. Los árboles son sustituidos por brezos y el sendero se embarra bajo las grandes rocas de la cresta de la montaña. Abajo, el valle cubierto de bosque absorbe jirones de nube. La ladera contraria luce verde al sol de la tarde. En la altura de un collado un potrillo pace junto a su madre a la luz difusa de un sol que no se ve. De pronto desaparecen junto al prado y la montaña.

La cumbre es niebla. Solo eso. Las nubes llegan del noroeste y cruzan la vertiente atravesándonos. Envueltos en ella reímos y respiramos. Qué hondo el ligero peso de las nubes. Qué blanco el sabor de la libertad.

Poco a poco la niebla desciende por el brezal de la ladera, hacia el lugar donde comienza a cantar un grillo.



de vuelta a casa,
apoyadas junto al puente
dos varas de avellano


















































 




18 mayo 2015

Chauvet. El corazón de la montaña.




 Me encuentro justo en el borde de 32000 años. Hace más de 32000 años alguien, en la profundidad de una cueva,  colocó un cráneo de oso sobre una roca. Aún sigue allí.


En el anuncio que vi a cuenta de eso del fin de semana de los museos decía algo así como que el Investigador y artista plástico, Gilles Tosello, disertará sobre 'La cueva Chauvet: Arte Prehistórico para el siglo XXI'. Gilles Tosello es investigador asociado al laboratorio TRACES - Centre de Recherche et d'Etude pour l'Art Préhistorique (Centre Cartailhac), en Toulouse, Francia.  Y ameno, simpático y cercano tipo, añado yo. Hablando un español esforzado que uno tiene casi que completar en cada frase.

Apenas veinte personas en una sala pequeña, a la luz tenue de las diapositivas. De la oscuridad de la sala a la oscuridad de la cueva. Alguna tos, algún murmullo inoportuno. Me acerco, lo que puedo, nada, estirándome en la butaca hacia la luz de las fotos, hacia la oscuridad profunda de esa montaña.

Chauvet. Quizá junto con Lascaux, más al oeste,  formen el sumun del arte paleolítico en el sur de Francia. La más antigua de Europa con esa calidad y profusión de paneles y representaciones de animales. Más de 32000 años. En realidad, para nuestro efímero sistema mental, es casi imposible digerir y procesar  esas montañas de años. Bueno, las montañas en general.

En el corazón de la montaña, en su vientre calizo, como uno de esos tesoros míticos guardado por los enanos, habitan todavía manadas de caballos salvajes  y rinocerontes lanudos (parece el nombre un peluche, pero no),  de uros y bisontes acechados por leones de las cavernas. Y manos humanas. Silueteadas o formando ellas mismas siluetas de animales. En esa cueva, en esa cueva que es hermosa en sí misma, plagada de estalagmitas y estalactitas, y formaciones minerales de colores.

Uno, como las montañas, tampoco puede procesar ni digerir una naturaleza formidable en la que uno es uno más. Qué sentirían aquellos que fuimos ante tal despliegue de fuerza, de misterio y belleza. ¿Pintarían en la oscuridad para representar aquello que no comprendes? O para simplemente presentar, como nosotros con los haikus, un mundo que te avasalla por todos los lados. Que te avasalla hasta que te rindes a sus pies de aire, de agua y caliza.

Pies. Todavía allí, las pisadas de los osos y los leones. De un humano. Solo uno. Sobre el barro todavía húmedo. Qué humedad esa de milenios. Un barro tan delicado que ya no lo pisamos. Nosotros, tan efímeros, podemos destruir con nuestra mera presencia, sin ni siquiera darnos cuenta,  lo que miles de años de soledad han guardado sin más.

Tosello explica la ingente labor de recrear la cueva original, no visitable, en otra construida artificial construida cerca. Cada roca, cada marca, estalagmita y estalactita. Cada pintura. Me recordaba a la Neocueva aquí junto a Altamira. Pero a lo grande. Al hombre se le nota el entusiasmo en cada frase. Explica profundamente pero sin tecnicismos toda la labor llevada a cabo. Todo el detalle casi obsesivo en cada trazo. El orden en el que fueron pintados los paneles, las técnicas con los carbones vegetales de pino negro (lo recuerdo porque inmediata e irremediablemente volé con mi imaginación a los pinos negros, magníficos, entre la nieve de las montañas de mi tierra, qué cosa la mente, efímera o no). Explicó cómo el propio proceso de recreación propició la investigación, el descubrimiento, por esa exigencia en el detalle, en la observación.

Yo no sé, pero mi mente otra vez, qué volandera, será por la oscuridad, aterrizó esta vez en el haiku. Pensé en la misma exigencia en el detalle y la observación. En la inexcusable presencia. Cómo el escribir haiku, presentando el mundo, nos hace presentes sin paliativos. En la obligación del trazo puro, preciso, como la silueta de un pino negro sobre la nieve.

Uno de los paneles, le llaman el de los leones, representa a un grupo de bisontes que huyen del acecho de una manada de leones. Es una escena de caza y se nota que el autor se ha esforzado en presentar todo el movimiento y tensión del momento.  Aprovechando las formas de la propia roca esos bisontes trazan una curva en su huida y parecen salir de la pared en dirección al espectador, a nosotros. Nosotros, que miramos a  los leones, que miran a los bisontes que nos miran. No pude por menos que imaginar a ese hombre allí pintando a la luz de un pequeño fuego, en el oscuro corazón de la montaña, esa escena. Sentí un escalofrío. El mundo nos está mirando. No deja nunca de observarnos mientras nosotros los contemplamos. 



Al salir del museo, a la luz aún tibia de la tarde, un sopetón de ruidos olores trajines. Gente de compras o junto a los escaparates, adolescentes pegados a sus móviles, vociferios de la campaña electoral, terrazas, bares con gente dentro y gente fuera. Gente y más gente. Y las cosas de la gente. Todavía con el corazón a media luz no podía dejar de pensar en osos caminando a tientas, puliendo las paredes al pasar rozándolas una y otra vez a lo largo de los años,  en la oscuridad de la cueva.  En el ser humano que trazó con su dedo la silueta de un búho sobre el barro. Hubiese dado 32000 años de mi vida por haber podido conocerle. Y trazar siluetas sobre el barro o la arena mojada de una playa. Y dejar la concha vacía de un caracol marino sobre una roca. Y que allí siguiera, sin más, miles de años después.

Es curioso, pero pocas veces me he sentido tan cercano a mis congéneres como al salir la otra tarde del museo. Huellas en el barro o sobre una pantalla de móvil. Un boli o el carbón vegetal de un pino negro. Dedos manos pies pasos…  Por un momento no supe si caminaba hacia mi casa o hacia el profundo y oscuro corazón de la montaña. No supe si era yo quien miraba este mundo formidable o era él quien me observaba a mí, justo aquí, al borde de 32000 años.