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さて、どちらへ行かう風がふく

bien... ¿a dónde ir...?
...el viento
sopla...


27 diciembre 2021

semi no koe

Un día de regalos. Eso es lo que ha sido hoy. Cruzando de noche el corazón de amigos a los que sin conocer conozco de toda la vida. Del camino del haiku, de sus dones.

Un puñado de palabras, unas fotos hechas sin más arte que el testimonio de mi presencia en aquel lugar  y oh… magia.  Otras voces, otros acentos, el arte de personas que crean algo nuevo, más hermoso, mejor.

Personas generosas a las que agradezco de corazón este regalo. Este abrazo.













21 diciembre 2021

Kusamakura International Haiku Competition. Premio

 



Hoy ha sido día regalos. Cruzando el Pacífico, así me lo magino J , ha llegado un hermoso abrazo en forma de diploma.

Si un abrazo, así o de cualquiera de sus mil formas, siempre es un regalo, compartirlo con amigos es un premio de los buenos premios.



Tengo la inmensa suerte de conocer a la ganadora del primer premio, mi querida casi hermana  Mercedes Pérez “Kotori”:

 

por el canalón

los pasitos de un pájaro…

sol de estío

 

 

Y también a dos de los ganadores del tercer premio. Mi amigo e infatigable inventor de proyectos editoriales José Luis Andrés Cebrián:

 

Cumbres nevadas

en el retrovisor.

Vuelvo a casa

 

 

Y al compañero de camino en el haiku y espero amigo por descubrir J Jorge Ortiz:

 

Filas de hojas

rutas serpenteantes

van las hormigas

 

 

Pienso en el Pacífico y no puedo evitar recordar otro azul inmenso. El haiku con el que mi amigo y maestro en el haiku auténtico, directo como una flecha, ganó el tercer premio el año pasado. Manuel Díez Orzas, para mí siempre Ryoma J

 

un cielo azul...

las golondrinas rehúyen

de la cometa

 

 

Y antes que él otros amigos que también transitaron los mismos abrazos en el mismo camino. Lázaro Orihuela, amigo generoso, cálido como su tierra cubana, con un primer premio hace dos años:

 

Liba el colibrí.

El olor de la lluvia

acrecentándose

 

 

Y de nuevo José Luis Andrés Cerbrián. Que aparte de amigo fiel y creador incansable de proyectos editoriales veo que también es incansable en lo de ganar premios. De nuevo  un tercer premio, esta vez hace dos años.  Qué grande.

 

Almendro en flor

entre las viejas tumbas.

Olor a miel.

  


Qué suerte tengo. La verdad. Pienso un abrazo de tamaño Pacífico. Tan azul, tan cristalino, como el cielo que refleja.

Gracias




 

16 diciembre 2021

el sapo de Kôfukuji


A veces, cuando nada se oye, salvo el silencio, pienso en Kôfukuji. En la madera del templo, llena de años, aguardando las estaciones. En la presencia tranquila de las tumbas ascendiendo el verdor de la montaña.

A veces, cuando nada de oye, salvo la lluvia, pienso en el sapo que habitaba allí. En el jardín del templo. En su rincón.

Ese sapo fue durante el tiempo que viví allí un amigo. Un buen amigo. Salir a comprobar si estaba allí, en su sitio, tras cada llovizna, se convirtió en un ritual tan necesario como íntimo para mí.

Él en su sitio, mojado por la lluvia, brillante, me brindaba a mí descubrir mi propio sitio.
 

Supongo que hay un lugar en alguna parte, en algún momento, que transparenta todos los lugares, todos los momentos.

Aquellos breves encuentros, tras la lluvia, a la luz pequeña de un farol lejano, eran tan brillantes, tan hermosamente silenciosos, como la presencia de aquel precioso amigo.
 

A veces, cuando nada se oye… cuando nada se oye, pienso en aquel que vivía allí. En las estaciones que lo habitan. En su escondrijo. Aguardando nada, todo.



llovizna nocturna
el sapo se aparta
del haz de luz

 






19 noviembre 2021

delante del agua


水を前に墓一つ

mizu o mae ni haka hitotsu


delante del agua
una tumba


“Madre mía, cómo explico yo…”
Una mano en la frente, el suspiro de Vicente Haya.


La otra noche recordé el agua, las tumbas, el viaje… De repente, viendo en internet una conferencia de Vicente en la que hablaba de Santôka.


El Kumano Kodô, el camino de peregrinación por las montañas de la península de Kii, en Honshû. Un descanso al borde del camino, junto a los arrozales, comiendo algo ligero apoyado en la mochila.

Entre los brotes de arroz, quietos, renacuajos oscuros.


“Silencio habitado” dice Vicente. Balbucea buscando palabras. “La presencia de lo sagrado que enmudece al hombre. “


Qué calor. Por un momento sopeso remojarme la cara con el agua del arrozal. No sé por qué, de pronto me dio cuenta de las tumbas al otro lado del agua.

Unas flores, iris quizá, el brillo del agua que verdea en líneas regulares por las plántulas de arroz… y las tumbas.
 
Antes de volver a ponerme el kasa hago una foto.

La mochila. El camino.

El zigzag de una culebra entre los brotes de arroz. Solo la cabeza fuera del agua.



Santôka. Busqué en internet ese haiku. Como un impulso. Como la propia necesidad de caminar.


Encontré el lugar. En la orilla del embalse de Kawachi, no lejos de la ciudad de Kitakyûshû. Junto a un pequeño templo dedicado a Kannon-do, al borde la carretera sesentaidós de la prefectura, está la roca con la inscripción del haiku.

Un poco desangelado…

En aquel lugar, hace noventa años, Santôka sentía el peso del equipaje. Y los apegos. En vez de disminuir, uno y otros no hacen sino aumentar. En vez de tirar no hago más que recoger.

Un poco más adelante, siguiendo la orilla del embalse, del agua, hay un cementerio de mascotas. Qué cosas… El mundo a vista de pájaro, o google maps, siempre es sorprendente.

Santôka se encontró allí, en Yawata, con unos conocidos y habla de aves acuáticas batiendo sus alas y de las hojas rojas. Del agua a la sombra de su sombra. De un apretón de manos en el viento frío y del fin de un rostro solitario. Y de una tumba frente al agua.



Anoche recordé otra tumba y otra agua.

Kumano Kodô. Llovizna. Una estrecha senda embarrada, zigzagueando entre el bosque de cedros y arces montaña abajo. Allí, en una de las curvas de la pendiente, apenas un hueco entre la senda y la ladera empinada, una desgastada piedra de poco más de un palmo de alto. Kanjis ilegibles, musgo. Silencio.


Madre mía… cómo explico yo…


El silencio. Su presencia delante del agua.

La palabra. ¿De verdad hay una palabra para todo esto?



A veces lo he pensado, a veces lo he intentado, levantarme por la mañana y pisar el sonido del agua. Pisar el sonido del agua y darme cuenta de ello.

Y caminar.

En silencio.

Ir a donde quiera ir.



Sobre la tumba antigua, sobre el viajero, la lluvia de la montaña.






Autor: 風弘法
Autor fotografía: 風弘法


Autor fotografía: 風弘法

Autor fotografía: 風弘法















19 octubre 2021

la primera lluvia

 

Al atardecer la lluvia. La primera lluvia. Al volver de la lavandería su olor ha entrado en casa. Un vecino enciende la luz del acuario.

Qué silencio…

Por qué escribiré esas cosas.  

Una libreta, un garabato, mirando la lluvia ligera que cae sobre el jardín. ¿Qué nombre tendrá esta lluvia? Recuerdo los nombres de la lluvia que en Nagasaki aprendí de Yoko.

Pero esta no estaba.

 

La luna apuntaba casi llena, el otro día, sobre el canal que va a la bahía. Las casas flotantes, algunos kayak apenas rompiendo el agua.

Mirando el agua hablamos de otra agua.

Cuando éramos niños. Cuando el mundo era sin “nosotros”.

A la ida, a la vuelta, el martinete sigue en la misma  postura, acechante.

 

 

“Shigure”. La lluvia ligera a la que tanto alude Santôka en sus poemas. Esa que cae como sin querer justo al final del otoño o principios del invierno.  

Pero es diferente. Otoño, invierno…  Hasta hoy no había visto llover aquí.

 

Es curioso, no recuerdo la lluvia en los veranos de mi infancia. Es un día solo, larguísimo, en el que brilla el sol siempre. Desde que despierto hasta que cae la noche.

Qué breve.

 

音は 時雨 か

oto wa shigure ka

ese sonido…  ¿llovizna?

 

Shigure-kan, el pequeño museo dedicado a Santôka en Yunohira. Llovía aquella tarde. Anduve calle arriba calle abajo mirando las montañas envueltas en nubes.

 

Por qué recuerdo todas estas cosas. Por qué todo lo veo a través de mi vida entera. Estratos echados sobre una playa solitaria mojada por la lluvia.

¿Será porque tras la lluvia cada cosa tiene su silencio?

¿Será porque el haiku es el brillo de esa intuición?

 

Mirando el río mi hermano recordaba las mismas cosas que yo. Eso me reconfortó.

 

El agua.

La lluvia.

El silencio en la palabra.

 

Quizá el haiku es la poesía de la humildad, y por eso, cuando es haiku de verdad, transparenta tan claramente el mundo que nos rodea, porque al fin y al cabo la humildad no es otra cosa que la realidad.

 La verdad de las cosas y de nosotros mismos, nuestro lugar en el mundo.

 

En unos días mis amigos hablarán de haiku. Me gustaría estar allí, con ellos. Son uno de los estratos favoritos de mi vida. Uno de los más transparentes.

Qué nervios, el deslumbramiento de una primera cita.

Así siempre cuando estoy con ellos.

Estar atento a la importancia de las cosas, como cuando caminas despacio. Como si estuviésemos hechos del propio sonido de una llovizna que comienza.

La poesía de la humildad, la poesía de la sinceridad, nos hizo lo que somos. Este “nosotros”.

¿Será nuestra fragilidad la que nos hace lo que somos?

 

 

Garabatos, una libreta. La primera lluvia. De hoja en hoja las gotas de lluvia atravesadas por la luz de los faroles.

Este silencio… ¿siempre ha estado aquí?

 ¿Cuál es su nombre?

En el río y el canal, la nube en la montaña, más allá de una playa con nosotros.

 

Sus calcetines me han parecido siempre tan pequeños... Siento que huele a lluvia la ropa que doblo con cuidado. Despacio. Como un niño que está jugando.

 

En esta agua está el reflejo de todos los nosotros.

Este es el momento con todos los momentos.

Este es el lugar en el que he estado siempre.


Esta lluvia… siempre es la primera lluvia.








02 septiembre 2021

Letras Divinas. Revista literaria

 




Editorial

Por Elías D. Dana


Ya ve la luz el primer número de este proyecto como una sencilla contribución y, a su vez, invitación, para que los hispanohablantes interesados expongan sus composiciones líricas en los estilos que deseen. Cierto que existen otras revistas: si esta aporta algo complementario ya se verá en el futuro. La continuidad de este medio dependerá de si hay suficientes interesados en publicar su obra. Por eso, vayamos con ilusión, pero con la pretensión bien recogida.


 En esta primera entrega se presentan textos de formas diversas, bellos edificios construidos por Rafael Humberto Lizarazo, Félix Arce, Karin Rosenkranz, Jesús Cotta y Juan del Encina (s. XV-XVI). Se trata de textos y autores muy distintos en su estilo de escritura, que, sin embargo, tienen claramente en común el canto a la vida y un sentido de la trascendencia, de asombro y de agradecimiento.







Los autores interesados en ver su obra publicada en la revista pueden contactarse con Elías D. Dana en el siguiente formulario: edicionesdehesa.wordpress.com/contacto








Mi más sincero agradecimiento a Elías D. Dana por todo el trabajo invertido en este proyecto, por su entusiasmo y su buen hacer.
Y por su generosidad al acordarse de mí a la hora de emprender este camino.










19 julio 2021

cuando las ramas de los pinos cambian de color



松苗の花咲くころは誰かある

matsu nae no hana saku koro wa dare ka aru



plantitas de pino…
quién estará aquí
cuando florezcan



-Issa Kobayashi-



Serpenteando, el camino blanquea mientras se adentra en el pinar.

Hace tiempo que no nos veíamos. Los amigos. La vida nos ha llevado por caminos separados. Eso que llaman vida, eso tan grande que lo abarca todo. Lo bueno, lo malo. El tiempo.

Los pinos, la luz de la tarde.

La compañía es más hermosa cuando se reencuentra caminando aquí, ahora. Hablando de todo y de nada.

Me gusta el verano. Me gusta caminar en sandalias. La sensación de necesitar menos cosas.

Las cosas tontas. Las cosas que pesan.

Todavía no, sobre la flor del cardo, la mariposa aún no levanta el vuelo.

A veces creo que estuvimos aquí siempre. Charlando sin más. Caminando hacia el corazón del bosque. Sin necesitar nada más.

Es curioso. Cuando pienso en mis amigos siempre los veo como al principio. Como siempre. Qué cosas.

“Cambian de color”, dice el niño levantando los ojos a las ramas de los pinos.

Caminamos.

Al principio. Como siempre. ¿Cómo serían las cosas al principio? ¿Cómo serán siempre?

Una rana, luego otra. Miramos el arroyo señalando algo que ya no está.

El reflejo de los pinos.





La barbacoa. En la luz que se desprende de las brasas nos reconocemos. Como siempre. Hablamos de la vida, de los nombres de las flores que vimos en el bosque. Esta tenue luz… Esta tenue luz que se adentra en la noche…

Supongo que mi corazón, siempre friolero, despistado, está aquí ahora, susurrando algo que no entiendo del todo.

El camino, qué blanco era, adentrándose en la profundidad de aquel olor, los pinos, la tarde.



Después, en casa, creo que soñé con antiguas acampadas, con fogatas y estrellas fugaces.

Siempre me pasa.

Creo que soñé, pero no lo sé, en las noches de verano en que éramos nosotros. Los de siempre, los de todos los principios. Sin las pesadumbres que valen nada. Sin las cosas tontas que nada eran.

Que pesan.

Que nada son.

Creo que soñé, no estoy seguro, que la noche de verano nos atravesaba. Y se adentraba en nosotros. Que llegaba justo al centro de mi corazón y seguía más allá. Como el destello de una brasa que serpentea más allá de todo lo que conozco.

Creo que soy una flor que no conoce su nombre.


Una tarde de verano, mientras los pinos crecen sin que nadie se de cuenta, sus ramas cambian de color.

 ¿Quién estará allí cuando la mariposa abandone la flor del cardo?

Cuando las ranas salgan a la orilla y vuelvan a cantar.

 














24 junio 2021

los hijos de Zanahoria



 “Se está creando la vida en una pequeña maceta, aunque luego tengan todo el cielo para ellos.”


Enrique entrevista a Frutos y su emoción hablando de cernícalos, de haiku, traspasa mi corazón.

Es lo mismo, pienso. Cernícalos, haiku, el cielo. La vida.

El corazón de las cosas.

Hoy, esta mañana, la foto de la maceta-nido vacía me ha compungido. Lo reconozco. No llevo bien la ausencia. Lo reconozco.

A veces el vacío es tan enorme como el cielo por explorar. No soy un cernícalo. Así que no lo comprendo. Lanzarse al aire sin mirar atrás. Qué envidia. Explorar el cielo y sustentarte solo en lo que eres, sin más.

Enrique y Frutos hablan de lo pequeño, de lo importante.

“Concha marina, poca cosa, pero una vez fue la casa de un ser”

Los seres y sus casas… ¿cuál es la casa de mi ser? Nunca lo he tenido muy claro, lo reconozco. Creo que nunca he sabido muy bien cuál era mi maceta y mi cielo. Qué cernícalo extraño hubiese sido…


Los amigos.

Quizá habite solo en ellos. Quizá es el corazón de los demás nuestra maceta primera y más importante. Y luego el cielo.

Y el haiku.

Una manera de decirlo. Qué extraño. El haiku si no habla de algo es de la gente, y sin embargo… el rocío… el infierno…

Qué somos si no…

Quizá es una conversación, el haiku, del mundo con el mundo, de nosotros mismos con nosotros otros. De un cernícalo con el cielo, de un alguien que mira y dice, o calla. Y luego contempla la maceta vacía.


La ausencia.

La ausencia. Pero qué mal lo llevo jope. Con el vacío puedo, a la nada no la miro a los ojos, pero la ausencia… Dios.

Es hermosa esta luz. A finales de junio y sin embargo el aire parece de invierno. De otro tiempo diría el tomodachi Ryoma.

Es transparente.

Todo es tan transparente que a veces me da vértigo.

Los juguetes de mi niñez recuperados del trastero y que no me atrevo a mirar. La jaula vacía de Goazen que aún no puedo mirar. El cielo hilvanado por los vencejos al que no puedo dejar de mirar.

Una y otra vez.

Los vencejos y sus espirales en el aire. Mis amigos en Radio Hela.

Elías. La voz que abraza. Y qué abrazo.

El haiku y los abrazos. Creo que es lo más satisfactorio del haiku. El cielo.

Es hermoso. El cielo. Y las macetas. Son como promesas. Bueno, y el haiku. Y los amigos claro.

La vida se crea y se cuenta a sí misma. Se celebra.

Incluso para aspirantes a cernícalo como yo, el cielo, y todo lo que vendrá, es una promesa, la vida.

La generación de la promesa. Los hijos de zanahoria.

Una manera de llegar al haiku.  

Los que sin nada más que nuestra intuición saltamos al cielo. Y nos sustentó el aire, sin saber cómo.

Desde una pequeña maceta se estaba creando algo hermoso. Y ni siquiera nos dábamos cuenta.


Ay esa foto…. la maceta-nido vacía…

¿Andaremos ya en el aire?

¿Será algo hermoso, por venir, algo que no entiendo aún este vacío que siento dentro de mí?

Este vértigo…

Si de verdad puedo volar… ¿por qué lo siento?

A veces miras la tormenta, sabes que vendrá el trueno, lo sabes perfectamente, y aun así te asusta.

No lo entiendo.

No entiendo la ausencia y todos los huecos que llena.

El tiempo que devora cada momento esparcido bajo la luz del sol.


Atontado…

Mira el cielo, mira los vencejos y la claridad inmensa de junio.

No mires atrás.

Salta.

Uno, dos, tres. Los hijos de Zanahoria llegaron al mundo sin palabra alguna. Con todo su ser. Con su casa en una maceta.

Tres, dos, uno. La dejaron.

Y ya.

La naturaleza es hermosa. Brutal. Sin paliativos.

Sincera.
 

No lo soy. Sincero. Como los vencejos en el aire, como las palabras de mis amigos. Yo no. Soy un ahaiku.

El cernícalo que vuela mirando atrás. Ese sería yo. Un acernícalo.

Creo que aún no sé lo que es un haiku. Menos aún un cernícalo.

Hablo a tientas de amigos, del corazón de las cosas. ¿De verdad las cosas tienen corazón?

El mundo.

¿El mundo tiene corazón y nosotros podemos darle palabra? Quizá sea un poco pretencioso.

Ninjin no musuko. Pensé decir. Los hijos de zanahoria. Por aquello de lo japonés…. Pretencioso. Pensé…

Pienso poco, es verdad. Pero me gustaba cómo sonaba.
 

Reconozco que me da envidia. Zanahoria y su marido. Y los hijos de Zanahoria. Por su belleza sin pretensiones. Por su sinceridad. Por su unívoca manera de estar en el mundo.

A lo mejor el haiku es una oportunidad. Pienso ahora que me doy cuenta de todo lo que no soy.

Una pluma insertada en el aire.

El haiku.

Jo qué poca cosa.

Y lo que da de sí.

El hogar de algunos. La estación de otros.

Maceta y nido. Cielo.

Una promesa.

Los amigos.

Yo y ninguno.




Refresca tras la lluvia, hoy no está la araña en la tela de la portilla

Chame



Ella es sincera, ella es. No puede ser otra cosa.

Toc toc toc. Estoy aquí. Soy el pájaro carpintero y soy el bosque. Soy yo, Soy tú.



Soy el hijo de Zanahoria.












Entrevista a Frutos Soriano en Radio HELA aquí


Entrevista a Elías Rovira Gil en Radio HELA aquí












10 junio 2021

el soplo de la vida

 





"Desde los seis años tuve la manía de dibujar la forma de las cosas. A los cincuenta había producido gran número de dibujos, pero antes de los setenta no hice nada que mereciera la pena. A los setenta y tres creo haber adquirido algún conocimiento de la estructura verdadera de los seres naturales, animales, plantas, árboles, pájaros, peces e insectos. Creo que cuando cumpla los ochenta habré progresado notablemente. A los noventa alcanzaré el misterio de las cosas: a los cien haré una obra asombrosa, y a los ciento diez, cuando dibuje, aunque solo sea una línea, poseerá el soplo de la vida."


En el año 1834 Katsushika Hokusai, “el viejo loco de la pintura” como gustaba llamarse a sí mismo, dejó por escrito estas palabras en el colofón del primer volumen de Cien vistas del monte Fuji. Tenía setenta y cuatro años de edad.

Y acababa de nacer.

El soplo de la vida. Dibujarlo en el aire. Cada día de la vida.

Un trazo, una palabra. Mi silencio cuando el misterio de las cosas me arrebate cada gota de tinta.

Estar aquí. Estar ahora. Formando parte de la increíble estructura de todos los seres.

En el día que media entre los seis años y los ciento diez.

Dibujando.


En el soplo de la vida. En el maravilloso y brevísimo soplo de la vida.