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さて、どちらへ行かう風がふく

bien... ¿a dónde ir...?
...el viento
sopla...


06 diciembre 2018

haiku de adviento III



Podría ser agua, podría ser piedra. No sé los años que La Muedra lleva sepultada por el agua. O saberlo y la pereza de pensarlo. Mucho tiempo, mucha agua. El antiguo pueblo.  Apenas los restos de antiguas herrerías, de caminos enlosados que se adentran en el agua, en el cielo del atardecer, llamarada que flota en la nada.

La torre del campanario que emerge de la tarde, del agua, es ahora posadero y refugio de una familia de cormoranes que va y viene sobre el agua. A través de los prismáticos las marcas de un reloj que fue aún se distinguen sobre las piedras de uno de sus lados.

No se ve, pero casi, la mirada de aquellos que fueron y no conocían a los cormoranes.



Podría ser mi padre, podría ser mi hermano. Las veces que veníamos a pescar a la orilla de esta agua, de aquella, en tardes así yo ya no las sé. O saberlo y la renuncia a pensarlo.

La mirada quieta de las vacas, qué pelo tan largo, se asoma a la orilla como ensimismada. Más allá de los relojes y las marcas de los relojes.

-La comida en el campo sabe de otra manera. Mejor.  –el viento arrecia y mi hermano levanta la mirada a las montañas cubiertas de pinos mientras mastica. Almuerzo tardío al abrigo de la retama.


Las montañas blanquean sobre la línea de los últimos pinares y brezales, allá a lo lejos.

Qué lejos la nieve. Qué lejos todo. Qué finísima blancura esta que me separa de todos los entonces.

Mi humanidad es más humana aquí, en la naturaleza. Cuando mi sabor es de otra manera. Más auténtico.

Difuminada el agua y la montaña, la tarde en la mañana. Tú y yo, ellos. Nosotros. Mientras giran en el viento las hojas de los quejigos que cayeron al agua.




Despacio, de vuelta a casa frente a los faros del coche un corzo a la vera del camino. Nos mira muy quieto. Luego se vuelve y desaparece en el pinar, en la noche. Un instante.
Tras él una mirada que se adentra en la oscuridad, buscando. Y en su mirada la mirada de un padre, de un hermano. De un amigo.  De todos aquellos que no conocieron a los cormoranes.



Luna empañada.
La silueta borrosa
de los pinares.



Haiku de Juan Carlos Durilén. Tercero de un calendario de adviento un poco raro.












02 diciembre 2018

haiku de adviento II


-Ven, ahora uno de verdad-  Ahora mi cuerpo es mi cuerpo. El abrazo que aquieta mi corazón. Transparente. Laurel envuelto en musgo, aire en el aire. Ahora.

Mas allá de su hombro, de su pelo, las hojas amarillas de los avellanos, de los arces.

Esta luz...

-Parece tamizada por unas vidrieras- digo sin pensar. Muy bajito. Levantando la mirada.

Las copas de los árboles casi se cierran como una cúpula vegetal sobre la hondonada que forma este lugar tan extraño. Atravesadas por la luz de la tarde las hojas, las ramas... el aire... parecen brillar con la lluvia, tan lejana,  de la mañana.

Esta luz como un abrazo...

Uno de verdad. Uno que acoge y despoja. Uno que envuelve y transparenta.

Qué bien se está aquí. Qué bien suena mi corazón en silencio. Envuelto en otro.
 Helecho en la lluvia, pájaro en la mañana. Luz en la luz.





hoy hay otra luz…
de pronto caen del álamo
hojas amarillas


Haiku de Kotori. Segundo del curioso calendario de adviento.






01 diciembre 2018

haiku de adviento


A la iglesia voy a cerrar los ojos. A esperar. El canto de los pájaros es aquí tan claro...  Las puertas abiertas...  pero ¿de dónde viene realmente?
Una llovizna que va y viene, mezcla de agua y nada.

Todo este silencio que guarda la bóveda de piedra. Tenue luz. La soledad de mi corazón que aguarda...  ¿qué esconden? ¿con quién hablan los pájaros cuando callan?

Adviento. Con los ojos cerrados la claridad de una luz que se acerca. La mañana. El abrazo primero de un amigo que llega, de un hermano. El primer “te quiero” de quien ya me esperaba sin yo saberlo...   


Quisiera gritar. Al aire libre,  sin producir sonido alguno. Con todas mis fuerzas.
Pienso de pronto. Pienso sin saber por qué.
Encontrar en la soledad de todos mi propia soledad. Que su silencio sea mi silencio.

Haikus de mis amigos. Una lejana llovizna que cala sin mojar, hasta el tuétano. Mezcla de nada y silencio.


Recuerdo un haiku del entrañable Jorge Braulio

La luz del alba...
Un cuerpo que encontró
ya su silencio


Primer haiku de un calendario de adviento extraño y salvaje.  



La imagen puede contener: océano, cielo, nubes, exterior, naturaleza y agua









18 septiembre 2018

Zhu Da, la persona que ríe y llora




Esta obra de Zhu Da me recuerda a los mubles nadando que a veces me entretengo en mirar aquí, en la ría. No sé muy bien cómo se titula, creo que algo de patos y peces. He buscado los patos pero no los veo por ningún lado. Volaron, hasta de internet, parece.

Zhu Da deambuló entre la vida regalada de la corte Ming y la austeridad monacal de los bosques y las montañas, entre el budismo y el taoísmo, entre la risa y las lágrimas. No en vano al final de su vida firmaba como Ba da Shan ren y utilizando unos caracteres semejantes a decir “persona que ríe y llora”.

Quizá he escogido ese casi-muble esbozado a tinta porque me ha recordado a mí mismo mirando el nadar de los peces entre pleamar y bajamar. Con la mirada casi en blanco ante la desorientación que provoca un mundo que sobrepasa y maravilla siempre.

Alguien que ríe y llora. Pocos apelativos mejores se me ocurren para una especie como la nuestra, entre el cielo y la tierra, que mira peces y ama montañas, y pájaros (quizá patos) que ya se fueron.

O “Mono en casa”. Ese también es bueno, como alguna vez firmó también el bueno de Zhu Da.