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さて、どちらへ行かう風がふく

bien... ¿a dónde ir...?
...el viento
sopla...


19 julio 2021

cuando las ramas de los pinos cambian de color



松苗の花咲くころは誰かある

matsu nae no hana saku koro wa dare ka aru



plantitas de pino…
quién estará aquí
cuando florezcan



-Issa Kobayashi-



Serpenteando, el camino blanquea mientras se adentra en el pinar.

Hace tiempo que no nos veíamos. Los amigos. La vida nos ha llevado por caminos separados. Eso que llaman vida, eso tan grande que lo abarca todo. Lo bueno, lo malo. El tiempo.

Los pinos, la luz de la tarde.

La compañía es más hermosa cuando se reencuentra caminando aquí, ahora. Hablando de todo y de nada.

Me gusta el verano. Me gusta caminar en sandalias. La sensación de necesitar menos cosas.

Las cosas tontas. Las cosas que pesan.

Todavía no, sobre la flor del cardo, la mariposa aún no levanta el vuelo.

A veces creo que estuvimos aquí siempre. Charlando sin más. Caminando hacia el corazón del bosque. Sin necesitar nada más.

Es curioso. Cuando pienso en mis amigos siempre los veo como al principio. Como siempre. Qué cosas.

“Cambian de color”, dice el niño levantando los ojos a las ramas de los pinos.

Caminamos.

Al principio. Como siempre. ¿Cómo serían las cosas al principio? ¿Cómo serán siempre?

Una rana, luego otra. Miramos el arroyo señalando algo que ya no está.

El reflejo de los pinos.





La barbacoa. En la luz que se desprende de las brasas nos reconocemos. Como siempre. Hablamos de la vida, de los nombres de las flores que vimos en el bosque. Esta tenue luz… Esta tenue luz que se adentra en la noche…

Supongo que mi corazón, siempre friolero, despistado, está aquí ahora, susurrando algo que no entiendo del todo.

El camino, qué blanco era, adentrándose en la profundidad de aquel olor, los pinos, la tarde.



Después, en casa, creo que soñé con antiguas acampadas, con fogatas y estrellas fugaces.

Siempre me pasa.

Creo que soñé, pero no lo sé, en las noches de verano en que éramos nosotros. Los de siempre, los de todos los principios. Sin las pesadumbres que valen nada. Sin las cosas tontas que nada eran.

Que pesan.

Que nada son.

Creo que soñé, no estoy seguro, que la noche de verano nos atravesaba. Y se adentraba en nosotros. Que llegaba justo al centro de mi corazón y seguía más allá. Como el destello de una brasa que serpentea más allá de todo lo que conozco.

Creo que soy una flor que no conoce su nombre.


Una tarde de verano, mientras los pinos crecen sin que nadie se de cuenta, sus ramas cambian de color.

 ¿Quién estará allí cuando la mariposa abandone la flor del cardo?

Cuando las ranas salgan a la orilla y vuelvan a cantar.

 














24 junio 2021

los hijos de Zanahoria



 “Se está creando la vida en una pequeña maceta, aunque luego tengan todo el cielo para ellos.”


Enrique entrevista a Frutos y su emoción hablando de cernícalos, de haiku, traspasa mi corazón.

Es lo mismo, pienso. Cernícalos, haiku, el cielo. La vida.

El corazón de las cosas.

Hoy, esta mañana, la foto de la maceta-nido vacía me ha compungido. Lo reconozco. No llevo bien la ausencia. Lo reconozco.

A veces el vacío es tan enorme como el cielo por explorar. No soy un cernícalo. Así que no lo comprendo. Lanzarse al aire sin mirar atrás. Qué envidia. Explorar el cielo y sustentarte solo en lo que eres, sin más.

Enrique y Frutos hablan de lo pequeño, de lo importante.

“Concha marina, poca cosa, pero una vez fue la casa de un ser”

Los seres y sus casas… ¿cuál es la casa de mi ser? Nunca lo he tenido muy claro, lo reconozco. Creo que nunca he sabido muy bien cuál era mi maceta y mi cielo. Qué cernícalo extraño hubiese sido…


Los amigos.

Quizá habite solo en ellos. Quizá es el corazón de los demás nuestra maceta primera y más importante. Y luego el cielo.

Y el haiku.

Una manera de decirlo. Qué extraño. El haiku si no habla de algo es de la gente, y sin embargo… el rocío… el infierno…

Qué somos si no…

Quizá es una conversación, el haiku, del mundo con el mundo, de nosotros mismos con nosotros otros. De un cernícalo con el cielo, de un alguien que mira y dice, o calla. Y luego contempla la maceta vacía.


La ausencia.

La ausencia. Pero qué mal lo llevo jope. Con el vacío puedo, a la nada no la miro a los ojos, pero la ausencia… Dios.

Es hermosa esta luz. A finales de junio y sin embargo el aire parece de invierno. De otro tiempo diría el tomodachi Ryoma.

Es transparente.

Todo es tan transparente que a veces me da vértigo.

Los juguetes de mi niñez recuperados del trastero y que no me atrevo a mirar. La jaula vacía de Goazen que aún no puedo mirar. El cielo hilvanado por los vencejos al que no puedo dejar de mirar.

Una y otra vez.

Los vencejos y sus espirales en el aire. Mis amigos en Radio Hela.

Elías. La voz que abraza. Y qué abrazo.

El haiku y los abrazos. Creo que es lo más satisfactorio del haiku. El cielo.

Es hermoso. El cielo. Y las macetas. Son como promesas. Bueno, y el haiku. Y los amigos claro.

La vida se crea y se cuenta a sí misma. Se celebra.

Incluso para aspirantes a cernícalo como yo, el cielo, y todo lo que vendrá, es una promesa, la vida.

La generación de la promesa. Los hijos de zanahoria.

Una manera de llegar al haiku.  

Los que sin nada más que nuestra intuición saltamos al cielo. Y nos sustentó el aire, sin saber cómo.

Desde una pequeña maceta se estaba creando algo hermoso. Y ni siquiera nos dábamos cuenta.


Ay esa foto…. la maceta-nido vacía…

¿Andaremos ya en el aire?

¿Será algo hermoso, por venir, algo que no entiendo aún este vacío que siento dentro de mí?

Este vértigo…

Si de verdad puedo volar… ¿por qué lo siento?

A veces miras la tormenta, sabes que vendrá el trueno, lo sabes perfectamente, y aun así te asusta.

No lo entiendo.

No entiendo la ausencia y todos los huecos que llena.

El tiempo que devora cada momento esparcido bajo la luz del sol.


Atontado…

Mira el cielo, mira los vencejos y la claridad inmensa de junio.

No mires atrás.

Salta.

Uno, dos, tres. Los hijos de Zanahoria llegaron al mundo sin palabra alguna. Con todo su ser. Con su casa en una maceta.

Tres, dos, uno. La dejaron.

Y ya.

La naturaleza es hermosa. Brutal. Sin paliativos.

Sincera.
 

No lo soy. Sincero. Como los vencejos en el aire, como las palabras de mis amigos. Yo no. Soy un ahaiku.

El cernícalo que vuela mirando atrás. Ese sería yo. Un acernícalo.

Creo que aún no sé lo que es un haiku. Menos aún un cernícalo.

Hablo a tientas de amigos, del corazón de las cosas. ¿De verdad las cosas tienen corazón?

El mundo.

¿El mundo tiene corazón y nosotros podemos darle palabra? Quizá sea un poco pretencioso.

Ninjin no musuko. Pensé decir. Los hijos de zanahoria. Por aquello de lo japonés…. Pretencioso. Pensé…

Pienso poco, es verdad. Pero me gustaba cómo sonaba.
 

Reconozco que me da envidia. Zanahoria y su marido. Y los hijos de Zanahoria. Por su belleza sin pretensiones. Por su sinceridad. Por su unívoca manera de estar en el mundo.

A lo mejor el haiku es una oportunidad. Pienso ahora que me doy cuenta de todo lo que no soy.

Una pluma insertada en el aire.

El haiku.

Jo qué poca cosa.

Y lo que da de sí.

El hogar de algunos. La estación de otros.

Maceta y nido. Cielo.

Una promesa.

Los amigos.

Yo y ninguno.




Refresca tras la lluvia, hoy no está la araña en la tela de la portilla

Chame



Ella es sincera, ella es. No puede ser otra cosa.

Toc toc toc. Estoy aquí. Soy el pájaro carpintero y soy el bosque. Soy yo, Soy tú.



Soy el hijo de Zanahoria.












Entrevista a Frutos Soriano en Radio HELA aquí


Entrevista a Elías Rovira Gil en Radio HELA aquí












10 junio 2021

el soplo de la vida

 





Desde los seis años tuve la manía de dibujar la forma de las cosas. A los cincuenta había producido gran número de dibujos, pero antes de los setenta no hice nada que mereciera la pena. A los setenta y tres creo haber adquirido algún conocimiento de la estructura verdadera de los seres naturales, animales, plantas, árboles, pájaros, peces e insectos. Creo que cuando cumpla los ochenta habré progresado notablemente. A los noventa alcanzaré el misterio de las cosas: a los cien haré una obra asombrosa, y a los ciento diez, cuando dibuje, aunque solo sea una línea, poseerá el soplo de la vida.


En el año 1834 Katsushika Hokusai, “el viejo loco de la pintura” como gustaba llamarse a sí mismo, dejó por escrito estas palabras en el colofón del primer volumen de Cien vistas del monte Fuji. Tenía setenta y cuatro años de edad.

Y acababa de nacer.

El soplo de la vida. Dibujarlo en el aire. Cada día de la vida.

Un trazo, una palabra. Mi silencio cuando el misterio de las cosas me arrebate cada gota de tinta.

Estar aquí. Estar ahora. Formando parte de la increíble estructura de todos los seres.

En el día que media entre los seis años y los ciento diez.

Dibujando.


En el soplo de la vida. En el maravilloso y brevísimo soplo de la vida.






 



20 mayo 2021

La primera trucha

 

古池やさかさに浮かぶ蝉のから

furuike ya sakasa ni ukabu semi no kara


viejo estanque…
flotando boca abajo
un caparazón de cigarra


-Shiki-




Agitan en el aire sus grandes manos hechas en el campo. Hablan de fútbol con un acento extraño para mí. Amenaza lluvia.

Una breve parada para tomar café, comprar pan… Nuestra primera cita con las truchas aguarda aún unos kilómetros más allá. En el río.


El río. Ucero.


Ucero. Siempre me ha sonado a ocelo. Los ojos simples de las abejas, los escarabajos… las cigarras...


Suena “Wild Theme” de Mark Knopfler. En el parabrisas del coche las primeras gotas de lluvia. Ay madre… Sobre un enebro no muy alto, un buitre posado.



Es difícil traducir “semi no kara”. ¿Caparazón de la cigarra? ¿cáscara? ¿concha? Exuvia. Ese su término científico. Demasiado científico para un haiku.


A nuestro paso un corzo brinca tres veces y desaparece entre la espesura de la ribera.


Es difícil traducir un río. Traducir el agua que se mueve y la vida asomada a su reflejo. Quizá hay palabras. Quizá hay lenguaje. ¿Transparencia? ¿Los días como hoy? ¿Nosotros? Los petirrojos y el viento, la tímida lluvia que cae sobre el agua que fluye… lo nombran y lo dicen una y otra vez. Su término científico yo lo desconozco.


La primera trucha. Mi hermano ríe ahí, corriente abajo. Debería haber un término japonés de esos misteriosos para nombrar este momento. Que no se traduzca.


El viento arrecia. Los sauces añosos crujen y los álamos rozan unas ramas contra otras. Por un momento siento que alguien mira… Ucero…


Hasta que se adentran en el agua, siguiendo las huellas de un corzo.


Nombrar el vacío. Qué cosa. La exuvia. Decir la nada. Como postulaba Vicente Haya una y otra vez. Un haiku es una exuvia. Un algo que fue y ya es otra cosa. Y un alguien que pasa por allí le da su palabra. O la busca.


Lánguidamente, la corriente sumerge por momentos las flores de ranúnculo acuático.


Siempre me ha gustado Wild Theme. Imagino una playa. Y la noche estrelladada en la que no pasa nada. Y está todo. Me gusta estar aquí, con los pies en el agua y aguardando la lluvia, o el sol, o lo que tenga que venir. Me gusta lo salvaje. Me gusta lo que no conozco.


A veces da miedo. A veces da miedo la profundidad del lodo que aprisiona las botas. El olor a metano. Los pétalos del espino que huele tan intensamente y que se pegan a todo tu cuerpo. Flotar, flotar vacío...


A veces no sé quién soy…


Recogiendo el sedal, sobre el agua remansada arrastra pelusas de chopo.


“Sin el menor significado”. Vicente Haya tradujo así uno de los versos del famoso haiku de Bashô del caparazón de cigarra que cae de lo alto del árbol. Siempre me ha sobrecogido esa traducción. No sé lo que imagino.


Las huellas de nutria entran en el río y vuelven a salir.


En un antiguo meandro del río las junqueras lo cubren todo. El croar de las ranas también. Cómo me gusta la llamada. Aunque me quede atascado en el barro por momentos.


Las ranas. Creo que el primer haiku que leí versaba sobre una rana. Y no era de Bashô. Creo que algunos de mis primeros días más felices transcurrieron corriente abajo, jugando de niño con mi hermano a perseguir ranas.


El cielo nublado, a contraluz, un pájaro que no distingo cambia de dirección.


Justo al borde de un campo de cereal las grandes troncas de sauces se arraciman desordenadas sobre la tierra. Lo que fue y lo que se convirtió en otra cosa. ¿Será ese el destino de todas las cosas? ¿Será esto la exuvia de los sauces y sus sombras? ¿Sin el menor significado?


Siento que a cada momento fui y ya soy otra cosa. Siento el barro pegado a las suelas de mis botas y el ligero cimbrear de la caña mientras camino. Siento ahora que el vacío que me constituye vibra sin posibilidad de nombre científico.


Sobre las hojas de menta la cáscara de una libélula. Hacia el norte, aclara el cielo.


El brillo del sol recién aparecido se extiende sobre el agua y todas las cosas que toca. Por un momento creo que puedo olerlo. Oler la luz. Una pareja de pinzones juguetea alrededor de un abedul. Cruzan el río y vuelven. Y vuelven a cruzar. En un instante.


Adherida a mis dedos la blancura de la corteza del abedul. Por momentos, el rumor del río se hace más intenso.


El caparazón, este sí, de un cangrejo azulea entre las piedras que dejó atrás el río. Lo miro y remiro. Parece caminar todavía intentando sobrevivir dios sabe a qué. A todo, imagino.


Me gustaría caminar, vacío ya de todo, hacía donde sé que debo ir. Me gustaría dejar atrás lo que no soy, una cáscara dura que no sirve ya para nada, y reconocerme en otra cosa que intuyo, que no entiendo.


Me gustaría volar sobre la corriente de un río.


Comemos charlando de lo que fue y lo que ya es otra cosa. Reímos. Un aguilucho pálido planea sobre los campos recién brotados un poco más allá.


Charlamos, mi hermano y yo. Reímos, dos ríos surgidos de la misma fuente.


Amo lo salvaje que hace lo que somos, lo que fuimos. Amo la tarde junto al río que nos mira y sin palabras pronuncia nuestros nombres, nuestros verdaderos nombres. Amo la tarde junto al río, cuando todo es diferente y nada ha cambiado, aunque a veces me dé un poco de miedo y no sepa por qué.


La nada dejada atrás por una libélula que se hizo en una noche de primavera. Sobre las hojas de menta.































06 mayo 2021

Primeros vencejos


Los primeros vencejos de la primavera. Hoy sí.

Creo que hace unos días mientras iba al trabajo vi una pareja justo después del amanecer. No sé. Quizá no. Una mañana de primavera con poca primavera. Nubes, llovizna, frío.

Esperar a los vencejos sin pensar en nada.

Como hace un año, en la primavera sin nosotros.

Creo que a veces he imaginado el mundo aquel a vista de vencejo. Las ciudades calladas, el aire hueco desde el suelo al cielo. Los chillidos de los gorriones y el silencio de los gatos.

El eco de su propia voz atravesando la luz de la mañana.

Una ciudad sin gente es como un cielo sin vencejos. ¿Esperarían también ellos de alguna manera la risa de los niños? Sin esfuerzo alguno, de aquí para allá, suspendidos del aire.


El aire… y la transparencia del aire. La patria de los vencejos y de los que esperan a los vencejos. De los que sin saber por qué a veces no piensan en nada.

En el aire… recuerdo el silencio de mi voz buscando el eco de los otros en aquella primavera sin los otros.


Creo que estos días pensé en una primavera sin vencejos.

Creo que tardaron en llegar por la lluvia. Creo que sí. Esta primavera fue la lluvia, se alargó en amaneceres fríos cubiertos de nubes.

Ellos aguardan la primavera, con mucha primavera, en algún rincón del aire. Sin prisa. Sin necesidad siquiera de batir las alas.


Hoy sí. Los primeros vencejos de la primavera. También nosotros.

Un eco en otro eco, sombras que se aguardan.


Sin nada que decir, sin esfuerzo alguno, suspendidos de la trasparencia de los días.

Viajeros del vacío, dos caminos que se encuentran en el aire.





primeros vencejos,
un gato entreabre los ojos
al sol de la mañana












23 abril 2021

La Luna Roja, primer premio


 






Cómo huele el monte
Un mastín nos ladra
sin levantarse






Hundidas las patas,
la vaca mordisquea
cañas de la marisma















Escampa en la bahía,
un perro se confunde
y viene conmigo






Saliendo al valle,
una mujer tiende ropa
entre los eucaliptos





Ovejas pastando
el mastín echado
mira al cielo














De un bocado
el poney arranca margaritas,
se dora el cielo






Hospital en construcción,
en lo alto mira un albañil
las primas luces





Un gato patiblanco,
se para a mirar
las flores de dondiego






Antes de ceder
la hierba se alborota
hacia la tormenta












Escampa…
algunas de las huellas
no son de vaca





Nubes deshilachadas,
violetas al pie
de la fuente seca





Sombras de nubes,
el viento me lleva
hacia el espino en flor




(Cuando el mayor premio y el más bello era ella...)





10 abril 2021

El primer murciélago

 

El primer murciélago del año. Lo he visto pasar junto a mi ventana como un relámpago.

 Abrenoite.

Emocionan siempre las primeras veces.

Qué hermoso estrenar la sutil cesión de este momento al siguiente.

Como un relámpago.

Todavía no es de noche, ya no es de día. Mientras, amigos hablando sobre haiku en un chat.

Amo este momento del día. Esta luz sin luz.

Su pequeño vuelo.

Amo el haiku, su silencio sin silencio, a mis amigos que hablan de haiku, como si fuese la primera vez.
















29 marzo 2021

La llamada del afilador

 

Me gustaría tocar el mundo con la serena parsimonia con la que ella se ata las botas. 

Las moras que ha lavado lluvia temprana aguardan a la vera del camino. En los hinojos caracoles recogidos en su espiral de silencio. 

- Recuerdo la llamada del afilador en las mañanas de verano. Los vencejos, los libros por leer. La quietud de las estanterías cuando no había colegio. 

Ella habla distraídamente. Un bote en la inmensidad del mar. Qué pequeño. Apenas una ola más. En el bosque el recuerdo de la lluvia todavía perdura en el aire, suena, aquí, allá, de hoja en hoja, sobre plantas sin nombre. 

- Creo que realmente nunca llegué a verle. Mi madre bajaba alguna vez. Yo me quedaba en casa. Tantas veces lo oí que me parecía un vecino más. Uno que iba y venía, de calle en calle, de día en día. 

En las telarañas gotas de lluvia. Qué brillo. Callamos. ¿Era aquello un pájaro? ¿El bosque? ¿La lluvia, su llamada? ¿Su silencio? 

- Recuerdo el tacto del papel amarilleado por los días. Lo recuerdan mis dedos, como si lo tocaran. El olor de la tierra de los helechos del salón recién regados. 

Amo su soledad. La mía. La soledad perfecta de este momento, de nuestra niñez. 

Ella es un secreto. 

La imagino ahora, mientras canta ese pájaro, o calla, pequeña en la inmensidad de una mañana de verano y aguardando la llamada del afilador. Los vencejos como guadañas en el aire y todos los días por venir. La imagino sin colegio y sin palabras, como si la tocara. Como si nunca la llegara a ver, como si la escuchara dentro de mí. Aguardando ya esta lluvia, el camino. Su llamada. 





al mirar atrás 
lluvia retenida 
en las huellas del camino














































































Publicado en el libro Senderos, Editorial Doente. 2019

http://surimidala.blogspot.com/2020/06/senderos.html










24 marzo 2021

Le revenant

 Salir al frío. Forrado con todo lo que tengo y sentir como el viento gélido me corta la cara. 

Estoy vivo. 

Algo pequeño que renace de pronto. 

Un fantasma.


El milano, la picaraza, con este viento ¿cómo es posible que vuelen? Por momentos parece que lo hacen hacia atrás.


Cardos secos prendidos del pelaje de su tripa, sin mirar atrás el mastín que se cruza conmigo en el sendero.

En líneas caso paralelas, surcando los rastrojos la nieve de anoche.

En cuanto abandono el sendero y camino campo a través empiezo a hablar solo. O con alguien, no sé.
¿Con quién hablo cuando no hablo con nadie? 


Al llegar a lo alto del monte me encuentro con el viento. Me congela las manos en cuanto me quito los guantes. Abro la mochila, ahora sí que me pongo todo lo que tengo. Ni aun así. El viento atraviesa el gorro, el cuello alto, los guantes...

Traspasa mis huesos y luego vuelve a salir al aire, más blanco.


Apresuro el paso para llegar al bosque cuanto antes, qué frío. Los quejigos, recogidos sobre sí mismos, tienen menos hojas.

Vaguada arriba veo un corzo. No parece muy preocupado por mi presencia. Luego veo alguno más. Solo intuidos entre la espesura del bosque.

Me siento sobre el suelo muy muy lentamente. Están a poco más de veinte metros. Miro cómo me miran entre las ramas de pinos y quejigos. Sé que están a nada de huir.

Me ladran.

Desaparecen. 


Durante un buen rato continúo aquí, en el mismo sitio, así. Esperando. Chispea nieve. En la lejanía las montañas están ya blancas.

Una luminosidad extraña, como si el sol solo brillara allí, las envuelve. Saco los prismáticos.


Unos buitres giran sobre el valle del río. Uno, dos… tres… Qué gris el cielo.

La nieve, qué pequeña, no deja de caer.


Aguardando a los corzos, aquí sentado, encogido de frío, un poco, siento que soy. Que soy algo, que pertenezco a algún lugar, por fin. La corriente se ha detenido por un momento.

No sé en qué remolino se perdió la angustia que venía conmigo. No sé de dónde la traje. No está. Ahora no está.

Como la nieve tan ligera de la noche pasada. Sobre las setas y las hojas caídas de los quejigos.


Una ardilla baja al suelo a remorder una piña. El soniquete de un pájaro carpintero que no logro ver…


Pienso de pronto en el corcino que vi hace unos días. Era tan pequeño que al principio lo confundí con un zorro.

Lo vi solo un momento. Intenté acercarme con todo el cuidado del mundo, en silencio, pero desapareció en la espesura. Simplemente desapareció.

Me pareció tan frágil, tan solo…

¿Estará bien?


Pienso y no pienso, no sé… Una ligereza tan fría y blanca como la luz sobre la nieve de las inalcanzables montañas. Un fantasma que retorna de algún lugar al que pertenezco desde siempre. Le revenant.

Todos lo somos.

Pienso…

Pero no escribo. Por no sacar la libreta de la mochila. Qué frío.


El viento es brutal en el camino de vuelta a casa. Corta lo que soy y lo que fui. Piso la tierra húmeda y miro la huella de mi bota.

Estoy vivo.