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さて、どちらへ行かう風がふく

bien... ¿a dónde ir...?
...el viento
sopla...


07 mayo 2006

La luz del alba


-Todo lo que tiene nombre existe. Todo lo que tiene nombre, y lugares, maravillas y seres que no tienen un nombre, entes animados e inanimados, a los que nunca llegó la curiosidad de los hombres y que también existen, allí, al otro lado de las montañas, aguardando en cualquier vuelta del camino, habitando los sueños y la imaginación de los mortales y los inmortales. Recuérdalo Negwel, están ahí, esperando una mirada limpia y un corazón entusiasta.

Negwel levantó la mirada del papel, sonrió, se tocó los labios con el extremo de la plumilla y recordó a su viejo tío. Secó la punta en un poco de musgo, envolvió el pequeño bloque de tinta en un lienzo seco y colocó ambas cosas junto al tosco cuaderno que él mismo se había fabricado cosiendo con paciencia infinita página a página, cada una de un pedazo de papel diferente, unas veces grueso, otras más delgado nunca dos páginas iguales. Envolvió las tres cosas en una pequeña pieza de fino cuero y lo ató con una cinta del mismo material.

Llevaba ya varias semanas de camino y hasta aquella mañana radiante no había sido capaz de escribir nada en su improvisado “diario de viaje”, como pomposamente lo había titulado.
Los primeros días fue la compañía de los buhoneros que le habían conducido hasta los pasos de las montañas la excusa que se dio a sí mismo para no estrenar el rústico diario. Quizá su timidez natural, el hecho de exhibir a los ojos de aquellos para los que los libros eran objetos exóticos y mudos, de casi tan nulo valor venable como práctico, era lo que le había impedido escribir.

Cuando atravesó el paso de la montaña más elevada y quedó sólo con la inmensidad y el silencio, las hojas continuaron en blanco, al menos lo que más se aproximaba a ese color dentro de toda la gama de amarillos posibles.
Si primero fue la compañía, ahora era la soledad, el vacío, lo que Negwel pensaba que había plasmado de alguna manera involuntaria en su diario y le impedía escribir. Era la vacía blancura de la nieve y el frío silencio de las rocas lo que reflejaba su diario, la nada helada.
Eran días duros aquellos, el frío, el cielo casi siempre oscuro y amenazador, la ausencia total de vida. Negwel caminaba encorvado, siguiendo sendas a veces semiescondidas, otras invisibles bajo la nieve. Su espíritu desaparecía junto a su cuerpo enfundado en un enorme abrigo de piel de oso que su tío le había regalado. La cabeza refugiada bajo la capucha y las manos retraídas dentro de las propias mangas, caminaba a veces como un sonámbulo sumido en su propia pesadilla.

En muchas ocasiones una idea daba vueltas y vueltas dentro de su mente, se estiraba y se enroscaba sobre sí misma, como una serpiente enloquecida, como el camino bajo sus pies. Pensaba sin pensar y caminaba y caminaba.
Pero lo peor eran las noches, cuando estando ya agazapado dentro de su abrigo, en alguna cavidad de las rocas y tras su paupérrima cena de tortitas y carne en salazón aguardaba tembloroso la visita de sus fantasmas. El frío omnipresente, la alarmante disminución de sus provisiones, los barrancos desolados. Aparecían ante él los gestos desesperados de los esqueletos de arbustos raquíticos, únicos vestigios de lo que una vez estuvo vivo al borde del camino. Escuchaba la voz del viento de las cumbres, unas veces murmurando entre dientes de piedra, otras, bramando por cárcavas desnudas.

En la hora más oscura de la noche, aquella que precede a la aurora, agotado ya de revolverse sobre sí mismo y patear el suelo para que sus pies no se convirtieran en nieve, las ganas de rendirse, de renunciar a su aventura en pos de conocimientos, y volver a Bisla, a los dulces prados del altiplano, a la biblioteca de su tío, el viejo Elgen, le inundaba poco a poco como agua tibia, reconfortando sus miembros macilentos y helados. Se decía a sí mismo que sí, que volvería, que seguiría conociendo el mundo a través de los libros de su tío, los únicos de toda la comarca, y pasaría las noches junto a la chimenea de piedra, la única de la aldea, soñando e imaginando el mundo aquel, crudo y frío, al otro lado de las montañas.

Era el alba, la luz del nuevo día, la que disipaba las sombras, todas ellas, las que envolvían el mundo, fuera del improvisado refugio nocturno, y las que amedrentaban la voluntad y el entusiasmo, dentro del corazón de Negwel.
Aquella mañana surgió radiante la luz del sol, olvidada tantos días atrás, se desbordaba sobre la tierra limpiándola de los últimos vestigios de la noche. Cuando asomó su cabeza encapuchada y aún aterida del recoveco rocoso que le había servido de refugio, Negwel pudo contemplar un cielo límpido y luminoso como hacía días que no veía. Había dejado atrás la cota de las nieves y sólo en las alturas refulgía un blanco resplandeciente y perpetuo. Sintió cómo todo el entusiasmo y la esperanza, escondidos durante la noche en algún rincón de su alma, volvían a llenarla, y cómo esta se extendía cálidamente por su cuerpo como el día magnífico se desparramaba sobre el mundo.

Y aquella mañana, por fin, estrenó su diario. Desembaló su virgen “Diario de Viaje”, el bloque de tinta y la plumilla, mojó la punta de esta en un pequeño hueco de un árbol que aún conservaba agua de lluvias pasadas, lo posó con cuidado sobre el bloque de tinta escribió las últimas palabras que su tío le había dicho antes de dejar Bisla.

Reviviendo aquellas palabras sintió un anhelo irresistible de conocer todos los nombres, todas las maravillosas historias que leyó en viejos libros y escuchó de viejos y sabios labios. Historias que colmaron sus sueños y su imaginación junto a una chimenea de piedra.

Escribió las palabras de su viejo tío y supo al fin que jamás se rendiría, jamás volvería sus pasos hacia Bisla y daría la espala al mundo fascinante que se extendía, aguardándole, al pie de las montañas.



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