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さて、どちらへ行かう風がふく

bien... ¿a dónde ir...?
...el viento
sopla...


25 julio 2019

Remolinos en el agua


Qué luna tan hermosa. Todo el día pescando, bueno mirando, yo soy el que mira. Mi hermano pesca. Mi hermano camina junto al río, susurra palabras que no entiendo, humedece con sus botas las hierbas altas que rozan mis pies casi descalzos.

Sandalias. Sí, me gustan. A pesar de los pinchos, a pesar de la tierra que se adhiere a todo y todo lo mancha.


El río. Que hermoso el río aquel. Al que llegábamos las primeras veces.

En los comienzos de todas las cosas. Mi padre, mi hermano. Las filas de chopos apuntado a un cielo que siempre estaba allí.

 Tardajos. El lugar casi descalzo en el que de niño miraba remolinos en la corriente. Donde pescaba mi padre. Y susurraba. Y callaba.

A dónde irá el agua, el aire atrapado en el agua, el agua en mi mirada de entonces. A qué profundidad invisible del río que pasa.






Qué luna… esta mañana cuando íbamos de camino, camino camino, al río vimos cuatro buitres posados en la ladera de una colina.

Qué mirarán.

El viento bajando por la ladera, rozando el cereal un momento, oleaje, sombra, nada.
Asustados levantan el vuelo pesadamente. Qué grandes son. Sostenidos en el cálido aire del mediodía, parecen nada, sombras. Sin esfuerzo  alguno. Sin ruido.

Extender los brazos y flotar en un día como hoy. Como un hermoso pájaro sin peso ni tristeza. Exiliado de todas las palabras.

Aún no hemos bajado del coche y un corzo salta entre las hierbas altas. Parece enhebrar el paisaje. Está y no está. A veces se detiene y mira. Nos mira.

Ser mirado por un corzo que huye entre las hierbas altas. A la luz del mediodía.

Desaparecer entre la hierba. Hacia el fondo de alguna parte transparente. Envuelto en aire. Solitario y tranquilo. Elegante.

Qué difícil acercarse al río. Turbio y crecido, flanqueado por toda la maleza arrastrada en las últimas crecidas. Ese lugar que escuchamos y que es inaccesible.

Caminamos por lo que no hace mucho fue río. Su fuerza dejada atrás la sorteamos como podemos. Troncos, ramas, broza…

Entramos y salimos de la orilla. Enhebramos el agua que corre al margen de nosotros.
El dedo de mi hermano dice silencio. Señala el lugar al que ha huido un corzo.

Miro.

Busco con la mirada entre el laberinto de chopos. A mi espalda el río.

En uno de los troncos el hueco redondo, perfecto, de un pájaro carpintero. Nada. El silencio. Luego las cigarras. De nuevo. Creo.

Diminutas hormigas aladas se agitan junto al hormiguero que pisó mi hermano. Noto en mis pies la humedad de sus pasos.




La luna asciende. Quisiera que no se me olvidara nada. Quisiera volver la mirada y que allí estuviera todo.

De nuevo. Sí.

La playa de fina gravilla a la que llegábamos caminando y se adentraba en el meandro del río. Donde mi padre pescó una trucha arco iris.

El brillo del agua que recubría su cuerpo todavía.

Y la luz de la tarde, risa de niños, recorriendo muy despacito las filas de chopos, infinitas.

Flores sin nombre.


Trinos en el aire.








Aguas turbulentas. Qué difícil pescar. Qué difícil acercarse siquiera. Qué alta está ya la luna.
Apenas veo lo que escribo.

Qué lástima la oscuridad. Qué lástima la tristeza que no flota en el aire.

Todo lo que vi, lo que oí, el olor del río que caló mis huesos cuando cerré los ojos…

No te pierdas por favor.

Remolinos en la corriente que sigue allí. Sin estar.

Miro sobre mi hombro, atrás, no sé por qué. Los campos de cereal ascendiendo las colinas y la luz del sol que viene, que ya vuelve. En silencio.

La hermosa soledad de mi infancia sigue aquí. Intacta. Junto al río.

Parece estar aquí, una llamada sin voz, la oscuridad de un nido horadado en la madera. Un remolino en el agua.

Lo que soy ahora. Algo que era ya entonces sigue recorriendo la orilla junto al río. Tranquilo. Sin nada en las manos.



Alimoches. Justo antes de volver a casa. Mi hermano señala en el cielo siluetas blanquinegras trazando círculos en el aire. La pareja.

Charlamos. Palabras que van, que vienen, de esto y de aquello, de ahora y entonces, sostenidas sin peso en el aire de la tarde. 

A ratos, sin decir nada, miramos el laberinto de árboles que se adentra colina abajo hasta el río. Miramos, apenas mirando nada, el lugar hacia el que huyen los corzos.


















7 comentarios:

  1. "A dónde irá el agua, el aire atrapado en el agua, el agua en mi mirada de entonces. A qué profundidad invisible del río que pasa. "
    ��
    El abrazo y respeto de siempre... ��

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  2. "A dónde irá el agua, el aire atrapado en el agua, el agua en mi mirada de entonces. A qué profundidad invisible del río que pasa. "
    ��
    El abrazo y respeto de siempre... ��

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  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  4. Simplemente precioso!
    Un abrazo

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  5. Muchas gracias. Sois muy amables, de verdad.
    Un abrazo grande

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