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さて、どちらへ行かう風がふく

bien... ¿a dónde ir...?
...el viento
sopla...


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26 junio 2023

Aruku. Aceptar la nada. El encanto del vacío.

 





El espíritu que acepta la nada posee el encanto del vacío. 
Es necesario caminar para volver a casa. Para regresar impregnado con el mundo.










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08 mayo 2023

Mizu o mae ni. Un viajero delante del agua.

 




mizu o mae ni haka hitotsu

delante del agua 
una tumba 

Taneda Santôka 


Un haiku. Un viajero. Un silencio... 
Caminos.... El Kumano Kodô... aquel que se intuye, internándose en el viento... 
Un peregrinaje a la profundidad del corazón humano. 


"El agua fluye, las nubes pasan, sin nunca pararse ni establecerse. Cuando sopla el viento, caen las hojas. Como nadan los peces o vuelan los pájaros, yo ando y ando y sigo adelante… de aquí para allá, como las plantas que flotan en el agua, que van discurriendo de una orilla a otra”.


16 abril 2023

Tan solo volver.


歩くほかない草の実つけてもどるほかない

aruku hoka nai kusa no mi tsukete modoru hoka nai



Tan sólo andar

Tan sólo volver con hierbas

pegadas en el cuerpo



-Taneda Santôka-



Claro. Santôka. Es necesario el espíritu que acepta la nada. Es necesario volver a casa con las pelusas de los sauces pegadas a la ropa, con el picor de las ortigas en las manos.

Es necesario tocar las hierbas altas que bordean el camino. Rozar la primavera con la punta de los dedos. Levantar la mirada a las nubes que llegan del mar. Atravesar el cielo. Es necesario el encanto del vacío.



Esta mañana parecen más altas las plantas. ¿Crecerán en la noche? En secreto. ¿Al otro lado de la mirada de la gente?

Cómo olía la noche… al heno fresco recién dejado para los caballos. Al agua demorándose entre los alisos. A algo que está por llegar, que está llegando ya.



Necesitaba saber si los pequeños peces seguían allí, en el antiguo lavadero. Esta mañana. Entre las plantas tan altas. Necesitaba su movimiento ingrávido y sus sombras en el fondo. Necesitaba su silencio, y el mío que llega después.

Una golondrina zigzaguea sobre la hierba nueva. Perfecta la redondez transparente de los dientes de león.


Necesitaba solo andar, necesitaba no pensar. Mirar tan solo. Oler. Escuchar. Camino adelante un perro que no conozco se vuelve de tanto en tano a mirarme. Las ortigas, en flor.

Qué pequeño el cangrejo en el arroyo. Qué grande la sombra que me sobrevuela de pronto. Un solo giro el del águila calzada sobre las copas de los fresnos.

Melones madurando sobre el muro de una granja. El olor ácido de las balas de heno.

Baja turbio el arroyo donde anoche vi la pareja de azulones. Medio nadaban, medio caminaban, remontando el curso de agua por las zonas menos profundas.

Bajo los giros de los tallos y las hojas un caracol suspendido, recogido, Siento un aire pequeño que no sé de dónde ha llegado….



De pronto pienso en la lluvia y en el verano. En las luciérnagas que vendrán.

De la noche a la mañana. Algo que ya no está. Algo que llega. Que crece en secreto, como las plantas. Solo eso.

Es necesario.

A la solana, le cortan el pelo a un anciano en la entrada de la casa.



Volver con todas estas cosas pegadas al cuerpo. Lo necesito. Volver contaminado por el mundo, levantar el vuelo impregnado con su polen.

Volver. Con las pelusas de los sauces y el picor de las ortigas. Con el olor del laurel pegado en las manos. Como mi padre.



Es necesario un espíritu que acepta la nada. Su transparente corazón de diente de león. Su encanto.



Antes de anochecer. Unos niños trazan caminos sobre la arena de una obra.









































19 noviembre 2021

delante del agua


水を前に墓一つ

mizu o mae ni haka hitotsu


delante del agua
una tumba


“Madre mía, cómo explico yo…”
Una mano en la frente, el suspiro de Vicente Haya.


La otra noche recordé el agua, las tumbas, el viaje… De repente, viendo en internet una conferencia de Vicente en la que hablaba de Santôka.


El Kumano Kodô, el camino de peregrinación por las montañas de la península de Kii, en Honshû. Un descanso al borde del camino, junto a los arrozales, comiendo algo ligero apoyado en la mochila.

Entre los brotes de arroz, quietos, renacuajos oscuros.


“Silencio habitado” dice Vicente. Balbucea buscando palabras. “La presencia de lo sagrado que enmudece al hombre. “


Qué calor. Por un momento sopeso remojarme la cara con el agua del arrozal. No sé por qué, de pronto me doy cuenta de las tumbas al otro lado del agua.

Unas flores, iris quizá, el brillo del agua que verdea en líneas regulares por las plántulas de arroz… y las tumbas.
 
Antes de volver a ponerme el kasa hago una foto.

La mochila. El camino.

El zigzag de una culebra entre los brotes de arroz. Solo la cabeza fuera del agua.



Santôka. Busqué en internet ese haiku. Como un impulso. Como la propia necesidad de caminar.


Encontré el lugar. En la orilla del embalse de Kawachi, no lejos de la ciudad de Kitakyûshû. Junto a un pequeño templo dedicado a Kannon-do, al borde de la carretera sesentaidós de la prefectura, está la roca con la inscripción del haiku.

Un poco desangelado…

En aquel lugar, hace noventa años, Santôka sentía el peso del equipaje. Y los apegos. En vez de disminuir, uno y otros no hacen sino aumentar. En vez de tirar no hago más que recoger.

Un poco más adelante, siguiendo la orilla del embalse, del agua, hay un cementerio de mascotas. Qué cosas… El mundo a vista de pájaro, o google maps, siempre es sorprendente.

Santôka se encontró allí, en Yawata, con unos conocidos y habla de aves acuáticas batiendo sus alas y de las hojas rojas. Del agua a la sombra de su sombra. De un apretón de manos en el viento frío y del fin de un rostro solitario. Y de una tumba frente al agua.



Anoche recordé otra tumba y otra agua.

Kumano Kodô. Llovizna. Una estrecha senda embarrada, zigzagueando entre el bosque de cedros y arces montaña abajo. Allí, en una de las curvas de la pendiente, apenas un hueco entre la senda y la ladera empinada, una desgastada piedra de poco más de un palmo de alto. Kanjis ilegibles, musgo. Silencio.


Madre mía… cómo explico yo…


El silencio. Su presencia delante del agua.

La palabra. ¿De verdad hay una palabra para todo esto?



A veces lo he pensado, a veces lo he intentado, levantarme por la mañana y pisar el sonido del agua. Pisar el sonido del agua y darme cuenta de ello.

Y caminar.

En silencio.

Ir a donde quiera ir.



Sobre la tumba antigua, sobre el viajero, la lluvia de la montaña.






Autor: 風弘法
Autor fotografía: 風弘法


Autor fotografía: 風弘法

Autor fotografía: 風弘法















20 octubre 2021

la primera lluvia

 

Al atardecer la lluvia. La primera lluvia. Al volver de la lavandería su olor ha entrado en casa. Un vecino enciende la luz del acuario.

Qué silencio…

Por qué escribiré esas cosas.  

Una libreta, un garabato, mirando la lluvia ligera que cae sobre el jardín. ¿Qué nombre tendrá esta lluvia? Recuerdo los nombres de la lluvia que en Nagasaki aprendí de Yoko.

Pero esta no estaba.

 

La luna apuntaba casi llena, el otro día, sobre el canal que va a la bahía. Las casas flotantes, algunos kayak apenas rompiendo el agua.

Mirando el agua hablamos de otra agua.

Cuando éramos niños. Cuando el mundo era sin “nosotros”.

A la ida, a la vuelta, el martinete sigue en la misma  postura, acechante.

 

 

“Shigure”. La lluvia ligera a la que tanto alude Santôka en sus poemas. Esa que cae como sin querer justo al final del otoño o principios del invierno.  

Pero es diferente. Otoño, invierno…  Hasta hoy no había visto llover aquí.

 

Es curioso, no recuerdo la lluvia en los veranos de mi infancia. Es un día solo, larguísimo, en el que brilla el sol siempre. Desde que despierto hasta que cae la noche.

Qué breve.

 

音は 時雨 か

oto wa shigure ka

ese sonido…  ¿llovizna?

 

Shigure-kan, el pequeño museo dedicado a Santôka en Yunohira. Llovía aquella tarde. Anduve calle arriba calle abajo mirando las montañas envueltas en nubes.

 

Por qué recuerdo todas estas cosas. Por qué todo lo veo a través de mi vida entera. Estratos echados sobre una playa solitaria mojada por la lluvia.

¿Será porque tras la lluvia cada cosa tiene su silencio?

¿Será porque el haiku es el brillo de esa intuición?

 

Mirando el río mi hermano recordaba las mismas cosas que yo. Eso me reconfortó.

 

El agua.

La lluvia.

El silencio en la palabra.

 

Quizá el haiku es la poesía de la humildad, y por eso, cuando es haiku de verdad, transparenta tan claramente el mundo que nos rodea, porque al fin y al cabo la humildad no es otra cosa que la realidad.

 La verdad de las cosas y de nosotros mismos, nuestro lugar en el mundo.

 

En unos días mis amigos hablarán de haiku. Me gustaría estar allí, con ellos. Son uno de los estratos favoritos de mi vida. Uno de los más transparentes.

Qué nervios, el deslumbramiento de una primera cita.

Así siempre cuando estoy con ellos.

Estar atento a la importancia de las cosas, como cuando caminas despacio. Como si estuviésemos hechos del propio sonido de una llovizna que comienza.

La poesía de la humildad, la poesía de la sinceridad, nos hizo lo que somos. Este “nosotros”.

¿Será nuestra fragilidad la que nos hace lo que somos?

 

 

Garabatos, una libreta. La primera lluvia. De hoja en hoja las gotas de lluvia atravesadas por la luz de los faroles.

Este silencio… ¿siempre ha estado aquí?

 ¿Cuál es su nombre?

En el río y el canal, la nube en la montaña, más allá de una playa con nosotros.

 

Sus calcetines me han parecido siempre tan pequeños... Siento que huele a lluvia la ropa que doblo con cuidado. Despacio. Como un niño que está jugando.

 

En esta agua está el reflejo de todos los nosotros.

Este es el momento con todos los momentos.

Este es el lugar en el que he estado siempre.


Esta lluvia… siempre es la primera lluvia.








20 enero 2021

el mundo de un solo color



Trazas de un camino que ya no está. El mundo de un solo color… 

Creo que he salido de casa solo para cansarme. Caminar y recordar haikus, sin querer, zigzaguear, eso. Zigzaguear buscando senderos en un paisaje que no reconozco. Un solo color.


Leo mal el terreno y me meto en un ventisquero. Creo que sí, que voy a lograr eso de cansarme, quiera o no quiera.

Bueno, da igual, todo recto, da igual la nieve que haya, como cuando era niño. Más allá de los senderos y antes de los haikus.

Qué blanco tan blanco todo. La nieve de hace días que no ha pisado nadie. La cencellada en las hierbas altas. El milano en el aire. 


Sé que no lo estoy, pero qué solo aquí. Junto a un quejigo sin apenas hojas, esperando a que pase una nube. Esperando a la luz.

En la ladera contraria huellas que se entrecruzan sobre la nieve.


Esperaba encontrar corzos en el país de los corzos pero hoy hay demasiada nieve, demasiada luz. Estarán guarecidos en el bosque.


Zigzagueo. Zigzagueo con el sol a la espalda y las montañas en la lejanía. Se intuye la niebla que aún aguanta en los valles. Por un momento parece que bastara caminar, todo recto como un niño que no sabe a dónde va y atraviesa la primera blancura del mundo, para llegar allí. Donde la nieve resiste la primavera y su esplendor.


Me quito ropa. Buf. El gorro, los guantes…. Me pesan hasta los prismáticos aún en la mochila. El sol reflejado en la nieve tiñe todo de un fulgor que me atraviesa.


El bosque. Pensé que iba a haber menos nieve aquí... Me cansaré. Me cansaré aún más. Las hojas ocres de los quejigos se mezclan, esparcidas aquí y allá, con las agujas de los pinos sobre la nieve. Rastros de diferentes animales se entrecruzan. Suben las laderas, atraviesan los pequeños valles. Zorros, aves que no distingo…

¿Hasta dónde seguir las huellas del corzo?




Por un momento me imagino siguiendo esas huellas cruzando valles y lomas, zigzagueando, internándome cada vez más en la profundidad del bosque. Y allí imagino un corzo echado como si nada sobre la nieve, dormido, recogido en lo más hondo del corazón del bosque.

Como un relámpago, no sé por qué esa imagen me perturba.


Abandono el rastro y desciendo una ladera cada vez más pronunciada. Al final me deslizo por la nieve. Sé que me voy a calar pero me da igual. Jope, es divertido esto…

Qué bien huele el tomillo arrancado de la nieve.


En la única roca que parece estar sin nieve me siento a descansar tras subir otra ladera. Como unas nueces que sobraron de Navidad. Abajo el valle se esparce tornando el verde de lo espinos por el ocre desvaído de los quejigos y el gris de sus troncos y los espinos. Y la nieve. La nieve que intuyo deslizarse perezosamente noche y día, de un valle en otro, hasta llegar al río.



“Hay aquí una quietud absoluta”. Pienso y según lo pienso me parecen grandes esas palabras. Como pedruscos que vayan a rodar ladera abajo sin remedio, fastidiándolo todo.

Y sin embargo la hay. Esa quietud que parece conectar de alguna manera con la quietud de todos los momentos anteriores. Algo quieto y blanco que atraviesa todas las cosas y todos los momentos que me trajeron aquí.


¿Quién caminó hasta aquí? Todo recto, cruzando ventisqueros y valles sin rozar el aire, mientras yo me hundía en la nieve.



En mis manos el olor a tomillo, el sabor de las nueces de año nuevo. Qué amarillo tan hermoso el de los líquenes que salpican las ramas de los quejigos.

Reemprendo la marcha y las botas pesan un quintal por la humedad. Me cansaré sí.

Al salir a campo abierto la luz del sol. Y el viento.



Caminando en la dirección al sol, apenas veo la silueta de los corzos que vuelven al bosque.

Me lavo las manos, la cara, con la nieve. Qué relámpago.


へうへうとして水を味ふ
hyôhyô to shite mizu o ajiwau 

como un soplo de viento, saborear el agua


Recordar haikus, caminar, zigzaguear… así que era eso… Cada paso un instante sobre la superficie helada de la nieve antes de hundirse en la profundidad de la tierra. Pienso en la ligera de los corzos, de los niños.

En el viento… 


Correteando sobre la nieve brillante un bando de perdices se resiste a levantar el vuelo.

Quieto, miro. El transparente mundo de un solo color. De un solo sabor.



Por un momento zorzales y jilgueros parecen guardar silencio en el aire mientras la nieve se hace agua sin que yo me dé cuenta.


Un ruido…. solo la hierba alta que vuelve a levantarse tras mis pasos.



de vuelta casa… 
de pronto me encuentro 
con mis propias huellas

















02 agosto 2020

wanderlust

 







Creo que pocas cosas me parecen tan elegantes como alguien caminando con una mochila.

Esta mañana, a pesar del sirimiri, algún peregrino recorría la playa. “Para aquellos que pasan la vida a lomos de un caballo o en un barco, la vida es viaje”. O algo así decía Bashô.

Yo de niño construía barcos de madera a escala. Y leía novelas de piratas. Me encantaban los barcos. A lo mejor intuía lo que decía Bashô. No sé.

Ahora vivo tierra adentro y trabajo en algo tan rutinario como la arena. No lo había imaginado así la verdad.

Ahora, cuando vuelvo aquí, miro barcos con los prismáticos, a veces, y consulto el Vessel Finder. Puedo pasar horas mirando el mar o el infinito. Esperando que algún barco pase lejos, o sin más, esperando.

Siempre queda, siempre queda. 


“Después de todo, mi camino no es más que el camino de seguir mi estupidez hasta el final". Este es Santôka. Desde que leí su Sendas de Oku, hace ya muchos años, yo anhelaba ser Bashô, pero en realidad, sin saber, me parecía mucho más a Santôka. 

Algo intuía, supongo, cuando anduve por Mitori Kannon-do y por Yunohira aquel año hermoso de vagabundeo por Japón. 


“Mojado por el rocío
Voy en la dirección que quiero”



En esto no me parezco. En esto no... 


Me tomo una cervecilla en casa mientras espero. Chauvito, el playmobil de la serie prehistoria que un amigo me regaló, me mira. Como solo él sabe mirar. Al infinito. Elegantemente. 
Wanderlust. Seguro. Los hijos de la Edad de los renos nos parecemos todos. Esperamos. Siempre. A veces sin saber qué. 

Extraño, es extraño todo esto. Pensar incesantemente en lo que es y sobre todo en lo que no es. En lo que nunca ha dejado de ser. Sin encontrar mi lugar. Siguiendo mi estupidez. Calado hasta los huesos y con ganas de quitarme el chubasquero.



vuelve a llover 
la gata tricolor persigue algo 
al borde la playa







16 febrero 2018

volviendo a su forma



Los pétalos de la margarita recogidos entre las patas de la abeja vuelven a su forma lentamente. Apenas sin moverse, la abeja eleva una de sus patas en dirección al mar.

A veces pienso lo que el bueno de Bashô hubiese escrito teniendo un macro a mano. O Buson. Tela....
Santôka no sé... lo más probable es que no tuviese ni móvil ni macro ni na. 

Imagino que él mismo extendería sin más uno de sus brazos hacia el mar sin saber muy bien por qué, tumbado sobre un campo de margaritas, mientras las cosas del mundo vuelven muy lentamente a su forma original.







27 enero 2016

las noticias de este otro mundo

 

Hoy ha salido un día de sol espléndido. Yuki, sobre el sofá, parecía contemplar su propia sombra, quietísima. Parecía de verdad estar reflexionando sobre algún asunto profundo y enjundioso que pueda interesar a un gato. ¿Tal vez los colores del viento que llegaba desde las montañas ? quizá... Yo he salido a recoger mi difunto portátil. En fin.

Con él en la mochila y a mi espalda he ido a comprar. Me gusta escuchar música mientras hago la compra. La verdad es que me relaja mucho. He vuelto a casa cargado como un borrico pero contento.

 Me gusta la música de todo, o casi todo, tipo pero tengo mis preferencias. Cuando he llegado a casa sonaba una pieza de Gaspar Sanz, maravillosa. Mientras organizo las cosas y la comida suelo poner la tele, las noticias. Casi por sistema. Tenía ya el dedo en el botón y de repente... ¿pero qué noticias quieres saber tú? ¿las noticias de qué mundo? ¿de verdad te interesa lo que ya sabes que te contarán?
 
Hoy he estado organizando la compra, la comida, al ritmo tranquilo y limpio de la música de hace 400 años, como en un transparente y diminuto cumpleaños que solo yo conozco, escuchando las noticias del mundo, las del verdadero mundo. He estado muy atento al polvoriento tacto de las patatas sacadas de la tierra, a los verdes recovecos del brócoli, laberíntico ramaje de un baobab en miniatura, al brillo terso y oscuro de la berenjena, como aquella otra que lavó la lluvia para que un monje errante llamado Santôka pudiera comer un día. Después me he quedado quieto un rato mirando mi propia sombra, intentando reflexionar sobre algo que de verdad me interesara. Y después... después me he puesto frente al ordenador a escribir a un buen amigo. Sin prisa, sin el ruido fatuo de esa clase de mundo que no me interesa.














15 noviembre 2015

La nieve sobre Dublín. La nieve sobre París, sobre Beirut... La nieve...




 “Cae la nieve. Cae sobre ese solitario cementerio en el que Michael Fury yace enterrado. Cae lánguidamente en todo el universo. Y lánguidamente cae como en el descenso de su último final. Sobre todos los vivos, y los muertos.”

Dublineses, The Dead en el original, peliculón de John Huston. Recuerdo perfectamente la escena final. Me llegó, me llegó...  Gretta sollozando mientras recuerda a su amor adolescente, el sensible y enamorado Fury de ojos oscuros y voz clara. Recuerdo a Gabriel, su marido contemplándola “Qué pequeño papel he representado en tu vida, es casi como si no hubiera sido tu marido. Como si nunca hubiéramos convivido como marido y mujer.
¿Cómo eras entonces?
Para mí tu cara sigue siendo preciosa, pero ya no es aquella por la que Michael Fury dio su vida.”

Y la nieve. Sobre todo recuerdo la nieve que cae…  “cubriendo toda Irlanda. Cae sobre toda la oscura llanura central. Sobre las colinas despobladas. Suavemente sobre los pantanos de Allen, y más lejos, hacia el oeste. Cae suavemente sobre las oscuras y revueltas aguas del Shanon”.

No sé por qué escribo esto ahora. En realidad debería estar en silencio. O cambiando mi avatar del Facebook, o rezando. No sé. Yo solo sé rezar en silencio y con el silencio y mi avatar del Facebook suele ser una tontería que no soy yo, como todas mis tonterías. Y eso quiero creer.

Ayer me desperté con la noticia. Y no supe qué hacer. Qué decir. Qué pensar. Cómo se pensará la nada... Ayer fui a la biblioteca como casi todos los sábados. Ayer el sol resplandecía de una manera sincera, ajena a todos nosotros. Como siempre. Allí seguí con mi lectura de los cómics de Alfonso Zapico sobre Joyce. Me gusta su estilo directo y socarrón. Yo llegué a Joyce por la película de Huston, lo confieso, y a Zapico por Joyce, esto no sé si hay que confesarlo o no. Y quizá he empezado a escribir, cuando en realidad lo que debería y anhelo es guardar silencio, por él. Y por mi amigo Luis Carril. Él no dibuja pero su palabra es tan directa y socarrona como el trazo de Zapico. Inteligente y claro como el perfil de un alfil negro.

Las tribus. Mi tribu, tu tribu, su tribu. Vaya declinación patética, ramplona. Los ellos que ni siquiera son vosotros. Siempre ellos.  Ahí fuera. Como círculos concéntricos nos alejamos de lo que somos y los que nos importan para dejar de ser y de ver. 

Guerra. La guerra. De nosotros contra ellos, de ellos contra nosotros. Por qué siempre nosotros, los verdaderos nosotros, los muertos, nunca nos enteramos de que estuvimos en guerra. Por qué nosotros, los que compramos verdura en un mercado de Beirut o tomamos una cervecita en un café de París nunca sabemos quiénes son ellos. 

Después de mirar los periódicos sigo leyendo “La Ruta Joyce” de Zapico. Por una claraboya entra la luz del mediodía, de un mediodía de un noviembre increíblemente caluroso, en la biblioteca. Sentado en un sillón estiro las piernas para que el sol no se vaya de mis pies. Recuerdo a Santôka y su famoso haiku. Recuerdo las portadas en guerra de los periódicos. Quiero volver a pensar en las sandalias de junco de Santôka, expuestas dulcemente a un sol como este… no puedo…

Los recuerdos caen sobre los recuerdos, blandamente, sin ruido, como la nieve. Hace un mes nació mi sobrino. El primero. Ekaitz. La vida. Él, tan pequeño. Él, tan puro. 

Recuerdo volver a casa del hospital, después de días de angustia por los problemas, aquellos malditos problemas, y respirar. Por fin. Recuerdo esa noche amar la vida como pocas veces la he amado. 

Sí Luis, existimos en círculos concéntricos. Es amar lo cercano lo que nos hace amar lo lejano. La vida, como el amor, no se puede compartimentar. Es única y para todos. Sin gradaciones ni adjetivos. Esa noche no hubiese sido capaz de matar un mosquito que me atravesara la piel aunque me picara mil  veces. Entiendo que Issa, con su inmensa tragedia personal, solo fuese capaz de escribir un haiku cuando  la picadura de un mosquito le atormentara la noche entera.

Que dura es a veces la piel, y fría, como la nieve. Quizá nuestra tribu necesite sentir el frío lacerante atravesar la carne hasta el tuétano, como Santôka expuesto al camino, para saber. Para saber que nieva en París, y en Beirut, sí, aunque nos parezca increíble, y en Ramala, y en el Congo y en….  

Según escribo estas memeces pienso en los familiares, en la tribu, y en su dolor. ¿Estaré relativizando sin darme cuenta? Si soy idiota es sin mala intención, como todos los inocentemente idiotas. Tribu, banda, clan… ¿qué significaría todo eso cuándo las palabras aún no eran palabras? A veces pienso que personalmente no he sido capaz de pasar del paleolítico. Este mundo me sobrepasa. Este periódico mundo. Un idiota magdaleniense, eso es lo que debo ser.

La luz del sol se ha retirado de mis pies, imperceptiblemente y sin ruido, como la marea. Alzo la mirada hacia la claraboya. La luz.

A Joyce le gustaban los bares. Como a mí. Amo los bares y la gente de los bares. Amo sus intrascendentes conversaciones y sus risas tontas. Amo la fútil humanidad de ser humano. Mirando la luz atravesando la claraboya y alejada de mis pies pienso en nosotros. Pienso en un tal Rashid, en un tal Félix, charlando en una cafetería. Me gustaría conocerte. La verdad es que sí, que me gustaría. Es donde deberíamos estar ¿verdad? Aquí, en París o en Alepo. Mirando la luz del sol sin miedo a que cayeran bombas del cielo o los kalashnikov aplacaran el son de la música, esa que a los dos nos emociona y nos deja sin palabras. Cómo somos ¿verdad? Nosotros, los muertos, a los que nos gusta un buen café y jugar con la nieve sin saber por qué, como cuando éramos niños. Como dos idiotas hablando sin más. Nosotros con nuestras tribus y nuestro dolor.


“Piensa en todos los que alguna vez han vivido desde el principio de los tiempos. Y en mí, transeúnte como ellos, fluctuando también hacia su mundo gris. Como todo lo que me rodea. Este mismo sólido mundo en el que ellos se criaron y vivieron se desmorona y se disuelve.” 


Dublineses. Qué bueno.  Mientras vuelvo a casa siento todo el peso de las horas que caen como piedras. Imposible volver a levantarlas de la tierra. Como lápidas que pasan. Dublineses en el año 14 del pasado siglo, al filo de la guerra que acabaría con todas guerras. Ceniza. Solo son-somos ceniza. Nieve una mañana de marzo. Nada. 

Debería estar callado, en silencio, o cambiar mi avatar, o rezar. Pero duele. Y solo escribo. Vaya. A veces me pasa. Y no sé por qué. Una vez alguien me dijo: escribe. Escribe como terapia. Escribe para que el dolor no quebrante tu espíritu. 

Solo sé escribir haiku y seguir caminando, decía Santôka. Con su sombrero de junco y sus sandalias raídas. Yo tengo un sombrero de junco en casa, de cuando anduve sin mucho rumbo por el Kumano Kodô. A veces me lo pongo, me miro al espejo, y  lo vuelvo a colgar. Y sigo. Caer, dejarse caer, delicadamente. Como la nieve.

Dublineses. Europa es un gran pequeño Dublín al borde del 14. Anquilosado y frío. Niños. Somos niños desorientados, jugando, de piedra en piedra sobre la corriente.

Y esto cada vez se parece más a uno de esos monólogos del Ulises que siempre acabaron venciéndome.

Vuelvo a casa y en la tele la noticia. Al final la saturación de testimonios y crueldad y desesperación y tristeza y sangre y horror y no saber qué por qué para qué es tal que cambio de canal. Busco y busco hasta dar con un pescador de pelo cano al borde un río marrón. “Monstruos de río”. Qué paradójico, pienso. Llamar monstruo  a los peces de tez plateada y ojos de agua. Qué pensarán ellos de nosotros, desde su mundo en silencio y misterioso. 

¿Será egoísmo? ¿Será supervivencia? No quiero saber más. No quiero hablar más. No quiero más ellos ni nosotros. 


La nieve. La nieve… Recuerdo una noche en Nagasaki mirar al cielo de la noche buscando los copos que caían desde la oscuridad. Todavía en el aire los mantras de los bonzos… Y una mañana, justo antes de Año Nuevo, caer sobre el bambú, combándolo con su frío peso hasta separarlo del muro, en el templo donde yo vivía en silencio, blanco y ligero.

Blandamente, sin ruido, los recuerdos vienen a mí en esta hora que frisa el anochecer. Blandamente un dolor sordo, de mi pequeña tribu, anida en un lugar de mi corazón al que ni yo tengo acceso. Un lugar en el que todos somos nosotros. En el que Ekaitz nace una y otra vez.



La nieve sobre Dublín, sobre París, sobre Beirut… solo el hombre cuando no es tal puede hacer que la nieve deje de ser blanca y en silencio. Solo nosotros cuando no somos nosotros somos capaces de no reconocernos como tales.  Solo los idiotas como yo alargan un poco más la tibieza del sol sobre los pies, estirando las piernas, mientras leen un cómic sobre Joyce y el mundo gira sobre sí mismo ajeno a todo. Como el sol.


Gretta escucha una canción mientras baja la escalera al acabar la fiesta en la casa de las hermanas Morkan. Mientras la nieve cae afuera. Es “La doncella de Aughrim”, la canción que Michael Fury entonó para ella una semana antes de morir. Gretta escucha absorta, literalmente fuera de ella misma, fuera de esa Gretta que ya no es aquella, adolescente. Y sin embargo algo queda…. algo. Como el olor a nuevo después de que se funda la última nieve. 

Pobre Gretta, pobre Michael, pobre Gabriel. Pobres todos nosotros… 





a punto de romperse,
el brillo de la nieva
sobre el bambú

  

a punto de romperse, el brillo de la nieve sobre el bambú

Artículo publicado en Japonismo: Sayōnara Kioto http://japonismo.com/blog/sayonara-kioto

















20 marzo 2015

Construyendo la primavera


La primavera en obras. Dicen que llega esta noche, rozando ya el día de mañana. Es curioso pero yo siempre la imagino, a la primavera, colorida al sol de la mañana. La primavera y la mañana, invitaciones a algo que comienza. A algo que comienza casi sin que te des cuenta. Es curioso también que llegue esta noche, la noche del día del eclipse. Ese día-noche.

Quizá por eso aquí sintamos el extraño impulso de apuntalarla de alguna manera. Como se apuntalan las mañanas, para nada. Porque las flores de camelia caerán, "pottori", como en el haiku de Santôka, aún antes de que nos demos cuenta de esa primavera que comienza en mitad de la noche.

Qué cosas se le ocurren a uno cuando deambula por ahí sin sombrero de junco... Divagaciones de un ocioso un día de nubeclipse.




primavera en obras



La primavera en obras. Dicen que llega esta noche, rozando ya el día de mañana. Es curioso pero yo siempre la imagino, a la primavera, colorida al sol de la mañana. La primavera y la mañana, invitaciones a algo que comienza. A algo que comienza casi sin que te des cuenta. Es curioso también que llegue esta noche, la noche del día del eclipse. Ese día-noche.
 
Quizá por eso aquí sintamos el extraño impulso de apuntalarla de alguna manera. Como se apuntalan las mañanas, para nada. Porque las flores de camelia caerán, "pottori", como en el haiku de Santôka, aún antes de que nos demos cuenta de esa primavera que comienza en mitad de la noche.

Qué cosas se le ocurren a uno cuando deambula por ahí sin sombrero de junco... Divagaciones de un ocioso un día de nubeclipse.







29 mayo 2014

De berenjenas, Santôka y los colores








夕立が洗つていつた茄子をもぐ
yûdachi ga aratte itta nasu o mogu

el chaparrón la dejó limpia
y yo
arranco la berenjena


Arrancarla no, he tenido que comprarla. El chaparrón tampoco, yo mismo he asumido el papel de dios de la lluvia con la inestimable ayuda del grifo.


Es curioso, pero Santôka y las berenjenas están unidos en mi subconsciente de una manera tan misteriosa como inevitable.


Quizá su oscura tersura, su plenitud redonda y llena. Su color...


Hay seres que dan nombre a un color. Ni negro, ni púrpura... berenjena. Color berenjena.
Santôka... color Santôka.


Surgidos de la propia tierra, sin más, brillando al sol tras quedar limpios con cada chaparrón.





29 octubre 2011

親愛なる日本 Dear Japan






Un año, un segundo. A veces creo que lo soñé.
A veces...
A veces son los otros los que ponen palabras, imágenes, a nuestra mirada.
Dear Japan... Yo podría haber filmado ese vídeo. Cada una de esas imágenes están en mi corazón.
Qué misterio.
Un segundo, un año.



さて、どちらへ行かう風がふく
Bien, ¿a dónde vamos?
Sopla el viento


Santôka. Santôka en la voz de Vicente Haya (arigatou gozaimasu, itsumo), Santôka poniendo palabras a la mirada de mi corazón, otra vez. Qué misterio.
"...convertirse en un vagabundo en el mundo de lo real por culpa de la belleza que un día nos trastornó..."

Aquí, allí. Ahora, entonces... Esta terrible belleza que me venció. Este simple destello al que nací.
¿Dónde? ¿Cuándo?
Camino contemplando el cielo. Las nubes. Las maravillosas nubes. Pierdo el equilibrio. Me mareo mientras continúo mirando el cielo, sin poder dejar de mirarlo.
Aquí estoy. Solo. ¿Aceptarás mi rendición? ¿aguardarás mi llegada a la luz de tus ojos?

El viento fresco del otoño. Cambia de pronto. Hay algo... el asombro.