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さて、どちらへ行かう風がふく

bien... ¿a dónde ir...?
...el viento
sopla...


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22 mayo 2023

Orbayu. Salamandras en la llovizna. El Camino Primitivo I







"Estas notas rescatadas de fugaces imágenes sensoriales se completan con lo que escribí en You Tube. Estoy segura de que cada vez que lo vuelva a ver sentiré que soy parte de este peregrinar y que dejo huellas junto a las miles de huellas de los que fueron y de los que irán.


Me he quedado sin palabras para definir la multiplicidad de sentires que me invadieron. Sin el reino racional que lo explica todo, me he vuelto una salamandra que perdió su cola. Quizás, como dice un gran poeta, entrar en la Naturaleza sea eso: habitar las preguntas que empujan el andar por los caminos del misterio.

Me gusta orbayu, pronunciado orbaiu y no, como lo haríamos nosotros, orbashu. Me gusta el final más suave, generador de silencios finitos, La llovizna, la niebla y los silencios los imagino como tiritas transparentes que apenas mojan si el viaje es corto. Pero los peregrinos caminando entre las montañas, con las zapatillas o botas húmedas y las mochilas empapadas, se cansan pero siguen.

La mirada no se fija en las incomodidades, es el motor que guía hasta el final del camino. Por eso “ellos” o “nosotros” podemos sonreír, comer o guardar silencios para llevarlos a la ciudad.

Orbayu, nombre asturiano para la llovizna que nosotros llamamos garúa, con sabor a tango. Pero el tango es un baile estructurado. Y de salón, típico de la ciudad.

Peregrinar /andar por el camino es otra cosa y Momiji nos lo dice entre líneas, casi nos los muestra con palabras simples, como un niño nos cuenta lo que descubre del mundo.

Entre esos dos polos hay un contrapunto: ciudad e intemperie: ruido y silencio. Nosotros pertenecemos a los dos espacios. Entramos en la corriente del peregrinar y sentimos que pertenecemos, que formamos parte de todos los pasos que fueron…y siguen estando. Soñamos con salamandras brillantes y olemos con placer el aroma de las flores pegadas en las mochilas.

Peregrinar no es una excursión más ni tenemos un guía de turismo ni folletos que expliquen lo que iremos a vivir. Imposible saber de antemano la experiencia de caminar sin buscar nada salvo llegar al final del camino… “Solo se trata de vivir…” dice la canción.

Gracias Momiji por compartir con nosotros el don de entrever el misterio como un milano que va y viene entre las montañas y de golpe aparece sobre la ropa tendida entre árboles en flor.

Algunos comentarios sobre el video:

Orbayu. Salamandras en la llovizna El camino primitivo"

-Alicia Céspedes-




Gracias Alicia. De corazón.


 





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20 abril 2023

Liébana. Peregrinos de las montañas. El Camino Lebaniego, de la mañana, a la noche.

 





Como cada año en que la festividad de Santo Toribio coincide con un domingo la Puerta del Perdón se abre dando comienzo al Año Jubilar. 

Un monasterio, Santo Toribio de Liébana, en lo alto de una montaña, cerca de los Picos de Europa, en Cantabria. Un camino que asciende y desciende las montañas. 

Se abren las puertas. Todas las puertas. De la mañana a la noche. A todo lo que acontece en el camino, a su alrededor.














23 abril 2021

La Luna Roja, primer premio


 






Cómo huele el monte
Un mastín nos ladra
sin levantarse






Hundidas las patas,
la vaca mordisquea
cañas de la marisma















Escampa en la bahía,
un perro se confunde
y viene conmigo






Saliendo al valle,
una mujer tiende ropa
entre los eucaliptos





Ovejas pastando
el mastín echado
mira al cielo














De un bocado
el poney arranca margaritas,
se dora el cielo






Hospital en construcción,
en lo alto mira un albañil
las primas luces





Un gato patiblanco,
se para a mirar
las flores de dondiego






Antes de ceder
la hierba se alborota
hacia la tormenta












Escampa…
algunas de las huellas
no son de vaca





Nubes deshilachadas,
violetas al pie
de la fuente seca





Sombras de nubes,
el viento me lleva
hacia el espino en flor




(Cuando el mayor premio y el más bello era ella...)





29 marzo 2021

La llamada del afilador

 

Me gustaría tocar el mundo con la serena parsimonia con la que ella se ata las botas. 

Las moras que ha lavado lluvia temprana aguardan a la vera del camino. En los hinojos caracoles recogidos en su espiral de silencio. 

- Recuerdo la llamada del afilador en las mañanas de verano. Los vencejos, los libros por leer. La quietud de las estanterías cuando no había colegio. 

Ella habla distraídamente. Un bote en la inmensidad del mar. Qué pequeño. Apenas una ola más. En el bosque el recuerdo de la lluvia todavía perdura en el aire, suena, aquí, allá, de hoja en hoja, sobre plantas sin nombre. 

- Creo que realmente nunca llegué a verle. Mi madre bajaba alguna vez. Yo me quedaba en casa. Tantas veces lo oí que me parecía un vecino más. Uno que iba y venía, de calle en calle, de día en día. 

En las telarañas gotas de lluvia. Qué brillo. Callamos. ¿Era aquello un pájaro? ¿El bosque? ¿La lluvia, su llamada? ¿Su silencio? 

- Recuerdo el tacto del papel amarilleado por los días. Lo recuerdan mis dedos, como si lo tocaran. El olor de la tierra de los helechos del salón recién regados. 

Amo su soledad. La mía. La soledad perfecta de este momento, de nuestra niñez. 

Ella es un secreto. 

La imagino ahora, mientras canta ese pájaro, o calla, pequeña en la inmensidad de una mañana de verano y aguardando la llamada del afilador. Los vencejos como guadañas en el aire y todos los días por venir. La imagino sin colegio y sin palabras, como si la tocara. Como si nunca la llegara a ver, como si la escuchara dentro de mí. Aguardando ya esta lluvia, el camino. Su llamada. 





al mirar atrás 
lluvia retenida 
en las huellas del camino














































































Publicado en el libro Senderos, Editorial Doente. 2019

http://surimidala.blogspot.com/2020/06/senderos.html










26 agosto 2020

la gente de las colinas

 






El cometa que no vimos. Las luciérnagas que sí. Tres. Mágicas.

Qué cansancio de repente. Un pájaro canta en alguna parte. Trinos que entran por la ventana abierta del norte y atraviesan toda la casa. Todo lo que hay en ella.

De repente se ha ido el sol. El viento parece venir del oeste, no sé a dónde va.

Anoche el viento era tan tibio, las estrellas tan brillantes. Pequeñas. Apareciendo poco a poco en el cielo sobre el mar. Como luciérnagas que se encienden de pronto entre lo más oscuro del bosque.

En el sendero de “la gente de las colinas”.

Cuando era niño pensaba que yo era uno de ellos. De ellas. Shide. Que como cuentan las leyendas “la buena gente” habían pegado el cambiazo en mi casa y a mí me habían dejado en el lugar del verdadero hijo de mis padres.

Creo que de niño leía demasiados cuentos de hadas….

Creo que ahora recuerdo demasiado.

A través de los viejos prismáticos de mi padre, el de verdad o el imaginario, vemos la vela de un velero solitario. La línea del horizonte separa el cielo del mar, justo ahora, la noche del día, la oscuridad de la claridad que se va. Qué solitario. Sí. Sus lucecitas en mitad de tanta poca luz. La silueta de su vela. Brilla. Es lo único que brilla, además de todo este silencio haciéndose noche.

Neowise. Seis mil años, más o menos, dicen que tarda en darse una vuelta por aquí.

Un cometa, una luciérnaga, la gente de las colinas… El brillo que se escapa tras las nubes o frente a las palabras. Esas cosas que están delante de mí y no puedo verlas. Ni nombrarlas.

Que nunca serán mías.

No sé qué estaba haciendo, o diciendo, cuando el petirrojo cantó una vez y volvió a la espesura.

El otro día.

Otro “otro día”.

En la marisma del oeste. Cuando caía la tarde. Tras el sirimiri. No sé de dónde venía el viento, no sé cuántas cosas atravesaron entonces los cantos de los pájaros.

No puedo decir nada sobre el cangrejo que atravesó el sendero cuando volvíamos a casa ya de noche. No se me ocurre nada acerca de la pareja de cisnes que se acercó a nosotros en la laguna, no sé por qué. Casi salía la luna, pero todavía no.

No sé cómo habla la gente las colinas. Quizá como yo.

Sin decir nada.

Desde el molino de marea miramos sin decir nada el karramarro gordo que no se mueve.

Ella, yo. Nadie hay aquí.

La luna llena, tan redonda, casi. Cómo brilla.




con un paraguas,
los niños casi alcanzan
la mora negra









25 julio 2020

Buscando senderos


 



Buscando senderos al caer la tarde. A un lado su reflejo en el agua dejada por la marea. Al otro la montaña atravesada por el canto de los grillos y las criaturas invisibles de la noche.
 La luna creciente, un cometa por aparecer.

Colores que se escapan a toda mirada que no sea sincera.



12 julio 2017

cuando no hablo con nadie




Con quién hablo cuando no hablo con nadie. Aquí, ahora. “Qué hormiga tan gorda”. Como a un niño. Como a un gato que te mira. Quizá. 

Siento la milenrama en mi espalda mientras me apoyo contra la roca del cantil. Me roza un poco en el brazo mientras escribo. Nada.

Quizá lo que pasa es que hablo con Ella sin darme cuenta. Quizá con quien habla Ella cuando no habla con nadie. 

No sé, pero es agradable. Natural. Ese natural, sencillo, de las cosas que suceden sin malicia y sin temor. Sin objeto ni pretensiones. Como el sirimiri que empieza a caer sin más, en su  momento. O una pagaza que vuela y no hace nada para seguir volando. O las hormigas, gordas o no, que en su caminar diminuto no distinguen la roca del acantilado de mis pies descalzos.

“Uf, qué calor…” Cuando se apartan las nubes sí que lo hace sí. “Chicharra”.

Es relajante este hablar como las olas. En un ir venir calmo que lo refleja todo. El tranquilo ritmo de un mar en calma, una respiración de alguien sentado en el borde la tierra. Al sol.

Quién dice, quién escucha. Murmullo del agua que conversa consigo misma.








18 junio 2015

Monte Aá


Cuando salimos al campo ella lo primero que siempre me dice es "respira respira, ¿no te sientes más libre?". Ella nunca se extravía, sabe de lo bueno instintivamente. Parece construida de musgo y nube como todo esto.

Todo esto es el monte Aá. Curioso nombre sí. Será porque aparece de pronto entre las nubes, será porque tampoco tienes mucho más que decir cuando el verdor de las hayas, los robles, los acebos o la hiedra lo cubre todo. Porque el musgo amortigua toda palabra en su verdor de lluvia.

El camino asciendo cruzando ríos y arroyos, una, dos, tres, quién sabe cuántas veces....jalonado por árboles singulares, algunos con nombre propio, como las milenarias secuoyas de California, El Mellizo, El Belén... Robles centenarios ante los que solo cabe guardar silencio y hacer una reverencia. Algunos, vaciados en parte por el rayo, acogerían nuestros pequeños cuerpos con holgura y olor a lluvia.

Un arrendajo cruza el camino en silencio. Después lo vuelve a cruzar en sentido contrario. Algo dice... Los limacos apuran bocados blandos en las flores y un mirlo alborota en alguna parte, desintegrándose entre la fronda. Oscuros, inquietos, algunos renacuajos cosquillean en los bordes del pilón de una fuente, después en sus manos. El canto de una curruca se deshilacha entre los líquenes que cuelgan de las ramas. Las flores callan, sostienen gotas de lluvia que brillan sin más.

En un recodo del camino comemos el bocata sobre una piedra entre chaparrón y chaparrón. El sirimiri apenas se percibe bajo el dosel vivo de los árboles. Una oruga casi fosforescente se mueve tan lentamente que no se mueve. Su quietud es verde y luminosa. Alimenta.

A veces sol, a veces lluvia. A veces el pájaro y su trino, a veces silencio y nuestros pasos. Los árboles son sustituidos por brezos y el sendero se embarra bajo las grandes rocas de la cresta de la montaña. Abajo, el valle cubierto de bosque absorbe jirones de nube. La ladera contraria luce verde al sol de la tarde. En la altura de un collado un potrillo pace junto a su madre a la luz difusa de un sol que no se ve. De pronto desaparecen junto al prado y la montaña.

La cumbre es niebla. Solo eso. Las nubes llegan del noroeste y cruzan la vertiente atravesándonos. Envueltos en ella reímos y respiramos. Qué hondo el ligero peso de las nubes. Qué blanco el sabor de la libertad.

Poco a poco la niebla desciende por el brezal de la ladera, hacia el lugar donde comienza a cantar un grillo.



de vuelta a casa,
apoyadas junto al puente
dos varas de avellano