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さて、どちらへ行かう風がふく

bien... ¿a dónde ir...?
...el viento
sopla...


21 diciembre 2025

14 diciembre 2025

俳文 Olor a espliego en las manos (El Rincón del Haiku. Haibun.)



Olor a espliego en las manos de mi padre. Al volver a casa. Lo he recordado de pronto. Justo al arrancar una brizna de hinojo con los dedos mientras caminaba por la calle.

Me gustaría ver estas obras terminadas. Eso pensaba mientras caminaba. Las nuevas aceras y los jardines que bordean la bahía. Recorrer todo este paseo que bordea los antiguos muelles escuchando el zumbido de las abejas, intuyendo el olor de las flores.

Sobre pilotes medio hundidos, los cormoranes que no pescan. El brillo del sol.

A veces también olían a tomillo, o a romero, las manos de mi padre. Cuando volvía a casa después de ir a pescar o a buscar setas. Salir de casa era para él sinónimo de salir al campo. A la montaña, al bosque. Al río.
Es curioso. Deambulo sin rumbo por las calles y a menudo, tarde o temprano, acabo frente al agua. La bahía. O los canales.
También pizcando ramitas de hinojo. Eso también.

Dos gaviotas comparten algo en el aire. Un cielo sin una sola nube.

Camino con cuidado para no asustar a las palomas resguardadas a la sombra de los parterres. La brisa llega realmente cálida no sé de dónde. Aquí apoyado en el pretil frente a la bahía me revuelve el pelo una y otra vez.
–Una gorrita –eso me diría mi padre– Al campo siempre se sale con una gorrita. Y un palito. –Eso también. Qué bueno. Salir al campo. Qué si no.

Marea baja. Sobre el balanceo de las algas, una libélula que ya no está.

¿Será eso? Salir al campo. Inevitable. A lo mejor solo me gustaría creerlo. Caminar sin rumbo por ahí y volver a casa siempre con el olor del espliego entre los dedos. Con una pizca de hinojo en el bolsillo.
Sería tan hermoso. Que las flores nuevas y las abejas me recuerden siempre al sol de mi infancia. A las manos que la construyeron y la cuidaron.

Esperando a que vuelva a aparecer el cangrejo por detrás de la roca. El olor del agua.

La ciudad de las flores. En los jardines y los bordes de las aceras. En las tiendas y en los supermercados. La ciudad del viento. También eso.
Creo que esta mañana juegan los Giants. Las ovaciones llegan hasta aquí como olas en el aire. Seguro que en el canal de Mission Bay la gente aguarda en sus kayaks a que alguna bola salga del estadio y caiga al agua.
No sé qué diría mi padre de esa pesca…. Aquí en la bahía, un pescador, uno de verdad, lanza una y otra vez el sedal. Nada. Algunos niños reman con las manos sobre sus tablas. Risas. Qué sol… Qué sol tan nuevo.

Parece que habla al viento. Una chica gesticula frente al agua sin decir nada.

Me gusta salir al campo. Me gusta caminar siguiendo el borde del agua. Sin saber muy bien dónde estará la próxima montaña o las manos que la sostienen.
La ciudad de las montañas y la niebla. Del sol.

En el último giro, un pelícano se une al bando sobre la bahía.

Parecen laberintos. La sombra de las ramas de acacia sobre la acera. No sé si hay que salir o llegar al centro. En los laberintos. Nunca me acuerdo.
Sombras que se balancean en la brisa cálida. Mis pasos. Un abejorro. Parecen otros colores sus colores. Algo se agita entre las flores. Un sonido que se derrama, que escapa hacia alguna parte.
Tenía que haber cogido la gorra. Sí. Tenía que haberlo recordado. Cuando sales al campo es necesario recordar. Todo. Quizá sea inevitable. ¿Será eso? No lo sé.
Me gusta caminar, donde el agua me lleve. El viento. Probar por primera vez cada pizca de hinojo, el olor del espliego. Unas manos. Estrenar la luz del sol. Sin poder evitarlo.



no sé dónde,
cada vez más intensa
la llamada del petirrojo




04 noviembre 2025

Nubes blancas

 

-¿No la vais a cortar verdad?

Una orquídea silvestre. La tarde tibia de un tiempo transparente. Nosotros dos acuclillados cómo niños mirando las flores.

No sé por qué cuando pienso en Ana María es eso lo que recuerdo. Más allá de zazenkai, teisho, sesshin…

Orquídeas, abejarucos, hinojo…

La que sería mi mujer estaba allí entonces, acuclillada junto a mí. La que sería mi maestra estaba allí también. Sonriente. Preguntando.

Ana María, Ki'un-An, "Nube Radiante".



Una sonrisa, como el vuelo de los abejarucos que miraba yo en verano. En los sesshin. Comprobando asombrado cómo el aire sostenía su gorjeo que venía de pronto, para desaparecer después. Y solo el cielo vacío de verano, con todo su silencio, llegaba entonces.

Y allí mismo, de noche, en un zazen imposible, escuchando el canto aflautado del ¿autillo? ¿sapo partero?

Mi niñez. Allí estaba entonces. Aquel canto desvaneciéndose en el silencio. Hace tantos años oído de acampada junto a un río lejano…

El hinojo cortado en el samu, mi padre guardando sus flores en los bolsillos del niño que era yo entonces, hierba que muere y perfuma el aire.

La soledad

Nosotros



Todos los veranos

Su silencio



Lo que fue y lo que sería después.



Allí estaba entonces mientras contemplábamos las orquídeas. Las delicadas orquídeas. Nuestro transparente corazón.



Esta sed apacible… con el olor de la lluvia ya sobre mi piel, pero sin saber aún dónde caerá, dónde se remansará.

Buscando nada. En las nubes deshaciéndose lentamente en una tarde de verano, en el silencio que aguarda entre cada uno de mis pensamientos.

En cada una de las cosas que dejan de ser, mansamente, para comenzar a ser otra cosa.

En todos los comienzos.

Como un niño entre las flores.  



Somos nada. Pero no estamos solos. Y cada cosa que habita el mundo nos lo recuerda.

Hinojo, abejarucos, orquídeas…

Nubes…

Algo en la luz de aquella tarde mirando las orquídeas silvestres perfilaba el contorno de las nubes. Radiante.

Ahora lo sé aunque entonces no lo vi.



Algo bueno, luminoso, habita nuestro corazón. Misterioso y tímido. Que no sabe y calla. Que aguarda y escucha. Un poco asustado a veces. Libre. Como un abejaruco que explora el aire en las tardes azuladas de verano.





Nubes y escampadas, alborada y crepúsculo, se renuevan sin cesar.
Ya he hecho entrega de mi cuerpo al vacío.
En su vagar sin intención
las nubes blancas se asemejan al hombre que las contempla.

Tsu Dongpo





En memoria de Ana Mª Schlüter Rodés, maestra Zen del Zendo Betania.  






 

 







 

24 junio 2025

Poesía para llevar. Programa educativo en los centros de enseñanza de Aragón.


Un honor inesperado, un regalo. Gracias por contar con algunos de mis haikus para llevar a cabo una actividad tan hermosa. Qué belleza, qué frescura, en los comentarios de los alumnos y alumnas que han participado en el taller literario.

Qué fortuna ver a través de sus ojos nuevos mis haikus, mis palabras diciendo mucho más de lo que dijeron. Como guijarros arrojados en un estanque antiguo. Sentir el agua inquieta devolviendo a la vida los juncos de la ribera, las espadañas y sus libélulas. 

Muchísimas gracias a Celia Barrio y y demás docentes del IES Blecua de Zaragoza. Y sobre todo a su alumnado. Gracias por su entusiasmo y sensibilidad. Por su transparencia.


https://poesiaparallevar.catedu.es/n-o-9g-haikus-de-felix-arce/










16 junio 2025

Un poco de orden. Reseñas de poesía española (2014-2024)



"Desde Gloria Fuertes (1917-1998) hasta Ben Clark (1984), desde Dionisia García (1929) hasta Silvia Abad Montoliú (1995), desde Luis García Montero (1958) hasta Rodrigo Olay (1989). Así, en un recorrido por más de cien autores, el poeta y crítico Arturo Tendero nos ofrece una panorámica esencial de la poesía publicada en España en los últimos diez años a través de una recopilación de 118 de las 700 reseñas que ha ido compartiendo en distintos lugares, como su blog El mundanal ruido.

Un poco de orden (Maresía, 2025) es una certera puerta de entrada a la poesía actual para todo aquel que quiera aproximarse a ella de una manera sencilla y cercana, pero a la vez rigurosa, y descubrir la asombrosa calidad de los versos que se escriben hoy en España."





Encontrar mi libro "Recogido en el agua" entre uno de los reseñados por Arturo Tendero en su libro  "Un poco de orden" ha supuesto para mí una alegría inmensa e inesperada. No tengo palabras para expresar mi gratitud hacia el autor por tener en cuenta mis humildes divagaciones y reflexionar sobre ellas tan bellamente. Compartir libro, antología, con autores de la talla de los mencionados anteriormente, más que llenarme de orgullo me vacía de él. 

Gratitud. Es esa sencilla gratitud, y a la que no acierto a poner palabras adecuadas, la que ahora mismo siento llenar mi cuerpo. Y eso, eso es muy hermoso. Gracias.



Aquí la reseña que Arturo tendero tan generosamente ha incluido en su libro:  


«¿Cuánto tiempo se necesita para contemplar la lluvia? O para escuchar el sonido del viento entre el bambú. ¿Cuánto tiempo aguardará la araña sobre su seda, suspendida del cielo? ¿O cuánto tiempo necesita una gota de agua para desprenderse de la gota que la sostiene tras la lluvia? ¿Cuánto tiempo para contemplar la nada? ¿Cuánto tiempo para nombrarla?».


Félix Arce Araiz (Momiji) se ha acercado al Japón de los maestros del haiku en busca de la pureza. El resultado es este libro titulado Recogido en el agua, donde agrupa sus hallazgos en torno a títulos como el río, la montaña o el viento. Ha mezclado la prosa con el haiku. Pero se trata de una prosa con sabor a haiku, como la que ensayó el maestro Bashó en Sendas de Oku. Los japoneses llaman haibun a este género. De todos modos, a este lector le parece que, si no hay humanidad involucrada, si no se atisba la persona que hay detrás de los ojos que simplemente observan, lo que nos están contando carece de mordiente. Por fortuna, Félix Arce no siempre logra ausentarse. Confiesa miedo cuando parece a punto de diluirse: «Pienso en los chopos que agita el viento ahí fuera. Se mece mi mente perezosa con ese pensamiento. Y dentro de mí sin embargo nada se mueve ahora. Nada. Me asusta este silencio que no es mío. Esta quietud, la quietud incomprensible y terrible de una golondrina muerta». Confiesa asombro: «Ante mis ojos el mundo se muestra como una revelación, como lo que es. Porque es así. Siempre lo veo por primera vez. Pienso, pienso y siento que ya lo estoy perdiendo…» También a veces muestra frustración: «Un día, tras una noche de lluvia, la araña que vivía en mi ventana desapareció. Pasé tanto tiempo mirándola, allí, sin hacer nada, ella y yo, que creí que siempre estaría allí. Siempre… Cómo me traiciona ese “siempre”. Qué fácilmente adjudico un “siempre” a las cosas que mi corazón sabe que no duran». Una vez más, se acumula tanta observación que es necesario hurgar en la hojarasca para hallar las perlas: «A veces el mundo parece girar más deprisa y son meses los años y los recuerdos lluvia entre la hierba».




 





10 junio 2025

Haibun. Colaboración para la Revista de Creación Literaria Barcarola



Con la lluvia de anoche las flores de correhuela. Muy blancas, algunas nubes en el cielo.

Sin saber por qué desperté pensando en la lluvia. Un rumor que ya no estaba. Un presentimiento. Quizá.

Caminar sin más. Me gusta. Me gusta elegir el sendero que no sé a dónde va. Ese que serpentea junto al arroyo y lo cruza a veces. Me gusta asomarme a la corriente y mirar si hay peces, o no. Solo el agua.



Girando alrededor de la junquera dos potrillos juegan a perseguirse. En un tono diferente, un gallo contesta a otro.

Vuelve a adelantarme la mariposa naranja. Tan alto como yo el maíz que plantaron hace nada.

No sabría explicarlo. El rumor de la lluvia. No sabría qué decir cuando calla. Cuando su olor y su silencio parece emanar de todo lo que me rodea. De alguna parte de mí mismo.



Un giro más, el milano. La quietud de los cangrejos en el fondo del viejo lavadero.

Aquí, justo aquí, donde el otro día peleaban dos musarañas entre la hierbabuena. Qué bien huele. Qué brillo el de las plantas que crecen.

Aquí. Escuchar. La llamada de los sapos parteros cuando terminaba la luz del día. El silencio de ahora.

Callar.

Es mágica. La lluvia. La suave lluvia que cae sin más. Sigue pareciéndome mágica aunque no recuerde la primera vez que la vi, que la sentí sobre mi piel.

Sin saber.



Una conversación que no distingo, al otro lado de un seto comienza a ladrar un perro que no veo. Tallos de avena salvaje atravesando las flores de milenrama.

Como rasgando el aire, el ruido del vencejo en el último giro antes de meterse bajo el alero.

Caminar sin más. Viajar. Como la lluvia cae. Mirar. Con todo el tiempo del mundo. Como un niño mira muy quieto la corriente de un río.
 



brillo de la mañana,
el camino que anoche
recorrió un caracol

 



Publicado en Barcarola: Revista de creación literaria

Año 2023, Número 104 Octubre 2023






















04 abril 2025

俳文 Había algo allí tras la lluvia (El Rincón del Haiku. Haibun.)


Había algo allí tras la lluvia, en la madera mojada de la torre. Cuando él hablaba de Alaska y los castores de Alaska.

–Es el color del cielo que más me gusta –dijo justo cuando la garceta pasó volando sobre nosotros. Justo cuando yo pensaba en San Francisco.

Entre el hastío y la gloria media el vuelo de un ave blanca.

También al contrario. Pensé.

No recuerdo lo que siguió entonces. Alaska, los castores, la lluvia… no sé. La conversación se perdió en algún lugar entre la torre de madera y el pueblo. Justo al lado del mar. Parecía incendiado, el cielo. Hermoso.

Era verdad. Él tenía razón. A su manera solía tener razón. De una manera muy sencilla, como un niño. Sobrevolando la realidad a baja altura. Quizá.

Cuando después hablábamos de las acampadas, las viejas acampadas, mientras tomábamos un coctel en La Posada, los cuatro, pensé en un camino y un manojo de hierbabuena. Y las gotas de lluvia, pocas, sonando como con tristeza, en la claraboya de un baño. Es extraña la memoria. Es muy extraña en la luz tenue de una tarde de otoño.

Es un camino que nunca recorrí. El del manojo de hierbabuena. Y sin embargo tan real como todos los demás, como todos los que me llevaron a ninguna parte. A este preciso momento.

Quizá no lo recuerdo. El camino que no iba ni venía, pero olía a hierbabuena. Quizá no recuerdo bien todo eso que cuenta él y ríen ellas. Quizá yo ya no estuve allí. Este yo que dice ahora y vivía entonces.

No sé. No estoy seguro, pero hay algo allí. Hay algo en la madera mojada por la lluvia. Sin saber explicar cómo, pero me gustaría pensar que algo de mí sí queda, de alguna manera. Entonces, ahora, una gota, dos, como la perezosa lluvia sobre una claraboya transparente.




gira hacia el ocaso
una de las garcetas,
la marisma, en silencio



















04 marzo 2025

Las nubes de aquel día


Debieron ser así las nubes de aquel día. Lo he pensado sin pensar, mientras arreciaba el viento del sur.

Cuando era niño.

Sin recordar he recordado una vereda verde y un día cualquiera. Ninguno.

Las nubes gigantescas suspendidas de la luz.

El olor de la ría. Los barcos remontando el agua dulce, la salada. El niño que los acompañaba.

Este debió ser el sonido de su aliento.

Su candidez.



El día que no existió, aquel, suspendido de la luz. Como las nubes recogidas por el viento.

El día en que la blancura de las gaviotas tocó la delgadez del aire, en lo más alto del cielo, sobre todas cosas.

Así debió ser. Tal día como hoy.