Un
caqui. No es una fruta que frecuente, la verdad. Ella sí. De hecho este bichín
lo compró ella. Ella los come y yo los relato. Para mí el caqui sabe a haiku.
Me basta evocar su nombre y una especie de nostalgia del provenir endulza mi
paladar.
Rakushisha. La cabaña de los caquis caídos. Literalmente.
Hace años, ya muchos, leí por primera vez “Una vuelta por mi cárcel”, el inconcluso
relato de viajes y reflexiones que Marguerite Yourcenar escribiera allá por los
años ochenta. De Japón a Canadá o Alaska, o incluso de crucero por las Hawaii.
Me impresionó recuerdo el comienzo, el primer relato, Bashô va de camino, con la traducción del francés, en las notas, de
los primeros párrafos de Sendas de Oku. Qué belleza. Sigue siendo mi favorita. En
ese mismo relato Marguerite nos lleva de su mano erudita, comparando
Constantinopla con Kyoto, o haciendo digresiones sobre historia o teoría
literaria, hasta esa casita donde se alojó el maestro.
El
propio Bashô nos cuenta: “El refugio de mi discípulo Kyorai se encuentra entre
los bosquecillos de bambúes de Shima Saga, no lejos del monte Arashi y del río
Oi. Envuelto en un silencio sigiloso, es un lugar ideal para la meditación. Mi
amigo Kyorai es tan indolente que deja crecer las altas hierbas hasta que
llegan a tapar sus ventanas, y las ramas cargadas de caqui hasta que pesan en
exceso sobre su tejado. Son numerosos los agujeros en la cubierta de paja, y
las lluvias de mayo llenan las esteras de moho hasta el punto de que uno no
sabe muy bien dónde acostarse...”
Qué grande
Kyorai. He conocido en mi vida algún Kyorai que otro. Corazones de oro flotando
en un casi permanente estado de indolencia tranquila y contagiosa. Buena gente.
Pueden habitar los bosquecillos de bambú de las afueras de Kyoto o la camaradería
sana y luminosa de un viejo compañero de clase. Su casa será siempre tu casa.
Con lo que tenga. Agujeros en el tejado o todo el cielo de julio.
Ya del
carácter de este Kyorai, el haijin discípulo de Bashô, se hace uno a la idea al
conocer la anécdota que le da nombre a la cabaña. Por lo visto el bueno de
Kyorai vendió su “cosecha” de caquis a un comerciante local a la vista de sus árboles.
Debía ser como se hacía en la época. El comerciante viendo los árboles pagó un
precio y quedó en volver a la mañana siguiente a recogerlos. Esa noche un
temporal desparramó todos los caquis por el suelo. A la mañana siguiente el
comerciante, sin salir de asombro, confesó no haber visto cosa igual en su
vida. Exigió la devolución de su dinero y Kyorai accedió. Claro. No puedo por
menos que imaginar el asombro de ese comerciante, bueno, los asombros, el
primero al ver el desaguisado aquel, y el segundo al comprobar como Kyorai le
devolvía sin rechistar hasta la última moneda. Imagino además a Kyorai, el
indolente, encogiéndose de hombros y con una sonrisa decir: “qué le vamos a
hacer, cosa de los kami, otra vez será…”
Rakushisha.
Y conversaciones de rakushisha. Sospecho yo que más allá de discípulo era
Kyorai sobre todo amigo de Bashô. Las charlas que te puedes pegar con un amigo
indolente y generoso en un lugar como esa cabaña. De lo divino y de lo humano, de
lo ni humano ni divino. Hasta que las hierbas altas cubran las ventanas y los
caquis maduros rueden desprendidos por el tejado hasta el suelo.
No sé dónde oí o leí una vez que venimos a este
mundo para hacer amigos. Luego, ya si eso, haikus. Añado yo.
Marguerite,
qué buena amiga hubiese sido por cierto, cierra el relato con su acostumbrada
elegancia: “En el umbral de la casita de los caqui caídos en el suelo, Bashô
escucha el desagüe de una rústica pompa, cuyo chorro intermitente se ve
acompasado por el ruido seco de dos conductos de bambú unidos uno al otro; los frutos
se estrellan contra el suelo, demasiado abundantes para ser recogidos. ¿Estará
pensando Bashô que la ruta de montaña, la que va desde Kyoto a Osaka, es muy
empinada, y que sus pasos ya no son tan seguros como antaño?¿Sería aquí —al
recibir dentro de sí avisos de mortalidad— donde compuso este haiku que tal vez
sea su más bello poema?”
Su muerte próxima
Nada la hace prever
En el canto de la cigarra.
Miro
el caqui, este rutilante caqui que no comeré sino en forma de haiku, y no me
apetece pensar ahora en las fatigas de este camino que a todos nos aguarda. De
un bocado prefiero evocar el indolente far niente de una cándida adolescencia recuperada
de pronto al compás sosegado de una conversación. Solo contemplar el perezoso
crecimiento de la hierba, la geometría inesperada del movimiento de los astros.
Amigo
Kyorai, quien quiera que seas, donde quiera que estés, qué afortunado soy por
haberte conocido, es un verdadero placer verdadero poder compartir contigo este
momento, cuando quiera que sea o haya sido, contemplar todas estas cosas, yendo
de camino.
Una
rakushisha sin agujeros en la cubierta es la que habitas y compartes. Limpia,
hermosa, atravesada por la luz de ventana a ventana. Porque en un corazón
generoso es imposible que se adhiera cualquier clase de moho. El albergue donde
lo único que cae a tierra es la nostalgia transparente donde descansar sin más,
donde contemplar en sigiloso silencio, con la indolencia de una sonrisa, las
montañas, los árboles, o el mar…
柿主や梢近き 小倉山
dueño de los caquis,
cercanas al Monte Ogura
las copas de los árboles
(Kyorai)
luna del atardecer,
mi amigo orina
al borde las olas
(uno
que miraba un caqui)