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さて、どちらへ行かう風がふく

bien... ¿a dónde ir...?
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12 septiembre 2024

La llamada


"No tiene ningún sentido ir más allá, estos son los límites del cultivo"
Así decían, y así lo creí. Aré mi tierra y sembré mi cosecha.
Y construí mis graneros y mis cercas en el pequeño puesto fronterizo.
Escondido al pie de las colinas donde se agotan y detienen los senderos.

Hasta que una voz, tan mala como la conciencia, sonaba diferente una y otra vez.
Un eterno susurro repetido día y noche.

"Hay algo escondido. Ve y encuéntralo. Ve y mira detrás de las montañas.
Hay algo perdido detrás de las montañas. Perdido y esperándote. Ve."

J. R. Kipling



Apenas a una hora y media caminando desde mi casa, detrás de la montaña, las ciervas pintadas en la profundidad de la cueva.

Hay algo escondido aquí, en el interior vacío, enorme, de la cueva, al pie del arroyo que fue, que la atravesaba hace decenas de miles de años.

Cuenta la guía que a veces vuelve. El agua. Con la lluvia incesante que cada muchos años anega la montaña. Vuelve el agua y vuelve su rumor.
 

Hay un tiempo de los hombres, hay un tiempo de las montañas.
 

Una vez, no lejos de aquí, sentados en las rocas frente al mar, mi padre me dijo que imaginara al mar retirándose de allí, mostrando el fondo. “Qué habrá ahí”. Lo decía muy serio. Mirando muy lejos.

Sonaba diferente entonces. Hace ya tiempo. En el tiempo de los hombres.
 

Hubo un tiempo, en el tiempo de las montañas, en el de las ciervas salvajes, en el que el mar estaba bastante más lejos que ahora. Hubo un tiempo, hace un instante, en el que sonaba diferente el eterno rumor del agua.

En las apacibles tardes de verano en las que mi padre y yo contemplábamos las ciervas más allá del agua. En lo profundo. Unas comían. Otras levantaban la cabeza.

Antes de que el mar se acercara a la montaña. Antes de que el arroyo callara.

El agua que llega, que se va. Sin aviso. Sin pesar.

La obstinada llamada. Día y noche.



Llenas de agua, nuestras huellas en el interior de la cueva.



¿Hacia dónde miran las ciervas? ¿Qué ven? Hay algo perdido aquí dentro, Aguardándonos. Detenidos todos los senderos. Agotado todo esfuerzo.

Cada gota de agua, cada silencio que la sucede, apunta hacia el corazón de la montaña. Al misterio que la sostiene. Indistinguible. El agua que aguarda en las raíces de la montaña, del mar.

En lo profundo.
 

Me esperaban, llamando en silencio día y noche, apenas a una hora y media caminando desde mi casa, detrás de la montaña. Las ciervas salvajes.

Me esperaban, y yo no lo sabía.







 Ciervas pintadas. Cueva El Pendo, Cantabria.





















21 noviembre 2023

En el temblor de la roca


Primero llegó el agua. Horadando la montaña, disolviendo la roca. El río ahondándose en la piedra durante millones de años. Después, en el aire dejado atrás por el agua, habitaron aquí los neandertales. Noventa mil años. El río ya entonces discurría doscientos metros más abajo de la entrada de la cueva.

Llegamos al silencio que ellos dejaron atrás hace al menos veintidós mil años. Una gota de agua cae sobre mi hombro. Después el silencio es tan hondo como la oscuridad. Cuatro personas y el guía. Agachados en algunos tramos.

Cuando las ciervas comen reunidas en el bosque algunas de ellas vigilan con la cabeza levantada, el cuello estirado. Esas son las que graban con piedra sobre la piedra. El guía dice. Luego calla.

A veces hace titilar la linterna. Como sería con las lámparas de tuétano. La roca despierta. Las sombras giran sobre sí mismas tras las estalactitas, en los bordes de las coladas de calcita. Asoman de las oquedades, descienden de los techos.

Siempre han estado aquí. Los caballos, las ciervas y los uros. Los bisontes.

Después la oscuridad. El silencio.

Roto por las gotas de agua, cayendo desde hace millones de años. Una y otra vez. Grabando la roca. El tiempo.

Huesos hechos piedra. Piedra que parecen hueso.

La cueva se estrecha, siento en el casco el roce de la roca. Escondido, a la vista de todos, la silueta de un caballo en el corazón de la montaña.

Desde la más profunda oscuridad el aliento del agua. El frío cristalino de una sola gota de agua atraviesa justo ahora los doscientos mil años que me constituyen.




En la humedad de la roca las ciervas atisban algo que se nos escapa. Los caballos salvajes miran este instante en el que todos nosotros habitamos esta cueva. A plena oscuridad.

Todas nuestras hazañas y desdichas. Todos los niños y los muertos. La luz entera.

¿Dónde están las palabras que lo contaron? ¿Serían como estas? ¿Titilaban?

Grabando el aire con el aire.

En el corazón de la montaña habitan todas las palabras. Las que no es necesario nombrar.

Un apunte, un haiku, para reconocer en la roca lo que siempre estuvo allí. Su temblor.

Una gota de agua sobre la piedra. Todo el silencio que llega después.





frente a la boca de la cueva
unas sobre otras 
las húmedas hojas de otoño







Caballo grabado. Cueva Hornos de la Peña. Cantabria. 













04 abril 2023

Cuando el agua y la piedra. Y el tiempo.



Parece que estemos en el interior de una criatura fabulosa. Algo orgánico. La piedra, fluyendo sobre sí misma, precipitándose hacia la oscuridad de la cueva.

El Castillo. La cueva prehistórica y el monte que le da nombre. Arriba. En la ladera cubierta de árboles.



Esta mañana, al despertar, no sabía dónde estaba. Soñé tan vivamente que era niño y estaba en mi casa de niño... con mis padres… Olía tan realmente a esa casa…. No recuerdo el tiempo que hacía que no olía ese olor…
Sentado en el suelo, estuve mirando las plantas del jardín. A ras de suelo. Su no-movimiento, a mis ojos. El verdor penetrando en el verdor. Después recordé la cueva. No sé por qué.

El oscuro eco, constante, de las gotas de agua filtradas de la montaña. Estalactitas, estalagmitas, formándose. Gota a gota, milenio a milenio. Los charcos en el suelo, en los que no me reflejo.



Camino al sol de la mañana. Dejándome arrastrar, un poquito, por el viento cuando sopla más fuerte. Sentir mi vida como algo que fluye, naturalmente. La extraña sensación de que otro es el que me lleva. Alguien que habla con los gatos y acaricia las flores.

Sin saber por qué.



Qué verdes son los valles aquí. Justo a la salida de la cueva. Las montañas cubiertas de nieve. El cielo. Parece como si algo aguardara.

Con todo el tiempo del mundo. Todo en el que el mundo ha sido.

El tiempo y el agua. Y la piedra.



Casi de noche, un azulón inmóvil sobre un charco del prado. Su reflejo. El canto de los sapos parteros cada vez más intenso, cada vez desde más sitios.

El tiempo y el agua. Mi vida, que fluye.

Hay algo… Algo inevitable... Como seguir con la mirada los giros de un milano en el aire. Como caminar haciendo equilibrios sobre un bordillo cuando nadie mira.

Los ciervos y los bisontes. Los caballos salvajes. El ocre rojo sobre la roca. El sonido de la oscuridad. Gota a gota, fluyendo en el interior del inmaculado corazón de la montaña.


Cuando era niño y el mundo también lo era, pensaba cosas de niño. Y olía como los niños saben oler. El mundo que se estaba construyendo entonces. El mundo que alguien dibujaba en la oscuridad. Un mundo hecho de tiempo y agua. Y piedra. Y sueños.

Sin saber cómo ni cuándo. Sin saber dónde.




 







24 febrero 2023

Los colores de las vacas

 

Sigue lloviendo. Dos niños hablan de los colores de las vacas.



­—Las limusinas son rojas. Casi. Las tudancas grises. Casi negras.

—Y los cuernos pequeños. De las limusinas. Las tudancas tienen cuernos grandes. Blancos y negros.



El desigual ritmo de la lluvia cayendo sobre las plantas. La luz de día.



En el principio debió ser así. Pensé de repente. Lo pensé sin pensar. Alguien hablando del color de las cosas. De los bisontes. Mirando la lluvia. Alguien hablando del tamaño de sus cuernos y sus huellas. Y luego callando.



Con cada movimiento cambia el brillo del agua sobre la lombriz. Lluvia de la mañana.



“El hombre natural, el hombre primitivo, que mira a la naturaleza, y ve la caída de las hojas, y se llena de asombro.”

En la web escucho hablar de haiku a un amigo. Una hermosa visita. Como un gorrión en la ventana.



Cuando era niño las vacas me daban miedo. Ahora también. Tan grandes. Me daban miedo pero me gustaba mucho verlas. Tranquilas, de colores, moviéndose despacio o echadas sobre la hierba, con sus ojos grandes y apacibles. Con cuernos grandes o pequeños. Moviendo la mandíbula sin abrir la boca. Pensando, pensaba yo.



Rozando la hierba escarchada, los cuernos enroscados de la oveja.



Cuando era niño me gustaba mirar la lluvia. Y ahora también. Y el olor de la tierra mojada de entonces. Y de la de ahora.

Con quién hablaría entonces de los colores de la lluvia. Del tamaño de sus gotas.

Con quién lo hago ahora.



En el principio debió ser así. Y en algún momento debí estar allí. Entonces o ahora. Lo pensé de repente. Sin pensar.



Mirando la lluvia mientras hablábamos del color de las cosas. Y su olor, enroscándose como las volutas del humo de una hoguera al borde del mundo. Hablando del tamaño de las estrellas y de su brillo, y del vacío que queda a su alrededor. Hablando y callando al ritmo desigual de las gotas de agua que caen sobre las plantas. Sobre los días y las noches. Sobre la tierra preñada de semillas. Sobre nosotros y nuestras palabras. Sobre nuestro silencio. 

Sobre todo sobre nuestro silencio.



—Las limusinas son rojas. Casi. Las tudancas grises. Casi negras.



Como lluvia reciente, el olor de las patatas recién lavadas.











18 mayo 2015

Chauvet. El corazón de la montaña.




 Me encuentro justo en el borde de 32000 años. Hace más de 32000 años alguien, en la profundidad de una cueva,  colocó un cráneo de oso sobre una roca. Aún sigue allí.


En el anuncio que vi a cuenta de eso del fin de semana de los museos decía algo así como que el Investigador y artista plástico, Gilles Tosello, disertará sobre 'La cueva Chauvet: Arte Prehistórico para el siglo XXI'. Gilles Tosello es investigador asociado al laboratorio TRACES - Centre de Recherche et d'Etude pour l'Art Préhistorique (Centre Cartailhac), en Toulouse, Francia.  Y ameno, simpático y cercano tipo, añado yo. Hablando un español esforzado que uno tiene casi que completar en cada frase.

Apenas veinte personas en una sala pequeña, a la luz tenue de las diapositivas. De la oscuridad de la sala a la oscuridad de la cueva. Alguna tos, algún murmullo inoportuno. Me acerco, lo que puedo, nada, estirándome en la butaca hacia la luz de las fotos, hacia la oscuridad profunda de esa montaña.

Chauvet. Quizá junto con Lascaux, más al oeste,  formen el sumun del arte paleolítico en el sur de Francia. La más antigua de Europa con esa calidad y profusión de paneles y representaciones de animales. Más de 32000 años. En realidad, para nuestro efímero sistema mental, es casi imposible digerir y procesar  esas montañas de años. Bueno, las montañas en general.

En el corazón de la montaña, en su vientre calizo, como uno de esos tesoros míticos guardado por los enanos, habitan todavía manadas de caballos salvajes  y rinocerontes lanudos (parece el nombre un peluche, pero no),  de uros y bisontes acechados por leones de las cavernas. Y manos humanas. Silueteadas o formando ellas mismas siluetas de animales. En esa cueva, en esa cueva que es hermosa en sí misma, plagada de estalagmitas y estalactitas, y formaciones minerales de colores.

Uno, como las montañas, tampoco puede procesar ni digerir una naturaleza formidable en la que uno es uno más. Qué sentirían aquellos que fuimos ante tal despliegue de fuerza, de misterio y belleza. ¿Pintarían en la oscuridad para representar aquello que no comprendes? O para simplemente presentar, como nosotros con los haikus, un mundo que te avasalla por todos los lados. Que te avasalla hasta que te rindes a sus pies de aire, de agua y caliza.

Pies. Todavía allí, las pisadas de los osos y los leones. De un humano. Solo uno. Sobre el barro todavía húmedo. Qué humedad esa de milenios. Un barro tan delicado que ya no lo pisamos. Nosotros, tan efímeros, podemos destruir con nuestra mera presencia, sin ni siquiera darnos cuenta,  lo que miles de años de soledad han guardado sin más.

Tosello explica la ingente labor de recrear la cueva original, no visitable, en otra construida artificial construida cerca. Cada roca, cada marca, estalagmita y estalactita. Cada pintura. Me recordaba a la Neocueva aquí junto a Altamira. Pero a lo grande. Al hombre se le nota el entusiasmo en cada frase. Explica profundamente pero sin tecnicismos toda la labor llevada a cabo. Todo el detalle casi obsesivo en cada trazo. El orden en el que fueron pintados los paneles, las técnicas con los carbones vegetales de pino negro (lo recuerdo porque inmediata e irremediablemente volé con mi imaginación a los pinos negros, magníficos, entre la nieve de las montañas de mi tierra, qué cosa la mente, efímera o no). Explicó cómo el propio proceso de recreación propició la investigación, el descubrimiento, por esa exigencia en el detalle, en la observación.

Yo no sé, pero mi mente otra vez, qué volandera, será por la oscuridad, aterrizó esta vez en el haiku. Pensé en la misma exigencia en el detalle y la observación. En la inexcusable presencia. Cómo el escribir haiku, presentando el mundo, nos hace presentes sin paliativos. En la obligación del trazo puro, preciso, como la silueta de un pino negro sobre la nieve.

Uno de los paneles, le llaman el de los leones, representa a un grupo de bisontes que huyen del acecho de una manada de leones. Es una escena de caza y se nota que el autor se ha esforzado en presentar todo el movimiento y tensión del momento.  Aprovechando las formas de la propia roca esos bisontes trazan una curva en su huida y parecen salir de la pared en dirección al espectador, a nosotros. Nosotros, que miramos a  los leones, que miran a los bisontes que nos miran. No pude por menos que imaginar a ese hombre allí pintando a la luz de un pequeño fuego, en el oscuro corazón de la montaña, esa escena. Sentí un escalofrío. El mundo nos está mirando. No deja nunca de observarnos mientras nosotros los contemplamos. 



Al salir del museo, a la luz aún tibia de la tarde, un sopetón de ruidos olores trajines. Gente de compras o junto a los escaparates, adolescentes pegados a sus móviles, vociferios de la campaña electoral, terrazas, bares con gente dentro y gente fuera. Gente y más gente. Y las cosas de la gente. Todavía con el corazón a media luz no podía dejar de pensar en osos caminando a tientas, puliendo las paredes al pasar rozándolas una y otra vez a lo largo de los años,  en la oscuridad de la cueva.  En el ser humano que trazó con su dedo la silueta de un búho sobre el barro. Hubiese dado 32000 años de mi vida por haber podido conocerle. Y trazar siluetas sobre el barro o la arena mojada de una playa. Y dejar la concha vacía de un caracol marino sobre una roca. Y que allí siguiera, sin más, miles de años después.

Es curioso, pero pocas veces me he sentido tan cercano a mis congéneres como al salir la otra tarde del museo. Huellas en el barro o sobre una pantalla de móvil. Un boli o el carbón vegetal de un pino negro. Dedos manos pies pasos…  Por un momento no supe si caminaba hacia mi casa o hacia el profundo y oscuro corazón de la montaña. No supe si era yo quien miraba este mundo formidable o era él quien me observaba a mí, justo aquí, al borde de 32000 años.  
















18 septiembre 2013

El arte en la época de Altamira. Exposición.







Hace unos días visité esta maravilla. Arte paleolítico. Dicen algunos que el paleolítico es la infancia de la humanidad. El 99% de nuestro recorrido sobre el mundo lo abarca el paleolítico. Somos pues pobres preadolescentes inseguros sobre esta tierra. Eso explicaría algunos de nuestros temores, de nuestras estupideces...

Contemplando estas maravillosas obras del espíritu humano siento cierta envidia, nostalgia tal vez, de aquellos puros hombres puros contemplando un mundo por estrenar. Sumidos en una naturaleza formidable, prodigiosa literalmente.

Un niño que contempla maravillado lo que ellos contemplaron en esos caballos salvajes, ciervos, bisontes, renos... surgiendo mágicamente de la roca, de las astas o los huesos... donde siempre estuvieron. Aguardando la mirada precisa, pura.

Qué belleza simple y natural, sin conciencia siquiera de serlo. Eterna como las montañas o las nubes, como un niño de un millón de años.