·

さて、どちらへ行かう風がふく

bien... ¿a dónde ir...?
...el viento
sopla...


27 marzo 2015

De nuevo el Vuelo del Samandar


¡Qué sorpresón! Me llega de Cuba mi premio por el concurso el Vuelo del Samandar. Un furoshiki desde el ministerio de asuntos exteriores japonés, postales budistas de Casa Asia, una talla del grupo de aristas y artesanos Yadegar... y mis libritos editados con todo el cariño de esta maravillosa gente de Cuba. ¡ Gracias !

El sirimiri incesante parece mucho más luminoso esta mañana.






24 marzo 2015

俳句 good days those...






antes que anochezca...
un poco más
bajo las hojas de momiji





before nightfall...
a bit more
under momiji's leaves



Myosôji, Nagasaki


to Yoko







20 marzo 2015

Construyendo la primavera


La primavera en obras. Dicen que llega esta noche, rozando ya el día de mañana. Es curioso pero yo siempre la imagino, a la primavera, colorida al sol de la mañana. La primavera y la mañana, invitaciones a algo que comienza. A algo que comienza casi sin que te des cuenta. Es curioso también que llegue esta noche, la noche del día del eclipse. Ese día-noche.

Quizá por eso aquí sintamos el extraño impulso de apuntalarla de alguna manera. Como se apuntalan las mañanas, para nada. Porque las flores de camelia caerán, "pottori", como en el haiku de Santôka, aún antes de que nos demos cuenta de esa primavera que comienza en mitad de la noche.

Qué cosas se le ocurren a uno cuando deambula por ahí sin sombrero de junco... Divagaciones de un ocioso un día de nubeclipse.




La luz del eclipse


Cuando al eclipse de sol se le interpone la nube además de la luna, cómo se llamará. A las diez, rumbo al este, el mar ni se inmuta aunque su color parece más desvaído. Las nubes de pronto pierden luminosidad.
El viento, invisible, llega de alguna parte más allá del horizonte.

A las diez de la mañana, contemplando los 43 atardeceres de mi pequeño planeta.


11 marzo 2015

Kanran-tei, Matsushima



  Me acosté sin componer poesía pero no pude dormir. Recordé el poema chino sobre Matsushima que Sodo me regaló al abandonar mi choza. También Anteki Hara me había dedicado un tanka con el mismo tema. Abrí mi alforja e hice de esos dos poemas los compañeros de mi insomnio. Había también los haiku de Sampu y Dakushi.


Es extraño no saber quién eres cuando te reconoces en todas las cosas. Matsushima. Si una palabra llenó todas mis horas durante un tiempo, de sueño y sueños, esa fue Matsushima, “las islas de los pinos”. 


Es extraño recordar a Bashô recordando. Aquí, donde él mismo se acostó sin componer nada, como yo. Hoy, más de cuatrocientos años después, él es mi compañero de insomnio…


Él y Takano sensei, y el señor Sato, y Hasekura y toda su samurái amabilidad…. Y Matsushima…  y todas estas cosas.



No puedo dormir. A cada vuelta en mi futon noto el aroma del tatami que cubre el suelo. No resisto la tentación de extender un poco el brazo y rozar su tersura con mis dedos. Frío y suave. Recuerdo la kaza-hana, la nieve ligera como pétalos de flores que arrastra el viento del invierno, que caía cuando llegamos este mediodía a Matsushima.  Me recuerdo a mí mismo almorzando en la posada donde se hospedó Bashô la noche que pasó aquí, después de visitar Ojima. Pobre Bashô, con ganas de visitar a los eremitas que habitaban allí y detenido en seco por la luz de la luna. 




   Regresé a la playa y me hospedé en su parador. Mi cuarto estaba en el segundo piso y tenía grandes ventanas. Dormir viajando entre nubes, mecido por el viento. Extraña, deliciosa sensación.


Ese parador se llama hoy Tsukimi no Yakata, la posada para contemplar la luna, y sí, desde sus ventanales se contempla la bahía de Matsushima con su infinidad de islas, formas, colores, sombras y luces, y nubes…


Dormir viajando entre nubes, mecido por el viento… Amigo Bashô... qué cosas dices… qué bien que estés aquí ahora, conmigo…. insomne, envuelto en el aroma del tatami.


Esta tarde, esta tarde… sobre otro tatami, el del Kanran-tei, el pabellón para ver las pequeñas olas, te prometo querido amigo que sentí cómo una nube se deshacía dentro de mí hasta convertirse poco a poco en fina lluvia silenciosa.


Cuántos haikus, cuántos discípulos, amigos, colegas, del maestro Takano, pasaron junto a mí, atravesaron mi alma, allí mismo, en el pabellón desde el que se contempla el suave ondular de las olas. 
 

Pero aquella ola... aquella maldita ola, amigo mío, que se llevó amigos y familiares, historias y hogares, que se llevó todas las cosas. 


Descalzo sobre ese tatami, tan frío y suave como los pétalos de nieve, escuché emocionado cada haiku que aquella buena gente de Tohoku había escrito para mí. Para mí, amigo mío, para mí… No sé qué “mí” es el mío cuando con el corazón sobre la mano, en cada haiku y en cada kanji, un ancianito te dice que tiene que vivir por sesenta. Por las sesenta personas que perdió aquella mañana… Te juro amigo mío que aquel haiku sobre mi mano era de un peso tan profundo y ligero como el blanco corazón de la nieve.


Como a ti, a mí también me hubiese gustado conocer mejor a aquellas personas, aquellas buenas personas buenas, que estuvieron allí aquella tarde para homenajear a mi “yo” más pequeño y conmovido, a mi “yo” más descalzo y transparente sobre el tatami más suave y frío junto al suave ondular de las pequeñas olas de Matsushima. Como a ti a mí también me detuvo la luna. Otra luna… 


Insomne, viajero, nube, sin saber qué decir. Extraña sensación la de no saber… 


Fue solo un momento. No sé por qué pero en un momento dado, después del acto de homenaje, me quedé solo en la sala. Quizá porque pasé rato colocando todas las tablillas con los haiku y dibujos que me habían regalado, allí frente a las magníficas pinturas murales con fondo dorado de más de cuatrocientos años. Me volví y estaba solo. Frente a mí las tazas vacías de té matcha sobre las bandejas de madera, más allá las puertas shôji abiertas al exterior, y más allá el suave, muy suave, rumor del oleaje. Mis dedos, sin saber por qué, sin resistirse a la tentación de quien se mece en el viento, rozaron despacio, muy despacio, la tersura, fría y suave, del tatami…




llegando del mar
renace de isla en isla
la luz del alba















 *Los dos párrafos en cursiva son palabras de Matsuo Bashô. Sendas de Oku en la versión de Paz y Hayashida.


* Kanran-tei "el pabellón para ver las ondas del mar" fue originalmente una casa de té en el castillo de Hideyoshi Toyotomi en Fushimi-Momoyama, cerca de Kyoto. Ofrecida como regalo a Date Masamune en el siglo XVI , la trasladó y reconstruyó en su mansión de Edo. Su hijo Tadamune, el señor feudal siguiente, ordenó que se trasladara a su actual ubicación junto al borde mismo del mar, frente a la bahía de Matsushima, insistiendo en  que ni uno de los pilares de piedra se alterarse en el proceso. Las pinturas, realizadas por Sanraku Kano, directamente sobre las paredes, están declaradas Bien Cultural Importante de Japón y aún brillan con todo su esplendor frente a la bahía de Matsushima.