さて、どちらへ行かう風がふく
bien... ¿a dónde ir...?
...el viento sopla...
02 febrero 2022
la voz del cárabo
28 diciembre 2021
semi no koe
Un puñado de palabras, unas fotos hechas sin más arte que el
testimonio de mi presencia en aquel lugar y oh… magia. Otras voces, otros acentos, el arte de personas
que crean algo nuevo, más hermoso, mejor.
Personas generosas a las que agradezco de corazón este
regalo. Este abrazo.
22 diciembre 2021
Kusamakura International Haiku Competition. Premio
Hoy ha sido día regalos. Cruzando el Pacífico, así me lo
magino J ,
ha llegado un hermoso abrazo en forma de diploma.
Si un abrazo, así o de cualquiera de sus mil formas, siempre
es un regalo, compartirlo con amigos es un premio de los buenos premios.
Tengo la inmensa suerte de conocer a la ganadora del primer
premio, mi querida casi hermana Mercedes
Pérez “Kotori”:
por el canalón
los pasitos de un pájaro…
sol de estío
Y también a dos de los ganadores del tercer premio. Mi amigo
e infatigable inventor de proyectos editoriales José Luis Andrés Cebrián:
Cumbres nevadas
en el retrovisor.
Vuelvo a casa
Y al compañero de camino en el haiku y espero amigo por descubrir J Jorge Ortiz:
Filas de hojas
rutas serpenteantes
van las hormigas
Pienso en el Pacífico y no puedo evitar recordar otro azul
inmenso. El haiku con el que mi amigo y maestro en el haiku auténtico, directo
como una flecha, ganó el tercer premio el año pasado. Manuel Díez Orzas, para
mí siempre Ryoma J
un cielo azul...
las golondrinas rehúyen
de la cometa
Y antes que él otros amigos que también transitaron los mismos
abrazos en el mismo camino. Lázaro Orihuela, amigo generoso, cálido como su
tierra cubana, con un primer premio hace dos años:
Liba el colibrí.
El olor de la lluvia
acrecentándose
Y de nuevo José Luis Andrés Cerbrián. Que aparte de amigo
fiel y creador incansable de proyectos editoriales veo que también es
incansable en lo de ganar premios. De nuevo
un tercer premio, esta vez hace dos años. Qué grande.
Almendro en flor
entre las viejas tumbas.
Olor a miel.
Qué suerte tengo. La verdad. Pienso un abrazo de tamaño
Pacífico. Tan azul, tan cristalino, como el cielo que refleja.
Gracias
17 diciembre 2021
el sapo de Kôfukuji
A veces, cuando nada se oye, salvo el silencio, pienso en Kôfukuji. En la madera del templo, llena de años, aguardando las estaciones. En la presencia tranquila de las tumbas ascendiendo el verdor de la montaña.
A veces, cuando nada de oye, salvo la lluvia, pienso en el sapo que habitaba allí. En el jardín del templo. En su rincón.
Ese sapo fue durante el tiempo que viví allí un amigo. Un buen amigo. Salir a comprobar si estaba allí, en su sitio, tras cada llovizna, se convirtió en un ritual tan necesario como íntimo para mí.
Él en su sitio, mojado por la lluvia, brillante, me brindaba a mí descubrir mi propio sitio.
Supongo que hay un lugar en alguna parte, en algún momento, que transparenta todos los lugares, todos los momentos.
Aquellos breves encuentros, tras la lluvia, a la luz pequeña de un farol lejano, eran tan brillantes, tan hermosamente silenciosos, como la presencia de aquel precioso amigo.
19 noviembre 2021
delante del agua
水を前に墓一つ
mizu o mae ni haka hitotsu
delante del agua
una tumba
“Madre mía, cómo explico yo…”
Una mano en la frente, el suspiro de Vicente Haya.
La otra noche recordé el agua, las tumbas, el viaje… De repente, viendo en internet una conferencia de Vicente en la que hablaba de Santôka.
El Kumano Kodô, el camino de peregrinación por las montañas de la península de Kii, en Honshû. Un descanso al borde del camino, junto a los arrozales, comiendo algo ligero apoyado en la mochila.
Entre los brotes de arroz, quietos, renacuajos oscuros.
“Silencio habitado” dice Vicente. Balbucea buscando palabras. “La presencia de lo sagrado que enmudece al hombre. “
Qué calor. Por un momento sopeso remojarme la cara con el agua del arrozal. No sé por qué, de pronto me doy cuenta de las tumbas al otro lado del agua.
Unas flores, iris quizá, el brillo del agua que verdea en líneas regulares por las plántulas de arroz… y las tumbas.
Antes de volver a ponerme el kasa hago una foto.
La mochila. El camino.
El zigzag de una culebra entre los brotes de arroz. Solo la cabeza fuera del agua.
Santôka. Busqué en internet ese haiku. Como un impulso. Como la propia necesidad de caminar.
Un poco desangelado…
En aquel lugar, hace noventa años, Santôka sentía el peso del equipaje. Y los apegos. En vez de disminuir, uno y otros no hacen sino aumentar. En vez de tirar no hago más que recoger.
Un poco más adelante, siguiendo la orilla del embalse, del agua, hay un cementerio de mascotas. Qué cosas… El mundo a vista de pájaro, o google maps, siempre es sorprendente.
Santôka se encontró allí, en Yawata, con unos conocidos y habla de aves acuáticas batiendo sus alas y de las hojas rojas. Del agua a la sombra de su sombra. De un apretón de manos en el viento frío y del fin de un rostro solitario. Y de una tumba frente al agua.
Anoche recordé otra tumba y otra agua.
Kumano Kodô. Llovizna. Una estrecha senda embarrada, zigzagueando entre el bosque de cedros y arces montaña abajo. Allí, en una de las curvas de la pendiente, apenas un hueco entre la senda y la ladera empinada, una desgastada piedra de poco más de un palmo de alto. Kanjis ilegibles, musgo. Silencio.
Madre mía… cómo explico yo…
El silencio. Su presencia delante del agua.
La palabra. ¿De verdad hay una palabra para todo esto?
A veces lo he pensado, a veces lo he intentado, levantarme por la mañana y pisar el sonido del agua. Pisar el sonido del agua y darme cuenta de ello.
Y caminar.
En silencio.
Ir a donde quiera ir.
Sobre la tumba antigua, sobre el viajero, la lluvia de la montaña.
20 octubre 2021
la primera lluvia
Al atardecer la lluvia. La primera lluvia. Al volver de la
lavandería su olor ha entrado en casa. Un vecino enciende la luz del acuario.
Qué silencio…
Por qué escribiré esas cosas.
Una libreta, un garabato, mirando la lluvia ligera que cae
sobre el jardín. ¿Qué nombre tendrá esta lluvia? Recuerdo los nombres de la
lluvia que en Nagasaki aprendí de Yoko.
Pero esta no estaba.
La luna apuntaba casi llena, el otro día, sobre el canal que
va a la bahía. Las casas flotantes, algunos kayak apenas rompiendo el agua.
Mirando el agua hablamos de otra agua.
Cuando éramos niños. Cuando el mundo era sin “nosotros”.
A la ida, a la vuelta, el martinete sigue en la misma postura, acechante.
“Shigure”. La lluvia ligera a la que tanto alude Santôka en
sus poemas. Esa que cae como sin querer justo al final del otoño o principios
del invierno.
Pero es diferente. Otoño, invierno… Hasta hoy no había visto llover aquí.
Es curioso, no recuerdo la lluvia en los veranos de mi
infancia. Es un día solo, larguísimo, en el que brilla el sol siempre. Desde
que despierto hasta que cae la noche.
Qué breve.
音は 時雨 か
oto wa shigure ka
ese sonido… ¿llovizna?
Shigure-kan, el pequeño museo dedicado a Santôka en Yunohira.
Llovía aquella tarde. Anduve calle arriba calle abajo mirando las montañas
envueltas en nubes.
Por qué recuerdo todas estas cosas. Por qué todo lo veo a
través de mi vida entera. Estratos echados sobre una playa solitaria mojada por
la lluvia.
¿Será porque tras la lluvia cada cosa tiene su silencio?
¿Será porque el haiku es el brillo de esa intuición?
Mirando el río mi hermano recordaba las mismas cosas que yo.
Eso me reconfortó.
El agua.
La lluvia.
El silencio en la palabra.
Quizá el haiku es la poesía de la humildad, y por eso,
cuando es haiku de verdad, transparenta tan claramente el mundo que nos rodea,
porque al fin y al cabo la humildad no es otra cosa que la realidad.
La verdad de las
cosas y de nosotros mismos, nuestro lugar en el mundo.
En unos días mis amigos hablarán de haiku. Me gustaría estar
allí, con ellos. Son uno de los estratos favoritos de mi vida. Uno de los más transparentes.
Qué nervios, el deslumbramiento de una primera cita.
Así siempre cuando estoy con ellos.
Estar atento a la importancia de las cosas, como cuando
caminas despacio. Como si estuviésemos hechos del propio sonido de una llovizna
que comienza.
La poesía de la humildad, la poesía de la sinceridad, nos
hizo lo que somos. Este “nosotros”.
¿Será nuestra fragilidad la que nos hace lo que somos?
Garabatos, una libreta. La primera lluvia. De hoja en hoja
las gotas de lluvia atravesadas por la luz de los faroles.
Este silencio… ¿siempre ha estado aquí?
¿Cuál es su nombre?
En el río y el canal, la nube en la montaña, más allá de una
playa con nosotros.
Sus calcetines me han parecido siempre tan pequeños... Siento que huele a lluvia la ropa que doblo con cuidado. Despacio. Como un niño que está jugando.
En esta agua está el reflejo de todos los nosotros.
Este es el momento con todos los momentos.
Este es el lugar en el que he estado siempre.
Esta lluvia… siempre es la primera lluvia.
15 octubre 2021
las palabras que ahora formaban parte de mí
Recuerdo asistir a la conmovedora interpretación de Patty Smith en la entrega de los Nobel del dos mil dieciséis. Y conmoverme.
Y después oír su explicación sobre aquella interpretación.
Y volver a conmoverme.
"No había olvidado las palabras que ahora formaban parte de mí. Sencillamente no era capaz de sacarlas fuera.
No tuve más remedio que detenerme y pedir perdón, a volver a intentarlo estando aún en ese estado y cantar con todo mi ser, pero aún trabándome.
No se me escapó que la historia de la canción empieza con las palabras –Tropecé junto a doce montañas nubladas- y termina con las líneas –Y conoceré bien mi canción antes de empezar a cantar-
Al tomar asiento sentí el humillante aguijonazo del fracaso, pero también la extraña certeza de que, de alguna manera, había entrado y verdaderamente vivido el mundo de la canción."
La humildad de aquella señora de pelo gris disculpándose delante de toda aquella gente tan elegante, en Estocolmo, mientras su espíritu, de alguna manera, caminaba sobre las laderas de montañas nubladas y tristes bosques.
Me hizo extraviar todas las palabras. De alguna manera entrar y vivir de verdad en algo... no sé...
Parte de mí. Con todo mi ser.
Una mujer joven, pelo gris, voz temblorosa, cuyo cuerpo ardía.
Un niño de ojos de ojos azules mojado por la fuerte lluvia…
¿Dónde estuviste? ¿Qué es lo que viste? ¿Con quién?
Emocionarse con la emoción de los otros.
Entrar en su mundo.
- Y lo contaré, lo hablaré, lo pensaré, lo respiraré
y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo.
Y me pararé sobre el océano hasta que empiece a hundirme,
pero me sabré mi canción antes de empezar a cantar.-
02 septiembre 2021
Letras Divinas. Revista literaria
Editorial
Ya ve la luz el primer número de este proyecto como una sencilla contribución y, a su vez, invitación, para que los hispanohablantes interesados expongan sus composiciones líricas en los estilos que deseen. Cierto que existen otras revistas: si esta aporta algo complementario ya se verá en el futuro. La continuidad de este medio dependerá de si hay suficientes interesados en publicar su obra. Por eso, vayamos con ilusión, pero con la pretensión bien recogida.
En esta primera entrega se presentan textos de formas diversas, bellos edificios construidos por Rafael Humberto Lizarazo, Félix Arce, Karin Rosenkranz, Jesús Cotta y Juan del Encina (s. XV-XVI). Se trata de textos y autores muy distintos en su estilo de escritura, que, sin embargo, tienen claramente en común el canto a la vida y un sentido de la trascendencia, de asombro y de agradecimiento.
Los autores interesados en ver su obra publicada en la revista pueden contactarse con Elías D. Dana en el siguiente formulario: edicionesdehesa.wordpress.com/contacto

Mi más sincero agradecimiento a Elías D. Dana por todo el trabajo invertido en este proyecto, por su entusiasmo y su buen hacer.
Y por su generosidad al acordarse de mí a la hora de emprender este camino.
19 julio 2021
cuando las ramas de los pinos cambian de color
matsu nae no hana saku koro wa dare ka aru
plantitas de pino…
quién estará aquí
cuando florezcan
-Issa Kobayashi-
Serpenteando, el camino blanquea mientras se adentra en el pinar.
Hace tiempo que no nos veíamos. Los amigos. La vida nos ha llevado por caminos separados. Eso que llaman vida, eso tan grande que lo abarca todo. Lo bueno, lo malo. El tiempo.
Los pinos, la luz de la tarde.
La compañía es más hermosa cuando se reencuentra caminando aquí, ahora. Hablando de todo y de nada.
Me gusta el verano. Me gusta caminar en sandalias. La sensación de necesitar menos cosas.
Las cosas tontas. Las cosas que pesan.
Todavía no, sobre la flor del cardo, la mariposa aún no levanta el vuelo.
A veces creo que estuvimos aquí siempre. Charlando sin más. Caminando hacia el corazón del bosque. Sin necesitar nada más.
Es curioso. Cuando pienso en mis amigos siempre los veo como al principio. Como siempre. Qué cosas.
“Cambian de color”, dice el niño levantando los ojos a las ramas de los pinos.
Caminamos.
Al principio. Como siempre. ¿Cómo serían las cosas al principio? ¿Cómo serán siempre?
Una rana, luego otra. Miramos el arroyo señalando algo que ya no está.
El reflejo de los pinos.
El fuego, la barbacoa. En la luz que se desprende de las brasas nos reconocemos. Como siempre. Hablamos de la vida, de los nombres de las flores que vimos en el bosque. Esta tenue luz… Esta tenue luz que se adentra en la noche…
Supongo que mi corazón, siempre friolero, despistado, está aquí ahora, susurrando algo que no entiendo del todo.
El camino, qué blanco era, adentrándose en la profundidad de aquel olor, los pinos, la tarde.
Después, en casa, creo que soñé con antiguas acampadas, con fogatas y estrellas fugaces.
Siempre me pasa.
Creo que soñé, pero no lo sé, en las noches de verano en que éramos nosotros. Los de siempre, los de todos los principios. Sin las pesadumbres que valen nada. Sin las cosas tontas que nada eran.
Que pesan.
Que nada son.
Creo que soñé, no estoy seguro, que la noche de verano nos atravesaba. Y se adentraba en nosotros. Que llegaba justo al centro de mi corazón y seguía más allá. Como el destello de una brasa que serpentea más allá de todo lo que conozco.
Creo que soy una flor que no conoce su nombre.
Una tarde de verano, mientras los pinos crecen sin que nadie se de cuenta, sus ramas cambian de color.
¿Quién estará allí cuando la mariposa abandone la flor del cardo?
Cuando las ranas salgan a la orilla y vuelvan a cantar.








