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さて、どちらへ行かう風がふく

bien... ¿a dónde ir...?
...el viento
sopla...


31 mayo 2017

en la arena, arena



Casi me quedo dormido. A sotavento de la pequeña duna que  separa la playa de la ría que viene de la marisma. He caído derrengado, como esos tipos de las pelis que se pierden en el desierto. 

Sin esfuerzo alguno, caminar sin rumbo claro hasta llegar aquí. A exponer mi cuerpo al sol, sin remedio.

Casi me he dormido pero no. Una especie de ataraxia pesada y sobrevenida ha invadido cada célula de mi cuerpo. Noto el sol bordear sin piedad la visera de mi gorra sobre la cara, la tibieza de la arena en mi espalda, el zumbido de un abejorro por aquí cerca que vuela y se posa, y vuelve a volar.

Ahora escribo no sé qué para qué. Una garceta corretea en la ría persiguiendo peces. El boli choca con granos de arena casi invisibles.

Ojalá me hubiese dormido. Profundamente. Arena en la arena.

Hay una soledad casi perfecta aquí. El sol, el viento, el sonido de los pájaros en la marisma y el del mar tras la duna. Sin embargo hay días que me pesa hasta mi existencia.

Como la radiación de fondo del universo hay algo en mí que siempre subyace a todo lo que hay y siento. Algo que viene de un lugar lejanísimo y desconocido. Y que sin embargo me constituye de alguna manera que ignoro.

Hay una vida que no es mi vida. Y que me habita.

Me gustaría arrancarme algo  importante y dejarlo ahí, sobre la mesa, o en la arena. Algo que pese mucho y no se vea a simple vista.

La garceta sigue pescando. Corretea de vez en cuando con la mirada fija en el agua. Otras veces quieta como una blanquísima tibia expuesta al sol. Nada más. 

No puedo dejar de mirarla. Mi mente queda blanca y hueca por un momento.

Arrastro con los dedos la tibieza de la arena clara. En las hojas del cardo marítimo una suavidad extraña.







22 mayo 2017

sarmientos



Ha entrado en casa, ese olor, desde la mañana. He abierto la ventana de la cocina a pesar del fresco. Alguien quemaba sarmientos en alguna parte.

Ahora, aquí junto al acantilado, sentado, se está bien. Me gusta este sitio y estos días. Nublados pero con luminosidad. Parece que a va a llover de un momento a otro pero no creo  Los sonidos como en sordina. Algo en el alma se recrea en esta soledad. Se encuentra en estos momentos tranquilos sin pretensiones. Apenas recuerdos, apenas ilusiones. 
Una  circunstancia más de la naturaleza, como la gaviota que gira en el aire marino, la esfinge colibrí que liba en las flores de nombre desconocido, el propio viento no muy intenso que llega desde el  mar. 


Un insecto rojo y negro llega volando de pronto, erráticamente, y se posa justo en el borde del acantilado. Dan ganas de decirle: dónde vas alocaoo. Dan ganas de saber su nombre.

Anoche, mientras hacía la cena, una calma tibia y densa  cayó junto con la tarde. Apenas luz y con la ventana de la cocina abierta el aire no se movía. Quietud y tibieza que entran en mí. Aflora de pronto la serenidad de mi alma, paz a media luz. Cortar verdura con esa lentitud natural con que las cosas se desarrollan al atardecer.

Antes de ir a dormir, de madrugada truenos y relámpagos anuncian tormentas lejanas.
Mi cuerpo diminuto en la noche de primavera, mi alma en el alma. reposando justo al borde del silencio.

Impresiones. Salir a la calle y pintar en un esbozo todo esto que mi alma anhela. Todo esto que ha creado y ahora contempla.

El cormorán que se sumerge aquí abajo al pie del acantilado, las nubes, las agujas de los pinos y su viento, las rocas, el diente de león en su perfecto aire redondo.
Pequeñas cosas, naderías. Como yo mismo. Aire que entra y sale de mi cuerpo.
 En las pequeñas cosas soy quien soy.

El pequeño insecto rojo y negro emprende el vuelo de pronto, bordeando el acantilado, pasa sobre mí, y se adentra en el bosquecillo de encinas y laurel. Maravilloso.





volviendo a casa
el aire, de nuevo
humo de los sarmientos






















19 mayo 2017

16 mayo 2017

soledad de este mundo



De pronto el espejismo de estar en la completa soledad de este mundo.


Solo hace unos días volví aquí. Estuve lejos, en el río, con mi hermano. ¿Algo hay que no sea espléndido? Los corzos, las nubes, los abedules. Las truchas cuando ellas quieren.


Algo hay en la naturaleza que nos llama a ser lo que somos. En el frescor de la tarde cuando todo comienza a oler de otra manera. En su quietud.


En la serena tibieza de la noche ella me abraza mientras miramos las siluetas de las nubes.
A veces el mundo parece dejar de girar por un momento, callar, y mirarnos.
Qué temeré.


Creo que esta mañana me sobra el cuerpo. Si pudiese estar ajeno a todo lo que este terroncillo torpe necesita y me reclama…


Solo la luz del mediodía, el sonido del mar, la tranquilidad de sus aguas que reflejan un cielo con nubes altas que traslucen el sol. En la bruma del horizonte aparecen y desaparecen los grandes buques. Cerca de la costa unos pocos pesqueros. Con los prismáticos veo que uno parece girar hacia aquí. Parece estar anclado, quizá echando el aparejo.


Dos cormoranes nadan no muy lejos de él. Uno de ellos se sumerge y reaparece con algo en el pico.


Estar. En cuerpo y alma, o sin ninguna de las dos cosas. Estar. Para ella y mi hermano. Para mis amigos. Para todos. Para la soledad de este mundo.









08 mayo 2017

俳句 1/2 ¿llovizna?


















¿llovizna?
un abejorro tantea
el envés de las hojas



 bajo las hojas de trébol
vuelve a sestear el abejorro 
llovizna
 

26 abril 2017

katatsumuri




Llovizna, cada vez con más intensidad, el caracol no se decide a asomar los cuernecillos.

No me importaría estar aquí horas esperando pacientemente a que este caracol, qué grande es, asome su cuerpo. Aquí en el acantilado, sobre el mar grisáceo.

Esperando noticias de Ekaitz, pachuchillo otra vez. Parece que nada grave pero pero…. Ay Ekaitz... Me gustaría contarte todas estas cosas, pero bien. En bonito.

Contarte este mundo tan bello en el que quisiera estar siempre. Ese que tú haces nuevo con tus ojos nuevos. Bajo la suave lluvia, en un acantilado, esperando a que un caracol muy gordo asome sus ojos como bastones. ¿Cómo se decía caracol en japonés? Ay ay... sonaba como a juguete.

Quería contarte y se me olvidan las palabras. Las palabras hermosas. Contar sin palabras. Contar solo a través de mis ojos. De mi piel.

Porque aquí estás, en mí. En la llovizna que cae sobre la hierba y la piedra, y el mar. Sobre el caracol de nombre sin nombre que reposa en silencio.


Cómo los ratoncillos dejaron sus huellas diminutas sobre la arena, junto a las de pájaros desconocido. En la noche, en la mañana temprana. Cómo la torcaz vuela así como a impulsos, aletea y se deja caer suavemente en el aire, y aletea de nuevo, trazando una curva sobre el mar antes de posarse en el viejo eucalipto.

De cómo las vacas blancas y negras, echadas sobe la hierba, me siguen con la mirada sin dejar de rumiar, muy serias. Y detrás de mí el mar.

Comienza una llovizna que apenas se siente y un abejorro, que parecía dormitar, se mueve muy despacio hasta el envés de la hoja.


Mírame ahora. Mírame ahora y hazme nuevo entre la lluvia. Abandonado al aire fresco de esta mañana echada junto al mar. Hablando sin darme cuenta con todo esto que vive a mi alrededor. ¿Conmigo mismo? ¿Contigo?
Mira todo esto que nos llama a lo que somos. Sin palabras, sin prisa. Entre las hojas que escurren lluvia sobre otras hojas. Frente al horizonte que se difumina en el mar y la lluvia.

Siguiendo con la mirada el vuelo de los zarapitos. Apartando del sendero caracoles que aman la lluvia, como yo, como tú.