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さて、どちらへ行かう風がふく

bien... ¿a dónde ir...?
...el viento
sopla...


11 marzo 2021

luz tenue

 

 Como a los corzos, a mí también me gusta la luz tenue. Quizá sea su reflejo sobre las hojas ocres, quizá las nubes que pasan, no sí, pero en los pequeños valles donde crecen los quejigos la luz cambia.

Es un paso vacilante, el de la luz que pasa de los pinos a los quejigos.

No sé qué vengo a buscar aquí. Una y otra vez. Volver. Empiezo a dudar. Alguna vez debí encontrar algo aquí. Debió ser así.




En la vertiente contraria del barranco un corzo entra y sale de la ligera sombra de las encinas. Qué parsimonia. Luego aparece otro. A pesar de la distancia parece que me miran, no sé. Con los prismáticos yo sí los veo bien. Primero uno, luego otro, unos pocos pasos, desaparecen muy despacio entre las sombras del bosque.

Amenaza lluvia pero no cae ni una gota. Por momentos una luz tamizada que viene y va, el sol que pasa entre las nubes.



Una pareja de cernícalos juegan a posarse y levantar el vuelo alrededor de un árbol seco. Qué hermosos son. Qué ligeros. Ni lo pretenden y sin embargo escapan una y otra vez al foco de mi mirada.

Abajo, en la vaguada, un hombre con su perro, un perro con un hombre, por el sendero. No hacen ruido. Parecen ir hacia el río.



Adentrándome en el bosque noto que la luz ha cambiado con respecto a la última vez que anduve por aquí. Partes del bosque van clareando de semana en semana. El otoño…

Pensé que era un pico picapinos pero no, el repiqueteo que seguí a través del bosque resulta ser de un trepador azul. Qué gracioso. Sube y baja de cabeza por el tronco del árbol buscando larvas a picotazos.

Como invisible. Como algo que clarea hasta hacerse transparente, así me gusta estar aquí. Sentirme solo una mirada que apenas está.




Descanso sentado sobre suelo y sí, para mi sorpresa la mancha oscura entre los quejigos, al otro lado del valle, resulta ser un corzo. Echado sobre las hojas secas que cubren el suelo.

No sé muy bien por qué pero por un momento me preocupo. ¿Estará bien? Lo miro con los prismáticos una y otra vez. Parece que sí. De vez en cuando mueve las orejas.

Ahora mira hacia un lado, parece muy atento. No veo nada hacia allí… Ahora está de pie. Me inquieto de verdad.

Algo. Entre el sol y la sombra de las nubes. ¿Un movimiento? ¿Llueve? ¿El crujir de las hojas de los árboles a punto de caer?

¿El viento?

Es el viento…. Es solo una ráfaga de viento.

Miro. El corzo ha vuelto a echarse. Me tranquilizo.

Qué hermoso es. Parece tan delicado. Como él, me gustaría caminar sobre la tierra con pies como de sarmiento, de puntillas, en silencio.



Cresteando un pequeño cerro un perro desciende hacia la quebrada, vuelve a subir por la ladera contraria. Se detiene un momento y mira hacia atrás. Sigo su mirada con los prismáticos. No hay dueño, no hay gente. El perro continúa su camino a media ladera hasta que se pierde de mi vista.



鹿の足よろめき細し草紅葉

shika no ashi yoromeki hososhi kusamomiji

Con la misma ligereza, balanceándose al unísono las patas del ciervo, la hierba color del otoño.

Solo una ráfaga de viento…

Mi corazón a media luz.

El otoño.




¿De qué tienes miedo? Vacilante, sin saber por qué, sin buscar nada, una y otra vez la luz tenue volverá aquí, sobre las hojas ocres de los quejigos, transparente.

Y te encontrará.



Vuelvo a casa, de espino en espino se hace y deshace un bando de cardelinas.









 

 

08 marzo 2021

senderos

 

Senderos que se pierden en la maleza. Entre los árboles de la ribera la luz de la tarde. Junto al río, aquí era, creo…


El gran abedul con las ramas como un candelabro hebreo.

-Menorah- papá, -se llama menorah.

Enormes. Qué ramas. Yo de pie con la teckel en brazos sobre las ramas más bajas mientras mi padre hace fotos. Y mi madre ríe. Y detrás el río.


Qué curioso. Siempre que llego, vuelvo, paso, por aquí recuerdo aquella tarde y un haiku de Buson. Así, al alimón.


El sendero aquel que se deshacía entre perejil asilvestrado. Creo recordar.

Aquella risa que era como el río que está y ya no, ya no, se va. Un destello. Se pierde como la luz de la tarde sobre la corriente.


Casi sin querer, bajo las ramas del gran abedul, busco la navaja de pesca que mi padre perdió en el río aquella tarde. Aquí fue, sí.



Mi padre y yo pescábamos junto al abedul, el gran abedul, a menudo. Mañanas al alba, con el agua del río haciéndose hielo en el sedal bajo el puntal de la caña. Tardes buscando sombra, con la temporada ya entrada, charlando, callando, compartiendo mirada… dos libélulas pugnan sobre la corriente, origami, ala contra ala, nada, zigzag de la luz…


Siempre, siempre que pescábamos junto al abedul mi padre y yo buscábamos aquella navaja. Al llegar o tras el almuerzo. O justo antes de marchar, cuando ya los murciélagos rozan el agua que se oscurece.


Qué navaja… con las cachas blancas, amarillentas, y el filo así así… no valía nada. La recuerdo perfectamente, como una joya.


¿Qué hora de la tarde es esta en la que todo huele de otra manera? Aquí era. Deshechos todos los senderos. Estoy seguro.





un destello 
truchas desovando 
corriente abajo

 






Publicado en el libro Senderos, Editorial Doente. 2019

http://surimidala.blogspot.com/2020/06/senderos.html




24 febrero 2021

la llamada de los corzos


Debajo del quejigo más frondoso que he encontrado, comiendo cacahuetes. Mirando sin más los sutiles cambios en la intensidad de la luz, escuchando el desigual soniquete, qué ligero, de la llovizna sobre las hojas. Sobre el viejo paraguas que traje al hombro, que me recoge. 

Creo que cada vez comprendo mejor a mi padre.

Un arcoíris se intuye apenas sobre el cerro de enfrente. Qué lejos. Qué cerca.

Los valles se entrelazan hasta llegar al río que se solo se intuye, allí…

Torpemente, respondo a la llamada de los corzos.