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さて、どちらへ行かう風がふく

bien... ¿a dónde ir...?
...el viento
sopla...


27 marzo 2013

俳句 tendida



tendida a lo largo
de un rayo de sol
la gata duerme





Luz de primavera, sobre el suelo de madera el sol de la mañana que entra por las ventanas dibuja bandas. Contemplando cómo duerme Yuki chan mi corazón se aquieta.



26 marzo 2013

俳句 secuoyas

haiku haibun secuoya sequoia
 ¿De dónde nace el silencio perfecto que me rodea? Las secuoyas gigantes de Kings Canyon parecen contemplar mi insignificancia y guardar silencio. Camino unos pasos sobre la nieve, patino, me deslizo un poco. A veces un pájaro carpintero golpea en algún lugar del bosque. Mis pasos, su eco, su golpeteo, su eco. Camino y suena, me detengo y el silencio. Un silencio que me desgarra como un grito. Su eco en mi corazón, su eco que resbala desde las hojas escurriendo por el tronco rojo y atraviesa la nieve hasta las raíces de mi corazón.

Espero. Grabo con mi cámara. ¿Qué? ¿el pájaro carpintero? ¿los troncos rojizos e inmensos? ¿las hojas verdes y oscuras? ¿el silencio?

Miro arriba, una y otra vez. Arriba y más arriba, hasta que las hojas verdes se hacen cielo, en un lugar más allá de mis ojos. Rodeo los troncos. Decenas de huellas, mis huellas, alrededor de un solo tronco. Inmenso. Esta catedral gigantesca… esta oración de siglos… ¿a qué dioses invocará?

haiku haibun secuoya sequoiaCasi todos los árboles tienen las marcas de los rayos. Cuántos rayos a lo largo de siglos habrán caído aquí.

Imagino esa luz deslumbrando una y otra vez la profundidad del bosque. Esa luz. Miro el tranquilo atardecer que se esparce sobre la nieve. Inspiro profundamente el aire que huele a conífera. Un retazo de su aliento penetra mis pulmones diminutos. Sólo un instante.

Aquí, pareciera por un momento que camino entre la eternidad. Pero sólo es un espejismo. Las secuoyas gigantescas y las montañas son tan efímeras como la nieve, como mis ojos, asombrados ante ellas.





con los nudillos
respondiendo a la llamada
del picapinos



Sequoia National Park 12-2-2007


21 marzo 2013

俳句 atardecer en la bahía de SF




haiku golden gate bahia





desde poniente
de pronto la bruma
entra en la bahía





haiku golden gate bahia





envuelta en niebla
sirenas de barcos
perfilan la bahía


 
Golden Gate, Bahía de San Francisco 11-02-2007


 

14 marzo 2013

bajo la nieve de marzo



Era ya un perro viejo. Un viejo mastín que siempre tuvo problemas de oído, qué pobre, que se acercaba bonachón a la puerta de la granja moviendo despacito la cola. Yo lo vi en alguna ocasión. Y él me miró también, con sus ojos tranquilos.

Era un perro viejo de esos que yo diría tiene cara de buena persona. Un viejo peludo que dormía sobre la nieve como si tal cosa.

Una mañana, este invierno, estaba tumbado en su rincón de siempre sin atender a las llamadas. Viejo mastín, buena gente…

Su madre está enterrada desde hace ya años en el terreno de la propia granja. Lo llevaron allí. Al mismo lugar. Y allí, justo allí, estaba sobre la nieve el rastro de que alguien había escarbado sobre la nieve, un poco solo, lo suficiente apenas para dejar al descubierto la tierra entre la nieve, casi como una caricia.

Solo pudo ser él. Solo pudo ser esa misma noche puesto que había nevado el día anterior.

Qué cosas. Qué cosas tienen los animales dijimos mientras comíamos y nos contaron la historia, la triste noticia de la muerte de Fuco. Ahí mismo, en el pueblo de la sierra, junto a la granja. Esta misma semana.

Qué cosas. Qué cosas tienen los animales…

Esa misma mañana yo había estado en el cementerio. En la ciudad. El frío era tan intenso que ni siquiera me quité los mitones cuando me puse a arreglar las flores. ¿Qué decir? Qué decir cuando apenas piensas en nada…. Que cómo pasa el tiempo piensas para ti. Que a lo mejor las margaritas quedan mejor sobre las rosas, o no, las caléndulas. En las buenas personas, en ellos, en la buena gente…

Mientras hablábamos en la comida del viejo mastín me vi a mí mismo aquella misma mañana rascando con la uñas los restos de la etiqueta del tiesto. Estaban muy pegados y tuve que rascar y rascar. Me levantaba, miraba, nada, seguía sucio, me volvía a acuclillar y seguía rascando. Una breve cellisca vino, y se fue, mientras yo seguía encogido con mi abrigo y mi capucha.



Por la noche, mientras no dormía, no podía dejar de pensar en el viejo mastín escarbando suavemente sobre la nieve. No sabemos nada. No tenemos la más mínima idea de lo que nos rodea. Toda nuestra vanidad no sirve de nada ante el misterio de un perro escarbando en la vieja tumba de su madre. Recordé de pronto el poema medieval con el que comencé este blog:

Murieron los hombres, y murieron las bestias,
y a los dos se les ofreció lo mismo:
es la misma muerte la que se los lleva,
y no se encarnan más que una vez.
Y es siempre igual:
la única diferencia es que el hombre es más ingenioso.
¿Quién puede decir que su alma vuela al cielo,
y la de las bestias se disuelve?
¿Qué sabe nadie de los pensamientos de las bestias,
o cómo rezan invocando a quién las creó,
sino Dios sólo, que conoce su lengua?

No sé por qué comencé con el anónimo autor del siglo XIII que escribió en el Manuscrito Vernon. Comencé a escribir este blog, y todos los demás, solo por escribir, como terapia, literalmente. Quizá resonó en mí entonces lo mismo que el otro día, escuchando la historia del viejo Fuco. Algo misterioso, sobrecogedor.



Esta mañana, mientras escuchaba música, miraba desde la ventana la nieve sobre las montañas. No lejos de la ciudad, otra ciudad. Lejos ya de la granja, del monte. No sé por qué pero al escuchar esta melodía de Milladoiro, “Invernia”, he vuelto a pensar en Fuco, en mí, en la nieve de marzo, al borde la primavera... en alguien que escarba sobre la nieve, un poco solo, lo suficiente apenas para dejar al descubierto la tierra entre la nieve, casi como una caricia…

Lo mismo se nos ofrece y lo mismo podemos ofrecer. Nada sabemos de los pensamientos de las bestias, o cómo rezan invocando a quién las creó. A quien nos creó. Quién nos creó... Condenados a perder a quienes nos crearon. Condenados a escarbar en la blanca realidad del mundo que nos separó de ellos. A buscar. A buscar…

Tú, Tú que conoces la lengua de las bestias y de todas las cosas ¿estás ahí? ¿aguardando bajo la nieve la invocación de unas manos desnudas que te buscan en la tierra? casi como una caricia…


sin dejar de mirar
los restos de nieve
el olor de la tierra





haiku el olor de la tierra

 


 



26 febrero 2013

俳句 brisa matinal



haiku brisa matutina



brisa matinal...
al pie de cada teja
la lluvia de anoche

 軒の下
名残り連なる
夜半の雨


Fotografía y versión japonesa:  Yoko Masuyama


22 febrero 2013

Silencio, hormigas y una hoja de hierba



ありたちがくさにのぼってすぐおりる



Las hormigas en fila
suben por una hoja de hierba...
y en seguida bajan



Hablar sobre el silencio… Qué tesitura. Imagino a la niña japonesa de seis años que escribió ese haiku sonreír.

Yo podría decir muchas cosas sobre el silencio (eso iba a decir)…. Pero no, en realidad no. La verdad es que sólo podría repetir muchas palabras que oí sobre el silencio. Palabras… palabras que vienen y van una y otra vez. Como las hormigas…

El silencio... Un niño mirando una fila de hormigas en la hierba. Quizá el silencio sea eso.

Y una sonrisa. Yo mismo sonreí cuando leí ese haiku. Ese silencio. Si el silencio puede decirse es así. Sin palabras. De verdad sin palabras. Nombrando lo obvio. Lo que está ahí, a nuestro alcance. Tan a nuestro alcance que no lo alcanzamos.

Cuando leo ese haiku siempre, siempre, imagino a esa niña acuclillada, como una ranita, como sólo saben hacer los niños, contemplando en silencio como la fila de hormigas sube y baja por una hoja de hierba.

Una hoja de hierba. Unas hormigas. Y un niño que mira. Eso es el mundo. Eso es el silencio.

Como se ven las cosas por primera vez.

Como lo habré visto mil veces. Como ya no lo veo.

Yo quisiera ser capaz de ver siempre por primera vez una fila de hormigas que sube y baja por una hoja de hierba.

Entonces sonreiría. Entonces sería yo.

Yo, pobre yo, lo reconozco, no soy capaz de guardar silencio. De dar voz, callada, a ese niño que, dicen, llevo dentro. De ver.

El niño que llevamos dentro… ¿de verdad llevamos un niño dentro? ¿O acarreamos el recuerdo de un niño? Aquel niño…

Quién fui... Quién soy...

¿De verdad hubo un día en que contemplé en silencio, con todo el silencio de mi alma, cómo una fila de hormigas subía y bajaba por una hoja de hierba?

A veces lo dudo. A veces me parece que si fue, fue sólo un sueño.

Lo sé. Sé que las hormigas siguen ahí, subiendo y bajando por las hojas de hierba, como siempre. Pero ya no las veo. Ya no soy capaz. Ya mi silencio está preñado de palabras.

Palabras que a veces, oh iluso, pretenden nombrar el silencio.

Sí… yo quisiera contemplar el mundo tumbado sobre la hierba… Sin palabras. De verdad sin palabras. Cuántas cosas podría yo decir sin decir de verdad nada… hasta el silencio… Qué pretencioso… Qué inocente…

Qué diferente debe sonar el mundo desde la sonrisa de un niño. A ras de suelo. A la altura de las hormigas que no dicen nada. Qué tontería querer llenar una hoja de hierba con nuestra filosofía. Se doblaría. Claro. Como las hormigas. Se cansarían. Dejarían todas nuestras palabas en cualquier parte. Porque pesan. Sí. En realidad, cómo pesan…

Cómo pesa todo lo que no somos. Buf. Cómo nos pesa, y cómo atruena, todo lo que olvidamos contemplar. Lo que dejamos al otro lado de nuestra sonrisa.

Aquel silencio… aquel silencio… a veces… sólo a veces… qué milagro que no sabría decir… me encuentro otra vez con el silencio. Con aquel silencio. Con el momento en que veo.

Es el silencio el que me sorprende. Qué cosas. Cuando no me lo espero. A lo mejor cuando estoy pensando en cosas muy importante que no tienen nada que ver con hormigas ni con hojas de hierba, claro. Justo entonces me llama.

El silencio del mundo. Que me contempla a mí. Como una hormiga cualquiera que va y viene sobre la hierba.

Me llama aquel silencio. Y sí. Entonces me acuerdo. Me acuerdo de cuando yo contemplaba el mundo también así… A ras de suelo. En cuclillas, como una pequeña rana, contemplando las cosas, todas. Con la humildad y la confianza de un niño que no sabe de humildad ni de confianza. Desde la pureza de mi silencio.

Y con aquel silencio vuelvo a ver la naturaleza de las cosas. De las cosas sin importancia. A las hormigas que van y vienen por ejemplo, sí, milagrosamente las vuelvo a ver. Veo el mundo que no pesa porque no tiene palabras. Y con aquel silencio me vuelvo a ver a mí mismo, qué raro... Y por fin me reconozco. Y sonrío.

Es quizá la pureza de aquel silencio que sonó cuando una rana saltó en un viejo estanque. Una rana acuclillada en la orilla como un niño, como sólo los niños saben hacer. El silencio que estaba ya y que no oíamos. Hasta que sonó aquel chapoteo. El silencio que siempre está. Bajo todas las cosas. En la profundidad verdadera de nuestra mirada. Pura. Contemplando las cosas por primera vez. Como son siempre.

Una sonrisa sobre la hierba. A ras de suelo la sonrisa de un niño contemplando en silencio las hormigas que suben y bajan por una hoja de hierba. Eso es el silencio... Quizá el haiku…




silencio haiku hormigas





Motivo ilustración: Chame
Trad. haiku japonés: V. Haya





14 febrero 2013

La aventura de todas las cosas que vamos a hacer





Pocas veces se habrá contado en el cine una historia de amor de una forma tan elegante como sobrecogedora. Sin cursiladas, sin palabras siquiera. Apenas ocho minutos en los que cabe toda una vida. "Las cosas que vamos a hacer", "El libro de aventuras"...

Que fortuna encontrar a quien hace de nuestra vida una aventura, una de verdad. Y siempre, en cada ahora, comenzar una nueva.