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さて、どちらへ行かう風がふく

bien... ¿a dónde ir...?
...el viento
sopla...


04 abril 2017

Curso de Vicente Haya







este olor...
mientras cae la noche 
sólo el volcán 




Una cristalina intuición. En el fondo de nuestro corazón sabemos lo que merece la pena y lo que no. Pocas personas habrá en España que hayan dedicado tanto tiempo y esfuerzo al haiku como Vicente Haya. Pasión. Alguien que del haiku hace su vida no puede decepcionarnos.

A todos aquellos que cedemos al instinto por lo bueno y verdadero Vicente nos invita con sus palabras:


El último curso de iniciación al haiku que he impartido en España fue en el 2014, en la Fundación Hierro. Desde entonces he traducido unos mil haikus nuevos al castellano. Ese material inédito me permite dar un nuevo curso de iniciación al haiku al que puedan asistir, tanto los alumnos que llevan siguiendo mi docencia desde el 2002, como alguien que no me haya escuchado nunca. En este curso de iniciación al haiku japonés, voy a centrarme en la contemplación a través del haiku. Y voy a explicar desde el principio qué es el haiku, pero desde este punto de vista y con ejemplos nuevos. La contemplación es la clave del progreso del haijin. Hay muchos poetas de haiku que, tras unos años de práctica, se estancan; no saben, de lo que escriben, qué es bueno y qué es malo. Acuden a las páginas web donde se vota por mayoría la calidad de un haiku y, junto con los halagos, sólo consiguen una mayor confusión y un mayor estancamiento. No hay peor favor que el elogio de un haiku con errores; porque confunde al autor. Un autor de haiku es un instrumento, capaz de tocar música, pero incapaz de oírla. Deben ser los demás los que le digan si está desafinado o no. Por eso, lo primero que haremos en este curso es que, junto con la matrícula del curso, se le entregarán a la persona responsable de la matrícula tres haikus. Los mejores tres haikus que el alumno/a considere que ha escrito en su vida. Esos haikus se me entregarán luego a mí, firmados, para saber, antes de la primera clase, qué tengo delante y por dónde afinar en la enseñanza.

Nada más. Os espero encantado a los que queráis venir.







El curso será impartido en la Fundación José Hierro, en Madrid, los días 27, 28 y 29 de Junio de este año.






31 marzo 2017

Jai


Mirando aves marinas con los prismáticos de mi padre. Qué brillante este sol, qué tranquila la mar.

Jai. De pronto he recordado ahora y quizá “he recordado” es atribuirme una voluntad o mérito que en realidad no existe, he sido recordado más bien, si esto puede decirse, que ese era el nombre de la pointer blanca y negra que sale en una foto junto a mi hermano y a mí. Dos niños y un perro. Gorros, botas, uno lleva una cantimplora verde, otro unos prismáticos con funda rígida de cuero. Miran a la cámara con un sonrisa. Jai no. Mira hacia un lado, a lo alto. Como intuyendo ya en sus ojos claros la montaña y el olor lejano aún del espliego y el tomillo.

Miro los prismáticos que miran aves marinas. Mi memoria es terrible. Recuerda todo y cuando menos me lo espero. Soy recordado en aquella mañana con mi padre haciendo la foto antes de salir al monte y mi hermano y Jai. Un nombre guardado durante mucho tiempo en algún lugar más allá del alcance de estos prismático.


El mar se agita por momentos, a pesar del sol. En el horizonte, la bruma.


Están gastados. Se nota el uso en la correa de cuero, en los bordes de las lentes. Cuidadoso. Así era mi padre. Sabía apreciar el valor que tienen las cosas en sí mismas, más allá de precios o prejuicios. Y el valor que adquieren con el uso y el cuidado. Es el aprecio lo que da valor a las cosas y no al revés. Sería quizá aquello del wabi-sabi y él ni lo sabía. Toco y miro y retoco y remiro y por un momento solo puedo intuir el verdadero valor que tienen ahora mismo para mí.


Ni diez metros me separan de las gaviotas que planean en la brisa. La espuma del mar cada vez más abundante. Blanquísima.


Cojo los prismáticos al revés y miro mi pie. Lejanísimo y pequeño. Río. Ay Jai... Quién, qué, nos recuerda ahora, aquí, mi fiel y libre compañera, envueltos en esta luz tan clara, ojos abandonados a la lejanía, llena el alma con la intuición a espliego y tomillo de la montaña.

Los oscuros prismáticos se han llenado con todo el sol de la mañana. Qué calorcito.
















28 marzo 2017

zarcillos



Con las sandalias en la mano. Caminando sobre el campo de margaritas que llega hasta el mar.

Aquí arriba, sobre el acantilado, pega el sol pero bien. Tiene algo de dulce languidez contemplar cómo vuelan las gaviotas, dejándose llevar por la brisa marina, arriba y abajo, como niños deslizándose sobre monopatines, sobre las olas. Parecen aupadas tan solo por la luz del sol. Una y otra vez.

La hierba es suave. El viento tibio. Si dejara deslizar mi pequeña mente sobre toda su blancura podría ahora mismo ver cómo crecen las flores.



Un milano traza círculos, enhebrando el aire justo sobre el borde del acantilado. Dos abubillas levantan de pronto el vuelo al borde del bosque que apunta detrás de las pequeñas dunas. Los zarcillos de la zarzaparrilla se enroscan sobre mismos abrazando el aire junto al viejo eucalipto seco. Qué grande es. Apenas ya un esqueleto que se deshace poco a poco en esponjosas virutas blancas junto a la senda costera. Siempre lo toco cuando paso junto a él. Es una atracción extraña y triste. Suave.

Las flores crecen. Ya está. Siempre. En algún lugar las flores están creciendo, siempre. Dejar crecer las flores. No hacer nada más.


Un cormorán cruza volando frente a mí, casi roza las pequeñas olas azules.


A veces, cuando la luz es la correcta, no puedo evitar pensar-recordar en mí mismo ascendiendo despacio una cuesta no muy pronunciada que lleva a un templo en lo alto de la montaña. Atravieso con delectación las luces y sombras que los esbeltos y altísimos cedros japoneses que cubren la ladera producen sobre el camino.

Nunca he sabido si lo soñé o lo leí en alguna parte. Hace tiempo.

Quizá siempre haya tenido vocación de extranjero. En el fondo, de mí mismo. A veces me pregunto qué hubiese sido de mi vida en otra vida. ¿Estaría ahora mismo aquietando palabras para no ser pronunciadas, sobre un papel iluminado por el sol?.

Escribir. Sentir que comienzo algo, que devano vanamente un zarcillo que se enrosca sobre sí mismo abrazando el aire, la luz, la nada.




Una pareja de azulones levanta el vuelo sobre el mar. Uno de ellos gira levemente y toca el agua con la punta de un ala.


Si pudiese estar sin más... Sin un solo pensamiento atornillando mi mente a la madera muerta, a la estupidez. Sin el mínimo rastro de un recuerdo enroscando cada momento presente a la arena que arrastró el viento. Sin voluntad. No la quiero. Ni una pizca. La escuálida voluntad que poseo solo me llevó lejos de mí mismo y de lo que debiera haber sido.

Solo ser una esponja marina. Algo primitivo. Algo sencillo y quieto, más agua que sí mismo.

Palabras junto al mar. Para no ser dichas. Solo escribir y lanzarlas al mar. Sacarme de mí mismo y volver al agua.

Contemplar cómo las gaviotas flotan en el aire, dejar que el sol brille, que las flores crezcan.







27 marzo 2017

adrenas


Parecen llenas de posibilidades. Las mañanas así, con sol, viento tibio del sur, mar azul. Como esta.

A media ladera frente al mar. Miro con los prismáticos de mi padre. El Emma Bardan, el buque oceanográfico se ha perdido ya hacia el este. Por allí pesqueros, quizá la flota de Santoña, al verdel tal vez. No sé.
Con su mirada miro. En esta luz es como si estuviese. No un recuero. No. Estar. En la luz. Esta misma que contornea la sombra de mi mano sobre el cuaderno hasta casi ofender.


Una garceta se reúne con el resto de la colonia sobre el islote de la ermita abandonada. A sus pies las olas rompen sordamente.



Llena de posibilidades. Y sin embargo... La miríada de posibilidades que vuelan ahora sobre mi mente, inaccesibles a los prismáticos de mi padre, como gaviotas al sol.
De estas cosas de aquí y esta suave hierba a otras montañas y otras playas. De todas estas posibilidades a otras aquellas que ya no serán.
Todo lo que podría yo haber sido, haber dado. Lluvia en la arena.
Algo se quiebra dentro de mí en este preciso momento, aquí, sobre esta hierba que brilla al sol sobre el mar azul y los gritos de las gaviotas. En esta mañana llena de posibilidades.


En silencio. Sin batir las alas ni una sola vez, las gaviotas se adentran en el mar.


Qué poco duraron las abejas mineras, apenas un par de semanas en las que llenaban de agujeritos los taludes de de arena, y los lirios marítimos de sus zumbidos a ras de suelo. Adrenas. Ni sabía que existían hace tan solo mes.


Me tumbaría aquí, ahora, entre las flores de las que ignoro todo, hasta perder incluso yo mismo mi nombre. Nada. Hacerme nada, mera posibilitad una vez más.






31 enero 2017

Gotas de Luna



    


Las gotas de luna de Juan Carlos Durilén, gotas de una persona cálida y sensible. Con la luz que  tienen siempre las buenas personas.

Pasa septiembre.
El viejo duraznero
no ha florecido...


Ahora también en Calamēo, un sitio virtual de publicación de libros. Para acceder al original, solo hay que hacer clic en cualquiera de estos enlaces (recomiendo su lectura en pantalla completa):
  
También en su blog Hojas de Haiku, que ya de por sí merece una visita detenida y atenta:


 Gotas de  Luna. Gracias por tu regalo Juan Carlos, por tu generosa dedicatoria, gracias sobre todo por tu amistad. 




20 diciembre 2016

Revista RANLE

Revista de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Gracias especialmente  D. Carlos E. Paldo por su generosidad natural y cálida amabilidad.







senda costera,
con hojas de adelfa
se limpia las botas




una sola vez
en el cielo de mediodía
un buitre bate las alas





gaviotas
hacia el mar que no vemos
clarea el cielo





viento del sur;
tras la lluvia de anoche,
hormigas aladas



breve llovizna,
cenando las patatas
que sacamos del huerto



tarde estival,
las caricias de un niño
al perro muerto



al cruzar la vertiente
se extingue
el sonido de los cencerros



también el perro
siguiendo su camino
volvió la vista



rumor del oleaje,
las montañas azulean
hacia poniente



Revista de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (RANLE) Vol. V No. 9 Año 2016 Nueva York

Pedir RANLE número 9












02 diciembre 2016

de vuelta al mar

Cuando salí de ti, a mí mismo
me prometí que volvería.
Era en otoño, y en otoño
llego, otra vez, a tus orillas.
( De entre tus ondas el otoño
nace más bello cada día. )

Y ahora que yo pensaba en ti
constantemente, que creía...

( Las montañas que te rodean
tienen hogueras encendidas.)

Y ahora que yo quería hablarte,
saturarme de tu alegría...

( Eres un pájaro de niebla
que picotea mis mejillas. )

Y ahora que yo quería darte
toda mi sangre, que quería...

(Qué bello, mar, morir en ti
cuando no pueda con mi vida.)



José Hierro, un fragmento de su poema “Llegada al mar”. Qué cosas, cuando leí ese fragmento, así tal cual, pensé que era él mismo un poema de amor. De amor a una persona. Yo era entonces un chavalito y desconocía el título y todo lo demás, bueno, ya se sabe… era en primavera, y en primavera…

El mar. Pienso ahora que no iba yo tan mal entonces. Hay personas así, como el mar. Personas con orillas, con playas a las que volver.

Junto a las olas, sentado en una roca, dejo nacer esta mañana de otoño tan quieta, tan luminosa. A veces el viento, pequeño como estas olas, se hace oír entre la sequedad de un cardo semienterrado en la arena de la playa.

Tierra adentro, sobre la marisma se arremolinan en el aire lo que parecen gaviotas. Sí, son gaviotas. Ahora llegan a mí camino del mar. Poco a poco, flotando en silencio. Algunas son jóvenes. Flotan, de verdad que flotan sin batir las alas ni una sola vez. Qué silencio. Azul. Qué azul el cielo.

Las gaviotas... recuerdo que me despertaba su risa mañanera… Del mar de mi mente al mar de tejados de aquella ciudad.

Recuerdo que aquella mañana Yuki temblaba. No había salido de debajo de la cama desde que llegamos la tarde anterior. Tenía miedo. Yo también. Un poco.

Yuki…

Volver a este mar. Saber que volvería. No lo sé...



Cruje entre los dedos, aún huele la hoja de laurel que la última marea semienterró en la arena.



Satie. Su Gymnopédie, la uno. No sé por qué me acuerdo ahora. Quizá porque tenía una versión en la que sonaba el rumor de las olas mientras comenzaban las primeras notas del piano. No sé dónde leí, creo, que fue Debussy, su amigo, quien reconoció en él su talento y le ayudó cuando nadie más abogaba por él.



Reconocer el mar. En los demás y en uno mismo. Hay personas que lo hacen fácil, que todo lo hacen fácil. Incluso lo más difícil. Sí, hay personas que son mar. Y a veces necesitamos que sean otros quienes descubran nuestro mar.



Y ahora que yo pensaba en ti
constantemente, que creía...



Te esperaba. Ahora lo sé. Creía que era yo. Pero no. Necesitaba que me descubrieras. Ahora que es el agua quien cuenta lo que pienso. Ahora que solo el viento puede decir mi verdadero nombre. Es ahora cuando me reconozco y te veo. Te veo tal y como siempre has sido. Y yo no me daba cuenta.



Y ahora que yo quería hablarte,
saturarme de tu alegría...



Todas las playas son esta playa. Todos nuestros momentos este. Y quería hablarte, quería decirte… pero no sé. No sé decir salvo que el cielo es claro y lleno de luz, que la mar vira desde el azul intenso del horizonte al turquesa claro cuando llega justo hasta aquí. Hasta el borde mismo de mis pies quietos.

Cuando salí de ti, cuando salí de ti… Era otoño y en otoño estoy aquí… de nuevo.



Hay días que parecen el primero de algo.

La quietud de un corazón que ha perdido peso. Que como una taza de té vacía se llena poco a poco con este momento. No hay palabras, no hay fotos. Nada. No tengo Nada. Todo se acabará y desaparecerá salvo lo que nunca he tenido. Este momento que no tengo, que me tiene y me sostiene.



Camino por la playa. Gritos de gansos salvajes. Cielo azul. Una flecha oscura se acerca desde mar adentro. Pasan sobre mí, sobre esta inmensa, vacía, playa vacía.



Sol de mediodía. Se adentra en el mar la mariposa que pasó junto a mí.












 El magnífico poema completo de José Hierro lo podéis leer en  "Tierra sin nosotros", publicado en 1947