Sirimiri, moras y castañas sobre una calzada, cuentan que romana, que subía y bajaba una montaña.
·
さて、どちらへ行かう風がふく
bien... ¿a dónde ir...?
...el viento sopla...
さて、どちらへ行かう風がふく
bien... ¿a dónde ir...?
...el viento sopla...
04 octubre 2015
23 septiembre 2015
23 junio 2015
Relente

Este es un poema que me encanta.
Porque es un poema de poemas, porque surgió con la belleza sencilla y elegante que a la naturaleza le da su espontaneidad, su sinceridad. Como las ramas de un árbol que crece. Libre, sin pretensión alguna. Sin más.
El relente, una foto tomada al azar y la luz de los amigos.
zumba un tábano
en la hierba espigada
el olor del relente.
en la hierba espigada
el olor del relente.
los grillos…
sólo caminar
al relente de la luna
Kotori
El relente...
Va llegando del campo
olor a estiércol
Gorka
Gira sin ruido
la falleba impregnada
de relente
Mavi
puerta entreabierta.
mientras meriendo
entra el relente
Elías
Atardeciendo,
el relente que cala
hasta los huesos
Marymontaña
Relente en los carrizos
Da el sol en el rabo
de una rata
Merce
Recién afeitado
el relente de la noche
por la ventana.
Barbarroja
En el balcón,
un pajarillo muerto
Cae el relente
JLVicent
cae el relente,
el cielo estrellado
sin luz de luna.
Hadaverde
La luna nueva.
El relente cubriendo
las mandarinas.
Hadaverde
amanece -
la sombra de una mano
sobre el relente
Mirta Lautaro
Se va alejando
el relente en las nubes...
la luna al alba
mai
tras los fuegos,
al relente de la luna
preparan el baile
Orzas
Cae el relente.
En el suelo del patio
la luna llena.
Hadaverde
Al relente,
se escucha un ladrido
allá a lo lejos
Gorka
cruzando el bosque,
el relente de la tarde
en la leña apilada
- estela
cae el relente
algún que otro relámpago
cerca del río.
Maria Dech
plancha fácil
el relente de la noche
sobre las sábanas.
Maria Dech
patio de tierra -
al relente la silla...
sin el abuelo
Mirta Lautaro
Noche sin brisa,
entre el relente el faro
bajo la luna
Ana Lilí Rodríguez Balladares
Canto del mochuelo.
Al relente de la noche
dos carreteros.
Alonso Salas
roca de mar;
en el relente brilla
la luna llena
Xaro La
La palmera quebrada
bajo el relente
el manjar blanco
Mavi/Raijo
Noche de Feria
Mientras cae el relente
bebo un mojito
Toñi
Suave se mece
al relente del alba...
el arrozal
Xaro La
por la cumbrera,
el tornasol del alba...
en el relente
Mirta
19 junio 2015
18 junio 2015
Monte Aá
Cuando salimos al campo ella lo primero que siempre me dice es "respira respira, ¿no te sientes más libre?". Ella nunca se extravía, sabe de lo bueno instintivamente. Parece construida de musgo y nube como todo esto.
Todo esto es el monte Aá. Curioso nombre sí. Será porque aparece de pronto entre las nubes, será porque tampoco tienes mucho más que decir cuando el verdor de las hayas, los robles, los acebos o la hiedra lo cubre todo. Porque el musgo amortigua toda palabra en su verdor de lluvia.
El camino asciendo cruzando ríos y arroyos, una, dos, tres, quién sabe cuántas veces....jalonado por árboles singulares, algunos con nombre propio, como las milenarias secuoyas de California, El Mellizo, El Belén... Robles centenarios ante los que solo cabe guardar silencio y hacer una reverencia. Algunos, vaciados en parte por el rayo, acogerían nuestros pequeños cuerpos con holgura y olor a lluvia.
Un arrendajo cruza el camino en silencio. Después lo vuelve a cruzar en sentido contrario. Algo dice... Los limacos apuran bocados blandos en las flores y un mirlo alborota en alguna parte, desintegrándose entre la fronda. Oscuros, inquietos, algunos renacuajos cosquillean en los bordes del pilón de una fuente, después en sus manos. El canto de una curruca se deshilacha entre los líquenes que cuelgan de las ramas. Las flores callan, sostienen gotas de lluvia que brillan sin más.
En un recodo del camino comemos el bocata sobre una piedra entre chaparrón y chaparrón. El sirimiri apenas se percibe bajo el dosel vivo de los árboles. Una oruga casi fosforescente se mueve tan lentamente que no se mueve. Su quietud es verde y luminosa. Alimenta.
A veces sol, a veces lluvia. A veces el pájaro y su trino, a veces silencio y nuestros pasos. Los árboles son sustituidos por brezos y el sendero se embarra bajo las grandes rocas de la cresta de la montaña. Abajo, el valle cubierto de bosque absorbe jirones de nube. La ladera contraria luce verde al sol de la tarde. En la altura de un collado un potrillo pace junto a su madre a la luz difusa de un sol que no se ve. De pronto desaparecen junto al prado y la montaña.
La cumbre es niebla. Solo eso. Las nubes llegan del noroeste y cruzan la vertiente atravesándonos. Envueltos en ella reímos y respiramos. Qué hondo el ligero peso de las nubes. Qué blanco el sabor de la libertad.
Poco a poco la niebla desciende por el brezal de la ladera, hacia el lugar donde comienza a cantar un grillo.
de vuelta a casa,
apoyadas junto al puente
dos varas de avellano



09 junio 2015
Hasta siempre Herr Playmobil
Como si hubiese muerto un abuelito, otro, de esos que te regalan justo el juguete que estabas esperando.
Gracias a él recuerdo mi infancia teñida de un hermoso color azul, azul playmobil, extendida sobre mundos a los que solo mi imaginación y la de mi hermano teníamos acceso. Las horas que pasaríamos saliendo a navegar en el barco pirata (también sin lugar a dudas mi juguete preferido of course) sorteando bajíos de parqué, desembarcando en playas de alfombra o escalando las mesas camilla que se precipitaban en formidables acantilados sobre el mar. El mar azul playmobil.
Gracias Herr Playmobil. De verdad que tiene que ser muy hermoso legar al mundo millones de pequeñas sonrisas imperturbables. Sonrisas sencillas en diminutos rostros como dibujados por un niño que también ríe. Sí, debe ser muy hermoso construir la posibilidad, la sencillez, para que los niños rían.
Mi corazón aún sonríe, quietamente y en silencio, como entonces.
Gracias abuelito. Hasta siempre.
18 mayo 2015
Chauvet. El corazón de la montaña.
Me encuentro justo en el borde
de 32000 años. Hace más de 32000 años alguien, en la profundidad de una cueva, colocó un cráneo de oso sobre una roca. Aún
sigue allí.
En el anuncio que vi a cuenta
de eso del fin de semana de los museos decía algo así como que el Investigador y artista plástico, Gilles Tosello, disertará
sobre 'La cueva Chauvet: Arte Prehistórico para el siglo XXI'. Gilles Tosello
es investigador asociado al laboratorio TRACES - Centre de Recherche et d'Etude
pour l'Art Préhistorique (Centre Cartailhac), en Toulouse, Francia. Y ameno, simpático y cercano tipo, añado yo.
Hablando un español esforzado que uno tiene casi que completar en cada frase.
Apenas
veinte personas en una sala pequeña, a la luz tenue de las diapositivas. De la
oscuridad de la sala a la oscuridad de la cueva. Alguna tos, algún murmullo
inoportuno. Me acerco, lo que puedo, nada, estirándome en la butaca hacia la
luz de las fotos, hacia la oscuridad profunda de esa montaña.
Chauvet.
Quizá junto con Lascaux, más al oeste, formen el sumun del arte paleolítico en el sur
de Francia. La más antigua de Europa con esa calidad y profusión de paneles y
representaciones de animales. Más de 32000 años. En realidad, para nuestro
efímero sistema mental, es casi imposible digerir y procesar esas montañas de años. Bueno, las montañas en
general.
En
el corazón de la montaña, en su vientre calizo, como uno de esos tesoros míticos
guardado por los enanos, habitan todavía manadas de caballos salvajes y rinocerontes lanudos (parece el nombre un
peluche, pero no), de uros y bisontes
acechados por leones de las cavernas. Y manos humanas. Silueteadas o formando
ellas mismas siluetas de animales. En esa cueva, en esa cueva que es hermosa en
sí misma, plagada de estalagmitas y estalactitas, y formaciones minerales de
colores.
Uno,
como las montañas, tampoco puede procesar ni digerir una naturaleza formidable
en la que uno es uno más. Qué sentirían aquellos que fuimos ante tal despliegue
de fuerza, de misterio y belleza. ¿Pintarían en la oscuridad para representar
aquello que no comprendes? O para simplemente presentar, como nosotros con los
haikus, un mundo que te avasalla por todos los lados. Que te avasalla hasta que
te rindes a sus pies de aire, de agua y caliza.
Pies.
Todavía allí, las pisadas de los osos y los leones. De un humano. Solo uno.
Sobre el barro todavía húmedo. Qué humedad esa de milenios. Un barro tan
delicado que ya no lo pisamos. Nosotros, tan efímeros, podemos destruir con
nuestra mera presencia, sin ni siquiera darnos cuenta, lo que miles de años de soledad han guardado
sin más.
Tosello
explica la ingente labor de recrear la cueva original, no visitable, en otra
construida artificial construida cerca. Cada roca, cada marca, estalagmita y
estalactita. Cada pintura. Me recordaba a la Neocueva aquí junto a Altamira. Pero
a lo grande. Al hombre se le nota el entusiasmo en cada frase. Explica
profundamente pero sin tecnicismos toda la labor llevada a cabo. Todo el
detalle casi obsesivo en cada trazo. El orden en el que fueron pintados los
paneles, las técnicas con los carbones vegetales de pino negro (lo recuerdo
porque inmediata e irremediablemente volé con mi imaginación a los pinos negros,
magníficos, entre la nieve de las montañas de mi tierra, qué cosa la mente, efímera
o no). Explicó cómo el propio proceso de recreación propició la investigación,
el descubrimiento, por esa exigencia en el detalle, en la observación.
Yo
no sé, pero mi mente otra vez, qué volandera, será por la oscuridad, aterrizó
esta vez en el haiku. Pensé en la misma exigencia en el detalle y la
observación. En la inexcusable presencia. Cómo el escribir haiku, presentando
el mundo, nos hace presentes sin paliativos. En la obligación del trazo puro,
preciso, como la silueta de un pino negro sobre la nieve.
Uno
de los paneles, le llaman el de los leones, representa a un grupo de bisontes
que huyen del acecho de una manada de leones. Es una escena de caza y se nota
que el autor se ha esforzado en presentar todo el movimiento y tensión del momento.
Aprovechando las formas de la propia
roca esos bisontes trazan una curva en su huida y parecen salir de la pared en
dirección al espectador, a nosotros. Nosotros, que miramos a los leones, que miran a los bisontes que nos
miran. No pude por menos que imaginar a ese hombre allí pintando a la luz de un
pequeño fuego, en el oscuro corazón de la montaña, esa escena. Sentí un escalofrío.
El mundo nos está mirando. No deja nunca de observarnos mientras nosotros los
contemplamos.
Al
salir del museo, a la luz aún tibia de la tarde, un sopetón de ruidos olores trajines.
Gente de compras o junto a los escaparates, adolescentes pegados a sus móviles,
vociferios de la campaña electoral, terrazas, bares con gente dentro y gente
fuera. Gente y más gente. Y las cosas de la gente. Todavía con el corazón a media
luz no podía dejar de pensar en osos caminando a tientas, puliendo las paredes
al pasar rozándolas una y otra vez a lo largo de los años, en la oscuridad de la cueva. En el ser humano que trazó con su dedo la
silueta de un búho sobre el barro. Hubiese dado 32000 años de mi vida por haber
podido conocerle. Y trazar siluetas sobre el barro o la arena mojada de una playa.
Y dejar la concha vacía de un caracol marino sobre una roca. Y que allí
siguiera, sin más, miles de años después.
Es
curioso, pero pocas veces me he sentido tan cercano a mis congéneres como al salir
la otra tarde del museo. Huellas en el barro o sobre una pantalla de móvil. Un
boli o el carbón vegetal de un pino negro. Dedos manos pies pasos… Por un momento no supe si caminaba hacia mi
casa o hacia el profundo y oscuro corazón de la montaña. No supe si era yo
quien miraba este mundo formidable o era él quien me observaba a mí, justo aquí,
al borde de 32000 años.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)









































































