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さて、どちらへ行かう風がふく

bien... ¿a dónde ir...?
...el viento
sopla...


11 diciembre 2020

"Dos metros de distancia” Diario de experiencias del confinamiento por la pandemia de la Covid-19

 



Este libro es uno de esos milagros que a veces surgen de forma espontánea, como las estrellas. Se desarrolló en el confinamiento; bueno, era un germen de sesiones Skype, wasaps de apoyo y momentos entrañables, tan necesarios durante esos días. Amigos de verdad separados tras una pantalla, a dos metros de distancia o incluso más pero cercanos... muy cercanos. Empezamos a escribir haikus, haibun, poemas y relatos y a compartirlos en esas sesiones en las que nos veíamos las caras a través de las pantallas. Y surgió este libro, ahora una realidad. 

Hace tres días han llegado estas cajas a mi casa, apenas me ha dado tiempo a hacerles una foto para compartirlas por aquí porque ya están casi vacías; los amigos (a dos metros de distancia o incluso más... pero qué cerca, qué cerca) nos han comprado los libros que se donan íntegramente al Banco de Alimentos. Este pequeño grupo que se inició en los cursos de haiku y naturaleza de la UP, con José Fajardo ha seguido unido y esta es nuestra pequeña contribución en estos duros tiempos. 

En este libro escriben: María Vicent, Carmen Sánchez, Isabel Rubio, Jesús Roldán (que también ha hecho las ilustraciones), Eduardo Moreno Alarcón (prologuista y autor), Juan Lorenzo Collado Gómez, Josefina López, Emma González, José Manuel Cuenca, Nuria Alonso (autora también del glosario de la pandemia) y Antonia Alcalá. Además le hemos pedido una colaboración a Frutos Soriano (que nos ha corregido los haikus con sus siempre sabios consejos), Javier Sancho, Enrique Linares, Ángel Aguilar y Momiji. El epílogo es de José Fajardo, nuestro profesor de botánica, a quien le tenemos tanto cariño y respeto.


El precio es de 10 euros, que será donado al Banco de Alimentos.


-Toñi Sánchez verdejo-



-“Dos metros de distancia” Diario de experiencias del confinamiento por la pandemia de la Covid-19. Editorial Tragayines. 2020



13 noviembre 2020

la profundidad del otoño

 El milano real da dos vueltas a baja altura sobre el río y después se acerca hacia donde estoy sentado. No me atrevo ni a masticar un cacahuete más. Ni a respirar. Remonta la quebrada haciendo espirales. 


Mueve apenas las alas, la cola. Parece apoyarse en el aire.

Por un momento pienso que no me ve. Por un momento pienso que podría estirar el brazo y tocarlo.

Vuelve hacia el río quebrada abajo. Desaparece tras un cerro.


El silencio es total. Perfecto.



Caminar hasta perder lo senderos. Entre los rebollos y los pinos. Los robles, los serbales, los árboles, los troncos desnudos y las hojas verdes y amarillas. Y las espinas y las bayas rojas. Y lo que ya no sé nombrar.

Caminar hasta perder las palabras.

Los colores de la mañana. El aire. La luz del otoño.

彼一語我一語秋深みかも
kare ichigo, ware ichigo… aki fukami kamo

una palabra, otra, él, yo... ¿será esta la profundidad del otoño….?

Recuerdo, improviso, siguiendo la rama del roble que casi horizontal se extiende sobre el sendero.

Si un amigo estuviese aquí no sé qué le diría. Nada. Ni una palabra. Ni otra. Nada haría falta. Quizá esté. Ese amigo y aquel otro. Quizá estén todos aquí. Y yo no los oigo. O sí. Porque callan.

Porque se apoyan en el aire, sí, eso parece, eso siento.

En la profundidad del otoño que se extiende, casi horizontal, señalando todos los caminos. Ninguno. Hasta casi tocar el aire.

Seguiría caminando. Seguiría sin más. Espirales en el aire, lo que fui, aquello que salió del agua y vuelve a ella. Sin saber. Perfecto silencio.

En el musgo humedezco las manos que movieron aquella piedra.

Campo a través, boñigas de ciervo señalan la ruta.

Volver. A dónde. De dónde. Estirar el brazo y tocar…

A veces no me atrevo ni a respirar.

Cuesta arriba, en el horizonte blanquecino siluetas de gente buscando setas.











02 noviembre 2020

La noche y el día: Una fila de hormigas sobre la hierba

 

“El silencio interior es esencial para poder oír la llamada de la belleza y responder a ella. Si en nuestro interior no hay silencio -si nuestra mente, nuestro cuerpo, están llenos de ruido- no oiremos la llamada de la belleza”

Silencio. El poder de la quietud en un mundo ruidoso. Thich Nhat Hanh





La noche y el día: Una fila de hormigas sobre la hierba



Mi enorme gratitud a Enrique Linares, Carmen Sánchez Requena, Nicolás Trujillo y todos los demás que han hecho posible este vídeo. Por su magnífico trabajo, por su generosidad, también por su cariño, sobre todo por eso.





26 agosto 2020

la gente de las colinas

 






El cometa que no vimos. Las luciérnagas que sí. Tres. Mágicas.

Qué cansancio de repente. Un pájaro canta en alguna parte. Trinos que entran por la ventana abierta del norte y atraviesan toda la casa. Todo lo que hay en ella.

De repente se ha ido el sol. El viento parece venir del oeste, no sé a dónde va.

Anoche el viento era tan tibio, las estrellas tan brillantes. Pequeñas. Apareciendo poco a poco en el cielo sobre el mar. Como luciérnagas que se encienden de pronto entre lo más oscuro del bosque.

En el sendero de “la gente de las colinas”.

Cuando era niño pensaba que yo era uno de ellos. De ellas. Shide. Que como cuentan las leyendas “la buena gente” habían pegado el cambiazo en mi casa y a mí me habían dejado en el lugar del verdadero hijo de mis padres.

Creo que de niño leía demasiados cuentos de hadas….

Creo que ahora recuerdo demasiado.

A través de los viejos prismáticos de mi padre, el de verdad o el imaginario, vemos la vela de un velero solitario. La línea del horizonte separa el cielo del mar, justo ahora, la noche del día, la oscuridad de la claridad que se va. Qué solitario. Sí. Sus lucecitas en mitad de tanta poca luz. La silueta de su vela. Brilla. Es lo único que brilla, además de todo este silencio haciéndose noche.

Neowise. Seis mil años, más o menos, dicen que tarda en darse una vuelta por aquí.

Un cometa, una luciérnaga, la gente de las colinas… El brillo que se escapa tras las nubes o frente a las palabras. Esas cosas que están delante de mí y no puedo verlas. Ni nombrarlas.

Que nunca serán mías.

No sé qué estaba haciendo, o diciendo, cuando el petirrojo cantó una vez y volvió a la espesura.

El otro día.

Otro “otro día”.

En la marisma del oeste. Cuando caía la tarde. Tras el sirimiri. No sé de dónde venía el viento, no sé cuántas cosas atravesaron entonces los cantos de los pájaros.

No puedo decir nada sobre el cangrejo que atravesó el sendero cuando volvíamos a casa ya de noche. No se me ocurre nada acerca de la pareja de cisnes que se acercó a nosotros en la laguna, no sé por qué. Casi salía la luna, pero todavía no.

No sé cómo habla la gente las colinas. Quizá como yo.

Sin decir nada.

Desde el molino de marea miramos sin decir nada el karramarro gordo que no se mueve.

Ella, yo. Nadie hay aquí.

La luna llena, tan redonda, casi. Cómo brilla.




con un paraguas,
los niños casi alcanzan
la mora negra









02 agosto 2020

wanderlust

 







Creo que pocas cosas me parecen tan elegantes como alguien caminando con una mochila.

Esta mañana, a pesar del sirimiri, algún peregrino recorría la playa. “Para aquellos que pasan la vida a lomos de un caballo o en un barco, la vida es viaje”. O algo así decía Bashô.

Yo de niño construía barcos de madera a escala. Y leía novelas de piratas. Me encantaban los barcos. A lo mejor intuía lo que decía Bashô. No sé.

Ahora vivo tierra adentro y trabajo en algo tan rutinario como la arena. No lo había imaginado así la verdad.

Ahora, cuando vuelvo aquí, miro barcos con los prismáticos, a veces, y consulto el Vessel Finder. Puedo pasar horas mirando el mar o el infinito. Esperando que algún barco pase lejos, o sin más, esperando.

Siempre queda, siempre queda. 


“Después de todo, mi camino no es más que el camino de seguir mi estupidez hasta el final". Este es Santôka. Desde que leí su Sendas de Oku, hace ya muchos años, yo anhelaba ser Bashô, pero en realidad, sin saber, me parecía mucho más a Santôka. 

Algo intuía, supongo, cuando anduve por Mitori Kannon-do y por Yunohira aquel año hermoso de vagabundeo por Japón. 


“Mojado por el rocío
Voy en la dirección que quiero”



En esto no me parezco. En esto no... 


Me tomo una cervecilla en casa mientras espero. Chauvito, el playmobil de la serie prehistoria que un amigo me regaló, me mira. Como solo él sabe mirar. Al infinito. Elegantemente. 
Wanderlust. Seguro. Los hijos de la Edad de los renos nos parecemos todos. Esperamos. Siempre. A veces sin saber qué. 

Extraño, es extraño todo esto. Pensar incesantemente en lo que es y sobre todo en lo que no es. En lo que nunca ha dejado de ser. Sin encontrar mi lugar. Siguiendo mi estupidez. Calado hasta los huesos y con ganas de quitarme el chubasquero.



vuelve a llover 
la gata tricolor persigue algo 
al borde la playa







30 julio 2020

unas gotas solo

 





En la encrucijada. ¿Escogeré la luz? ¿La sombra? Nunca lo sabré, hasta no llegar al umbral.

Tan fácil sería… con Chame, disolviéndome en la Edad de los renos.

Y sin embargo las flores acaban transparentando el infierno que hay debajo.



Siesta bajo los sicomoros

Detrás el cielo que no sé cuándo cambió de color



En la playa las nubes no sé si van o vienen. Calor. Parece que llueve tan lejos que no puedo imaginarlo.

Una comunión con la gente que va más allá de las palabras y la especie. De los espejismos. Caracoles, hormigas, charranes, erizos. Ellos están aquí, en mi hogar. Justo en el atrio de mi cueva.



Es como si empezara a llover pero no.

Unas gotas solo, apenas agua, apenas aire.




29 julio 2020

俳句 azucenas marinas

 







No sabía si apuntarlo en Ritos y ceremonias o en Descubrimientos y revelaciones. Las dos cosas supongo. Hubo un tiempo que venir aquí era un rito. Mirar con los prismáticos los barcos una revelación.

El Fulmar Baltic, tank ship.
Repasando el horizonte buscando al Guk, tipo desconocido. Vessel Finder dixit. No veo… hay algo de calima...

Se está bien aquí. Shinjimei. Ima dake.

 



junto al sendero, 
recojo un manojo de azucenas 
que alguien cortó 





25 julio 2020

Buscando senderos


 



Buscando senderos al caer la tarde. A un lado su reflejo en el agua dejada por la marea. Al otro la montaña atravesada por el canto de los grillos y las criaturas invisibles de la noche.
 La luna creciente, un cometa por aparecer.

Colores que se escapan a toda mirada que no sea sincera.