·

さて、どちらへ行かう風がふく

bien... ¿a dónde ir...?
...el viento
sopla...


03 diciembre 2014

Rakushisha




Un caqui. No es una fruta que frecuente, la verdad. Ella sí. De hecho este bichín lo compró ella. Ella los come y yo los relato. Para mí el caqui sabe a haiku. Me basta evocar su nombre y una especie de nostalgia del provenir endulza mi paladar.

Rakushisha. La cabaña de los caquis caídos. Literalmente. Hace años, ya muchos, leí por primera vez “Una vuelta por mi cárcel”, el inconcluso relato de viajes y reflexiones que Marguerite Yourcenar escribiera allá por los años ochenta. De Japón a Canadá o Alaska, o incluso de crucero por las Hawaii. Me impresionó recuerdo el comienzo, el primer relato, Bashô va de camino, con la traducción del francés, en las notas, de los primeros párrafos de Sendas de Oku. Qué belleza. Sigue siendo mi favorita. En ese mismo relato Marguerite nos lleva de su mano erudita, comparando Constantinopla con Kyoto, o haciendo digresiones sobre historia o teoría literaria, hasta esa casita donde se alojó el maestro.

El propio Bashô nos cuenta: “El refugio de mi discípulo Kyorai se encuentra entre los bosquecillos de bambúes de Shima Saga, no lejos del monte Arashi y del río Oi. Envuelto en un silencio sigiloso, es un lugar ideal para la meditación. Mi amigo Kyorai es tan indolente que deja crecer las altas hierbas hasta que llegan a tapar sus ventanas, y las ramas cargadas de caqui hasta que pesan en exceso sobre su tejado. Son numerosos los agujeros en la cubierta de paja, y las lluvias de mayo llenan las esteras de moho hasta el punto de que uno no sabe muy bien dónde acostarse...”

Qué grande Kyorai. He conocido en mi vida algún Kyorai que otro. Corazones de oro flotando en un casi permanente estado de indolencia tranquila y contagiosa. Buena gente. Pueden habitar los bosquecillos de bambú de las afueras de Kyoto o la camaradería sana y luminosa de un viejo compañero de clase. Su casa será siempre tu casa. Con lo que tenga. Agujeros en el tejado o todo el cielo de julio. 

Ya del carácter de este Kyorai, el haijin discípulo de Bashô, se hace uno a la idea al conocer la anécdota que le da nombre a la cabaña. Por lo visto el bueno de Kyorai vendió su “cosecha” de caquis a un comerciante local a la vista de sus árboles. Debía ser como se hacía en la época. El comerciante viendo los árboles pagó un precio y quedó en volver a la mañana siguiente a recogerlos. Esa noche un temporal desparramó todos los caquis por el suelo. A la mañana siguiente el comerciante, sin salir de asombro, confesó no haber visto cosa igual en su vida. Exigió la devolución de su dinero y Kyorai accedió. Claro. No puedo por menos que imaginar el asombro de ese comerciante, bueno, los asombros, el primero al ver el desaguisado aquel, y el segundo al comprobar como Kyorai le devolvía sin rechistar hasta la última moneda. Imagino además a Kyorai, el indolente, encogiéndose de hombros y con una sonrisa decir: “qué le vamos a hacer, cosa de los kami, otra vez será…”

Rakushisha. Y conversaciones de rakushisha. Sospecho yo que más allá de discípulo era Kyorai sobre todo amigo de Bashô. Las charlas que te puedes pegar con un amigo indolente y generoso en un lugar como esa cabaña. De lo divino y de lo humano, de lo ni humano ni divino. Hasta que las hierbas altas cubran las ventanas y los caquis maduros rueden desprendidos por el tejado hasta el suelo.

 No sé dónde oí o leí una vez que venimos a este mundo para hacer amigos. Luego, ya si eso, haikus. Añado yo. 

Marguerite, qué buena amiga hubiese sido por cierto, cierra el relato con su acostumbrada elegancia: “En el umbral de la casita de los caqui caídos en el suelo, Bashô escucha el desagüe de una rústica pompa, cuyo chorro intermitente se ve acompasado por el ruido seco de dos conductos de bambú unidos uno al otro; los frutos se estrellan contra el suelo, demasiado abundantes para ser recogidos. ¿Estará pensando Bashô que la ruta de montaña, la que va desde Kyoto a Osaka, es muy empinada, y que sus pasos ya no son tan seguros como antaño?¿Sería aquí —al recibir dentro de sí avisos de mortalidad— donde compuso este haiku que tal vez sea su más bello poema?”



Su muerte próxima
Nada la hace prever
En el canto de la cigarra.


Miro el caqui, este rutilante caqui que no comeré sino en forma de haiku, y no me apetece pensar ahora en las fatigas de este camino que a todos nos aguarda. De un bocado prefiero evocar el indolente far niente de una cándida adolescencia recuperada de pronto al compás sosegado de una conversación. Solo contemplar el perezoso crecimiento de la hierba, la geometría inesperada del movimiento de los astros. 

Amigo Kyorai, quien quiera que seas, donde quiera que estés, qué afortunado soy por haberte conocido, es un verdadero placer verdadero poder compartir contigo este momento, cuando quiera que sea o haya sido, contemplar todas estas cosas, yendo de camino.

Una rakushisha sin agujeros en la cubierta es la que habitas y compartes. Limpia, hermosa, atravesada por la luz de ventana a ventana. Porque en un corazón generoso es imposible que se adhiera cualquier clase de moho. El albergue donde lo único que cae a tierra es la nostalgia transparente donde descansar sin más, donde contemplar en sigiloso silencio, con la indolencia de una sonrisa, las montañas, los árboles, o el mar… 




柿主や梢近き 小倉山

dueño de los caquis,
cercanas al Monte Ogura
las copas de los árboles

                                          (Kyorai)



luna del atardecer,
mi amigo orina
al borde las olas

                                                        (uno que miraba un caqui) 




 

  





  





01 diciembre 2014

Nahanni


¿Y toda está blancura? Ahora, de pronto, justo al borde de la noche, te encuentro. Me encuentras. ¿Cuánto tiempo ha pasado? Dos mil años durmiendo en el interior de una cueva de hielo. La extraña blancura de nuestros huesos se encuentra de nuevo, como entonces, justo al borde la navidad…

¿Por qué hoy he buscado aquel entonces? Ni sabía cómo se titulaba aquel episodio de la mítica serie “El hombre y la tierra”, hubo un tiempo que incluso dudé de que existiera, pero uno que es como es, que va y viene y busca y rebusca un poco por intuición… hete aquí.

Qué  pretenderé yo encontrar, de verdad, entre los farallones del río Nahanni. ¿Nostalgia, melancolía? ¿esa dulce tristeza de una infancia dejada corriente abajo? ¿la blancura de algo que se intuye sin saber? Blancura… si algo recuerdo de aquella noche, frente a la tele, es la blancura de aquellos muflones de dall corriendo en fila por una ladera de pendiente imposible. Aquella delgada línea blanca serpenteando por un paisaje prodigioso (“farallones de dimensiones cósmicas” dice el amigo Félix con su florida retórica que nos embelesaba a todos los niños de entonces) siguió deambulando por mi alma, haciéndose y deshaciéndose como nieve de Urbión, durante años. El muflón de dall pasó a ser para mí una criatura mítica que, en los tiempos en que a internet ni se le imaginaba, incluso dudé que existiera. La gruta Valeria, el río Nahanni… desaparecieron de mi recuerdo como la última nieve de primavera. En un recodo cualquiera del camino miras atrás y ya no está.

Me ha costado un poco ponerme a ver el capítulo, lo confieso. Tenía miedo. Ni quince baterías de camión y no sé cuántos cuarzos (qué cosas las de entonces usaban los exploradores aquellos) hubiesen podido reiluminarme si mi recuerdo se queda a oscuras y helado de pronto. Uno a estas alturas ya sabe que incluso el más transparente de los ríos se enturbia cuando pretendemos volver a él y que la blancura de la nieve, como el verdor de las hojas, amarillea con el tiempo. O desaparece.


Jo. Qué cosas. Ahora recuerdo que yo volvía de una función de teatro del cole. Un belén. Y yo hacía de San José, con texto y todo. La mente tiene cosas que a uno le dejan en blanco. Literalmente. 

Quizá lo vi ya empezado y  por eso no recordaba que dos tercios del capítulo es el making off del propio reportaje. O quizá mi mente de figurita de belén simplemente se quedó con lo que quiso. Esa delgada línea blanca serpenteando por los farallones cósmicos….

Sin saberlo, uno habita la blancura de todo lo que nos ha traído hasta aquí. Con la pereza lenta y silenciosa de un glaciar que se desliza valle abajo, imperceptiblemente, brillando, mientras ya se derrite.

Nube de huesos… hecho de todos estos “entonces”, me siento a veces tan extraño…


¿Cuánto tiempo ha pasado? Cuánto tiempo mi querido Félix, cuántas laderas y cavernas mi misterioso muflón de dall, cuántos rápidos y remansos mi amado y reencontrado río Nahanni. Si alguna vez me pierdo, perdido de verdad, que busquen mis huesos blancos bajo el antediluviano hielo fosilizado de la gruta Valeria o correteando ajeno a la gravedad por las pendientes imposibles del Nahanni. Perdido, de verdad perdido, en toda esta blancura.