Era ya un perro viejo. Un viejo mastín que siempre tuvo problemas de oído, qué pobre, que se acercaba bonachón a la puerta de la granja moviendo despacito la cola. Yo lo vi en alguna ocasión. Y él me miró también, con sus ojos tranquilos.
Era un perro viejo de esos que yo diría tiene cara de buena persona. Un viejo peludo que dormía sobre la nieve como si tal cosa.
Una mañana, este invierno, estaba tumbado en su rincón de siempre sin atender a las llamadas. Viejo mastín, buena gente…
Su madre está enterrada desde hace ya años en el terreno de la propia granja. Lo llevaron allí. Al mismo lugar. Y allí, justo allí, estaba sobre la nieve el rastro de que alguien había escarbado sobre la nieve, un poco solo, lo suficiente apenas para dejar al descubierto la tierra entre la nieve, casi como una caricia.
Solo pudo ser él. Solo pudo ser esa misma noche puesto que había nevado el día anterior.
Qué cosas. Qué cosas tienen los animales dijimos mientras comíamos y nos contaron la historia, la triste noticia de la muerte de Fuco. Ahí mismo, en el pueblo de la sierra, junto a la granja. Esta misma semana.
Qué cosas. Qué cosas tienen los animales…
Esa misma mañana yo había estado en el cementerio. En la ciudad. El frío era tan intenso que ni siquiera me quité los mitones cuando me puse a arreglar las flores. ¿Qué decir? Qué decir cuando apenas piensas en nada…. Que cómo pasa el tiempo piensas para ti. Que a lo mejor las margaritas quedan mejor sobre las rosas, o no, las caléndulas. En las buenas personas, en ellos, en la buena gente…
Mientras hablábamos en la comida del viejo mastín me vi a mí mismo aquella misma mañana rascando con la uñas los restos de la etiqueta del tiesto. Estaban muy pegados y tuve que rascar y rascar. Me levantaba, miraba, nada, seguía sucio, me volvía a acuclillar y seguía rascando. Una breve cellisca vino, y se fue, mientras yo seguía encogido con mi abrigo y mi capucha.
Por la noche, mientras no dormía, no podía dejar de pensar en el viejo mastín escarbando suavemente sobre la nieve. No sabemos nada. No tenemos la más mínima idea de lo que nos rodea. Toda nuestra vanidad no sirve de nada ante el misterio de un perro escarbando en la vieja tumba de su madre. Recordé de pronto el poema medieval con el que comencé este blog:
Murieron los hombres, y murieron las bestias,
y a los dos se les ofreció lo mismo:
es la misma muerte la que se los lleva,
y no se encarnan más que una vez.
Y es siempre igual:
la única diferencia es que el hombre es más ingenioso.
¿Quién puede decir que su alma vuela al cielo,
y la de las bestias se disuelve?
¿Qué sabe nadie de los pensamientos de las bestias,
o cómo rezan invocando a quién las creó,
sino Dios sólo, que conoce su lengua?
No sé por qué comencé con el anónimo autor del siglo XIII que escribió en el Manuscrito Vernon. Comencé a escribir este blog, y todos los demás, solo por escribir, como terapia, literalmente. Quizá resonó en mí entonces lo mismo que el otro día, escuchando la historia del viejo Fuco. Algo misterioso, sobrecogedor.
Esta mañana, mientras escuchaba música, miraba desde la ventana la nieve sobre las montañas. No lejos de la ciudad, otra ciudad. Lejos ya de la granja, del monte. No sé por qué pero al escuchar esta melodía de Milladoiro, “Invernia”, he vuelto a pensar en Fuco, en mí, en la nieve de marzo, al borde la primavera... en alguien que escarba sobre la nieve, un poco solo, lo suficiente apenas para dejar al descubierto la tierra entre la nieve, casi como una caricia…
Lo mismo se nos ofrece y lo mismo podemos ofrecer. Nada sabemos de los pensamientos de las bestias, o cómo rezan invocando a quién las creó. A quien nos creó. Quién nos creó... Condenados a perder a quienes nos crearon. Condenados a escarbar en la blanca realidad del mundo que nos separó de ellos. A buscar. A buscar…
Tú, Tú que conoces la lengua de las bestias y de todas las cosas ¿estás ahí? ¿aguardando bajo la nieve la invocación de unas manos desnudas que te buscan en la tierra? casi como una caricia…
Las hormigas en fila
suben por una hoja de hierba...
y en seguida bajan
Hablar sobre el silencio… Qué tesitura. Imagino a la niña japonesa de seis años que escribió ese haiku sonreír.
Yo podría decir muchas cosas sobre el silencio (eso iba a decir)…. Pero no, en realidad no. La verdad es que sólo podría repetir muchas palabras que oí sobre el silencio. Palabras… palabras que vienen y van una y otra vez. Como las hormigas…
El silencio... Un niño mirando una fila de hormigas en la hierba. Quizá el silencio sea eso.
Y una sonrisa. Yo mismo sonreí cuando leí ese haiku. Ese silencio. Si el silencio puede decirse es así. Sin palabras. De verdad sin palabras. Nombrando lo obvio. Lo que está ahí, a nuestro alcance. Tan a nuestro alcance que no lo alcanzamos.
Cuando leo ese haiku siempre, siempre, imagino a esa niña acuclillada, como una ranita, como sólo saben hacer los niños, contemplando en silencio como la fila de hormigas sube y baja por una hoja de hierba.
Una hoja de hierba. Unas hormigas. Y un niño que mira. Eso es el mundo. Eso es el silencio.
Como se ven las cosas por primera vez.
Como lo habré visto mil veces. Como ya no lo veo.
Yo quisiera ser capaz de ver siempre por primera vez una fila de hormigas que sube y baja por una hoja de hierba.
Entonces sonreiría. Entonces sería yo.
Yo, pobre yo, lo reconozco, no soy capaz de guardar silencio. De dar voz, callada, a ese niño que, dicen, llevo dentro. De ver.
El niño que llevamos dentro… ¿de verdad llevamos un niño dentro? ¿O acarreamos el recuerdo de un niño? Aquel niño…
Quién fui... Quién soy...
¿De verdad hubo un día en que contemplé en silencio, con todo el silencio de mi alma, cómo una fila de hormigas subía y bajaba por una hoja de hierba?
A veces lo dudo. A veces me parece que si fue, fue sólo un sueño.
Lo sé. Sé que las hormigas siguen ahí, subiendo y bajando por las hojas de hierba, como siempre. Pero ya no las veo. Ya no soy capaz. Ya mi silencio está preñado de palabras.
Palabras que a veces, oh iluso, pretenden nombrar el silencio.
Sí… yo quisiera contemplar el mundo tumbado sobre la hierba… Sin palabras. De verdad sin palabras. Cuántas cosas podría yo decir sin decir de verdad nada… hasta el silencio… Qué pretencioso… Qué inocente…
Qué diferente debe sonar el mundo desde la sonrisa de un niño. A ras de suelo. A la altura de las hormigas que no dicen nada. Qué tontería querer llenar una hoja de hierba con nuestra filosofía. Se doblaría. Claro. Como las hormigas. Se cansarían. Dejarían todas nuestras palabas en cualquier parte. Porque pesan. Sí. En realidad, cómo pesan…
Cómo pesa todo lo que no somos. Buf. Cómo nos pesa, y cómo atruena, todo lo que olvidamos contemplar. Lo que dejamos al otro lado de nuestra sonrisa.
Aquel silencio… aquel silencio… a veces… sólo a veces… qué milagro que no sabría decir… me encuentro otra vez con el silencio. Con aquel silencio. Con el momento en que veo.
Es el silencio el que me sorprende. Qué cosas. Cuando no me lo espero. A lo mejor cuando estoy pensando en cosas muy importante que no tienen nada que ver con hormigas ni con hojas de hierba, claro. Justo entonces me llama.
El silencio del mundo. Que me contempla a mí. Como una hormiga cualquiera que va y viene sobre la hierba.
Me llama aquel silencio. Y sí. Entonces me acuerdo. Me acuerdo de cuando yo contemplaba el mundo también así… A ras de suelo. En cuclillas, como una pequeña rana, contemplando las cosas, todas. Con la humildad y la confianza de un niño que no sabe de humildad ni de confianza. Desde la pureza de mi silencio.
Y con aquel silencio vuelvo a ver la naturaleza de las cosas. De las cosas sin importancia. A las hormigas que van y vienen por ejemplo, sí, milagrosamente las vuelvo a ver. Veo el mundo que no pesa porque no tiene palabras. Y con aquel silencio me vuelvo a ver a mí mismo, qué raro... Y por fin me reconozco. Y sonrío.
Es quizá la pureza de aquel silencio que sonó cuando una rana saltó en un viejo estanque. Una rana acuclillada en la orilla como un niño, como sólo los niños saben hacer. El silencio que estaba ya y que no oíamos. Hasta que sonó aquel chapoteo. El silencio que siempre está. Bajo todas las cosas. En la profundidad verdadera de nuestra mirada. Pura. Contemplando las cosas por primera vez. Como son siempre.
Una sonrisa sobre la hierba. A ras de suelo la sonrisa de un niño contemplando en silencio las hormigas que suben y bajan por una hoja de hierba. Eso es el silencio... Quizá el haiku…
Motivo ilustración: Chame Trad. haiku japonés: V. Haya
Pocas veces se habrá contado en el cine una historia de amor de una forma tan elegante como sobrecogedora. Sin cursiladas, sin palabras siquiera. Apenas ocho minutos en los que cabe toda una vida. "Las cosas que vamos a hacer", "El libro de aventuras"...
Que fortuna encontrar a quien hace de nuestra vida una aventura, una de verdad. Y siempre, en cada ahora, comenzar una nueva.
Presentación de "Sin otra luz. Haiku" de Félix Arce, Manuel Díez Orzas y Mercedes Pérez
Mon, 11 Feb C/ José Hierro 7, 28905 Getafe, Madrid 20.00
Ciclo Panorama Literario
Auditorio del Centro, 20.00 h
Sin otra luz nos brinda, a través de sus autores, la
oportunidad de encontrarnos con la práctica vital y poética de la
escritura de haikus, en cuyas claves nos introducirán por medio de una
pequeña charla que será complementada con un recital de haikus extraídos
del libro y el posterior encuentro con el público.
“Mirar por el pequeño agujero que es el haiku, con
la inocencia con la que los niños se acercan a las cosas, es como mirar
a través del ojo de una cerradura. De pronto, tras aquella puerta que
tan sólo deja pasar algo de luz por la oquedad en la que encaja una
llave, tu mirada, tu sentir se focaliza en lo que parece perdido en una
inmensidad de estímulos. Un mundo rico en sensaciones, vivo, cambiante,
luminoso, sucede ante nosotros y seremos testigos del regalo de lo que
acontece, el milagro de la vida y la muerte, de lo bello y lo efímero y
por qué no, también de lo triste, lo feo, lo descompuesto, lo que se
acaba. Cualquier suceso tiene derecho a habitar en el haiku. No todo son
pétalos de cerezo…” Los autores
“No estamos ante una antología de haikus. Estamos ante un libro
de estudio. Más allá de la fase en que debíamos reconocer determinados
errores en nuestro haiku –figuras literarias, juegos de palabras, el
“yo” innecesario, la chanza del senryû o el ingenio del zappai…– se nos
abren nuevos niveles de destreza en el haiku. Y se nos abren porque
somos capaces de arriesgar, porque somos capaces de generar lenguaje.
Pero únicamente inventa lenguaje el haijin que ha desaparecido de su
haiku. El que no lo hace así, sólo nos hace perder el tiempo a los
demás”. Profesor Vicente Haya Segovia.
Ayer vi otra vez The Straight Story, aquí titulada como “Una historia verdadera”. La he visto varias veces pero no pude dejarla. Nada. Ya no pude parar, como esa pequeña rueda que gira casi al paso de un caminante, medio hipnotizado con la maravillosa música de Baladamenti. Absorto como el bueno de Alvin que lo ha visto todo en su vida y que sin embargo en sus ojos viejos brilla la mirada nueva de un niño que contempla por primera vez una tormenta sobre las colinas de Iowa. En silencio, mientras fuma un cigarro. Lluvias, escampadas, amanecer y crepúsculo, vidas e historias que acontecen y después pasan, como pasan todas las cosas que nos encontramos a lo largo del viaje.
Ayer, otra vez, pensé que yo de viejo quiero ser Alvin. Mirar la noche con ojos de viejo niño a la luz de un fuego, asomarme en cada puente a ver cómo fluye el río, caminar despacio, muy despacio, en silencio entre los campos de maíz, dorados, bajo las nubes de otoño, como la pequeña rueda de un cortacésped que gira y gira…