El verdor de los prados estaba allí de pronto, frente a mí.
Los niños dormidos en el carrito, el riachuelo junto a nosotros reflejando un cielo sin cielo.
Las nubes, como una sola, extendiéndose más allá de las montañas. Sobre el mar. Imagino.
Cuando era niño no sabía lo que iba antes o venía después, lo que estaba más cerca o más lejos. Bastaba la promesa de la lluvia para que la tierra oliera a lluvia y contando con los dedos adivinar la secreta distancia entre el relámpago y su voz.
Las abejas vivían en ilimitados veranos que se extendían más allá del invierno. Imaginaba.
Suenan las esquilas de los caballos en un prado cercano pero parecen provenir de un lugar muy lejano.
Un solo trino, en el maizal aparece y desaparece un bando de gorriones.
Solo al detenerme, por un momento, me sentí habitado por el viento. Junto a los niños dormidos.
Había algo transparente, como el aire entre la lluvia, derramándose. Extendiéndose sobre la tierra. Y allí estaba yo.
Como un hilo de araña que se desenreda mojado por la lluvia. Como una ola que rompe hacia el mar. Que se desenrolla hacia el interior del océano. Hacia la lejanía.
Cuando era niño recorría el mundo cada mañana. A cada momento. Conocía pocas palabras y veía muchas cosas. Todas nuevas.
Abeja. Verano. Agua…
Ahora conozco muchas palabras, ahora puedo nombrar de mil maneras siempre las mismas cosas.
Sobre el agua del arroyo mi reflejo sin mí. Las nubes. Una sola nube.
¿De dónde viene lo que soy? ¿Está lejos? ¿Cerca?
Solo al detenerme, sin pensar, escuché el lenguaje del agua. La historia de la lluvia y los arroyos. Sin palabras.
Estaba también su silencio. Transparente. Extendiéndose sobre la tierra. Y allí estaban ellos.
Todos nosotros.
El brevísimo tiempo en que estuvimos juntos. Un giro de las estrellas, cuando nos encontramos en un trazo mínimo de su luz.
Esquilas. En el bebedero de los caballos una garcilla erguida hacia el cielo.
Más allá de los maizales, lejos, unos senderos llevan a otros.
Algo que calla, algo que no sé lo que es, me abandona y vuelve a mí en un instante. Como un relámpago. Como el aleteo de una abeja.
Frente a mí el verdor de los prados.
Como un hilo de araña que se desprende de la hierba y alza el vuelo cargado con la luz de la tarde. La apacible respiración de los niños dormidos.
Había algo transparente, como el aire entre la lluvia, derramándose. Extendiéndose sobre la tierra. Y allí estaba yo.
Como un hilo de araña que se desenreda mojado por la lluvia. Como una ola que rompe hacia el mar. Que se desenrolla hacia el interior del océano. Hacia la lejanía.
Cuando era niño recorría el mundo cada mañana. A cada momento. Conocía pocas palabras y veía muchas cosas. Todas nuevas.
Abeja. Verano. Agua…
Ahora conozco muchas palabras, ahora puedo nombrar de mil maneras siempre las mismas cosas.
Sobre el agua del arroyo mi reflejo sin mí. Las nubes. Una sola nube.
¿De dónde viene lo que soy? ¿Está lejos? ¿Cerca?
Solo al detenerme, sin pensar, escuché el lenguaje del agua. La historia de la lluvia y los arroyos. Sin palabras.
Estaba también su silencio. Transparente. Extendiéndose sobre la tierra. Y allí estaban ellos.
Todos nosotros.
El brevísimo tiempo en que estuvimos juntos. Un giro de las estrellas, cuando nos encontramos en un trazo mínimo de su luz.
Esquilas. En el bebedero de los caballos una garcilla erguida hacia el cielo.
Más allá de los maizales, lejos, unos senderos llevan a otros.
Algo que calla, algo que no sé lo que es, me abandona y vuelve a mí en un instante. Como un relámpago. Como el aleteo de una abeja.
Frente a mí el verdor de los prados.
Como un hilo de araña que se desprende de la hierba y alza el vuelo cargado con la luz de la tarde. La apacible respiración de los niños dormidos.
llovizna,
dos nuevos potrillos
en la manada de caballos
