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さて、どちらへ行かう風がふく

bien... ¿a dónde ir...?
...el viento
sopla...


17 septiembre 2019

Pisar la hierba





pisar la hierba
salirse un rato del sendero
que bordea el río





Gracias buena gente del haiku de Albacete. Sois grandes. Por vuestra generosidad y vuestro buen hacer. Gracias de corazón. El camino sigue.








09 agosto 2019

Dientes de león en la hierba

Qué decir de Toñi. Una verdadera delicia caminar despacio, ligeros como los gatos, de haiku en haiku, por los haibun, de este maravilloso libro. Un placer haber tenido la ocasión de participar  escribiendo un prólogo para esta preciosidad. Gracias.












04 agosto 2019

días tan claros


“No dar crédito a ningún pensamiento que no haya nacido al aire libre. La carne sedentaria es el auténtico pecado contra el espíritu.”

Nietzsche


Chm aún duerme. Es mi aire libre. Nunca caminaré solo... Eso es ella. Confianza. Libertad.

Dejar de lado lo que no soy yo y caminar con la ligereza de solo lo que soy.

Ascender montañas hablando de las cuevas prehistóricas. De los caballos de Pech Marle y los leones de Chauvet. Atravesar collados en los que huele a duende. Y a veces a cabra.

Planear viajes lejanos y comidas cercanas. Ella es la sombra bajo los avellanos que surgen ente el encinar. Y los troncos lisos y oscuros del laurel que trepa sobre sí mismo buscando la luz del sol.
Sendas angostas que ascienden hasta la claridad del mar, al otro lado del bosque. Y asomarse y sentir la brisa del mar que aún no se ve.

Y ahora sí. El horizonte azul.

Cómo se resiste a que le haga fotos. Como los pájaros, esquivos en el aire, como las luciérnagas que se apagan en la oscuridad.

Bajar a la playa y caminar descalzos. Un chapuzón. La vara de avellano y el bastón junto  a las mochilas sobre la arena.

La inmensa playa no se inmuta con los turistas y su algarabía. El mar menos.

Caminamos buscando algún sitio donde comer. Qué tarde. Al final en el Custom. Qué rico cuando estás aquí.

Decidimos despacio, decidimos rápido. Decidimos fácil porque siempre estamos de acuerdo. Porque estamos juntos.

Un superbatido y helado en la Posada. Charlamos con el sol afuera.

Hay algo que brilla en la palabra que va y se recoge. Algo transparente en el silencio que la sucede.
De vuelta en la playa el cielo se nubla. Aun así la temperatura es buena. Ella nada y por momentos la pierdo de vista. Es como un pequeño eclipse. Un desasosiego pasajero que no puedo evitar.
Me gusta mirarla. Sin palabras, sin pensar. Sin mí. En total libertad, es un ser más de la naturaleza que vive y transita al margen de mí. Haciendo solo lo que la hace ser ella misma. Nadar, caminar, dormir, volar, florecer…

Salir en la noche a buscar luciérnagas. Y encontrarlas. Es un milagro. En la oscuridad del bosque. Es un milagro. Cosquillas luminosas en la palma de la mano. Sin ver nunca al insecto que la regala.
Ver solo la luz. Mientras todo a su alrededor aguarda en la oscuridad completa.

Volviendo a casa la llamada del cárabo. Luego su silencio.

Hay días…. Hay días tan profundamente claros como ella.













26 julio 2019

Haikus por el mundo. La carta viajera de Hojas en la acera




Una carta. Tan ligera como un haiku. Envuelta y llena con el mundo. Como un haiku.

Las palabras de los amigos que conozco o conoceré. Su silencio. Su compañía.

La de una golondrina en un patio lejano o los nísperos tan altos… y la tramontana y la bruma que pasa. Que siempre pasa. Las cerezas verdes y un mirlo que canta a veces, al alba.

Mariposas azules y un árbol hendido. Y un camino y la flor del tarai. El último croar de las ranas. Una tarde. Y el olor del azahar. Torcazas y semillas al trasluz.

Y el cielo. Solo el cielo.

Solo una carta. Solo un haiku y todos los haikus. Una palabra y todas. Y ninguna.

Y vosotros. Sobre todo vosotros.

Mi corazón se llena y se vacía, en un instante, y atraviesa el mundo, ligero, sin esfuerzo alguno. Sin pensar.

Mis queridos amigos.

Conocidos y por conocer.





25 julio 2019

Remolinos en el agua


Qué luna tan hermosa. Todo el día pescando, bueno mirando, yo soy el que mira. Mi hermano pesca. Mi hermano camina junto al río, susurra palabras que no entiendo, humedece con sus botas las hierbas altas que rozan mis pies casi descalzos.

Sandalias. Sí, me gustan. A pesar de los pinchos, a pesar de la tierra que se adhiere a todo y todo lo mancha.


El río. Que hermoso el río aquel. Al que llegábamos las primeras veces.

En los comienzos de todas las cosas. Mi padre, mi hermano. Las filas de chopos apuntado a un cielo que siempre estaba allí.

 Tardajos. El lugar casi descalzo en el que de niño miraba remolinos en la corriente. Donde pescaba mi padre. Y susurraba. Y callaba.

A dónde irá el agua, el aire atrapado en el agua, el agua en mi mirada de entonces. A qué profundidad invisible del río que pasa.






Qué luna… esta mañana cuando íbamos de camino, camino camino, al río vimos cuatro buitres posados en la ladera de una colina.

Qué mirarán.

El viento bajando por la ladera, rozando el cereal un momento, oleaje, sombra, nada.
Asustados levantan el vuelo pesadamente. Qué grandes son. Sostenidos en el cálido aire del mediodía, parecen nada, sombras. Sin esfuerzo  alguno. Sin ruido.

Extender los brazos y flotar en un día como hoy. Como un hermoso pájaro sin peso ni tristeza. Exiliado de todas las palabras.

Aún no hemos bajado del coche y un corzo salta entre las hierbas altas. Parece enhebrar el paisaje. Está y no está. A veces se detiene y mira. Nos mira.

Ser mirado por un corzo que huye entre las hierbas altas. A la luz del mediodía.

Desaparecer entre la hierba. Hacia el fondo de alguna parte transparente. Envuelto en aire. Solitario y tranquilo. Elegante.

Qué difícil acercarse al río. Turbio y crecido, flanqueado por toda la maleza arrastrada en las últimas crecidas. Ese lugar que escuchamos y que es inaccesible.

Caminamos por lo que no hace mucho fue río. Su fuerza dejada atrás la sorteamos como podemos. Troncos, ramas, broza…

Entramos y salimos de la orilla. Enhebramos el agua que corre al margen de nosotros.
El dedo de mi hermano dice silencio. Señala el lugar al que ha huido un corzo.

Miro.

Busco con la mirada entre el laberinto de chopos. A mi espalda el río.

En uno de los troncos el hueco redondo, perfecto, de un pájaro carpintero. Nada. El silencio. Luego las cigarras. De nuevo. Creo.

Diminutas hormigas aladas se agitan junto al hormiguero que pisó mi hermano. Noto en mis pies la humedad de sus pasos.




La luna asciende. Quisiera que no se me olvidara nada. Quisiera volver la mirada y que allí estuviera todo.

De nuevo. Sí.

La playa de fina gravilla a la que llegábamos caminando y se adentraba en el meandro del río. Donde mi padre pescó una trucha arco iris.

El brillo del agua que recubría su cuerpo todavía.

Y la luz de la tarde, risa de niños, recorriendo muy despacito las filas de chopos, infinitas.

Flores sin nombre.


Trinos en el aire.








Aguas turbulentas. Qué difícil pescar. Qué difícil acercarse siquiera. Qué alta está ya la luna.
Apenas veo lo que escribo.

Qué lástima la oscuridad. Qué lástima la tristeza que no flota en el aire.

Todo lo que vi, lo que oí, el olor del río que caló mis huesos cuando cerré los ojos…

No te pierdas por favor.

Remolinos en la corriente que sigue allí. Sin estar.

Miro sobre mi hombro, atrás, no sé por qué. Los campos de cereal ascendiendo las colinas y la luz del sol que viene, que ya vuelve. En silencio.

La hermosa soledad de mi infancia sigue aquí. Intacta. Junto al río.

Parece estar aquí, una llamada sin voz, la oscuridad de un nido horadado en la madera. Un remolino en el agua.

Lo que soy ahora. Algo que era ya entonces sigue recorriendo la orilla junto al río. Tranquilo. Sin nada en las manos.



Alimoches. Justo antes de volver a casa. Mi hermano señala en el cielo siluetas blanquinegras trazando círculos en el aire. La pareja.

Charlamos. Palabras que van, que vienen, de esto y de aquello, de ahora y entonces, sostenidas sin peso en el aire de la tarde. 

A ratos, sin decir nada, miramos el laberinto de árboles que se adentra colina abajo hasta el río. Miramos, apenas mirando nada, el lugar hacia el que huyen los corzos.