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さて、どちらへ行かう風がふく

bien... ¿a dónde ir...?
...el viento
sopla...


11 agosto 2010

la blanca tristeza de lo incomprensible


Siempre me pasa lo mismo. No hay como hablar para tener que callar. O querer callar para no poder dejar de hablar.
No quería escribir sobre la bomba. No quería escribir sobre el dolor y la tristeza. Hoy no. Hoy ha brillado el sol todo el día. Esta noche el cielo será surcado por las perseidas. Es la noche de San Lorenzo. Y de sus lágrimas.
Esta mañana yo ni siquiera sabía qué decir, si decir o no decir más bien, en el post de mi amiga Kotori. Mi querida compañera de camino, hermana de kokoro. Ya conocía el texto. Claro. Hace meses. Y lo leí el otro día. El seis de agosto. Y lo volví a leer el nueve de agosto. Y esta mañana.

Podría decir que sobran las palabras. Podría decir que todo aquello, el tiempo detenido, la muerte y la destrucción, me supera. No sé. Sí, supongo que sí. Pero en realidad no lo comprendo. Simplemente no lo comprendo.


El jueves pasado, en una de las salas de la biblioteca donde trabajo entró un gorrión. Por la tarde hacía fresco y no era necesario el aire acondicionado. Era justo antes de cerrar y algunas ventanas estaban abiertas. Ese gorrión entró por una ventana abierta, revoloteó unos momentos por la sala hasta que medio cayó en una gran planta que adorna la estancia. Cuando me acerqué se asustó y voló de pronto. Se estrelló contra una de las ventanas, una de las pocas que estaba cerrada, con un golpe fuerte, sordo. En el suelo, con la tripa hacia arriba, se estremeció unos instantes, sus alas, sus patas… Después se quedó quieto. Me acerqué corriendo y lo recogí en mi mano. Ya no se movía. Sus ojos se cerraban poco a poco.


Ayer escuchaba una de mis bandas sonoras de cine favoritas. La de "El Imperio del Sol". Es una de mis películas preferidas de Steven Spielberg, que no son muchas. Aparte de la banda sonora escrita por el gran John Williams que siempre me gustó, varias escenas son las que recuerdo indefectiblemente cuando pienso en esa película. Cuando el pequeño Jim se pierde en el caos de Shangai justo antes de que el ejercito japonés tome la ciudad. La escena en que abre el balcón para que el viento borre las marcas que ve en el suelo de la habitación de su madre. Huellas de pies, de manos, de botas. De infamia y de violencia. Sus juegos con los aviones de juguete junto a los aviones de verdad, los Nakajima y Mitsubishi Zero como los que meses después bombardearán Pearl Harbor.

A Jim le encantan los aviones. Aún es un niño. Aún lo es. Pero la guerra destruye la inocencia y corrompe el espíritu. A los niños los mata. Da igual la edad que tengan y dónde habiten.

En la novela homónima, James G. Ballard, el verdadero Jim, relata su odisea en aquel tiempo tumultuoso. Con su traje de colegial inglés la vida le dará las lecciones más duras. “Llegó un día en que ni siquiera recordaba el rostro de mi madre”.


Aquella mañana en Nagasaki, en el Museo de la Paz, unos origami de grullas multicolores hechas por niños dan paso al horror. Sí. El horror existe. Más allá de los relojes parados, dalinianos, y las botellas de vidrio grotescamente fundidas, de las vigas retorcidas y la ropa quemada, de las horripilantes fotos, lo que me llegó al alma, casi blanca ya, fueron los poemas de los supervivientes, algunos, niños.

Era conmovedor leer la traducción al inglés de sus poemas que hablaban del fuego, del calor sofocante, de la sed. Y de luciérnagas y libélulas. Sus compañeros de clase. El rostro de su madre…


El gorrión murió sobre mi mano. Aún así lo llevé a casa. No sé qué esperaba. Que no estuviera muerto del todo supongo. Quizá que la muerte fuera algo remediable. Que la muerte fuese algo comprensible, de verdad comprensible.
Lo dejé sobre un jersey toda la noche. Arropado.
Tenía las comisuras del pico muy amarillas. Era muy joven.
A la mañana siguiente estaba rígido y frío. Lo llevé al parque y lo dejé en el suelo, entre un macizo de flores.
Algunos gorriones volaban y saltaban de un sitio a otro. El sol brillaba en el cielo.


De El Imperio del Sol recuerdo sobre todo una escena: los prisioneros del campo son trasladados no se sabe muy bien a dónde. La marcha a pie es penosa. Algunos no lo resisten y mueren de agotamiento. La Sra. Victor, que cuidó de Jim durante la estancia en el campo de prisioneros, que hizo un poco de madre no sin tensión, es una de las que cae rendida una noche por pura debilidad. Jim no quiere que cierre los ojos, hace todo lo posible para que resista. Es inútil. Al rayar el nuevo día una luz brillantísima ilumina el mundo. Un viento poderoso recorre la tierra. Jim, atónito, grita entusiasmado pensando que es el alma de la Sra. Victor que sube al cielo.

Poco después se enterará por la radio que una nueva arma es la responsable de esa luz y de la muerte de millares de personas. Jim solloza. Ha perdido su niñez para siempre.

Cuando aquella bomba cayó sobre la tierra algo de todos nosotros murió. Se fue para siempre.


El bombardero B-29 se llamaba Bock’s Car y su bomba de plutonio Fat Man. El humo y el polvo de la detonación se asemejó a una enorme seta, una amanita con su anillo y todo, que se elevó majestuosa y reluciente hasta casi rozar el cielo. Cualquier niño, quizá como Jim, hubiera podido dibujar una seta como esa y haber jugado con aviones de juguete que se llamaran “el coche de Bock”. Y la bomba “gordinflón” en sus manos de niño sería blanda y pintada de colores, ligera como una grulla de papel.


¿Qué mal nos habita? ¿Qué clase de insana razón mata el sencillo instinto que nos guió en la niñez? ¿Quién destruye nuestra pureza? ¿Cómo fuimos capaces de corromper incluso la luz?

Hubo un tiempo, lo hubo, estoy seguro, en que sobre nuestra mano sostuvimos la vida y no la muerte. Hubo un tiempo en que todos fuimos uno en el corazón de la naturaleza. En el que comprendíamos, sin tan siquiera necesitarlo.


Salgo a contemplar la noche. Las estrellas fugaces. Sé que no las veré. La ciudad tiene su propia luz, demasiada. No importa. En este silencio profundo y puro de la noche, este silencio que es mi silencio, esos destellos luminosos surcan ahora mismo el cielo, como siempre fue, lo sé.

Todavía hoy un niño en alguna parte, estoy seguro, vuela con aviones de juguete y cree que todas las setas son de colores, y que la luz es Luz. Y que la muerte de un pájaro es siempre algo incomprensible.














08 agosto 2010

tà qīng


Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destell
o que en mi juventud me deslumbraba.
Aunque ya nada pueda devolver la hora del esple
ndor en la hierba, de la gloria en las flores,
No nos aflijamos.
Pues en nuestro recuerdo, allí, la belleza subsistirá para siempre.



Creo que la primera vez que escuché estos versos fue de boca de Natalie Wood en la película "Esplendor en la hierba". Yo era un chavalito entonces pero recuerdo muy bien cómo aquellas pocas palabras me llegaron al corazón.
No sé. Quizá yo entonces ya podía ver, casi sin darme cuenta, la tibia línea que separa el esplendor de la decadencia. Quizá por eso sentí cómo un desasosiego extraño y dulzón me llenaba poco a poco, como un suave sirimiri que desbordara un estanque.

Recuerdo sentir ganas de levantarme del sillón y salir corriendo como Natalie en la película.
En la película de Elia Kazan ella apenas puede terminar de leer el poema en clase y sollozando sale corriendo del aula. Sin saber a dónde. Sin saber muy bien por qué. Con al alma inundada.


Yo no salí corriendo a ninguna parte. Al menos físicamente. Huir quizá sí. Quizá de hecho sólo me muevo cuando huyo. No sé. Tampoco sé muy bien por qué me acuerdo yo ahora de aquello y de los versos de Wordsworth.

Entonces yo no sabía quién era William Wordsworth y que era él precisamente el autor de aquellas palabras tan desasosegantes para mí. Y para Natalie.
Poeta romántico. Claro. La belleza. Ah, la belleza. Y
la melancolía que anida en toda belleza. Quizá sea yo un tipo melancólico, además de fugitivo, por naturaleza y me pase un poco como a los japoneses con su mono-aware, su hosomi, yûgen, y tantas y tantos conceptos de esos a los que los locos del haiku estamos acostumbrados pero que no sé si llegamos a comprender bien del todo.

No sé. Será que soy simplemente así. El esplendor de la tristeza, la gloria en lo que acaba (y que por ello alguna vez comenzó) me atrae, me desar
ma.
¿De verdad la belleza de las cosas permanece en nuestro recuerdo? Sospecho que no en el mío. Mi "almario" debe estar atestado de polilla porque irremediablemente la belleza de mi recuerdo ya no es tal cuando la devuelvo a la luz.
Ah, la luz. Luces de mi memoria...

No sé donde oí alguna vez que la belleza consistía en un equilibrio natural de las cosas. Una proporción. Quizá como la música, pienso yo. Rec
uerdo a mi profesora de piano decirme que la música existía como tal, ahí fuera (y movía las manos y los dedos en el aire) y que nosotros lo que hacíamos era recogerla, recrearla, interpretarla (literalmente), para hacerla asequible a los sentidos.

A lo mejor si Natalie hubiese tocado el piano, en la película no hubiese acabado en el sanatorio mental. Bueno, a lo mejor sí. Al fin y al cabo muchas veces estamos sordos y ciegos a la belleza que nos rodea, que nos envuelve como
el aire. Quizá porque perdemos el tiempo buscando esa otra. Esa que nos contaron. Esa belleza que se guarda en los recuerdos, que, dicen, subsistirá para siempre.



Hace unos días volvía del trabajo caminando, escuchando música en mi mp3. Tengo que atravesar un parque y lo suelo hacer por los senderos empedrados que pasan entre los árboles y los parterres. El otro día, no sé por qué, dudé u
n momento, y me salí del sendero empedrado. Eran las tres de la tarde pero me puse a caminar por una gran extensión abierta en la que sólo hay hierba. En verano me gusta llevar sandalias siempre que puedo y de inmediato sentí la tibieza y a la vez la humedad de la hierba en mis pies.

Sí, qué delicia. Qué sensación de pura dicha. Realmente caminaba sobre el esplendor de la hierba que nace y que muere. En la gloria de las flores que fueron y serán. Fluyendo, como la música, como el aire. Más allá de la aflicción. Recordando nada.
Uno que es como es, y lo del haiku también, así pues pronto empezé a juguetear con las palabras. Mientras caminaba iba pensando: hierba, humedad, sol, tibieza, pies, brillo, brillo, brillo... Y luego nada. Mis pasos amortiguados sobre aquella hierba brillante que rozaba mis pies casi descalzos.

Sí, a veces uno no sabe qué decir. Alguna vez he lle
gado a pensar que el momento haiku más prístino, el más puro, es aquel que se quedó en eso, en silencio. Cuando sobraron todas las palabras, incluida la palabra haiku. Sólo el asombro. Sólo ese destello.
En fin. Sí. Ya sé, ya sé que un haiku hay que escribirlo para que lo sea, obviamente.

Pero qué voy yo a decir. Si lo que digo son palabras tan sólo. Melancolía. Nada más.
El puro destello que habita ya en el alma, ese sí para siempre, quizá algunas veces se convierta en palabras, se haga visible y audible, como la música. Quizá no. Pero qué importa. Existe. Y en el aquí y el ahora habita la eternidad.

Camino ahora sobre esta hierba que brilla verdísima bajo el sol. Camino aquí sin otra cosa en mis manos que el aire que fluye tibio en torno a mí. Silencio. El mundo habla.
Se acaba la gran pradera abierta. Paso junto a unos columpios. Huele a goma. Las hojas de los árboles se mueven de vez en vez.
Las tres de la tarde. No queda ni un niño en el parque infantil.

Camino por las calles. En mis oídos la música del mp3, el ruido de la ciudad que va y viene, el viento...
Junto a la acera un terreno baldío junto a un muro. Unas malvas silvestres crecen con las hojas llenas de agujeros por los insectos. La luz del sol atraviesa limpiamente las heridas. Me detengo un momento a mirar. Luego sigo mi camino. Y empiezo a juguetear con palabras: agujeradas, horadadas, carcomidas, luz, luz, luz...


Recuerdo que cuando era un chavalito, cuando no sabía todavía quién era Wordsworth o Elia Kazan, ni siquiera Natalie, cuando aún no huía de nada y ni siquiera sabía qué significaba la palabra "aflicción", jugaba a atrapar la luz. La luz que flotaba sobre el agua, en el río, con destellos temblorosos.
Y
recuerdo el croar de las ranas, invisibles en la orilla, y los juncos y espadañas cimbrearse en el aire tibio del verano.

No sé. Quizá entonces, viviendo aún en ese puro destello deslumbrante, glorificando las flores con mis ojos nuevos, descansando tranquilo sobre el esplendor de la hierba, intuía de alguna manera que la belleza de las cosas, la verdadera belleza que es por ser, está más allá de las cosas mismas. Que, como la luz, no flota sobre la corriente del río, y que por eso mismo no se puede atrapar ni guardar en recuerdo alguno.


Hoy recordé una palabra. Una amiga de China me la enseñó hace un tiempo: "tà qīng". Hace referencia a la primavera, a caminar por el campo, al placer de andar en la naturaleza. Pero literalmente sus idiogramas dicen: caminar verde.

¿Ves Natalie? No merecía la pena. Muy pocas cosas la merecen. ¿A dónde íbamos a huir?. El esplendor que estamos condenados a perder no es sino hablar, pensar, juguetear... Sólo con el silencio o con palabras de lenguas desconocidas podemos a veces decirnos a nosotros mismos.








17 julio 2010

雪見障子 yukimishôji


Se llaman Shigeru y Nobuko. Y la viga gorda que sujeta toda la casa, o casi, se llama tokobashira. Me lo dijeron ellos. Es su casa y es su viga. Y yo su invitado.
Los años que tiene esta casa se me escapan, como los que tienen ellos. Casa y dueños forman un todo que me sorprende y me acoge.
Tokobashira, espero haberlo apuntado bien. La columna más grande de la casa fabricada en olmo, keyaki en japonés. ¿Por qué en olmo? No lo sé pero qué bien suena keyaki.

Keyaki, keyaki…. Me siento bien bajo este techo sostenido por una palabra tan hermosa.


Qué plácida es la noche aquí, entre esta gente amable que habla de maderas antiguas y pinturas con tinta.
Qué orgulloso Shigeru cuando nos muestra su katana corta “wakizashi” con la empuñadura de piel de tiburón. Toco su aspereza que viene de un mundo tan exótico en todos los sentidos… Deslizo mis dedos una y otra vez sobre esa piel antigua y salvaje que sostiene el acero. Shigeru sonríe.

Minô Kanetomo la fabricó. Sí. Lo pone en un cuadro colgado justo sobre el shôji. Esta wakizashi tiene pedigrí, como mi gato. Sabe de dónde viene, no sé si a dónde va. Yo no sé una cosa ni otra, y cuando miro atrás me mareo. No puedo dejar de mirar el acero brillante, la funda de seda decorada con filigranas plateadas. La sonrisa orgullosa del viejo Shigeru.

-Shigeru sama wa samurai mitai!*- Bromeo. Ríe. Reímos.

En mi cuaderno de notas estampa su hanko**. Es en negativo. Fondo rojo y kanji blanco. En realidad vacío sobre la blancura del papel.

Apuro mi té. De rodillas sobre el tatami cierro el cuaderno. Buenas noches. Buenas noches keyaki sama***.



la noche huele…
basta extender el brazo
para tocar el tatami



Yukimishôji. Así se llama la ventana cuadrada que se abre, o no, en el shôji**** a ras de suelo. Literalmente “contemplar la nieve desde el shôji”.
Me lo dijeron ellos, mis anfitriones, por la mañana.
Arrodillado sobre el suelo contemplo el jardín sin nieve que primorosamente cuida Shigeru. Arces, ciruelos, pinos, flores, musgo, rocas, guijarros, agua, aire…

No cesa el viento y las nubes parecen una sola, gris, inmóvil, a lo largo y ancho del mundo entero, del cuadrado del yukimishôji.

Un herrerillo revolotea un instante entre el musgo, los arces, las flores. Y desaparece.
Adiós. Adiós Shigeru. Adiós Nobuko. Adiós. Hasta la vista.



comienza a llover,
y en el fondo del bolsillo
un guijarro gris


Días después. Cuando el tren bala que me llevaba a Kyoto se deslizaba sobre los campos de arroz pude por fin contemplar la nieve.
A través de su ventana.
La nieve. Sólo la nieve. Sólo la nieve que cae. Sólo la nieve que soy. Que soy…
Lo que tan sólo brilla un instante mientras comienza ya a derretirse.

Japón, Japón… Japón es agua, Japón flota sobre arrozales inundados.
Este lugar nuevo hace nueva mi mirada. Soy un privilegiado. Por estar vivo y darme cuenta. Por estar aquí y ahora.
En este mundo que siempre es nuevo. Donde siempre acabo de nacer.

Y en mi cuaderno el hanko de Shigeru. Un nombre que es un vacío, blanco, sobre fondo rojo.


sólo nieva,
contemplando la tierra
que se hace agua















* “El señor Shigeru parece un samurai!”
** Hanko, (o inkan). Sello personal con la firma del dueño usualmente en kanji.
*** -sama. Siempre a continuación de un nombre: señor, señora. Tratamiento muy respetuoso.
**** Shôji. Puertas correderas, normalmente de papel con bastidor de madera, típicas de las casas japonesas.






06 abril 2009

yatalasha

Si Dios conociera el esfuerzo que representa para mí realizar el más mínimo acto sucumbiría a la misericordia y me cedería su puesto. 

Supongo que ahora debería apartarme del teclado y dejarlo estar. No sé por qué apunté esa frase en una libreta. Una de esas libretas mías que naufragan entre papeles y cachivaches varios sobre mi mesa.

 Supongo que la apunté en una tarde como ésta. Cuando uno no sabe muy bien qué hacer y revuelve cachivaches y papeles, y ojea libretas perdidas.
 ¿Será tristeza? ¿Será eso lo que paraliza cada una de mis células?

 Incluso para hacer lo que deseamos es preciso un acto de voluntad.
 Incluso para desear y disfrutar de lo que ya tenemos es preciso ese acto de voluntad. 

"A ese sentimiento desconocido cuyo tedio, cuya dulzura me obsesionan, dudo en darle el nombre, el hermoso y grave nombre de tristeza. Es un sentimiento tan total, tan egoísta, que casi me produce vergüenza, cuando la tristeza siempre me ha parecido honrosa. No la conocía, tan sólo el tedio, el pesar, más raramente el remordimiento. Hoy, algo me envuelve como una seda, inquietante y dulce, separándome de los demás". Françoise Sagan era una jovencita cuando comenzó su novela “Buenos días, tristeza” con ese párrafo. 

Creo que es lo mejor de toda la novela. Mientras la leía recordaba la película, vista bastantes años atrás, del gran Otto Preminger.

 Es curioso pero esa novela la leí un verano, pasando las vacaciones también junto al mar, como Cécile, la protagonista del libro. Por supuesto mis vacaciones estaban lejos de la Costa Azul, los paseos en yate, y semejantes lujos a los que la intrigante Cécile era asidua. 

Aunque el placer no precisa de lujos. Aquel libro debía ser de mi madre y llegó al apartamento como los restos de un naufragio, entre papeles y cachivaches, de otro piso. 

Entonces yo aún era un jovencito, aunque no tanto como Françoise o Cécile, pero si tan despreocupado e indolente como ellas, y pasaba los veranos con mis padres sin más voluntad que respirar el aire marino y escuchar el rumor de los pinos entre el viento del atardecer. 

Recuerdo las gaviotas que volaban cada tarde desde el mar hacia el interior, y me recuerdo a mí mismo contemplando sus siluetas sobre los pinos y los eucaliptos. 

Recuerdo flotar sobre las olas con los ojos cerrados. Sentir como el mar mecía suavemente mi cuerpo y como los sonidos del mundo iban y venían. 

Y la luz. 

Sobre todo recuerdo aquella luz que me inundaba la mirada cuando los abría al azul infinito. 

Aunque el placer no precisa de lujos, no precisa de nada, la tristeza tampoco.

 Ya sabía yo entonces, o lo intuía, que la felicidad no puede durar, que apenas la ves y ya se fue, como aquellas gaviotas flotando sobre el viento del atardecer. 

Sí, lo sabía, pero me desconcertaba ya entonces la tristeza sobrevenida. La tristeza que te visita cuando deberías estar alegre, feliz. La tristeza que llega y llama a tu puerta y se presenta. La tristeza tan corpórea y tan palpable como lo son mis manos que ahora reposo sobre el teclado.

 Qué triste es la tristeza que no se merece. La tristeza de una tarde de verano junto al mar, la tristeza que sabe a salitre y huele a eucalipto. La tristeza que brilla entre el rumor de las olas. 

Qué triste es la tristeza que simplemente está. 
Sin más. 

Recuerdo que cuando aquel verano leí ese párrafo que escribió una jovencita francesa hacía casi cincuenta años sentí algo en mí que me envolvía como seda, inquietante y dulce, y que irremediablemente me separaba de los demás. 

No sé por qué recuerdo ahora aquella tarde y aquel verano, tan hermoso. Quizá se parecía a ésta. Sí. O a aquella otra en que con una frase invocaba la misericordia de Dios para que me liberara de la absoluta falta de voluntad y de la tristeza más triste. Para que me permitiera estar, simplemente, camino de la nada.

 Miro por la ventana de la galería. Una preciosa tarde de abril se desprende magnífica de mi vida. Otra más. 

Me encanta abril. La luna se insinúa casi llena por el este y por el oeste el sol es apenas una llamarada anaranjada, violeta en las nubes bajas, pura luz contra el cielo azul. Las flores rosas de un ciruelo van cediendo colorido a las hojas oscuras que comienzan a desplegarse en el aire. 

En algún lugar un colirrojo canta. Su canto es claro y sincero como lo es siempre la voz del mundo. 

Dos niños corren en bicicleta por la acera. Uno de ellos aún lleva las ruedecillas auxiliares junto a la rueda trasera. Ríen. Ríen. Ríen... 

Miro las nubes. Las nubes que parecen deshilacharse en el cielo, como jirones de seda sobre un lejanísimo mar. Abandonándose dulcemente en el viento del atardecer. Haciéndose nada.

 Sí, es verdad, este mundo es un lugar realmente hermoso.

 ...buenas noches...




Imagen: Makoto Shinkai