Recuerdo aquella tarde y ni sé por qué. Sólo aquel vaivén de las olas, olas sucias del abra de Bilbao, que disuelven pensamientos y murmuran. Sólo murmuran.
Hace ya tiempo, sí, tanto tiempo. Y no lo sabía yo entonces pero en algún lugar de mí, él solito, algo se estaba ya escribiendo.
una y otra vez
viene y va entre las olas
su vientre blanco
Y la verdad es que ahora que lo pienso pocas cosas sé. Ni sé ahora por qué recuerdo aquello ni entonces sabía por qué la tarde gris pasaba y yo, yo allí, mirando casi sin mirar, no podía apartar la mirada de aquel pez que seguía meciéndose, sin más, en el eterno vaivén de las olas.
·
さて、どちらへ行かう風がふく
bien... ¿a dónde ir...?
...el viento sopla...
さて、どちらへ行かう風がふく
bien... ¿a dónde ir...?
...el viento sopla...
31 enero 2009
27 enero 2009
El pescador VII
Sí hijo, deja a los demás que miren los relojes. Sé como el poeta, que no le importa el tiempo ni ninguna otra cosa cuando va en pos de la belleza. Quizá tenga que esperar meses, años, o la vida entera buscando ese verso, esa palabra resplandeciente, única, que necesita para completar el mundo y a sí mismo.
El poeta es como el pescador. Lanza la caña al río proceloso de la vida con la esperanza de que la belleza se materialice y se haga visible. Porque la belleza, hijo, necesita de nuestra invocación para que se manifieste en el mundo. Está ahí, al otro lado del espejo que nos devuelve siempre la imagen de nosotros mismos y de nuestro mundo. La belleza palpita a nuestro alrededor, bajo la superficie del agua, esperando ser descubierta por la mirada adecuada y atenta, aguardando el sedal que la lleve a la superficie.
Para el poeta las palabras son más que palabras, encierran todo el misterio de la creación del mundo. Para el pescador el río es mucho más que un curso de agua, es el lugar sagrado donde llevar a cabo la comunión con la naturaleza y el rito del descubrimiento de sí mismo.
Mira las efímeras revolotear sobre el agua. Se llaman así porque tras varios años de estado larval bajo la superficie del agua, surgen al aire como adultas destinadas a vivir tan sólo un día. Como para el poeta y el pescador, el tiempo no cuenta para ellas, y la vida es más que el curso de las horas. Imagina la emoción de contemplar un único amanecer y un solo crepúsculo, de ver y hacer las cosas siempre por primera vez. Y única.
Intenta ser siempre como la efímera. Déjate maravillar por el mundo y todas sus criaturas como si lo contemplaras todo por primera vez. Llénate de gozo con cada amanecer y abandónate al hechizo de todos los atardeceres.
Siente. Siente intensamente cada momento jubiloso como si fuera el último vuelo de la efímera.
Siente. Pues cuanto más sientes más eres. Permanece siempre atento, cuando menos lo esperes surgirá el prodigio enganchado en el extremo de tu sedal. No pierdas la esperanza nunca.
24 enero 2009
06 enero 2009
Más allá de las puertas
Por qué el amor cuando lo pierdes duele tanto. Ya no tengo respuestas.
Sólo tengo la vida que he vivido.
Dos veces en la vida he podido elegir, como niño y como hombre.
El niño eligió la seguridad, el hombre elige el sufrimiento.
El dolor de ahora es parte de la felicidad de entonces. Ese es el trato.
Jack camina lentamente por la campiña por un camino de tierra, entre las verdes colinas, bajo el cielo azul, y reflexiona. Así termina la película de Richard Attenborough “Tierras de Penumbra” protagonizada por Anthony Hopkins y Debra Winger.
A veces las cosas parecen hiladas por manos misteriosas, caprichosas. La noche de Reyes estaba yo zapeando y me topé con “Crónicas de Narnia”. No sé qué decir de la peli pero el primer libro de la serie lo leí hace tiempo y me gustó. Quizá esta saga de Narnia sea lo más reconocido que escribió C.S. Lewis.
Yo, sin embargo, guardo en mi memoria, a fuego (si la expresión no estuviera tan destemplada) su libro “Una pena en observación”. En él Lewis narra desde un punto de vista cristiano no sólo su pena, sino su desconcierto por la pérdida de su amor, Joy. Y su esperanza.
La película “Tierras de Penumbra” está inspirada en ese libro y en la relación de su autor con la poetisa norteamericana Helen Joy Gresham. El cuadriculado solterón y sesudo profesor de Oxford reconoce en Joy no sólo el AMOR, así, con mayúsculas, sino el verdadero sentido de su vida.
Un día, un día cualquiera, como lo son todos, a Joy le diagnostican un cáncer de huesos irreversible.
Recuerdo leer ese libro cuando apenas había perdido a mi madre un día como hoy, Reyes, y recuerdo tragar saliva y cerrar las páginas una y otra vez, y leer y cerrar y leer.
Jack - Cuando mi madre murió yo tenía tu edad. Creía que si rezaba para que mejorase y si tenía verdadera fe, se pondría mejor, que no moriría, pero murió.
Douglas - No funciona.
Jack - No funciona.
Douglas - Da igual.
Jack - Yo quería mucho a tu madre. Quizás la quería demasiado. Ella lo sabía y me decía: Vale la pena. Porque sabía lo que iba a ocurrir. ¿No es justo verdad?
Douglas - No sé por qué ha tenido que pasar esto.
Jack - Ni yo tampoco… (Silencio) Pero no puedes aferrarte a las cosas, tienes que dejarlas ir.
Douglas - Jack, ¿crees que existe el cielo?
Jack - Sí, lo creo.
Douglas - Yo no creo en el cielo.
Jack - No importa.
Douglas - Pero me gustaría volver a verla.
Jack - (Llora amargamente) A mí también.
Douglas es el hijo de Joy, de un matrimonio anterior. Y precisamente es Douglas el protagonista de la escena por la cual siempre recordaré esa película.
Él, que ha leído los libros Narnia, descubre en el desván del caserón de Lewis un viejo armario. Sin duda esperando encontrar Narnia más allá de sus puertas, tal y como se describe en el libro, se acerca cauteloso, lleno de esperanza, a esas puertas mágicas.
Uffff... Recuerdo como si fuera hoy compartir la ingenua esperanza de ese niño abriendo aquellas puertas. Yo, como él, esperaba que allí detrás apareciera una luz, unas colinas, el mar y una playa, un cielo azul y puro, como en los cuentos, como en los sueños...
Tras las puertas Douglas rebusca entre la ropa vieja pero no haya nada salvo el fondo opaco de un viejo armario.
Y yo lo sabía, lo sabía.... Sabía lo que iba a ocurrir. Sabía que esa película era así. Que la vida es así. Que en el fondo de los armarios sólo hay madera vieja. Pero...
La esperanza. No encontré esperanza en el fondo de ningún armario. Y hoy, tal día como hoy, uno cualquiera, como lo son todos, sigo teniendo que tragar saliva y cerrar, y volver a abrir, porque así son las cosas.
No la vi... no la vi... esperanza.... mi madre, mi padre... Dios, cuántas puertas abrí. Cuántos viejos ropajes cayeron de mis ojos. Desnudo caminé por el filo del precipicio, exiliado del cielo, con las manos tan vacías, tan vacías... Cuando nada funcionaba, cuando ni siquiera había preguntas porque tenía todas las respuestas.
La esperanza. Una persona puede sostenerse, ligera, sobre la esperanza o volverse loca. Frágil, como una hoja de papel bajo la lluvia, un alma puede quebrarse esperando la esperanza.
Y sin embargo Lewis la vio. Vio esa esperanza, la vivió, por eso no le importa que Douglas no crea en el cielo. Él lo ha vivido, lo ha tocado en cada uno de los días que pasó junto a Joy.
Jack - Ya no quiero estar en ningún otro sitio. Ya no espero que ocurra nada nuevo. Y tampoco tengo que esperar hasta la siguiente colina. Estoy aquí, es suficiente.
Joy - Esto es la felicidad para ti, ¿verdad?
Jack - Sí, sí.
Joy - No va a durar mucho.
Jack - No nos amarguemos el tiempo que aún podemos estar juntos.
Joy - Eso no lo amarga. Hace que sea real (se oye un trueno en la tormenta) Déjame que te lo diga antes de qu pase la lluvia y volvamos a casa. (Llueve)
En una última excursión por la campiña Joy y Jack se refugian de la lluvia en un cobertizo. Esa campiña que Jack guardaba pintada en un cuadro, como un paraíso perdido de su niñez, en su estudio. Las verdes colinas, el cielo azul.
Joy, judía de nacimiento, convertida cristiana por influencia de Jack, devuelve esperanza. El eco de una fe que vuelve desde el fondo silencioso de las montañas.
A veces las cosas, caprichosas, parecen hilarse de una manera misteriosa. Y un trueno, tan inesperado siempre, antes de que pase la lluvia, me recuerda el trato.
Y un día como hoy, uno cualquiera, único, como lo son todos, yo por fin pude recordar el paraíso bajo la lluvia. Tocar el cielo. Y volví a ver las verdes colinas, el cielo azul, el mar...
En ningún otro sitio quiero estar, sin esperar nada. Estoy aquí, es suficiente.

Sólo tengo la vida que he vivido.
Dos veces en la vida he podido elegir, como niño y como hombre.
El niño eligió la seguridad, el hombre elige el sufrimiento.
El dolor de ahora es parte de la felicidad de entonces. Ese es el trato.
Jack camina lentamente por la campiña por un camino de tierra, entre las verdes colinas, bajo el cielo azul, y reflexiona. Así termina la película de Richard Attenborough “Tierras de Penumbra” protagonizada por Anthony Hopkins y Debra Winger.
A veces las cosas parecen hiladas por manos misteriosas, caprichosas. La noche de Reyes estaba yo zapeando y me topé con “Crónicas de Narnia”. No sé qué decir de la peli pero el primer libro de la serie lo leí hace tiempo y me gustó. Quizá esta saga de Narnia sea lo más reconocido que escribió C.S. Lewis.
Yo, sin embargo, guardo en mi memoria, a fuego (si la expresión no estuviera tan destemplada) su libro “Una pena en observación”. En él Lewis narra desde un punto de vista cristiano no sólo su pena, sino su desconcierto por la pérdida de su amor, Joy. Y su esperanza.
La película “Tierras de Penumbra” está inspirada en ese libro y en la relación de su autor con la poetisa norteamericana Helen Joy Gresham. El cuadriculado solterón y sesudo profesor de Oxford reconoce en Joy no sólo el AMOR, así, con mayúsculas, sino el verdadero sentido de su vida.
Un día, un día cualquiera, como lo son todos, a Joy le diagnostican un cáncer de huesos irreversible.
Recuerdo leer ese libro cuando apenas había perdido a mi madre un día como hoy, Reyes, y recuerdo tragar saliva y cerrar las páginas una y otra vez, y leer y cerrar y leer.
Jack - Cuando mi madre murió yo tenía tu edad. Creía que si rezaba para que mejorase y si tenía verdadera fe, se pondría mejor, que no moriría, pero murió.
Douglas - No funciona.
Jack - No funciona.
Douglas - Da igual.
Jack - Yo quería mucho a tu madre. Quizás la quería demasiado. Ella lo sabía y me decía: Vale la pena. Porque sabía lo que iba a ocurrir. ¿No es justo verdad?
Douglas - No sé por qué ha tenido que pasar esto.
Jack - Ni yo tampoco… (Silencio) Pero no puedes aferrarte a las cosas, tienes que dejarlas ir.
Douglas - Jack, ¿crees que existe el cielo?
Jack - Sí, lo creo.
Douglas - Yo no creo en el cielo.
Jack - No importa.
Douglas - Pero me gustaría volver a verla.
Jack - (Llora amargamente) A mí también.
Douglas es el hijo de Joy, de un matrimonio anterior. Y precisamente es Douglas el protagonista de la escena por la cual siempre recordaré esa película.
Él, que ha leído los libros Narnia, descubre en el desván del caserón de Lewis un viejo armario. Sin duda esperando encontrar Narnia más allá de sus puertas, tal y como se describe en el libro, se acerca cauteloso, lleno de esperanza, a esas puertas mágicas.
Uffff... Recuerdo como si fuera hoy compartir la ingenua esperanza de ese niño abriendo aquellas puertas. Yo, como él, esperaba que allí detrás apareciera una luz, unas colinas, el mar y una playa, un cielo azul y puro, como en los cuentos, como en los sueños...
Tras las puertas Douglas rebusca entre la ropa vieja pero no haya nada salvo el fondo opaco de un viejo armario.
Y yo lo sabía, lo sabía.... Sabía lo que iba a ocurrir. Sabía que esa película era así. Que la vida es así. Que en el fondo de los armarios sólo hay madera vieja. Pero...
La esperanza. No encontré esperanza en el fondo de ningún armario. Y hoy, tal día como hoy, uno cualquiera, como lo son todos, sigo teniendo que tragar saliva y cerrar, y volver a abrir, porque así son las cosas.
No la vi... no la vi... esperanza.... mi madre, mi padre... Dios, cuántas puertas abrí. Cuántos viejos ropajes cayeron de mis ojos. Desnudo caminé por el filo del precipicio, exiliado del cielo, con las manos tan vacías, tan vacías... Cuando nada funcionaba, cuando ni siquiera había preguntas porque tenía todas las respuestas.
La esperanza. Una persona puede sostenerse, ligera, sobre la esperanza o volverse loca. Frágil, como una hoja de papel bajo la lluvia, un alma puede quebrarse esperando la esperanza.
Y sin embargo Lewis la vio. Vio esa esperanza, la vivió, por eso no le importa que Douglas no crea en el cielo. Él lo ha vivido, lo ha tocado en cada uno de los días que pasó junto a Joy.
Jack - Ya no quiero estar en ningún otro sitio. Ya no espero que ocurra nada nuevo. Y tampoco tengo que esperar hasta la siguiente colina. Estoy aquí, es suficiente.
Joy - Esto es la felicidad para ti, ¿verdad?
Jack - Sí, sí.
Joy - No va a durar mucho.
Jack - No nos amarguemos el tiempo que aún podemos estar juntos.
Joy - Eso no lo amarga. Hace que sea real (se oye un trueno en la tormenta) Déjame que te lo diga antes de qu pase la lluvia y volvamos a casa. (Llueve)
En una última excursión por la campiña Joy y Jack se refugian de la lluvia en un cobertizo. Esa campiña que Jack guardaba pintada en un cuadro, como un paraíso perdido de su niñez, en su estudio. Las verdes colinas, el cielo azul.
Joy, judía de nacimiento, convertida cristiana por influencia de Jack, devuelve esperanza. El eco de una fe que vuelve desde el fondo silencioso de las montañas.
A veces las cosas, caprichosas, parecen hilarse de una manera misteriosa. Y un trueno, tan inesperado siempre, antes de que pase la lluvia, me recuerda el trato.
Y un día como hoy, uno cualquiera, único, como lo son todos, yo por fin pude recordar el paraíso bajo la lluvia. Tocar el cielo. Y volví a ver las verdes colinas, el cielo azul, el mar...
En ningún otro sitio quiero estar, sin esperar nada. Estoy aquí, es suficiente.
31 diciembre 2008
Un rostro en el agua
Escrito en mi retrato
Tu corazón es ya como ceniza
y tu cuerpo como barca sin amarras.
Te pregunto qué hazaña has llevado a cabo en esta vida...
Su Dongpo
Tú… sobre la corriente que fluye, que pasa, siempre. ¿Quién eres tú? Eres agua, eres cielo, eres ceniza que flota un instante. Y se va, y es nada. Cielo, agua.
¿Me miras? ¿Me preguntas? En esta vida… en esta vida…
24 diciembre 2008
19 diciembre 2008
El pescador VI
¡Mira! ¿La ves? Es la mantis religiosa, estática y casi invisible entre la hierba, aguardando a su presa. Ahí la tienes, la encarnación de la fatalidad, pero tan bella... guardando eterna reverencia ante la creación. Es el único animal que siempre bendice los alimentos antes de empezar a comer. Su pasión y apetito por la vida es tan desenfrenado que devora incluso a sus amantes. Su beso en el cuello es tan ardoroso y arrebatado... ¿Cruel? No hijo. La crueldad es atributo exclusivamente humano. Sólo nosotros somos conscientes de ella y del dolor que provocamos en nuestros semejantes.
No juzgues a los demás con los ojos del fiscal. Juzga sí, porque quien tiene juicio y entendimiento debe asumir la responsabilidad de juzgar, y por tanto de ser juzgado. Te diría no obstante que jamás confundas juzgar con condenar. Y te diría además que no olvides que la justicia de los hombres camina vacilante con una venda en los ojos y una balanza en una mano. Y en la otra mano empuña una espada, como los jinetes del Apocalipsis, carentes de piedad.
Cuando juzgues, hijo, hazlo sin vendas en los ojos, mantenlos bien abierto, mientras miras a la cara a quien juzgas, buscando con tu mirada su mirada. Juzga siempre con la mirada con la que tú quisieras ser juzgado. Con la mirada del alma.
Fíjate en esa oruga que se acerca entre la hierba, puedes pensar que es un triste gusano que arrastra su vientre sobre el polvo o puedes ver a una mariposa todavía sin alas. Porque puede que no lo sepas, pero la inteligencia no nos fue dada para fabricar torpes artefactos sin gracia, nos fue dada para imaginar, para ver más allá del opaco cuerpo de las orugas. Olvídate del sentido común, el más desilusionante de los sentidos, y haz caso siempre de los ojos de tu alma que verán cosas que todos los siglos de conocimientos de los hombres no han podido ni soñar.
Descubre todas las mariposas que se ocultan en todas las orugas, porque has de saber hijo, que en el interior de todos nosotros, tristes gusanos a los ojos de la mayoría, laten las alas de las mariposas, plegadas ahora en algún rincón del alma, pugnando por desplegarse y comenzar a volar. Aguardan tan sólo la mirada precisa, la adecuada. La mirada del corazón. Quizá la tuya.
Volvamos al río ahora que atardece. Puedes notar como, tras el intermezzo del mediodía, la melodía de la vida se encamina nostálgica hacia los suaves acordes dorados del crepúsculo. Es el tiempo de la dulce melancolía, esa extraña languidez a la que te abandonas perezosamente mientras el alma vuela silenciosa hacia el interior de ti mismo.
Escucha el rumor del río con todos los seres que lo habitan, el murmullo de todas las generaciones que lo contemplaron, que pasaron pero no dejan de pasar, como él. Escucha, porque es ahora cuando el rumor del río se confunde con el susurro de tu alma y ya te es imposible distinguir si toda esa belleza serena que se desborda magnífica lo hace sobre el mundo o en el interior de ti mismo.
Ven, sentémonos aquí, echemos las cañas en este remanso. Parece que el tiempo se remansase junto con el agua, que la vida se acurrucara sobre sí misma buscando la paz y el sosiego.
12 diciembre 2008
Perro sin dueño. Un libro de haiku.
Miro los ejemplares. Sonrío. Me llama la atención el título.
Qué sorprendente este perro sin dueño. Quién lo iba a decir, aquel otro, el que compartió sus pasos ligeros junto a los míos, entre las viñas. Aquel camino, aquel cielo. Aquellos pasos...
¿Qué habrá sido de él?
En una entrada del foro de no-michi leo: Puesto que se ha agotado el libro “Perro sin Dueño” (en formato de papel) que recogía una amplia selección de los haiku premiados y participantes en el II CONCURSO INTERNACIONAL DE HAIKU DE LA FACULTAD DE DERECHO DE LA UNIVERSIDAD DE CASTILLA LA MANCHA (ALBACETE 2007), se ha procedido a presentarlo en su idéntico contenido en una web, para que todo el mundo pueda echarle un vistazo a esa magnífica colección de haiku. Lo tenéis en:
http://02concursointernacionaldehaiku.blogspot.com/
Aprovechamos la ocasión para recomendaros un enlace en el que el poeta Arturo Tendero escribe un artículo recomendando felicitar las Navidades con Haiku y cita el libro Perro sin Dueño. Está en:
http://www.laverdad.es/albacete/20081228/opinion/digaselo-haikus-20081228.html
Perro sin dueño. Sorprendente sí. Un puñado de palabras y una nube de recuerdos. Un año.Y aquel perro ajeno a todo salvo a su propio misterio. Nuestro misterio. Y aquel instante.
28 noviembre 2008
un sorbo de té
“La vida de mi padre fue sólo una pequeña parte de la vida de un tazón de té.”En el último capítulo de la novela de Yasunari Kawabata “Mil grullas”, Kikuji contempla un tazón de té de siglos de antigüedad (un karatsu) que perteneció a su padre, que ha pasado de generación en generación y allí está, ahora, digno y bello frente a él y Fumiko.
“Muerte, a los pies de una. Me atemoriza. He intentado tantas cosas. He intentado pensar que con la muerte cerca no puedo estar por siempre absorbida por la muerte de mi madre”
Fumiko... con sus manos temblorosas prepara el té que ambos tomarán. Con pálida voz insiste una y otra vez en destruir el tazón shino, bello, digno, a sus pies, que perteneció a su madre.
“Al ver a su padre y a la madre de Fumiko en los tazones, Kikuji sintió que habían reunido dos bellos fantasmas y los habían colocado uno al lado del otro.”
Unos tazones que se podían utilizar en la ceremonia del té y también a diario. Tazones marido-mujer que pertenecieron a sus respectivos padres y que son usados ahora, esa primera y última vez, por Kikuji y Fumiko, ¿sombras, fantasmas, a su vez de un pasado que los envuelve como el aroma del té?
El recuerdo, la culpa, la tristeza, lo irremediable... y la belleza delicada de los ritos antiguos... y la muerte, que ronda sutil, tibia... todo está en ese último encuentro entre Kikuji, siempre tan desorientado, y Fumiko, tan vulnerable siempre.
Esta tarde tomaba té en mi cocina, sin ceremonia antigua, sin tazones de siglos. Yo solo. Mi tazón no es un shino ni un karatsu, pero es de Japón, el té también. Quizá por eso recordaba esa escena de la novela de Kawabata. Siempre me ha gustado su estilo, mostrar sin mostrar, esa sutil forma de mirar y mostrase tan japonesa. Primer premio Nóbel de literatura japonés, se suicidó tres años después. Huérfano temprano y para siempre...
No sé por qué, pensaba en Fumiko, que arroja el shino con tanta vehemencia que está ella misma a punto de caer contra las piedras. ¿Ella misma pretende romperse, deshacerse, por algo que sólo llegamos a intuir?
Quizá Kikuji también entrevé algo en la belleza rota que es la propia alma de Fumiko. En un primer momento, ya solo, pretende recomponer los pedazos del shino. Kikuji contempla el lucero del alba, una luz que hacía tiempo que no veía. Pero acto seguido:
“No había lucero. En el breve momento en que sus ojos estaban sobre los fragmentos deshechos, el lucero del alba había desaparecido entre las nubes. Observó el cielo al oriente durante un rato, como para recuperar algo robado. Las nubes no eran densas, pero no podía decir dónde estaba el lucero.”
Y entonces Kikuji desiste en su intento de recomponer nada y entierra los pedazos del shino. Desde que leí esas líneas yo mismo creo que un alma quizá se pueda sepultar. O el recuerdo de un alma. O su fantasma. Quizá.
Fumiko desaparecerá para siempre, como esa estrella que fulgura un instante en el filo del alba. Fumiko se suicidará, lejos de nuestra mirada y de la de Kikuji. Fumiko llevaba casi su vida entera suicidándose, huérfana de sí misma, con la muerte siempre a sus pies.
Miro mi té y pienso en esa belleza sin concesiones que se muestra un instante, apenas nada, y desaparece para siempre mientras nosotros estamos distraídos reconstruyendo quién sabe qué. ¿Quizá a nosotros mismos una y otra vez? Miro la tarde grisácea, las nubes, y pienso en los fantasmas que yacen a mis pies. Y los pedazos de algo que sólo puedo intuir aún siguen aquí, en alguna parte, al otro lado de mis ojos.
Miro mi té y dejo que repose. Y hasta el fondo de mi tazón sin siglos se hunde mi mirada. En la tibieza verde del té brilla algo tan bello que no puedo sino romper. No hay nada que recomponer, no hay nada que buscar...
Se dice que en el sur de Yunnan, ya cerca de la frontera con Vietnam, en la región de las montañas de té, fue donde se preparó el primero. Y cuentan que allí los aldeanos todavía lo recogen de los árboles del té. Sí, verdaderos árboles, algunos inmensos, que crecen salvajes en las montañas cubiertas de bosque subtropical.
Y esas gentes, como en los ritos antiguos, aún creen que las cosas son de una determinada manera y deben hacerse por tanto también de una determinada manera. Buscan sin buscar porque están convencidos de que los árboles de té se muestran y no se hayan. Es el árbol el que se hace visible sólo ante ciertas miradas y accesible sólo a algunos corazones. Sin avaricia, sin egoísmo. Sólo recoger lo que el árbol te ofrece. Y después marcharse sin mirar atrás. Para no recordar nunca, para olvidar siempre.
Y será aquel árbol del té, bello y digno, quien nos recordará a nosotros, pequeña parte de su vida de siglos. Y quizá otro día, otro atardecer u otro amanecer, reclame nuestra presencia efímera, bella y trágica, junto a él. Nuestra mirada, siempre huérfana de algo robado.
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