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さて、どちらへ行かう風がふく

bien... ¿a dónde ir...?
...el viento
sopla...


14 diciembre 2025

俳文 Olor a espliego en las manos (El Rincón del Haiku. Haibun.)



Olor a espliego en las manos de mi padre. Al volver a casa. Lo he recordado de pronto. Justo al arrancar una brizna de hinojo con los dedos mientras caminaba por la calle.

Me gustaría ver estas obras terminadas. Eso pensaba mientras caminaba. Las nuevas aceras y los jardines que bordean la bahía. Recorrer todo este paseo que bordea los antiguos muelles escuchando el zumbido de las abejas, intuyendo el olor de las flores.

Sobre pilotes medio hundidos, los cormoranes que no pescan. El brillo del sol.

A veces también olían a tomillo, o a romero, las manos de mi padre. Cuando volvía a casa después de ir a pescar o a buscar setas. Salir de casa era para él sinónimo de salir al campo. A la montaña, al bosque. Al río.
Es curioso. Deambulo sin rumbo por las calles y a menudo, tarde o temprano, acabo frente al agua. La bahía. O los canales.
También pizcando ramitas de hinojo. Eso también.

Dos gaviotas comparten algo en el aire. Un cielo sin una sola nube.

Camino con cuidado para no asustar a las palomas resguardadas a la sombra de los parterres. La brisa llega realmente cálida no sé de dónde. Aquí apoyado en el pretil frente a la bahía me revuelve el pelo una y otra vez.
–Una gorrita –eso me diría mi padre– Al campo siempre se sale con una gorrita. Y un palito. –Eso también. Qué bueno. Salir al campo. Qué si no.

Marea baja. Sobre el balanceo de las algas, una libélula que ya no está.

¿Será eso? Salir al campo. Inevitable. A lo mejor solo me gustaría creerlo. Caminar sin rumbo por ahí y volver a casa siempre con el olor del espliego entre los dedos. Con una pizca de hinojo en el bolsillo.
Sería tan hermoso. Que las flores nuevas y las abejas me recuerden siempre al sol de mi infancia. A las manos que la construyeron y la cuidaron.

Esperando a que vuelva a aparecer el cangrejo por detrás de la roca. El olor del agua.

La ciudad de las flores. En los jardines y los bordes de las aceras. En las tiendas y en los supermercados. La ciudad del viento. También eso.
Creo que esta mañana juegan los Giants. Las ovaciones llegan hasta aquí como olas en el aire. Seguro que en el canal de Mission Bay la gente aguarda en sus kayaks a que alguna bola salga del estadio y caiga al agua.
No sé qué diría mi padre de esa pesca…. Aquí en la bahía, un pescador, uno de verdad, lanza una y otra vez el sedal. Nada. Algunos niños reman con las manos sobre sus tablas. Risas. Qué sol… Qué sol tan nuevo.

Parece que habla al viento. Una chica gesticula frente al agua sin decir nada.

Me gusta salir al campo. Me gusta caminar siguiendo el borde del agua. Sin saber muy bien dónde estará la próxima montaña o las manos que la sostienen.
La ciudad de las montañas y la niebla. Del sol.

En el último giro, un pelícano se une al bando sobre la bahía.

Parecen laberintos. La sombra de las ramas de acacia sobre la acera. No sé si hay que salir o llegar al centro. En los laberintos. Nunca me acuerdo.
Sombras que se balancean en la brisa cálida. Mis pasos. Un abejorro. Parecen otros colores sus colores. Algo se agita entre las flores. Un sonido que se derrama, que escapa hacia alguna parte.
Tenía que haber cogido la gorra. Sí. Tenía que haberlo recordado. Cuando sales al campo es necesario recordar. Todo. Quizá sea inevitable. ¿Será eso? No lo sé.
Me gusta caminar, donde el agua me lleve. El viento. Probar por primera vez cada pizca de hinojo, el olor del espliego. Unas manos. Estrenar la luz del sol. Sin poder evitarlo.



no sé dónde,
cada vez más intensa
la llamada del petirrojo




04 noviembre 2025

Nubes blancas

 

-¿No la vais a cortar verdad?

Una orquídea silvestre. La tarde tibia de un tiempo transparente. Nosotros dos acuclillados cómo niños mirando las flores.

No sé por qué cuando pienso en Ana María es eso lo que recuerdo. Más allá de zazenkai, teisho, sesshin…

Orquídeas, abejarucos, hinojo…

La que sería mi mujer estaba allí entonces, acuclillada junto a mí. La que sería mi maestra estaba allí también. Sonriente. Preguntando.

Ana María, Ki'un-An, "Nube Radiante".



Una sonrisa, como el vuelo de los abejarucos que miraba yo en verano. En los sesshin. Comprobando asombrado cómo el aire sostenía su gorjeo que venía de pronto, para desaparecer después. Y solo el cielo vacío de verano, con todo su silencio, llegaba entonces.

Y allí mismo, de noche, en un zazen imposible, escuchando el canto aflautado del ¿autillo? ¿sapo partero?

Mi niñez. Allí estaba entonces. Aquel canto desvaneciéndose en el silencio. Hace tantos años oído de acampada junto a un río lejano…

El hinojo cortado en el samu, mi padre guardando sus flores en los bolsillos del niño que era yo entonces, hierba que muere y perfuma el aire.

La soledad

Nosotros



Todos los veranos

Su silencio



Lo que fue y lo que sería después.



Allí estaba entonces mientras contemplábamos las orquídeas. Las delicadas orquídeas. Nuestro transparente corazón.



Esta sed apacible… con el olor de la lluvia ya sobre mi piel, pero sin saber aún dónde caerá, dónde se remansará.

Buscando nada. En las nubes deshaciéndose lentamente en una tarde de verano, en el silencio que aguarda entre cada uno de mis pensamientos.

En cada una de las cosas que dejan de ser, mansamente, para comenzar a ser otra cosa.

En todos los comienzos.

Como un niño entre las flores.  



Somos nada. Pero no estamos solos. Y cada cosa que habita el mundo nos lo recuerda.

Hinojo, abejarucos, orquídeas…

Nubes…

Algo en la luz de aquella tarde mirando las orquídeas silvestres perfilaba el contorno de las nubes. Radiante.

Ahora lo sé aunque entonces no lo vi.



Algo bueno, luminoso, habita nuestro corazón. Misterioso y tímido. Que no sabe y calla. Que aguarda y escucha. Un poco asustado a veces. Libre. Como un abejaruco que explora el aire en las tardes azuladas de verano.





Nubes y escampadas, alborada y crepúsculo, se renuevan sin cesar.
Ya he hecho entrega de mi cuerpo al vacío.
En su vagar sin intención
las nubes blancas se asemejan al hombre que las contempla.

Tsu Dongpo





En memoria de Ana Mª Schlüter Rodés, maestra Zen del Zendo Betania.