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さて、どちらへ行かう風がふく
bien... ¿a dónde ir...?
...el viento sopla...
さて、どちらへ行かう風がふく
bien... ¿a dónde ir...?
...el viento sopla...
24 diciembre 2008
19 diciembre 2008
El pescador VI
¡Mira! ¿La ves? Es la mantis religiosa, estática y casi invisible entre la hierba, aguardando a su presa. Ahí la tienes, la encarnación de la fatalidad, pero tan bella... guardando eterna reverencia ante la creación. Es el único animal que siempre bendice los alimentos antes de empezar a comer. Su pasión y apetito por la vida es tan desenfrenado que devora incluso a sus amantes. Su beso en el cuello es tan ardoroso y arrebatado... ¿Cruel? No hijo. La crueldad es atributo exclusivamente humano. Sólo nosotros somos conscientes de ella y del dolor que provocamos en nuestros semejantes.
No juzgues a los demás con los ojos del fiscal. Juzga sí, porque quien tiene juicio y entendimiento debe asumir la responsabilidad de juzgar, y por tanto de ser juzgado. Te diría no obstante que jamás confundas juzgar con condenar. Y te diría además que no olvides que la justicia de los hombres camina vacilante con una venda en los ojos y una balanza en una mano. Y en la otra mano empuña una espada, como los jinetes del Apocalipsis, carentes de piedad.
Cuando juzgues, hijo, hazlo sin vendas en los ojos, mantenlos bien abierto, mientras miras a la cara a quien juzgas, buscando con tu mirada su mirada. Juzga siempre con la mirada con la que tú quisieras ser juzgado. Con la mirada del alma.
Fíjate en esa oruga que se acerca entre la hierba, puedes pensar que es un triste gusano que arrastra su vientre sobre el polvo o puedes ver a una mariposa todavía sin alas. Porque puede que no lo sepas, pero la inteligencia no nos fue dada para fabricar torpes artefactos sin gracia, nos fue dada para imaginar, para ver más allá del opaco cuerpo de las orugas. Olvídate del sentido común, el más desilusionante de los sentidos, y haz caso siempre de los ojos de tu alma que verán cosas que todos los siglos de conocimientos de los hombres no han podido ni soñar.
Descubre todas las mariposas que se ocultan en todas las orugas, porque has de saber hijo, que en el interior de todos nosotros, tristes gusanos a los ojos de la mayoría, laten las alas de las mariposas, plegadas ahora en algún rincón del alma, pugnando por desplegarse y comenzar a volar. Aguardan tan sólo la mirada precisa, la adecuada. La mirada del corazón. Quizá la tuya.
Volvamos al río ahora que atardece. Puedes notar como, tras el intermezzo del mediodía, la melodía de la vida se encamina nostálgica hacia los suaves acordes dorados del crepúsculo. Es el tiempo de la dulce melancolía, esa extraña languidez a la que te abandonas perezosamente mientras el alma vuela silenciosa hacia el interior de ti mismo.
Escucha el rumor del río con todos los seres que lo habitan, el murmullo de todas las generaciones que lo contemplaron, que pasaron pero no dejan de pasar, como él. Escucha, porque es ahora cuando el rumor del río se confunde con el susurro de tu alma y ya te es imposible distinguir si toda esa belleza serena que se desborda magnífica lo hace sobre el mundo o en el interior de ti mismo.
Ven, sentémonos aquí, echemos las cañas en este remanso. Parece que el tiempo se remansase junto con el agua, que la vida se acurrucara sobre sí misma buscando la paz y el sosiego.
12 diciembre 2008
Perro sin dueño. Un libro de haiku.
Miro los ejemplares. Sonrío. Me llama la atención el título.
Qué sorprendente este perro sin dueño. Quién lo iba a decir, aquel otro, el que compartió sus pasos ligeros junto a los míos, entre las viñas. Aquel camino, aquel cielo. Aquellos pasos...
¿Qué habrá sido de él?
En una entrada del foro de no-michi leo: Puesto que se ha agotado el libro “Perro sin Dueño” (en formato de papel) que recogía una amplia selección de los haiku premiados y participantes en el II CONCURSO INTERNACIONAL DE HAIKU DE LA FACULTAD DE DERECHO DE LA UNIVERSIDAD DE CASTILLA LA MANCHA (ALBACETE 2007), se ha procedido a presentarlo en su idéntico contenido en una web, para que todo el mundo pueda echarle un vistazo a esa magnífica colección de haiku. Lo tenéis en:
http://02concursointernacionaldehaiku.blogspot.com/
Aprovechamos la ocasión para recomendaros un enlace en el que el poeta Arturo Tendero escribe un artículo recomendando felicitar las Navidades con Haiku y cita el libro Perro sin Dueño. Está en:
http://www.laverdad.es/albacete/20081228/opinion/digaselo-haikus-20081228.html
Perro sin dueño. Sorprendente sí. Un puñado de palabras y una nube de recuerdos. Un año.Y aquel perro ajeno a todo salvo a su propio misterio. Nuestro misterio. Y aquel instante.
28 noviembre 2008
un sorbo de té
“La vida de mi padre fue sólo una pequeña parte de la vida de un tazón de té.”En el último capítulo de la novela de Yasunari Kawabata “Mil grullas”, Kikuji contempla un tazón de té de siglos de antigüedad (un karatsu) que perteneció a su padre, que ha pasado de generación en generación y allí está, ahora, digno y bello frente a él y Fumiko.
“Muerte, a los pies de una. Me atemoriza. He intentado tantas cosas. He intentado pensar que con la muerte cerca no puedo estar por siempre absorbida por la muerte de mi madre”
Fumiko... con sus manos temblorosas prepara el té que ambos tomarán. Con pálida voz insiste una y otra vez en destruir el tazón shino, bello, digno, a sus pies, que perteneció a su madre.
“Al ver a su padre y a la madre de Fumiko en los tazones, Kikuji sintió que habían reunido dos bellos fantasmas y los habían colocado uno al lado del otro.”
Unos tazones que se podían utilizar en la ceremonia del té y también a diario. Tazones marido-mujer que pertenecieron a sus respectivos padres y que son usados ahora, esa primera y última vez, por Kikuji y Fumiko, ¿sombras, fantasmas, a su vez de un pasado que los envuelve como el aroma del té?
El recuerdo, la culpa, la tristeza, lo irremediable... y la belleza delicada de los ritos antiguos... y la muerte, que ronda sutil, tibia... todo está en ese último encuentro entre Kikuji, siempre tan desorientado, y Fumiko, tan vulnerable siempre.
Esta tarde tomaba té en mi cocina, sin ceremonia antigua, sin tazones de siglos. Yo solo. Mi tazón no es un shino ni un karatsu, pero es de Japón, el té también. Quizá por eso recordaba esa escena de la novela de Kawabata. Siempre me ha gustado su estilo, mostrar sin mostrar, esa sutil forma de mirar y mostrase tan japonesa. Primer premio Nóbel de literatura japonés, se suicidó tres años después. Huérfano temprano y para siempre...
No sé por qué, pensaba en Fumiko, que arroja el shino con tanta vehemencia que está ella misma a punto de caer contra las piedras. ¿Ella misma pretende romperse, deshacerse, por algo que sólo llegamos a intuir?
Quizá Kikuji también entrevé algo en la belleza rota que es la propia alma de Fumiko. En un primer momento, ya solo, pretende recomponer los pedazos del shino. Kikuji contempla el lucero del alba, una luz que hacía tiempo que no veía. Pero acto seguido:
“No había lucero. En el breve momento en que sus ojos estaban sobre los fragmentos deshechos, el lucero del alba había desaparecido entre las nubes. Observó el cielo al oriente durante un rato, como para recuperar algo robado. Las nubes no eran densas, pero no podía decir dónde estaba el lucero.”
Y entonces Kikuji desiste en su intento de recomponer nada y entierra los pedazos del shino. Desde que leí esas líneas yo mismo creo que un alma quizá se pueda sepultar. O el recuerdo de un alma. O su fantasma. Quizá.
Fumiko desaparecerá para siempre, como esa estrella que fulgura un instante en el filo del alba. Fumiko se suicidará, lejos de nuestra mirada y de la de Kikuji. Fumiko llevaba casi su vida entera suicidándose, huérfana de sí misma, con la muerte siempre a sus pies.
Miro mi té y pienso en esa belleza sin concesiones que se muestra un instante, apenas nada, y desaparece para siempre mientras nosotros estamos distraídos reconstruyendo quién sabe qué. ¿Quizá a nosotros mismos una y otra vez? Miro la tarde grisácea, las nubes, y pienso en los fantasmas que yacen a mis pies. Y los pedazos de algo que sólo puedo intuir aún siguen aquí, en alguna parte, al otro lado de mis ojos.
Miro mi té y dejo que repose. Y hasta el fondo de mi tazón sin siglos se hunde mi mirada. En la tibieza verde del té brilla algo tan bello que no puedo sino romper. No hay nada que recomponer, no hay nada que buscar...
Se dice que en el sur de Yunnan, ya cerca de la frontera con Vietnam, en la región de las montañas de té, fue donde se preparó el primero. Y cuentan que allí los aldeanos todavía lo recogen de los árboles del té. Sí, verdaderos árboles, algunos inmensos, que crecen salvajes en las montañas cubiertas de bosque subtropical.
Y esas gentes, como en los ritos antiguos, aún creen que las cosas son de una determinada manera y deben hacerse por tanto también de una determinada manera. Buscan sin buscar porque están convencidos de que los árboles de té se muestran y no se hayan. Es el árbol el que se hace visible sólo ante ciertas miradas y accesible sólo a algunos corazones. Sin avaricia, sin egoísmo. Sólo recoger lo que el árbol te ofrece. Y después marcharse sin mirar atrás. Para no recordar nunca, para olvidar siempre.
Y será aquel árbol del té, bello y digno, quien nos recordará a nosotros, pequeña parte de su vida de siglos. Y quizá otro día, otro atardecer u otro amanecer, reclame nuestra presencia efímera, bella y trágica, junto a él. Nuestra mirada, siempre huérfana de algo robado.
31 octubre 2008
Mañana, la Antártida
“Se buscan hombres para un viaje peligroso.Sueldo bajo. Frío extremo.
Largos meses de completa oscuridad.
Peligro constante. No se asegura retorno con vida.
Honor y reconocimiento en caso de éxito”
Siempre he sentido un estremecimiento especial al leer el anuncio publicado en los periódicos ingleses el 1 de enero de 1914. Más aún al saber que a semejante locura respondieron 2000 voluntarios. Por fin fueron seleccionados 26 entre marineros, científicos, cirujanos, un artista, un fotógrafo... Más el propio capitán Ernest H. Shackleton, y hasta un polizón. Bueno, y 69 perros de trineo.
Shackleton pretendía atravesar por primera vez la Antártida, desde el Mar de Weddell hasta el mar de Ross, pasando por el Polo Sur, una extensión cercana a los 1.000 kilómetros.
Partieron de Plymouth a bordo del Endurance el 8 de agosto de 1914. Dejaban atrás una Europa que estrenaba una guerra, la Gran Guerra, que llevaría al continente y a la mitad del mundo a la locura, a la verdadera locura.
No sé por qué hace unos días, mientras volvía a casa en un autobús lleno de gente, pensaba yo en Shackleton y su expedición. Era esa hora de colores, entre el día y la noche, en que atardece por un lado y asoman las primeras estrellas por el otro. Me puse mi mp3 y trajiné con el cable porque sólo se oía de un lado, tengo que cambiarlo de una vez. Alguien en el asiento justo detrás del mío comenzó a hablar por el móvil. No suelo cotillear las conversaciones ajenas, lo juro, pero su tono de voz era tan alto y el cable de mi mp3 tan irreductible…
Era una voz de chica, hablaba con excitación, casi emocionada. “¡Ya estoy en el autobús!” dijo. Por sus frases y silencios deduje que se dirigía a mi ciudad, a conocer a alguien que estaba en prisión. Era la primera vez que se presentaría allí y creí entender que también era la primera vez que conocería cara a cara a su interlocutor. “Mañana nos veremos”.
La Imperial Trans-Antarctic, la expedición de Shackleton, no regresó a Inglaterra hasta más de dos años después. Paradojas de la vida, no llegó si quiera a pisar tierra antártica. Cuando faltaban sólo ciento sesenta kilómetros para llegar a su destino, su barco, el Endurance, quedó atrapado por los hielos. Y a pesar de los titánicos esfuerzos de los tripulantes, finalmente, meses más tarde, quedó hecho astillas por la presión del hielo. Se encontraban atrapados en el peor lugar del mundo, a 15.000 kilómetros de casa, sin medios para comunicarse y sabiendo que nadie acudiría a rescatarles.
La voz de aquella chica iba y venía, al ritmo de la cobertura de su móvil. A veces silencio, a veces, de pronto, volvía su voz emocionada hablando del plano de la ciudad, del taxi (si había). Dormiría en un hotel aquella noche, bueno, apenas dormiría puesto que los nervios no la dejarían. Además pretendía levantarse a las 6 de la mañana para prepararse y estar lista. Risas. Imaginé alguien al otro lado del teléfono diciendo “estás loca, no madrugues tanto, con este frío…” Ella volvió a reír. Al final se levantaría a las 6:30. La cita, aquella cita con el destino, sería a las 9 de la mañana. “Mañana”.
Cuando los hombres de Shackleton tuvieron que sacrificar a los perros (aquellos 69 voluntarios más o menos forzosos) dicen que alguien lloró. Lo he visto en alguna parte. Y cuando se comieron a los últimos, comprendieron que no tenían otra salida que empezar a andar. Se pusieron un objetivo: Isla Elefante. Su última esperanza. Llegaron después de 497 días. Estaban al límite de sus fuerzas, atormentados por el hambre, la sed, la congelación, el agotamiento…
Pero allí sólo podían esperar nada. Shackleton se propuso entonces recorrer 1500 kilómetros con otros 5 hombres hasta llegar a Grytviken, en las Georgias del Sur, el lugar habitado más cercano a la Antártida, donde se encontraba la estación ballenera Stromness, desafiando al océano encrespado y lleno de témpanos en un pequeño bote sin más ayuda que un sextante ya que ni las estrellas les servirían allí. Un mínimo error de un grado y todo estaría perdido definitivamente.
Cuenta Shackleton en sus diarios “South” el momento sobrecogedor en que los unos y los otros, los que se aventuran en el botecito y los que se quedan en la playa se despiden deseándose suerte, saludando con las manos y una sonrisa en la cara. Sabiendo, los unos y los otros, desfallecidos todos, que sólo el ánimo de no desanimar a los otros los mantenían así, hasta que el botecito y la playa se pierden de vista.
Creo que es Venus la que brilla en el cielo azul, púrpura, que ya se hace negro. Al otro lado de la ventanilla la oscuridad se hace cada vez más profunda. La ciudad se aproxima y la voz de la chica nombra un pueblo por el que acabamos de pasar. Su tono de voz se ha atenuado, parece que la emoción se ha atemperado también. Quizá la inminencia de lo que sea que le espera, ¿quizá temor?
En un momento dado escucho: “Sólo espero que mañana todo vaya bien”. Al otro lado del teléfono imagino a alguien contestando: “yo también”. Y una risa tan tenue como las estrellas que veo por la ventanilla.
Milagrosamente, aquel endeble botecillo llegó a Grytviken. Pero en la costa opuesta a la que se encontraba Stromness. A veces parece que Dios juega a los dardos y no a los dados. Shackleton contaría en su South como en aquella última odisea a través de montañas y glaciares sintió la presencia de alguien, una presencia invisible, que les acompañaba. Quizá el desfallecimiento, quizá… quién sabe. Cuarenta horas después llegaron a la estación ballenera. Por fin.
A bordo del remolcador Yelcho, y tras varios intentos, volvieron a Isla Elefante al rescate de sus compañeros. Dicen que Shackleton, cuando divisó la isla, empezó a contar con ansiedad los puntitos oscuros que iban apareciendo en la playa. Increíblemente ningún expedicionario había muerto.
A veces he imaginado el desconcierto que debió asaltar a aquel capitán, que literalmente arrancó de la fría muerte a sus 27 hombres, al volver a Europa y ver como en las trincheras de Flandes morían otros hombres, otros como aquellos mismos, por millones. Y aquella Gran Guerra seguiría extraviando al mundo todavía dos años más.
Y no sé si son sus palabras pero en su South escribió unas hermosas palabras:
“Éramos ricos en recuerdos”, “Habíamos deshecho las apariencias de las cosas. Sufrimos, pasamos hambre, triunfamos. Nos hallábamos casi de rodillas y, sin embargo, intentábamos alcanzar una gloria que se había hecho incluso más grande en aquel entorno formidable. Habíamos visto a Dios en todo su esplendor. Habíamos escuchado el lenguaje que dicta la naturaleza. Habíamos llegado a tocar el alma desnuda del ser humano”.
Cuando el autobús llegó a la estación y se detuvo yo esperé a que bajaran todos los pasajeros. Siempre lo hago. Pero esta vez miraba como sin mirar atento a los movimientos del asiento justo detrás del mío. Por fin alguien salió al pasillo y rebasó mi asiento. Aquella chica. Miré de soslayo.
¿Dónde está nuestra Antártida? ¿Dónde, en quién, encontraremos cada día el fin del mundo?
Esta blanca realidad que nos pone de rodillas cada noche, esta vida tan blanca que nos hace pasar hambre, y sufrir, y triunfar sobre nosotros mismos. Con frío extremo, con largos meses de completa oscuridad y en peligro constante. Esta vida de la que no retornaremos con vida.
¿Quién caminará a nuestro lado, quizá invisible, sobre el glaciar de lo cotidiano? ¿En la orilla de qué mirada veremos el esplendor de Dios? ¿Al filo de qué abrazo las cosas serán sin apariencias y nosotros, al fin, verdaderamente nosotros? ¿Qué voz susurrará a nuestro oído el lenguaje de la naturaleza? El alma desnuda del ser humano… el alma desnuda de todos nosotros… ¿llegaremos a rozarla con nuestros dedos?
Éxito, fracaso… ¿a quién, qué, reconoceremos en nosotros mismos?
Yo también. Sí, yo también espero que mañana todo vaya bien.
27 octubre 2008
El pescador V
Escucha. Escucha ahora la prodigiosa sinfonía de la vida. Cómo tras los enérgicos compases del allegro de la mañana, se queda suspendida como en un agotado intermezzo. La naturaleza se sume en un lánguido calderón en el que el tiempo se queda remansado. Ahora sólo se escucha el metal y la cuerda de los insectos innumerables.Porque el mediodía, hijo, es patrimonio de los insectos. Cuando todos los demás seres se retiran al silencio de las frondas umbrías, quedan ellos sólamente, los más cercanos a la tierra, ellos, la vida casi mineral.
Escucha el insistente canto de la cigarra poniendo sonido al calor. Es el más tolerante de los seres, porque has de saber que sólo el indolente absoluto es capaz de practicar la tolerancia sin límite. Habrás oído alguna vez el cuento de la cigarra y la hormiga; no debes hacer mucho caso. Es inimaginable a la indolente cigarra queriendo ser admitida en un hormiguero. En un mundo de hormigas sordas para la música la sensible cigarra, envuelta siempre en su canción, no tardaría en marchitarse como una flor en un sótano.
No. La cigarra murió de pena. Enamorada del verano y de la vida, la tristeza se abatió sobre ella al contemplar los primeros copos de nieve que tiñeron su amada pradera. Prefirió morir a vivir sin ella y sin su verano, pues creyó que la nieve no se derretiría jamás.
Ten cuidado con lo que haces y dices cuando el frío del desaliento entumezca tu corazón. Cuando tengas que tomar decisiones importantes espera siempre a que se derrita la nieve de la desdicha. Porque ten en cuenta que siempre acaba derritiéndose.
¡No! No molestes a las avispas aunque te incordien. Quizás no sepas que en el lenguaje de la naturaleza, los colores negro y amarillo juntos son señal de peligro, no tocar. Hay criaturas que caminan por la vida infundiendo temor en sus semejantes, quizá por miedo a su propia mediocridad, quizá por falta de confianza en sí mismos, o quizás por pura supervivencia como la avispa. No debes temer a los espantapájaros pues tienen el alma de paja.
Apartémonos de la orilla del río, que en el diminuto cuerpo de los mosquitos no cabe la compasión. Sí hijo, tienes razón, por mucho amor a la naturaleza que uno tenga es imposible reprimir un manotazo al mosquito que te pica. Creo que no deja de ser natural, por así decirlo. Él sabe que se juega la vida cada vez que posa su boca sobre un animal, incluidos nosotros. En este juego en el que todos participamos, a menudo sólo tenemos la oportunidad de apostar una única vez.
Ahora bien, no debes despreciar al mosquito ni a ningún otro ser por hacer lo que está en su naturaleza que debe hacer. Piensa que en esta melodía maravillosa que es la vida todas las notas tienen su lugar y su porqué, y que es imposible quitar una de ellas, aun la más insignificante, sin desvirtuar el sentido de la sinfonía completa.
Además, date cuenta y ríete si quieres, pero piensa que para cuando le das el manotazo al mosquito que te pica es ya sangre de tu sangre. Es casi como si asesinaras a un pariente cercano.
30 septiembre 2008
con la mirada de un niño perdido
“Es la soledad la que me hace pensar en la muerte”. Con ochenta y seis años que no aparenta habla con tranquilidad, como un viejo profesor que recuerda, que siempre está recordando. Va a Cáritas a comer y a echar la partida porque la pensión no da para más. Toma su manzanilla de la tarde y toca el piano con dos dedos. Viaja gratis en el autobús con el bono de la tercera edad para relajarse y pasar el rato. Llega al final de la línea, y vuelta. ¿Qué final puede tener ninguna línea para quien no va a ninguna parte?
No recuerda haber tenido cuarenta años pero se acuerda de toda su infancia. “Lo recuerdo como si fuera ayer porque sucedió hace más de cuarenta años”.
Como si fuera ayer… Lo vi en televisión, no recuerdo su nombre pero me llamó la atención. ¿Por qué recuerdo yo ahora esto? Sí, bueno. Lo sé. Casi ayer vi una esquela en un portal cercano a mi casa. Antes de mirar ya sabía cual sería el nombre bajo la cruz, con caracteres negros sobre fondo blanco. Él, otro anciano, que iba y venía, sin más...
Tenía el pelo blanco y un pequeño terrier que correteaba en el extremo de una correa que siempre sostenía lánguidamente. A veces lo veía pasar bajo mi ventana, a veces me cruzaba con él por la calle. Nunca le dije nada.
Tenía la mirada desarmada y los pasos temblorosos. Pasos como de niño pequeño que estrena el mundo. Pasos que no saben a dónde van.
Yo conocía a su esposa, era amiga de mi madre. También se la llevó el cáncer una mañana en que nadie, nadie, lo esperaba. El pequeño terrier era de ella.
“Es la soledad la que me hace pensar en la muerte” No sé. Quizá sea la muerte la que hace pensar, la que hace pensar en todo lo demás. Quizá sea la ausencia y no la soledad la que nos mata algo que llevamos dentro y se resiste a ir. Dicen que una soledad mas una soledad suman compañía. Quizá. Pero la ausencia no suma nada. Ese terrier, tan pequeño, ¿llenaría el hueco que transparentaba su mirada?
Nunca dije nada. A pesar de que su soledad temblaba como un pez en el agua, y yo la sentía temblar en mi alma. Sí, mi alma podía tocar su soledad, blanquecina soledad, y se ahogaba un poco cada vez que miraba.
Ayer casi, una conocida de mi padre me trajo verdura de su pueblo por un favor de nada que le hice. A la buena mujer siempre se le entrecortan las palabras cuando recuerda a mi padre. Yo callo. Callo hasta que hablamos por hablar, sin hablar siquiera. Vive sola, ya mayor. Sin perro, sin gato. El otro día insistí en que apuntara mi número de teléfono “por si necesita algo”. Necesitar…
No sé, quizá yo necesite creer que la soledad, que la ausencia, se puede conjurar como la lluvia de primavera. Que mi alma está a salvo, flotando como un sargazo que no sabe a dónde va, del temblor del mundo. Y dentro de cuarenta o cincuenta años recordaré mi infancia nada más, como si fuera ayer. Porque así es mejor. Porque así sobreviviremos, sin ir, sin venir.
Él, con sus ojos de niño perdido, parecía tan frágil… Miro a mi gata que me mira. Tan pequeña. Pienso en su terrier. ¿Qué será de él? ¿Dónde estará? tan solo…
19 septiembre 2008
El pescador IV
Sólo el hombre necesita probar y comprobar lo que siente como cierto. Para deleitarse con el arroyo no le bastará con tenderse junto a él, escuchar su canción y contemplar su pureza cristalina. Meterá los pies, querrá tocar su fondo, lo atravesará cien veces hasta que ya no pueda ver sino la turbiedad levantada por sus pasos.
La creación no nos pertenece a nosotros solamente. Contempla. No toques jamás las alas de la mariposa.
Sí hijo, matemáticas y no poesía es lo que prima aquí abajo. ¿No darías todo lo aprendido entre los hombres por remontarte en el aire como ella, bella y elegante, aun sólo por un instante? Todo ese cúmulo de conocimientos que alimenta la vanidad del hombre pero no le sirven para elevar su alma ni en palmo sobre la tierra.
La vanidad es lo único que nos diferencia de los animales y no otra cosa. Porque ellos también tienen alma, ánima, y habitan sus propios sueños. Sólo así, eclipsados por nuestra propia sombra de vanidad somos incapaces de reconocer lo maravilloso, lo prodigioso que late a nuestro alrededor y dentro de nosotros mismos.
En fin... ¡Mira allí! Mira cómo se escabulle la culebra sigilosa entre la hierba, la más dubitativa de las criaturas. Mira cómo traza incansable sobre el suelo las interrogaciones de su indecisión. Ignora incluso si pertenece al reino del agua o al de la tierra. Ella sin embargo carece de vanidad, pues al no producir sombra alguna sobre el mundo, tampoco esta segura del todo de su propia presencia. Vive en el ámbito de lo humilde y lo sencillo, entre las flores, entre la hierba y las setas. Para acceder a ese mundo, hijo, es necesario bajar de los pedestales y colocarse a su altura, tumbado junto a las flores, con el corazón sobre la tierra.
Contempla las mil formas y colores de las setas, date cuenta que todo ese despliegue de vitalidad esplendorosa está destinada a marchitarse en pocos días. Nos traen el mensaje de la fugacidad, con sus vivos y breves colores llaman la atención sobre lo liviano, lo que parece que no tiene importancia.
Breves, bellas y fieles. Fidelidad de por vida para con su compañero que les da cobijo. Del nízcalo al pino, del champiñón al prado o del muserón al espino blanco. De la seta de cardo que renunció a su nombre propio por el de su compañero.
Cosas pequeñas y sin importancia que pueden valer una vida. A veces no bastan los sentidos para desentrañar la verdadera faz de la realidad. Ten en cuenta, por ejemplo, que son parientes cercanas la amanita cesárea y la oronja verde, la gloria de los paladares, y el aroma de la muerte.
Observa la infantil belleza de la amanita muscaria. No sé si sabrás que para los antiguos celtas resultaba fascinante y prodigioso su color rojo y blanco. Creían que eran la sobrenatural espuma solidificada que caballos diabólicos echaban por la boca en sus errantes galopadas por los bosques durante algunas noches señaladas del año. Por eso, nunca las comían, y en general, tampoco todos aquellos frutos y bayas que fuesen de color rojo.
Hijo, recuerda que no es buena la desconfianza y mucho menos el rencor. No renuncies al dulce sabor de las fresas porque una vez probaste el amargor de una mora roja.
31 agosto 2008
Aquí, sin más
Aquí estoy, sin más
descalzo sobre la hierba
con mi corazón en la mano, esperando
suave susurro en la brisa…
¿quién eres?
¿estás aquí, junto a mí?
Enmudezco
de asombro ante el abismo que me contempla.
Escucho
en silencio el silencio de las hormigas
sus pasos, miles, sin ruido.
Esta belleza que ni siquiera es bella
que me llama, que me constituye.
Sin buscar, sin pensar… como un niño que juega
como una hoja que cae en el agua…
¿Seré capaz de embellecer este mundo con mi vida?
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