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さて、どちらへ行かう風がふく

bien... ¿a dónde ir...?
...el viento
sopla...


28 septiembre 2007

Apagón

Anoche, de madrugada, veía la televisión con la lámpara y el entusiasmo apagados. De pronto la televisión, el reloj del vídeo, la pantalla del DVD… todo, se apagó. Por la ventana, la luz de las farolas y los edificios también había desaparecido.

Salí a la ventana y sí, efectivamente, había un apagón general. Hasta donde podía ver toda la ciudad estaba sumida en la oscuridad. Estas cosas me gustan. Quizá porque mi cotidianidad grisácea y prosaica se interrumpe, con cualquier cosa, sea la que sea. Quizá porque mi espíritu, o algo desapercibido que todavía habita en él, anhela la oscuridad y el silencio del mundo anterior a nosotros. No sé.

Había una luna ya pasada de llena, con esa forma de círculo imperfecto, como trazado por un niño, que siempre me da algo de risa y algo de tristeza. En la ventana hacía un frío invernal a pesar del olor en el aire a otoño recién estrenado. Aún así me quedé.

No recordaba haber visto nunca la ciudad así. A la luz de luna. Con los tejados de los edificios brillando con un brillo blanquecino, fantasmal. El silencio era casi total. A veces un motor lejano, un ladrido, una persiana…

Me gusta el silencio. El silencio profundo de las cosas. Anoche el silencio era más silencio, la noche más noche, el universo más profundo.

Cuando los hombres callan, el mundo habla.

Algunas estrellas fueron apareciendo poco a poco. Como un árbol que crece. 

Así el cielo.

Después la ciudad volvió a hablar. La luz helada y antigua de la luna, la bóveda oscura del cielo, insondable, los viajeros de la noche, todas las cosas, enmudecieron de pronto. Como la savia que se retira bajo la tierra en invierno.

Entré de nuevo al calor de la habitación. Allí la luz pálida del reloj del vídeo marcando la hora, una que ya no era, mi tiempo. 

Bienvenido.

Bienvenido al apagón.





30 agosto 2007

El tiempo de las mariposas

Margaret Fountain escribió en su diario su primera anotación el 15 de Abril de 1878. Durante los sesenta y un años siguientes apuntaría metódicamente cada 15 Abril en su diario las notas recogidas a lo largo del año. La vida y los viajes de una dama victoriana que recorría el mundo en pos de las más raras especies de mariposas. Sus ilusiones, sus alegrías y frustraciones, sus pasiones… su mundo.

Aquel mundo, que se recorría con cartas de recomendación y no con pasaportes, de imperios y colonias. Aquel mundo ajeno a la globalización, con mil lenguas y mil historias, con mil maneras de vestirse y desvestirse. Aún lo recorrían exploradores y viajeros, gentlemen y ladies al ritmo pausado del vapor.

Y allí estaba Margaret con su red cazamariposas y sus cuadernos forrados de piel. Deseaba no querer a nadie para no atarse a ningún lugar. Para no atar su alma.

En este momento preciso que no es de día ni de noche siento el verano que se va. El viento frío que arrastra las nubes en el cielo barrerá las últimas mariposas de la hierba.

No sé por qué pienso ahora en Margaret y siento una pena extraña. Recuerdo su aventura en Myola con su adorado Khalil. Su frustrado intento de llevar una vida “normal” y sedentaria. Su fracaso, su casi caída en la locura.
Pobre Margaret, pretender ser lo que no eres nunca sale bien. Deberías haberlo sabido.

El viento barrió el tiempo de las mariposas, tu tiempo, y barrerá el mío. ¿Tú lo sabías? ¿Sabías a dónde te dirigías? ¿De qué huías? O quizá tú también lo ignorabas, o no te importaba.
Como las nubes, como las mariposas, que parece no saber nunca a dónde van.

Suena Einini. Siempre me ha gustado esa antigua melodía. Los pájaros se retiran a dormir. La brisa invisible mueve las sombras.

Adiós verano, adiós. Hasta pronto.
 

16 julio 2007

La mirada del que viene de lejos


Al fin en casa! Llegué a Santiago, seguí hasta Finisterre..... Increíble. Nadie espera encontrar lo que al final encuentra. Por mucho que busques el Camino siempre te sorprende. Siempre.

He caminado sin parar durante un mes, a lo largo de más de 600 km., por estepas y montañas, por bosques y campos de cereal, he atravesado pueblos y ciudades, gentes, acentos.... A veces tengo la sensación de haber estado fuera de casa durante mil años, a veces todo parece haber sucedido en un instante.

Llegar a la catedral de Santiago después de tantos días… lo que uno siente es indescriptible. La gente se emociona, se abraza a otros peregrinos, llora... Dentro de la catedral el cura nombra el origen y lugar donde empezó el camino de todos los peregrinos que han llegado ese día. El órgano suena y hace temblar las piedras y las almas. Allí estás tú, al final de un río de más de mil años, de miles de almas...

Continué hasta Finisterre, el lugar donde se acaba la tierra, en la costa donde el sol muere en un océano que parece infinito. Contemplar como el sol va desapareciendo en un atardecer interminable, trazando un camino de luz dorada entre uno mismo y el horizonte inalcanzable.... De cuántas personas me acordé en esos momentos, de los que están y de los que ya no están... de cuántos peregrinos que siguieron y siguen el mismo deambular sobre la tierra...

Y al día siguiente toqué por fin el mar. Caminé descalzo por la lengua del mar, recogí conchas que las olas hacían resonar. Miré el horizonte una vez más y decidí volver a casa.

La vuelta a mi casa fue desconcertante. Recorrer en horas lo que no hacía tanto anduve durante días enteros... No tenía sueño y vi pasar los letreros de Melide, Palas de Rei, Ponferrada..... a una velocidad inquietante. Y al mismo tiempo los recuerdos, tantos y tan intensos, merodeando a mi alrededor. Reía yo solo algunas veces, otras casi me emocionaba.

Aterricé en casa como un ser de otro mundo. Desorientado, fuera del camino... Y luego las llamadas, los correos, la lavadora, la comida, el trabajo, los papeles... en fin, la vida.

Pero yo aún tengo viva en mi mente "otra vida". El otro mundo que tuve el privilegio de contemplar cada mañana cuando caminaba solitario sobre una tierra por estrenar. Cuando sentía el rumor de la fina lluvia resbalar sobre las hojas de los castaños centenarios o el sonido tan sólo de mis pasos recorriendo calles de mil años.

He sido un privilegiado. Por estar allí, por sufrir y superarme, por darme cuenta del mundo que nos rodea. Y más aún por haber tenido la suerte de encontrar a otras personas y poder compartirlo.

“Tienes la mirada del que viene de lejos. De quien lleva caminando muchos días.”

Alguien me dijo estas palabras cuando descansaba sentado en las escaleras de la catedral de Santiago.

No quisiera perder nunca esa mirada.


14 junio 2007

En el Camino


Meses y días son perpetuos transeúntes, los años que se relevan son igualmente viajeros. Aquel que boga durante toda su vida, el que con la mano sujetando el bocado de un caballo, sale a recibir la vejez, viaja día tras día, del viaje hace su hogar.

Y yo mismo, desde hace no sé qué año, como jirón de nube que cede a la invitación del viento, no había cesado de albergar pensamientos vagabundos y había ido errante por las riberas marinas....


Matsuo Bashô - "Sendas de Oku"



Golpeé la mesa y grité:
"Basta, me iré al extranjero"
¿Es que siempre voy a suspirar y languidecer?
Libres son mi vida y mis versos,
libres como el camino,
desatados como el viento.


George Herbert


29 mayo 2007

Bstrm IV 蜉蝣 kagerou

La efímera, la efímera efímera que vuela apenas unas horas sobre las aguas mansas de los ríos claros. En su estado de ninfa viven escondidas entre los guijarros y la arena del lecho fluvial desde unas semanas hasta años según las especies. Pero cuando son adultas abandonan el mundo subacuático por el aéreo. Prescinden de boca y aparato digestivo y desarrollan largas alas transparentes. Vuelan, buscan pareja, se reproducen y mueren. Un solo amanecer, un solo atardecer. Todas las cosas una primera y única vez.

La efímera, la leve mosca de mayo que apenas es un torbellino de alas que arrastra el viento. Que apenas vive, que apenas muere.



Estos efemerópteros dan nombre incluso a un capítulo del Genji Monogatari. Hacia el final de la novela el príncipe Kaoru, aceptando por fin su destino, piensa en la desdichada Ukifune mientras recita:



Contemplo la efímera
posándose en mi mano…
Aquí está, me digo,
cuando ya no está.



“Esa es la realidad del mundo” añade Kaoru, tal vez la propia Murasaki.

.

Que es efímera la dicha lo sabía bien mi cabeza. Bien lo explican los libros y los sabios, muchas veces lo repiten los viejos y las canciones. Con Ella lo aprendió mi corazón.
Hoy celebraríamos su cumpleaños. Otanjoubi omedetou.
Apenas alegre, apenas triste. Aquí, alejado de la claridad, sin años, sin...
Apenas contigo, apenas sin ti. Una vez y para siempre.
Qué breve fue nuestro vuelo, qué extraño nuestro atardecer. Mi corazón lo sabe bien, yo sé que fue real, aunque a veces me parece que tan sólo lo soñé.
Cuánto tiempo estuve esperándote. Cuántos años mi alma aguardó en las raíces del agua, escondida entre las piedras, enfriándose con ellas.
Cómo era el mundo antes de conocerte. Cuándo estuvimos juntos.
Hoy, en este atardecer de mayo, recuerdo aquel instante.
Contemplo ahora aquel momento sobre mi mano. Sin pronunciar palabra.
Siento dentro de mí un revoloteo. Como de alas delicadas, como de risa fugaz.
Aquí está, aquí…
Pero ya el viento arrastra las alas transparentes de lo que ya no está.
Kanashimi omedetou.

29 abril 2007

Sputnik

El coche lleno de trastos y el alma vacía. No es la primera vez que hago este trayecto, que sigo esta estela. Las hojas caídas forman remolinos a mi paso. Siempre miro por el retrovisor, nunca lo suficiente para volver a verlas caer.

Las primeras rampas del puerto. En la carretera cada vez menos tráfico, en mi mente el mar cada vez más lejos. Subo el volumen de la música.
Y de pronto, a la salida de un pueblecito, un autostopista. Paro de inmediato, como un acto reflejo que a mí mismo me sorprende. Bajo la música, la ventana. Le pregunto a dónde va. No logro entender gran cosa. Algo sobre Burgos, me parece oír.
-Sube -no reacciona- Sube sube- repito.
El pelo alborotado, la barba de varios días, una mochila diminuta y una bolsa. Una edad indeterminada más allá de la treintena y una mirada vieja, cansada.

Varias curvas y más cerca del puerto y mi pasajero no ha abierto la boca. Mis insinuaciones para emprender una conversación no tienen éxito alguno. Contesta con monosílabos y entre dientes. Apenas le entiendo.
Le miro de soslayo. Ni siquiera se ha quitado la chaqueta. Tiene que estar pasando calor. Subo el aire frío. Parece que se queda dormido por momentos. Bajo el volumen de la música hasta que apenas es un susurro.
De pronto siento inquietud. ¿Quién es este que he subido a mi coche tan alegremente? Pienso en los más de 150 kilómetros que tenemos por delante y aún me angustio más. Ni siquiera sé exactamente dónde se apea… Un pueblo de Burgos, pero ¿qué pueblo?, ¿en qué dirección?...

-¿Cómo se llama ese lago?-sus palabras me pillan desprevenido. Tanto que he de pedirle que me repita la pregunta porque en un primer momento no le he entendido.
-Es el Pantano del Ebro-le repito, también yo por duplicado, puesto que no me entiende a la primera.
Parece recuperarse por un momento de su sopor y se queda contemplando la gran masa de agua que brilla abajo, al pie de la montaña que descendemos.
El coche desciende suavemente hasta el mismo nivel del agua. Él sigue mirando la extensa masa de agua que ahora parece perderse hasta el horizonte a nuestra derecha.

¿Qué piensas? ¿De dónde vienes? ¿Sabes a dónde vas? ¿Quién eres tú?
“¿Dónde estuvimos juntos? ¿Quién eres tú que estuviste a mi lado? ¿Quién caminó conmigo? Mi hermano, el amigo.”
No pregunto nada. Su silencio se hace mi silencio.

Muchos kilómetros después de nuevo habla. Esta vez me dice algo sobre el número de pueblos que hemos pasado. ¡Cielos! ¡No sé cuántos pueblos hemos pasado, no sabía que hubiese que contarlos!
Por fortuna parecen salir las cuentas y decidimos parar en un pueblo junto a un cruce. Le paso su mochila, su bolsa.
-Gracias –dice casi en un susurro.
-De nada hombre. Y cuídate eh.
Cuando digo eso me mira un instante y sonríe. Se da la vuelta y comienza a andar.
Arranco y vuelvo a la carretera, aún me queda la mitad de mi camino. Miro por el retrovisor, quizá no el tiempo suficiente, y ya no está.
Pienso en que no le pregunté su nombre.

Sputnik significa en ruso compañero de viaje. ¿Por qué los rusos le pondrían ese nombre a un satélite? Siempre imagino a los satélites como pobres trozos de metal solitarios dando vueltas y vueltas a la tierra sin saber muy bien por qué.
“Compañero de viaje”. Por eso a veces, cuando conduzco sólo, llamo Sputnik a mi coche.

Cuando llegué a casa paré el motor y guardé silencio un rato, quieto.
En la alfombrilla del coche, arena de playa.

03 marzo 2007

Otro mundo

La conferencia se titulaba: “Otro mundo es posible”.
¿Lo es? Y otra manera de ser, de estar en este mundo… ¿es posible?
Cuentan que la madre Teresa de Calcuta estando de paso por Roma con varias de sus hermanas quedó asombrada ante la magnificencia de una boda de la alta sociedad romana. Cuando acabó la ceremonia, con la iglesia ya en silencio y vacía, ordenó a sus monjas salir al pórtico y recoger todo el arroz derrochado a puñados durante la ceremonia.
Por la noche aquel arroz recogido del suelo se coció y sirvió de cena a aquel puñado de monjas. Cenaron en silencio.
-Porque en el mundo hay muchas personas que mueren sin poder siquiera comer un puñado de arroz- dijo la madre Teresa.
Yo conocí a una de aquellas monjas. “Nunca en mi vida he olvidado el valor de aquel puñado de arroz” . Aquella buena mujer era ya casi una anciana.
El valor de las cosas… ¿Lo conocemos? ¿Sabemos el valor verdadero del mundo que queremos cambiar?


10 febrero 2007

Bstrm III 魚 sakana



Gao Xingjian dice en uno de sus libros que los hombres tienen más aguante que los peces porque éstos hace ya tiempo que desaparecieron del río que atraviesa su ciudad ,víctimas de la contaminación, de la suciedad (o de la tristeza gris tan propia de las urbes).
Bueno, lo que va entre paréntesis son imaginaciones mías. Pero Xingjian también cuenta que los los grandes peces se parecen a los grandes hombres, ambos desaparecieron hace tiempo (y sólo quedan caricaturas de seres contaminados y medio muertos de tristeza gris).
Los paréntesis vuelven a ser de mi cosecha claro.
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Dicen que la memoria de los peces no llega más allá de cuatro o cinco segundos. Oh felice!
Yo en cambio tengo una memoria nefasta, recuerdo demasiadas cosas. Es además traicionera e imprevisible. Una música, un aroma... y mi mente se desboca.
Cómo me gustaría seguir el camino de los peces, deslizándose siempre en un perpetuo presente. Ver el sol cuando es de día, ver la luna cuando es de noche. Eso es todo.
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Hasta que no la conocí yo no sabía lo que era la soledad.
Yo sólo hablaba con los lares y los manes. Les contaba mis anhelos y desvelos, mis deseos. Quizá ellos escuchen, quizá me concedan una tregua, o la calma y la serenidad definitivas. Quién sabe.
Ella y su mundo. Se detiene el río por un instante, aquí y ahora, y el universo tiembla tenue en el crepúsculo.
Aquí y ahora las lunas y las lluvias se suceden sin cesar. Se marchitan las flores y en algún lugar vuelven a florecer. Dónde acabará este largo camino. A qué pórtico glorioso me conducirá, a qué finisterre.
Despedirse de los amigos y soñar con las islas de los pinos. No pensar en los regalos porque ocupan sitio y pesan, porque el tiempo de los regalos ya pasó.
Son lágrimas los ojos de los peces y lloran los pájaros en mi corazón y mis sandalias aguardan en la oscuridad el polvo de los senderos.
Y sin embargo sé que una caña con su hilo invisible me tiene unido a Ella. Puedo caminar hasta el fin del mundo pero bastará un tirón del hilo para hacerme regresar a su lado.