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さて、どちらへ行かう風がふく

bien... ¿a dónde ir...?
...el viento
sopla...


17 enero 2023

La campana de Hôryûji


kaki kueba kane ga


Cuatro palabras, una foto, un vídeo. El sonido de una campana…

Un amigo. Y una ciudad: Nara.

Es verdad, qué poco hace falta para entenderse con un amigo. Es como inevitable.

Un vínculo. A veces extraño, como un valle cubierto de hierba y una ciudad antigua, como el sabor de un caqui y el sonido de una campana.



柿くへば鐘が鳴るなり法隆寺  

kaki kueba kane ga naru nari Hôryûji



mientras como un caqui

suena la campana

del templo Hôryûji




Cuentan que Shiki estuvo en Nara los días 24, 25 y 26 de octubre de 1895. El médico que lo trataba de su enfermedad le administró la medicación necesaria para que pudiera hacer ese viaje. Quizá pensó, o no, solo lo pienso yo por él, que tal vez fuese esa la última oportunidad de visitar la ciudad.

Durante esos tres días escribió bastantes haikus, incluyendo, cómo no, algunos sobre caquis, su fruta preferida, convertida casi en obsesión culinaria.



No deja de llover, aquí, no en Nara, como una obsesión. Parece más profundo el verdor del valle. Intuyo el olor de la hierba mojada al otro lado de los cristales. Abriría la ventana si no fuese por el temporal. No me atrevo…



Shiki, mientras comía un cuenco de caquis que le había traído la criada de la posada donde se alojaba, escuchó el sonido de la campana de Tôdaiji, un templo cercano, señalando el comienzo de la noche.

Dicen que quedó tan enamorado de ese momento que le faltó tiempo para alquilar un rickshaw para poder ir al templo de Hôryûji, su preferido, a la mañana siguiente.

A comer caquis, quizá, o no, y solo lo imagino yo por él.



Me gusta comer algo cuando salgo al campo, a la montaña, y no llueve obsesivamente. Me gusta sentir que hago algo. Algo sencillo. Como vivir. Sentarme a comer unas almendras, o unos cacahuetes. Como la cardelina comería semillas entre las espigas de avena salvaje.



Hôryûji no está cerca de Tôdaiji. Quizá Shiki quería reencontrarse con un momento preciso. Los caquis, la campana de Hôryûji, los haikus… Como reencontrarse con un amigo. Un reencuentro buscado, querido.

Supongo que Shiki no se encontró con el tañido de pronto, esta vez no al menos, como cuando justo al abrir el paraguas deja de llover o te encuentras a un amigo por la calle. Shiki disfrutó de cada bocado y de cada sonido de aquella campana. De la presencia de un amigo con el que has quedado. Cada minuto, con sus palabras y sus silencios.



En Japón, las campanas de los templos son enormes y cuelgan en el exterior del edificio, en un lugar especial. Se golpean desde fuera con un poste (pesa lo suyo a fe mía) y su sonido es más parecido a un gong que a nuestras campanas de por aquí. El sonido reverbera durante largo tiempo y va perdiendo intensidad poco a poco. Es entonces cuando se tañe de nuevo.



Diferente el sonido de la campana en la lluvia de la mañana. Aquí, no en Nara. Aquí suena la campana de una iglesia cercana, la del pueblo, dando las horas y las medias. Una campanada. La media. Reverbera un poco. Siempre me sorprende. Nunca comiendo caquis.



Quizá Shiki saboreó cada bocado al pausado ritmo de la campana. O no. Y solo lo imagino. Quizá solo en Japón sería yo capaz de terminar las doce uvas de Nochevieja.


Amaina la lluvia. El canto del mirlo cuando miro para otra parte.


Debe ser hermoso, sí, sí que lo es, darse cuenta de los vínculos que unen las cosas y los sucesos. Mientras comes caquis o almendras. Mirar el cielo sin entenderlo del todo. Con la confianza de un amigo.

Nara es una ciudad hermosa. Y la mirada de los ciervos de Nara. Es hermosa también. Cuando te miran. ¿Qué pensarán?

Qué pensaría Shiki. Con sus caquis y su campana. Y sus haikus. Con sus amigos. Allí solo.

Hay una campana, en algún lugar, que reverbera desde hace mucho mucho tiempo. La presencia. La presencia de lo que está y de lo que no está. De lo que es y ha sido. De lo que será.



Natsume Soseki, un amigo cercano de Shiki, que probablemente había financiado su viaje a Nara, de regreso a Tokio había publicado unas semanas antes un haiku en el periódico de Matsuyama.


鐘つけば銀杏ちるなり建長寺

kane tsukeba ichoo chiru nari Kenchooji


caen las hojas de gingko

mientras suena la campana

Templo Kencho-ji



Así que el haiku de Shiki pudiera ser una respuesta a Soseki, a quien había enseñado haiku en Matsuyama. Quizá. O no.



Ahora sí, ahora no. El brillo del sol en la lluvia que arrastra el viento.


Quizá siempre respondemos a algo o a alguien. Queriendo o sien querer. Sin darnos cuenta.

Quizá sea irremediable, hermoso, ser presencia de otra presencia más grande, más profunda. Responder a su llamada. Como a la de un amigo. De corazón. Sin más.

Cuatro palabras. El silencio. Un haiku.



Es verdad, qué poco hace falta para decir la nada. De corazón a corazón. Solo un haiku.

Es como inevitable. Estar aquí, en este preciso momento en que suena una campana en alguna parte.



¿Pensaría Shiki en la campana de Hôryûji cada vez que volviera a comer caquis? ¿Volvería a su boca el dulce sabor de los caquis al oír sonar una campana? ¿Se acordaría de su amigo? ¿Una y otra vez reverberaría en su memoria aquel momento?

Bocado a bocado, campanada a campanada, en el templo de Hôryûji.

Vinculado con lo más profundo de su ser. Ser en el ser. Como un valle con su verdor o el eco de una campana con una ciudad antigua

Como inevitable.

Somos el kigo de otoño y primavera, de invierno y verano, del Año Nuevo que nos une y remite a todo lo demás. La luz que reverbera.


kaki kueba kane ga


Cuatro palabras para decir nada, Porque nada hace falta decir. Aquí, en este momento. Entre amigos.








 




Gracias a Masuhiro Yufu por las fotos y el vídeo, por su hermosa amistad.






13 enero 2023

La noche y los viajeros de la noche


Siéntate con tus amigos, no regreses a dormir.

No te hundas como un pez en el abismo.

Como el mar, álzate, no te disperses como la tormenta.

Las aguas de la vida fluyen desde la oscuridad.

Busca en la oscuridad, no huyas de ella.

Los viajeros nocturnos están llenos de luz,

tú también: No abandones su grata compañía.

Se una vela vigilante en palmatoria de oro,

que no te absorba la tierra como absorbe al mercurio.

La luna aparece para los viajeros de la noche,

permanece vigilante, cuando la veas llena.



-Rumí-





Creo que me despertó la lluvia. O su silencio. Llovía, sí. En la noche. En algún momento.

Hay una paz aquí, en la oscuridad. Hay una luz justo por llegar.

Un silencio aquí, en este momento. Un silencio que parece surgir de mí mismo.

El trino oscuro del mirlo. Brillante. Un retazo más de este silencio.



Una llamada. Creo que recordé una llamada. O fui recordado por ella.



Escucho cómo el pueblo va despertando. El ladrido de un perro, una persiana, los gorriones…

El curso de un ancho río que, profundo, se sosiega curvándose en la llanura. Dejándome llevar. Sin rostro me asomo al agua, justo antes del amanecer.

Cuando en la paz sobrevenida no piense en nada más será señal de que veo. Con los años que no tengo. Con los que nunca he tenido. Poder ver lo que Tú ves.



En silencio, preparar a tientas el café. La luz del alba.










06 enero 2023

Regalos


Sol de la mañana, atajando por el prado donde cazaban las garcillas.


Los regalos. Salir al aire libre, al sol. A por regalos. Las ramas bajas del limonero rozando la hierba. El cielo, las montañas cubiertas de árboles.

Camino con los regalos que me hicieron. Desde que era niño. Todos ellos. Siguiendo la pequeña corriente de un riachuelo que se pierde entre los prados. Como si la hierba diera el relevo al agua. Cómo brilla.

Cómo brilla lo que parece que recuerdo. En todos estos trinos que no sé de dónde vienen. Desde cuándo estaban aquí. Entre las ramas lacias del sauce que llegan al agua. Todos estos trinos que llenan el aire, por todas partes.

De pronto la mirada de un faisán entre la hierba. Un instante. Vuela. Y otro más que no vi.

Camino entre la hierba tan verde, en el regalo de ser aquí. De ser el regalo de alguien. De todos los que me amaron.

Ni me daba cuenta.

El verdor de las colinas, compartimentado tras el ramaje de un árbol sin hojas. El vuelo de una cardelina, ondulante, el instante que media entre un trino y el siguiente. En dirección a la luz del sol.

¿Cuántos años tenía cuando no sabía contar? En el tiempo de los regalos. ¿Cuántos serían los trinos y los días? Con la inmortalidad de las abejas.

Primero las gaviotas, luego las garcillas, abandonan el prado. Más allá, el brillo de la hierba recién cortada.

Echado sobre la cadena que lo ata, un perro dormita al sol.

Este aire… Por un momento siento la soledad de las montañas, de un niño abriendo el primer regalo de Reyes. El silencio del instante que solo abarca el cielo. Vacío. Transparente.

Junto a un buzón, medio deshecho por la lluvia de otras noches, un catálogo de juguetes.

Esta luz…

Siento anegado algo dentro de mí. Una lluvia antigua que sigue empapándome justo ahora. A pleno sol. En esta mañana luminosa en que camino sin rumbo, con la inercia transparente del agua. Mientras sin apenas darme cuenta me convierto en otra cosa.



Ser regalo. Desde la primera luz. Abandonarme, dejarme solo ser un regalo. Vacío como el aire. Como esta luz.

Si así fuera… No necesitaría hacer nada más. Estar. Ser.

Si así fuera…

Aguardar sentado al aire libre, contemplando como mengua la luz del día y el aire se hace más fresco.

Y esperar un poco más. Mientras unos trinos son relevados por otros.


 






06 octubre 2022

Peces de plata


Nada perturba la oscuridad del agua. Un último grillo cantaba, ahora no. Aunque no veo si con la marea la corriente de la ría sube o baja sigo la presencia del agua. 

Esta margen siempre fue más tranquila. Creo que a esta altura, en la otra orilla, estaban los altos hornos. Allí, en aquella oscuridad.

 

Con el mejor acero de los altos hornos. Los cuchillos que hizo el abuelo cuando trabajaba allí. Decían en la familia. Seis o siete, quizá más. Como peces de plata extendidos sobre la mesa, ordenados por tamaño. El mango y la hoja del mismo material. Como hechos con un molde tosco de diferentes tamaños. Con restos sobrantes de fundición. Seguro que tiene un nombre.



Parecía no haber nadie... Pero como luciérnagas, dos verdes fluorescentes en la oscuridad, puntales de cañas de pescar. Acentos que no conozco, el sonido metálico de una lata dejada sobre la piedra. El punto rojo de un cigarrillo.

De pronto el olor acre de la ría, nada más.



Con botas de agua, los niños juegan al fútbol junto a la ría. Cuando pasa un barco se detienen a mirar.

Barcos con nombres que no recuerdo.

Los cuchillos del abuelo Luis se fueron desperdigando mudanza tras mudanza. Siete, seis, quizá menos. El tiempo oscureció las hojas pero pulió los mangos. Curiosa aquella escala, del más grande, casi un machete, al más pequeño, casi un juguete. Pececito...

¿Era aquí? Esta agua, aquella, los fuegos de los altos hornos desde chimeneas invisibles. Cuando la vieja carretera era la carretera. Mientras volvíamos a casa, mirando desde el coche la vibrante luminosidad que atravesaba la ría de orilla a orilla. Extendidos sobre la oscuridad del agua, como peces de “fuegoplata”... Quizá no todo tiene nombre.



de pronto un grillo
otra vez
ahora nada









28 diciembre 2021

semi no koe

Un día de regalos. Eso es lo que ha sido hoy. Cruzando de noche el corazón de amigos a los que sin conocer conozco de toda la vida. Del camino del haiku, de sus dones.

Un puñado de palabras, unas fotos hechas sin más arte que el testimonio de mi presencia en aquel lugar  y oh… magia.  Otras voces, otros acentos, el arte de personas que crean algo nuevo, más hermoso, mejor.

Personas generosas a las que agradezco de corazón este regalo. Este abrazo.













22 diciembre 2021

Kusamakura International Haiku Competition. Premio

 



Hoy ha sido día regalos. Cruzando el Pacífico, así me lo magino J , ha llegado un hermoso abrazo en forma de diploma.

Si un abrazo, así o de cualquiera de sus mil formas, siempre es un regalo, compartirlo con amigos es un premio de los buenos premios.



Tengo la inmensa suerte de conocer a la ganadora del primer premio, mi querida casi hermana  Mercedes Pérez “Kotori”:

 

por el canalón

los pasitos de un pájaro…

sol de estío

 

 

Y también a dos de los ganadores del tercer premio. Mi amigo e infatigable inventor de proyectos editoriales José Luis Andrés Cebrián:

 

Cumbres nevadas

en el retrovisor.

Vuelvo a casa

 

 

Y al compañero de camino en el haiku y espero amigo por descubrir J Jorge Ortiz:

 

Filas de hojas

rutas serpenteantes

van las hormigas

 

 

Pienso en el Pacífico y no puedo evitar recordar otro azul inmenso. El haiku con el que mi amigo y maestro en el haiku auténtico, directo como una flecha, ganó el tercer premio el año pasado. Manuel Díez Orzas, para mí siempre Ryoma J

 

un cielo azul...

las golondrinas rehúyen

de la cometa

 

 

Y antes que él otros amigos que también transitaron los mismos abrazos en el mismo camino. Lázaro Orihuela, amigo generoso, cálido como su tierra cubana, con un primer premio hace dos años:

 

Liba el colibrí.

El olor de la lluvia

acrecentándose

 

 

Y de nuevo José Luis Andrés Cerbrián. Que aparte de amigo fiel y creador incansable de proyectos editoriales veo que también es incansable en lo de ganar premios. De nuevo  un tercer premio, esta vez hace dos años.  Qué grande.

 

Almendro en flor

entre las viejas tumbas.

Olor a miel.

  


Qué suerte tengo. La verdad. Pienso un abrazo de tamaño Pacífico. Tan azul, tan cristalino, como el cielo que refleja.

Gracias




 

17 diciembre 2021

el sapo de Kôfukuji


A veces, cuando nada se oye, salvo el silencio, pienso en Kôfukuji. En la madera del templo, llena de años, aguardando las estaciones. En la presencia tranquila de las tumbas ascendiendo el verdor de la montaña.

A veces, cuando nada de oye, salvo la lluvia, pienso en el sapo que habitaba allí. En el jardín del templo. En su rincón.

Ese sapo fue durante el tiempo que viví allí un amigo. Un buen amigo. Salir a comprobar si estaba allí, en su sitio, tras cada llovizna, se convirtió en un ritual tan necesario como íntimo para mí.

Él en su sitio, mojado por la lluvia, brillante, me brindaba a mí descubrir mi propio sitio.
 

Supongo que hay un lugar en alguna parte, en algún momento, que transparenta todos los lugares, todos los momentos.

Aquellos breves encuentros, tras la lluvia, a la luz pequeña de un farol lejano, eran tan brillantes, tan hermosamente silenciosos, como la presencia de aquel precioso amigo.
 

A veces, cuando nada se oye… cuando nada se oye, pienso en aquel que vivía allí. En las estaciones que lo habitan. En su escondrijo. Aguardando nada, todo.



llovizna nocturna
el sapo se aparta
del haz de luz

 






19 noviembre 2021

delante del agua


水を前に墓一つ

mizu o mae ni haka hitotsu


delante del agua
una tumba


“Madre mía, cómo explico yo…”
Una mano en la frente, el suspiro de Vicente Haya.


La otra noche recordé el agua, las tumbas, el viaje… De repente, viendo en internet una conferencia de Vicente en la que hablaba de Santôka.


El Kumano Kodô, el camino de peregrinación por las montañas de la península de Kii, en Honshû. Un descanso al borde del camino, junto a los arrozales, comiendo algo ligero apoyado en la mochila.

Entre los brotes de arroz, quietos, renacuajos oscuros.


“Silencio habitado” dice Vicente. Balbucea buscando palabras. “La presencia de lo sagrado que enmudece al hombre. “


Qué calor. Por un momento sopeso remojarme la cara con el agua del arrozal. No sé por qué, de pronto me doy cuenta de las tumbas al otro lado del agua.

Unas flores, iris quizá, el brillo del agua que verdea en líneas regulares por las plántulas de arroz… y las tumbas.
 
Antes de volver a ponerme el kasa hago una foto.

La mochila. El camino.

El zigzag de una culebra entre los brotes de arroz. Solo la cabeza fuera del agua.



Santôka. Busqué en internet ese haiku. Como un impulso. Como la propia necesidad de caminar.


Encontré el lugar. En la orilla del embalse de Kawachi, no lejos de la ciudad de Kitakyûshû. Junto a un pequeño templo dedicado a Kannon-do, al borde de la carretera sesentaidós de la prefectura, está la roca con la inscripción del haiku.

Un poco desangelado…

En aquel lugar, hace noventa años, Santôka sentía el peso del equipaje. Y los apegos. En vez de disminuir, uno y otros no hacen sino aumentar. En vez de tirar no hago más que recoger.

Un poco más adelante, siguiendo la orilla del embalse, del agua, hay un cementerio de mascotas. Qué cosas… El mundo a vista de pájaro, o google maps, siempre es sorprendente.

Santôka se encontró allí, en Yawata, con unos conocidos y habla de aves acuáticas batiendo sus alas y de las hojas rojas. Del agua a la sombra de su sombra. De un apretón de manos en el viento frío y del fin de un rostro solitario. Y de una tumba frente al agua.



Anoche recordé otra tumba y otra agua.

Kumano Kodô. Llovizna. Una estrecha senda embarrada, zigzagueando entre el bosque de cedros y arces montaña abajo. Allí, en una de las curvas de la pendiente, apenas un hueco entre la senda y la ladera empinada, una desgastada piedra de poco más de un palmo de alto. Kanjis ilegibles, musgo. Silencio.


Madre mía… cómo explico yo…


El silencio. Su presencia delante del agua.

La palabra. ¿De verdad hay una palabra para todo esto?



A veces lo he pensado, a veces lo he intentado, levantarme por la mañana y pisar el sonido del agua. Pisar el sonido del agua y darme cuenta de ello.

Y caminar.

En silencio.

Ir a donde quiera ir.



Sobre la tumba antigua, sobre el viajero, la lluvia de la montaña.






Autor: 風弘法
Autor fotografía: 風弘法


Autor fotografía: 風弘法

Autor fotografía: 風弘法