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さて、どちらへ行かう風がふく

bien... ¿a dónde ir...?
...el viento
sopla...


10 septiembre 2014

Días azules. En el Camino del Norte




“¿Sientes cómo se ensancha el espíritu?”  Abre los brazos y cierra los ojos. El camino, delante de nosotros, asciende la colina entre el verdor y la claridad de la mañana. En el Camino otra vez, ella y yo, siguiendo senderos en las mismas noches azuladas de verano… De todas las noches y los días, de todos los veranos y primaveras.

A un lado el mar, al otro nuestro corazón que serpentea en el camino. Que se ensancha hasta elevarse en las gaviotas que chillan en el cielo, en el canto de la alondra, invisible, que sube y baja sobre los bosques de eucaliptos y su olor. Este olor…

Un limaco de color naranja aguarda la lluvia, inmóvil. Me acerco a sacarle una foto. Siento cómo le hago sombra incluso en esta luz tenue por el cielo encapotado. Yo mismo me siento sombra que roba la luz de lo que aquí sucede. El limaco no se mueve, ahí está, reluciente, justo delante de un prado verde infinito. Bajo las nubes que serán lluvia. 

Seguimos nuestro camino. Ella y yo.

Ella y yo, aquí y ahora, tumbados sobre una litera del albergue, escuchando música cada uno con un auricular, de alguna manera seguimos el camino que cae hecho lluvia ahí fuera, en la noche, sobre las piedras centenarias de Santillana del Mar.

Pienso ahora en el camino que nos ha traído y nos lleva. En las vacas que se acuestan plácidamente sobre la hierba. En los caracoles arracimados tras las señales de tráfico. En el vuelo del milano que juguetea con una ramita entre sus patas mientras traza círculos en el cielo. En el gato blanco que caminó hacia nosotros y luego se subió a una higuera sin saber por qué.
Pienso en el esplendor de todas las cosas que salen a nuestro paso. En el esplendor de la existencia que se ensancha.


Una bandada de gaviotas hacia el mar que no vemos. Clarea el cielo.







“Nuestro escondrijo entre las fresas silvestres” Sonríe medio escondida en la espesura del bosque. Nuestro silencio en el aire claro del alba.

Caminar en la mañana. Solo eso. Mientras el sirimiri y el sol se turnan en el aire. Caminar por las brañas charlando, haciendo planes… Vivir en torres de indianos, construir nuestra casa oculta entre fresas silvestres y acebos, y laureles y balidos de ovejas que miran fijamente cómo pasan los peregrinos. Beee dicen ellas, beee contestamos nosotros. 

Detenidos en cada puente del camino buscamos truchas en los riachuelos, apretamos el paso al pasar junto a toros grandes como luchadores de sumo. Caballos, vicuñas, ponis, vacas… Qué de seres de ojos abiertos.

En el interior de las ermitas el sol se hace luz de colores al atravesar las vidrieras. San Roque camina hacia los enfermos y necesitados y un perro le cura las heridas en la ermita de El Pando. Ella, sentada en un banco, regala la serenidad de su silencio.

Perros, gatos, burritos, mariposas, limacos, todas las criaturas de la tierra guardan su profundo silencio que sana a quien lo escucha.

Sí. Qué extraño no saber quién se es cuando te reconoces en todas las cosas. El reflejo de alguien que pasa. Su sombra cuando el sol, al fin, se abre paso en el cielo.

Todas estas cosas a las que llamamos de cierta manera ¿qué son en realidad? ¿qué clase de misterio las hace ser lo que son? Filosofando… ella se reiría mucho ahora mismo si me escuchara. Ella, amante de las moras y las fresas silvestres, tierno corazón que se emociona en el espacio vacío bajo las bóvedas de las iglesias. Ella, tan natural y sencillamente hermosa como una golondrina que vuela a ras de suelo, sobre el esplendor de la hierba.

Cenamos parte de los bocadillos gigantes que sobraron del mediodía. Reímos y nos deshacemos en todo lo que acontece a nuestro alrededor. En el viento que humedece la hierba y mueve las nubes, en el agua pura que atraviesa el viejo lavadero, en las garcillas blancas que caminan junto a las vacas echadas en los prados, en las flores sin nombre que bordean el camino, que recogemos del suelo para prender en las mochilas…

Pienso en el escondrijo... ¿Dónde está nuestro escondrijo? Lo que mi corazón esconde es todo lo que brilla cada día, aún con lluvia o en el temporal. Aún en la más profunda oscuridad la luz que brilla siempre. 


Echado en la hierba, un potrillo al sol junto a su madre.






“Ven, pisa la hierba, la suavidad de la hierba” Sobre el relente nocturno sus pies brillan entre la hierba. Al fondo, el palacio de Sobrellano de Comillas.

 Un sol espléndido, el aire fresco de la mañana, un camino que se extiende gentilmente ante nosotros. Por el Parque Natural de Oyambre, la ría de La Rabia…  peces, patos, correlimos… El sol. El mar. Flores en la mochila.

 Caminamos como flotando sobre esta maravilla. Frente a una granja las calabazas maduran al sol. Detrás, en el bosque inundado nada una pareja de cisnes. Parecen deslizarse ingrávidos entre los troncos secos anegados por la marea. ¿Se acercarán a nosotros? …. Camino arriba las vacas y los ponis tumbados al sol sobre la hierba nos miran con sus grandes ojos.

Nos acercamos a San Vicente de la Barquera por el otro lado de la ría, junto al mar, y cruzamos el largo puente lleno de pescadores. Parece que el pueblo está en fiestas y hay mercadillos callejeros y barracas de feria.


Buscamos una cafetería y el camino. No encontramos ni una cosa ni otra. Desandamos los pasos. Al fin un café. Después el camino.

Pasamos. Nosotros siempre parece que pasáramos mientras todo lo demás permanece. Es una sensación extraña, profunda, misteriosa, a veces gratificante.

El camino sube y baja. Un grupito de ovejas apelotonadas a la sombra de un arbolito. Reímos y bromeamos con la idea de escribir un haiku cada uno. Los haiku escritos y los no escritos... Allá donde miramos… allá donde miramos…

El sol aprieta y nos quitamos ropa. Conversamos sobre las orugas peludas, sobre la suavidad de las vacas y las ovejas… Ella y yo. Conversamos mientras caminamos. Otras veces guardamos silencio. El bosque a los lados parece realmente impenetrable. Nos protege del sol que brilla en lo alto.

En un carro un campesino da saltos sobre el heno para apelmazarlo. Al fondo lo que parece un palacio enorme sobre un prado verde brillante. 

A veces una suave brisa mueve las hojas de los álamos. Nuestras manos la reciben abiertas, estirando los dedos. Silbamos canciones improvisadas. 

La torre medieval de Estrada surge de una vaguada cubierta de hierba, unas ovejas pacen tranquilamente a los pies de sus muros.

Comemos en Serdio, en La Gloria. Platos sencillos pero fresas con nata de postre. Solo para los peregrinos. Reímos. Un perro negro se tumba en la sombra, otro, blanco, en el sol. Suena una versión rara de “Talking about a revolution”. Descansamos repanchingados, con la vida derramada al sol de mayo… 

Seguimos camino. Desciende sinuoso entre prados y bosques de laurel y castaño hacia el valle de un río. A veces, por la carretera pasan veloces camiones camino  de una cantera. Dan miedo. Todo ese metal que constituye nuestro mundo no parece ser necesario aquí. Entre las hojas de las plantas y las ovejas echadas al sol.

Bordeamos la ría del Nansa hasta encontrar un puente por el que cruzar. Se nubla. Caminamos junto a las vías del tren por senderos embarrados y umbríos. El verdor parece nublarse también susurrando secretos entre las hojas de los árboles.

Cruzamos la ría del Deva en Unquera y entramos en Asturias camino de Colombres. Atardece. Una cuesta empinada nos saca del valle elevándonos al ritmo cansino de nuestros pasos hasta una ermita. Una llama alumbra allí. Una pequeña llama en lo alto de una montaña. Más allá, en la claridad del cielo tras las colinas, se intuye el mar.


Tumbados sobre la hierba, miramos nuestras manos sobre el cielo de la tarde.







“En las noches azuladas de verano seguiré senderos” Sus pasos ligeros apenas suenan en el aire limpio de la mañana.

 “después de los pinchos pisaré la suave hierba,” sigo, mientras dejamos atrás el albergue, en un Colombres desierto a esas horas, bajando por un camino entre prados hacia el valle.

 “los pies de esta soñadora sentirán su frescura” sonríe mientras mira las vacas que nos miran.

 “el viento humedecerá mi cara desnuda.” Vuelvo la mirada hacia el camino recorrido. Una ligera neblina apenas tamiza el valle, los rayos del sol se filtran entre los árboles. 

 “No hablaré, mi mente estará vacía,” me mira. Qué pequeña parece su mano mientras acaricia un viejo castaño.

 “pero el amor eterno brotará de mi alma.” Escucho el canto de un pájaro que no conozco sobre el brillo de la hierba. El relente de anoche se deshace casi al instante en la punta de mis dedos.

 “Andaré lejos, muy lejos,” en su pelo briznas de sol cabriolan al ritmo de sus pasos, tranquilos y cercanos.

“cual vagabunda, por el campo,” miro las nubes, tan blancas, que pasan errantes más allá de las montañas. 

“como cuando era niña.” Guarda silencio. Guardamos silencio. Caminamos. Solo caminamos.  Las nubes blancas, el cielo azul.



La senda asciende estrechándose entre tojos y pinos para volver a caer junto al mar. De nuevo el mar... 

Seguimos la carretera. Bromeamos. Con los bastones escribimos mensajes en el barro del arcén. “Cuidado con el barro”. Apenas hay un centímetro de barruchi... Como niños. Dibujamos corazones, nombres. Apenas unas líneas bajo la sombra de los eucaliptos y las zarzamoras. 

Llegamos a Pendueles siguiendo un perrito de raza desconocida que parece abrirnos camino a la luz del sol, por las calles solitarias de domingo.

El camino bordea la costa subiendo y bajando. “En este lugar probablemente no se ha detenido nadie jamás” digo sin saber por qué mientras nos detenemos un momento. Ella se pone crema para el sol. Su nariz brilla un poco. Bebemos agua. Miro las plantas, las piedras, lo que hay aquí. Seguimos el camino.

Nos asomamos a los bufones de Arenillas. Hoy tranquilos. Hoy no se oyen los quejidos del Bramadoriu. Solo las olas, allá abajo… Nosotros reímos y hacemos bromas mientras seguimos camino bajo la sombra olorosa de los eucaliptos.

 Cruzamos la ría del Purón por un pequeño puente. Mirando la corriente. Mirando nuestras sombras sobre el agua. La silueta de una trucha aguarda en un remanso, a la sombra de la vegetación ribereña. No sé por qué comienzo a hablar de mi hermano: “Entraría al río por aquel paso de esa orilla. Despacio, muy despacio, sin perturbar el sonido de la corriente. Echaría la caña varias veces hasta posar el señuelo sobre aquel lado de la corriente y dejaría que derivara aguas abajo hasta donde está la trucha…” Ella sigue con la mirada todo el periplo de mi hermano pescando en el río.

El calor aprieta y en Andrín comenzamos a ascender y ascender por la montaña. Fresas silvestres y flores. Y el cielo, tan azul, sobre las montañas. De pronto al culminar la cumbre, el mar. Y el viento. La playa de la Ballota. Allí abajo, donde cae nuestra mirada, una roca gigante parece flotar sobre el agua turquesa. Gaviotas y chovas vuelan sin volar, parece, sobre el borde mismo del acantilado. Quién fuese una de ellas, reposar sobre el viento, dejarse llevar…


Seguimos camino bordeando el mar. Las gaviotas pasan tan cerca de nosotros que por un momento pareciera que nos pudiesen llevar entre sus patucas. Abrimos los brazos esperando que el viento marino nos alce sobre la tierra. 

El sendero se hace eterno subiendo y bajando, con Llanes a la vista pero sin acabar de llegar nunca. Poco a poco nos acercamos al pueblo y a las montañas que parecen colgadas del cielo, inalcanzables.

Al pie de la montaña, de nuevo en el bosque, la ermita del Cristo aguarda serenamente entre el claroscuro de los árboles. Ella se abraza a un haya espléndida que crece junto al camino. Con la elegante naturalidad de la naturaleza. Hermosa, sencilla y salvaje, manera de estar en el mundo…

Llanes. La llegada al mar, de nuevo. La vuelta casa, ¿de nuevo?...

 En la credencial de peregrino hay un sello que no se ve. El definitivo albergue de nuestro corazón. Transparente. Nuestro escondrijo.


Rumor del oleaje, las montañas azulean hacia poniente.











 Camino del Norte. Mayo 2014




08 septiembre 2014

俳句 kazahana かざはな










"kazahana"
 dicen que se llama esta nieve,
atardece



Matsushima 10-Marzo-2014




pd. かざはな kazahana : literalmente "flores del viento", copos de nieve dispersos que flotan en el viento de invierno, generalmente con el cielo no del todo cubierto.



06 septiembre 2014

sutil, luz de otoño





Creo que es la luz. Cada año, en un momento difuso entre finales de agosto y principios de septiembre, algo en mí sabe con certeza que el otoño ha llegado. No sé por qué, no sé cuándo exactamente, ni si quiera sé quién. 

Algo en el aire claro de la mañana ha cambiado. Algo en mí lo sabe. Tan sutil, tan certero.
Hoy es ese día. La luz que se filtra a través de las hojas de mi alma no es la misma de ayer. Algo tan delicado como inexorable amarillea ya los bordes de mis hojas más altas. 
 Apenas visible al principio, apenas una nostalgia transparente en la savia que me recorre.

Creo que es la luz. Sí. Esta luz…. Tan sutil y misteriosa como este algo que se deja atravesar por ella.



27 agosto 2014

Konstantin, peregrino, haijin



Qué grande, por fuera y sobre todo por dentro. Peregrino, haijin, piadoso. Un tipo capaz de escribir cosas como esta:


Recogiendo
cartuchos vacíos.
Casiopea


Cuatro palabras. Un silencio que vale por mil.
Mereció la pena el viaje, conocerte, charlar durante horas de lo humano y de lo divino, del mundo y su palabra, y de haiku, claro, también de haiku.


A los pies de la catedral de Burgos, sin sombra, caminando sin rumbo por las viejas calles estrechas mientras nuestra conversación fluye sinuosa, se detiene aquí y allí, vuelve sobre sí misma.... como el arroyo que no se decide a descender la montaña.


Entre Bulgaria y Cantabria hay un lugar más allá de la piedra. En el que encontrarse y caminar sobre la luz de la palabra. Y del silencio.
Con la naturalidad de quien acaba de conocerse, de quien se conoce de toda la vida.



"en la oscuridad de la noche, sin que él sepa cómo, la semilla germina y va creciendo"



Un día inolvidable que aún dura, resonando en su palabra.

Gracias Konstantin. Arigatô sensei.









26 agosto 2014

En la nada, hacia la nada.



Habla tranquilo y con acento. Saharaui. Refugiado primero, cooperante él mimo después. "Descubrí el champú cuando tenía ocho años". Reímos.
Nacido en un campo de refugiados cerca de Tinduf. Hay quien lleva allí toda la vida. Literalmente toda la vida.

Se me hace difícil imaginar nacer y vivir en el desierto. En tiendas de campaña. Tooda tu vida.
"En la nada, y hacia la nada". Rodeado de la nada. Es difícil imaginar la nada, sí...

Nos muestra imágenes del campamento. "Esta es mi tía", "estos son unos niños jugando, felices". Alguien pregunta "¿de niño fuiste feliz?" No puedo evitar sonreír, pensar en los niños, en los niños felices, como siempre imaginamos a los niños. Niño y felicidad son dos palabras que se aman, que se atraen, como océano y libertad, como perro y fidelidad. ¿Como desierto y nada?

Siento a Mosquita, la perra del coordinador de ACNUR sentarse sobre mis sandalias. Me mira con ojos tranquilos y jóvenes. Con los ojos de un niño feliz que juega con la arena.

"Tenéis que saber que un euro aquí es mil allí". Allí, en la nada, un puñado de arroz da de comer a una persona durante días. Allí, sobre la arena, las toallas son espaldas de camisas viejas, se come una vez al día, a las cuatro para que sirva de desayuno, comida y cena, los libros escolares duran generaciones y los lapiceros deben escribir y hacer cuentas todo el curso. Porque no hay más. Un lápiz para cada niño. Así de simple. Aquí y allí.

Las cosas son muy simples en el desierto. "Nosotros estamos vivos por el sol del desierto. Si no las enfermedades habrían acabado con todos". "Cuando un pozo séptico se colma se echa arena y se cava otro". Así de fácil. El sol y la arena es lo único que no se raciona, que no está contado. Contado con los contados lápices de los niños.

Sobre la mesa un vaso de agua con hielo me parece más transparente que nunca.

"Mi madre, cuando éramos niños, ponía a hervir agua para hacer el arroz. Esperábamos expectantes, a veces horas, hasta que llegaba el camión de la ayuda humanitaria que traía los víveres. Entonces nos dábamos cuenta de que allí en la olla con agua no había nada. Que nuestras madres solo hacían aquello para calmar nuestra ansiedad, nuestro hambre". Pienso en las madres calmando el hambre con la nada y aparto la vista de su mirada porque me parece notar que se emociona. Es como un relámpago en la noche del desierto. Fugaz y lejano.

Ahora él es universitario y está a punto de licenciarse como abogado en España y trabaja de camarero. Por puro azar un día el coordinador de ACNUR de aquí entró en ese bar y él reconoció la camiseta, la pulsera... Y así surgió esta reunión y esta charla.

"Se lo debo todo a ACNUR" dice sin dejar de sonreír. Mosquita se mueve sobre mis pies y me acuerdo de ella. No sé por qué pienso en lo que yo debo. Cuántas cosas debo, uff cuántas...

"Nosotros los refugiados saharauis somos unos privilegiados, aunque parezca increíble. Estamos bien organizados y podemos sobrevivir con lo poco que tenemos"
Todos nos quedamos sorprendidos. Asentimos con la cabeza sin decir nada. Entonces comienza a hablar de su etapa de cooperante.
"Ahora os voy a hablar de verdad del infierno". "Ahora vamos a hablar de Mali, de Sudán del Sur, de Somalia..."

Al salir de la cafetería lloviznaba. Ya era de noche y en la calle un compañero parecía explicar y tomar los datos a una, espero, futura socia de ACNUR. Pensé en el euro multiplicado una y otra vez hasta convertirse en arroz, en tiendas de campaña, en lápices, en agua hirviendo en una olla vacía...

Caminando hacia mi casa me acordé no sé por qué de que se me están acabando las lentejas. Entré en un supermercado y compré un paquete. Un par de euros. Así de fácil, así de simple.





02 agosto 2014

Contemplación



Qué miras cuándo te miro. Qué piensas. El mar, las nubes... ¿Es allí dónde estás ahora? ¿Eres ya horizonte?



"Nubes y escampadas, alborada y crepúsculo, se renuevan sin cesar.
Ya he hecho entrega de mi cuerpo al vacío.
En su vagar sin intención
las nubes blancas se asemejan al hombre que las contempla."


Tsu Dongpo 苏轼




La Maruca, Cantabria, 2-Agosto-2014