Sobre
la playa el sol y el azul del mar perdiéndose en otro azul aún más brillante.
Alrededor una corona de pequeñas nubes blancas salvo en el norte, sobre el mar.
La
luna menguante aún en el cielo. Sobre la playa, en el borde las olas alguien
amontona caloca. Según me acerco veo a un hombre mayor con una horquilla
haciendo montones de ese alga rojiza. Los primeros temporales del otoño han
arrancado sus tallos larguísimos y la han batido y arrojado sobre las playas.
A
veces ráfagas de viento levantan arena
que pica la cara. Huele a salitre.
El hombre
encorvado, es muy mayor, ahora lo veo, se echa la horquilla al hombro y camina alejándose
de la orilla.
Playa adelante
el mar, con la última marea viva, ha llegado hasta detrás del peñón que mi
padre llamaba “de las cabras” y que yo llamo “del busardo”. Hace ya tiempo que allí no se encaraman las cabras pero sí que a veces
esa rapaz anda por allá, posado en alguno de los salientes más altos o
dejándose llevar por el viento marino.
A
veces, sin saber por qué, parece que mi corazón perdiera peso. Que se
expandiera sobre el mar y la tierra como las nubes deshaciéndose en otras
nubes.
Por un momento veo a mi padre
recogiendo las hojas de laurel que sobresalen del muro musgoso del antiguo
palacio de Albaicín. Mi padre señalando con una vara de avellano más allá del
Brusco, allí de donde surgen los peregrinos jacobeos que caminan hacia la playa.
Mi padre…
En la
playa siguiente el viento arrecia, es más expuesta, y en la ría que viene de la
marisma aún más. Se acerca a la playa el color del mar virando en tonalidades
casi infinitas de azul.
Sobre
la arena. Pencas de palma, de pitera, blanqueadas por el sol y la mar.
Un
perro, no, perra, y parida no hace mucho, se acerca. Creo que es de una
surfista que anda metida en las olas, algo más allá. Es un buldog de esos
pequeños, con las orejas grandes y atentas. Con su cara de duende parece preguntarme
por su dueña. Me sigue un trecho, de vez en cuando da una vuelta a mi
alrededor, mira el mar, mira hacia atrás. Vuelva a mirar hacia el mar. “¿No sabes dónde aparecerá tu dueña verdad?”
Parece
que la marea comienza a subir. En el cielo las gaviotas flotan sin más,
dejándose caer del aire marino sin mover las alas.
De
vuelta, al pasar de nuevo junto al peñón de las cabras y del busardo,
desaparecidos todos, la perrita se va por fin. Se aleja trotando sobre la arena.
Sin mirar atrás ni una sola vez.
La
playa parece ahora inmensa, solitaria, brillando en las zonas más llanas, amplísima, con la humedad dejada por las olas.
siguen
aquí
algunos
montones de caloca
junto a
las olas
que belleza!
ResponderEliminarsencillo, precioso y azul.
ResponderEliminarGracias, sois muy amables. Un abraaaazo :)
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