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さて、どちらへ行かう風がふく

bien... ¿a dónde ir...?
...el viento
sopla...


19 diciembre 2013

俳句 mochi






a pesar de la lluvia
el ritmo del mazo
haciendo mochi




Hoy justo hace tres años tomé esta foto. Qué cosas. Por casualidad he visto la fecha del archivo que lo chiva todo. Qué rápido el tiempo y más rápida aún mi mente. En un flash-back instantáneo he vuelto a Nagasaki, al barrio chino, junto a esos tipos que sonreían satisfechos mientras hacía esa foto. ¿Dónde andarán? Siempre que miro fotos más o menos viejas en las que salen desconocidos me pregunto lo mismo. 

El haiku no es muy allá, lo reconozco. La foto tampoco. En realidad, uno y otra, son un alfiler. A veces tengo la tentación un poco tonta de pretender fijar algo en mi mente, esa que va y viene a la velocidad de la luz, y del tiempo. Como esos alfileres de colores que se clavan en los mapas para localizar lugares visitados. 

En este caso el mapa sería mi vida. Esa cosa misteriosa. Y el alfiler de color blanco como el mochi sería esa tarde al borde la Navidad en aquel callejón. Hoy, aquí, tan lejos, también con lluvia, miro ese alfiler y no puedo dejar de preguntarme ¿dónde andará? Aquel. Un niño cualquiera que buscaba alfileres, como por casualidad, aquel ya casi tan desconocido para mí como esos tipos sonrientes que vapulean arroz.

Hoy justo hace tres años. Qué cosas. Qué cosas misteriosas. A pesar de la lluvia…



 Nagasaki, 19-12-2010





*Los mochi son unas bolitas de arroz dulzón y pegajoso muy típicas de la repostería japonesa. Forman parte muy importante tanto de la decoración como de la gastronomía tradicionales de Año Nuevo. Para hacerlos se golpea el arroz glutinoso con un mazo de madera en un mortero muy grande mientras se va remojando con agua. A veces, alrededor de las fechas navideñas, en algunas tiendas y grandes almacenes se hace en el exterior para regocijo de los viandantes.


Decía lo de la decoración porque el mochi es fundamental en la composición del kagami-mochi, literalmente “mochi del espejo”, que se forma con dos mochi, uno pequeño sobre otro mayor, un daidai (una especie de naranja agria japonesa) con su hojita verde, todo ello sobre un soporte. Bueno, de eso y de la rotura del “mochi del espejo” ya hablaré otro día. Kana...





17 diciembre 2013

Luces de adviento



En el huerto una cebolla desenterrada. El sol de la mañana.


Me vienen grandes estas botas de agua y camino como un pato hacia el huerto. La escharcha cubre el suelo de un brillo sobrecogedor. El primer azadonazo casi rebota sobre la tierra helada. Soy un debilucho abrigado hasta las cejas que desentierra grama del huerto en una mañana de invierno. No es la primera vez que estoy aquí, en este mismo lugar, haciendo esto mismo. Es tiempo de samu. Silencio, concentración. Cachiuscas, cachiuscas, así llamaba yo de pequeño a las botas de agua. Recuerdo saltar sobre los charcos, riendo. Aun sin reír, riendo. Siento los guantes fríos en mis manos mientras arranco la grama de la tierra helada. Cruje un instante. Un eco sordo que parece venir desde el centro de la tierra. Y me siento solo, sin saber por qué. Qué frío. Qué frío… No tengas miedo, no tengas miedo… Cachiuscas, cachiuscas, repito en silencio dentro de mí…

En el zazen de la tarde el sol va entrando en el zendo poco a poco. Me siento reloj de arena marcando un tiempo que no es mío. Un tiempo que transcurre más allá de este momento. Abren la puerta y la sombra de uno de mis compañeros se alarga de pronto con el sol del atardecer. El sol, el sol. Mirar hacia el sol con los ojos cerrados. El calor de su luz.

Ella toma el té sentada en un escalón del porche, mirando hacia donde el sol se pone. La campana llama de nuevo al zazen.

En el aire limpio y sereno de la noche ni una mota de polvo encuentra sobre qué reposar. Sobre lo que soy. Me arrebullo en el futón. Alguien ronca un poco más allá. Siento en el aire cómo la temperatura se desploma ahí fuera. Me arrebullo aún más. Yazgo en el desierto, el lugar en el que no hay donde esconderse.


Por la mañana, nada más salir el sol, la escarcha ha cubierto los surcos que cavamos ayer.


Los terrones parecen pegados a la propia tierra de la que formaron parte. Una y otra vez las raíces de grama me llevan hasta el centro de la tierra. De vez en cuando lombrices enormes aparecen y desaparecen entre la tierra. La tierra. Me siento tierra, barro, por momentos aquí clavado hasta los tobillos. Me huelo a tierra cuando sin darme cuenta me aparto con la muñeca el pelo de la frente. Mis guantes son ya tierra, helada tierra. 

Edificar sobre arena o sobre roca. No basta hablar o decir, eso es nada.

Durante el zazen de la tarde camino en kinin atravesando los rayos de sol que se extienden por el zendo. Anochece y sin saber por qué lloro frente a las luces de adviento. 

Al final del día no hay planes, frustración, pasado, futuro. Solo tengo este momento. Me duele todo. Al final del día solo estoy yo sentado frente a la nada. Mi cuerpo quiere levantarse y huir. Mi mente con él. Pero aquí no hay donde huir. Estoy sentado en mitad del desierto. Poco a poco el dolor se pasa con la respiración profunda. Muy poco a poco.

Solo beber agua. Sin pensar en saciar la sed. Sin pensar en nada. Solo sentarse y esperar la Navidad. Contemplo el tronco de adviento. Las luces que se encienden, que advierten de la gran Luz que llega. Que siempre estuvo aquí.

Se hace material y visible lo que jamás podríamos comprender.

En el aire frío y puro de la noche siento cómo las lombrices buscan su camino bajo la tierra, enredándose entre las raíces de grama. Alargo un pie bajo el futón hasta sentir el frescor de una tierra que no existe. Respiro tan profundamente que podría oler flores de invierno.


Llovizna. En el bancal un pajarillo que no conozco a la luz de la mañana.


 Algunas hojas de chopo se han pegado a mis botas cuando bajo al huerto. En colores que van del amarillo al casi negro parecen un improvisado estampado de quita y pon. Ellas se ponen y ellas se quitan. Hoy las enormes lombrices son enormes lombrices gigantes. Las aparto para no dañarlas con la azada. Cuando vuelvo a mirar ya han desaparecido. La llovizna cesa y siento el sol mañanero sobre mi espalda mientras cavo. El aviso del final de samu llama desde la ladera. Los chopos brillan al sol. Mi vida se desliza aquí, al final de la lluvia, con todo esto, como hojas de chopo de diferentes colores. 

Durante el teishô escucho sobre el abismamiento y el abismarse. Como en el propio kanji para “jô” he de bajar a casa, hacer pie. ¿Dónde está mi casa? ¿Dónde hallaré yo, debilucho, mi hogar en el que hacer pie? La roca sobre la que edificar mi casa. Siento estar sentado ahora mismo sobre ella y sin embargo ser incapaz de verla.

“El arroz está en la olla, el agua caliente está en el cubo.” Pienso en el kôan del maestro Ummon.
De pronto una palmada de sensei y doy un salto sobre el tatami. Aún sentado siento cómo mi corazón ha saltado hasta el cielo y palpita desbocado tras esa palmada que resuena por toda la tierra. Todo el barro que me constituye se ha conmovido deshaciéndose y volviéndose a hacer en una milésima de segundo. 


Tras el zazen de la tarde salgo a tomar el té fuera. Por un momento no sé si será mi cucharilla contra mi vaso o son los demás... pero en este tintineo se confunde la brisa de la tarde que mueve las hojas. Miro a mis pies, los guijarros parecen mojados, no, no sé… iguales… todos distintos. Allí, justo al final del porche, había una retama, lo recuerdo bien. A veces sus bayas caídas se confundían con los guijarros del suelo. Entonces era verano. A veces, en mi corazón, confundo el verano con el invierno.

Al volver al zendo abro mi taquilla y hay una nota pegada en el fondo: “Toda determinación, ninguna intención.” ¿Quién escribiría esto? ¿Sensei? A veces tiene estas cosas…

Durante el dokusan hablamos de las nubes y la lluvia. Del frío. Del dolor y del miedo… Tan fino como un papel de fumar es mi despertar con un solo ojo…

Tras la llovizna, el sol de la tarde recorre el zendo vacío.

Noche de frío invernal. Primera semana de diciembre. Sentado en seiza contemplo las luces del adviento… ¿Quién despertó en tal noche como esta? 

Todo lo que he sido, todo, me ha llevado aquí y ahora. También el dolor y la frustración, mi luz y mi sombra. Soy toda la tierra arrastrada por la lombriz, ahí fuera, en la oscuridad de la noche bajo la tierra. Y la profunda respiración.

Si de verdad estoy aquí estoy en todas partes, si estoy en este momento, estoy antes, ahora y siempre.


Tras el último zazen del día la última exhortación de cada noche antes de retirarnos a dormir resuena en mí como el martillo de madera sobre el han:

Desde lo más profundo del corazón os digo a todos:
Vida y muerte son un asunto serio.
Todo pasa deprisa.
Estad siempre muy vigilantes.
Nadie sea descuidado,
nadie olvidadizo.


 Sumergido en el futón no consigo dormir. Mi padre me decía que tenía sueño de liebre, ligero, que dormía con un solo ojo cerrado. Mi padre a veces tenía esas cosas…

Pienso en la lluvia y en las nubes… en frío. En el dolor y el miedo. Pienso en el abrazo de una madre. Podrá persistir el dolor pero ya no es lo mismo. Ya no quema.

Nunca olvidadizo…

Nunca olvidadizos de lo que somos. Ahí fuera, en la oscuridad de la noche, el viento atraviesa la tierra sin intención alguna y siento mi corazón, inmaculado, envuelto en algo tan fino, tan tibio, como la luz de la mañana.


Al final del regato, congelada, la lluvia de anoche refleja el sol de la mañana.


Con el primer azadonazo la tierra escarchada brilla un instante en el aire antes de volver sobre la tierra. Solo estar aquí. Solo cavar esta tierra que se me pega a la azada y a las botas. Grama y más grama. El solecito de diciembre empieza a calentar y me voy quitando el gorro, el abrigo… El ejercicio también ayuda, claro... Algunas lombrices, cómo no, se materializan de pronto para volver a ser tierra momentos después. Qué suavidad húmeda la suya, como la de la propia tierra. No sé por qué miro mis manos sin guantes, tan blancas, tan frías, con el tacto aún de ese retazo de tierra… Qué misterio nos envuelve… Si pudiera por un momento atravesar ese finísimo papel de fumar que me separa de todo esto… Si pudiera tocar ahora mismo, con esta mano manchada por la tierra, mi inmaculado corazón…

De nuevo la llamada de las maderas entrechocándose avisa del final del samu.
Me lavo el barro de los dedos en el agua helada del estanque. El cielo es tan azul… Tan azul…
El sol, el viento… Cierro los ojos y respiro tan profundamente que por un momento casi pierdo el equilibrio. Me desparramo por todos mis sentidos…

Estas botas de agua me vienen grandes. Camino como un pato mientras asciendo la ladera. Soy un debilucho desnudo de pellejo para adentro que camina despacio y espera. Que espera.
Cachiuscas, cachiuscas, repite alguien aun sin reír, riendo, dentro de mí…


Mientras subo la cuesta, la escarcha sobre las yemas del nogal.